Webfic

Toca para ver el texto completo

Su Corazón Sigue Latiendo por Mí

Capítulo 1

—Señorita González, hemos cometido un error. El receptor del trasplante de corazón de su novio no es el presidente de Grupo Santos, el señor Santos, sino otra persona… Esa persona está ahora en Costadorada.

La voz al otro lado del teléfono estaba llena de disculpas. Flavia González guardó silencio durante mucho tiempo antes de finalmente responder, mientras el otro lado contenía la respiración con evidente nerviosismo.

—Ya lo sé.

Justo cuando presionó el botón para colgar, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Manuel Santos irrumpió con el rostro lleno de urgencia, y al verla, la tomó de la muñeca sin darle tiempo a reaccionar.

—¡Ven conmigo!

Sin una sola explicación, la arrastró fuera y la metió en el carro a la fuerza. El vehículo avanzaba a toda velocidad, atravesando semáforo tras semáforo en rojo. En sus oídos solo quedaban el rugido del motor y el silbido del viento cortando el aire.

Los dedos de Manuel golpeaban repetidamente el volante, produciendo un sonido rítmico y seco que delataba su impaciencia.

Flavia quedó aturdida por un momento. Su mente se llenó de recuerdos de su historia con él, desde el momento en que se conocieron hasta ahora.

Había hecho de todo para conquistarlo, usando cada truco posible hasta que finalmente, con pura insistencia, logró casarse con él. Sin embargo, ya fuera al tomarse las fotos de boda, al intercambiar los anillos o incluso en su primera noche juntos, Manuel siempre había sido distante, frío, como si nada le importara en lo absoluto. Jamás lo había visto perder el control de esta manera.

Si había alguien capaz de sacarlo de su eterna calma, solo podía ser esa persona.

Unos minutos después, el carro se detuvo de golpe. Al bajar, Flavia miró a su alrededor y se dio cuenta de que Manuel la había llevado a un hospital.

Al preguntar qué sucedía, le explicaron que Valentina Solís, su amiga de la infancia y ese amor que siempre pareció inalcanzable, había sufrido un accidente de tránsito y necesitaba urgentemente una transfusión de sangre. Casualmente, Flavia tenía el mismo tipo sanguíneo que ella.

Tan pronto llegó, una enfermera con rostro ansioso la tomó del brazo, lista para llevarla a la sala de extracción de sangre. Pero Flavia de repente se detuvo. Giró la cabeza y clavó la mirada en Manuel.

—Manuel Santos, te donaré mi sangre… pero antes, quiero que me respondas una pregunta.

Manuel, impaciente y visiblemente frustrado, asumió de inmediato que ella iba a preguntarle por Valentina, —Si quieres saber sobre mi relación con Valen, te lo contaré después.

Pero para su sorpresa, Flavia negó con la cabeza.

—No es eso lo que quiero saber.

A decir verdad, la relación entre Manuel y Valentina le era completamente indiferente. Después de todo, el hombre al que ella amaba nunca había sido él.

A lo largo de su vida, solo había amado a una persona.

Pero esa persona, para salvarla, murió en un terrible accidente en cadena.

Tras su fallecimiento, su corazón fue donado según su última voluntad. Y Flavia, con el único deseo de seguir sintiendo los latidos de su amado, investigó sin descanso hasta encontrar al receptor del trasplante: el presidente de Grupo Santos, Manuel Santos.

Desde entonces, se dedicó a perseguirlo con una devoción que rayaba en la obsesión. Todos sabían que estaba perdidamente enamorada de él, hasta el punto de que la gente la llamaba la más grande "lamebotas" del círculo social. Sin embargo, Manuel nunca le prestó la más mínima atención.

Fue después, cuando investigó más a fondo, que descubrió la verdad. Él tenía una amiga de la infancia, su amor idealizado, una mujer perfecta a los ojos de todos. Un príncipe y una princesa hechos el uno para el otro.

Manuel estaba enamorado de ella. Pero cuando al fin reunió el valor para confesarle sus sentimientos, Valentina simplemente le sonrió y dijo: "Siempre seremos los mejores amigos." Después, ella se marchó al extranjero y tuvo varias relaciones. A pesar de todo, él seguía aferrado a la esperanza de que algún día ella cambiaría de opinión. Rechazó a todas las mujeres que se le acercaron, incluyendo a Flavia, quien lo persiguió con una pasión desenfrenada.

Hasta aquel día. El día en que vio en Instagram una foto de Valentina besándose con su nuevo novio. Esa imagen lo llenó de despecho. En un impulso, aceptó la confesión de Flavia y se casó con ella.

Ahora, ella lo miraba fijamente y le hizo una única pregunta, —Hace cuatro años, te sometiste a un trasplante de corazón. ¿Cómo se llamaba el donante?

Manuel frunció el ceño, sin entender la razón detrás de esa pregunta. Tal vez estaba demasiado preocupado por Valentina como para pensar demasiado en ello, así que terminó respondiendo.

—Solo sé que su apellido era Scott.

Scott. Un apellido completamente distinto a García, el de Mateo García.

Parece que, después de todo, sí había sido un error.

—Entiendo. Gracias. —Flavia asintió levemente y no hizo más preguntas. Sin decir nada más, se giró y siguió a la enfermera hacia la sala de extracción de sangre.

Pero, por alguna razón, Manuel sintió un extraño vacío en el pecho al verla alejarse.

Cuando ella cruzó completamente la puerta, no pudo contenerse y la llamó antes de que desapareciera del todo, —¿Por qué preguntaste eso?

Flavia no cambió ni un ápice su expresión. Como si se tratara de la cosa más simple del mundo.

—Solo quería confirmar algo.

Confirmar que ya no te quiero.

La aguja perforó su piel con precisión, y la sangre comenzó a fluir lentamente a través del tubo hacia la bolsa de donación. Mientras la extracción continuaba, con su otra mano sacó el celular y, sin dudarlo, escribió un mensaje para su abogado.

[Necesito que me prepares un acuerdo de divorcio. Me quiero divorciar.]

Capítulo 2

Después de que le sacaron la sangre, Flavia se sintió mareada y sostuvo la pared para poder caminar. Al salir, vio a Manuel junto a Valentina, quien acababa de ser sacada del quirófano.

Él le sujetaba la mano con fuerza, hablándole en voz baja con una expresión llena de ternura y una mirada embelesada.

En ningún momento preguntó por el estado de su esposa, si se sentía mal o si necesitaba algo. Y, por supuesto, tampoco notó que Flavia ya se había ido sola a casa.

Al regresar a la mansión, se dirigió directamente a la cocina. Siempre había sufrido de anemia, y hoy, después de haber donado tanta sangre, su rostro seguía pálido.

Quiso prepararse un poco de agua con piloncillo para reponerse, pero en cuanto sirvió el líquido caliente en un tazón, sus manos temblorosas lo traicionaron. Solo escuchó un fuerte ¡crack! y el tazón se hizo añicos en el suelo.

Por un instante, Flavia, quien había soportado años de humillaciones sin inmutarse, sintió cómo sus ojos se enrojecían de golpe.

—Matte… Sin ti aquí, de verdad no sirvo para nada… —murmuró con voz ahogada.

El agua con piloncillo se esparció a sus pies, formando un charco oscuro que la hizo recordar el pasado.

En aquellos días, tenía al mejor compañero de vida.

En aquellos días, su amor aún no había muerto.

Siempre había sufrido de frío en el cuerpo, y cada mes, durante su periodo, los cólicos eran insoportables. Pero Matte, con su infinita paciencia, siempre le preparaba té de jengibre y piloncillo, lo dejaba enfriar hasta la temperatura perfecta y luego se lo daba a beber con ternura.

Si ella estaba de mal humor y se ponía caprichosa, él la abrazaba con fuerza, cubriendo su vientre con sus cálidas manos y susurrándole al oído: "Así no te dolerá tanto."

Cuando estaba irritada y todo le parecía mal, él simplemente se sentaba a su lado, dejándose golpear y regañar sin quejarse. Y al final, con la misma dulzura de siempre, tomaba sus manos entre las suyas, soplaba suavemente sobre ellas y le preguntaba preocupado: "¿No te lastimaste al pegarme?"

Flavia se agachó y comenzó a recoger los pedazos de cerámica rota, pero de repente sintió un pinchazo en la punta de su dedo. Al levantar la mano, vio una delgada línea de sangre deslizándose sobre su piel.

Tampoco sabía si era el dolor físico o alguna otra cosa, pero las lágrimas comenzaron a caer en gruesas gotas sobre el suelo.

—¿Cómo no me di cuenta antes? Tú me amabas tanto, pero Manuel siempre fue frío y distante… Su corazón jamás latió con pasión por mí.

Recogió con cuidado todos los pedazos rotos y los arrojó a la basura. Luego, dejó escapar una ligera sonrisa, —Pero no importa… Muy pronto volveremos a vernos.

Al día siguiente, Manuel seguía sin regresar. Después de asearse y arreglarse, Flavia salió para reunirse con su abogado, Salvador Herrera.

Se sentó al otro lado del escritorio, donde ya estaba colocada una copia de la solicitud de divorcio.

—Señorita González, en cuanto ambos firmen este documento y pase el periodo de un mes de reflexión, el divorcio será oficial. —explicó Salvador con profesionalismo.

Al escuchar eso, Flavia pensó en cómo Manuel ni siquiera se había molestado en volver a casa. Entonces, preguntó sin rodeos, —¿Puedo firmar por él?

—¡Señorita González, eso es imposible! —Salvador negó de inmediato, tajante.

Viendo que su negativa era firme, ella insistió, —Mi esposo también quiere el divorcio, solo que está demasiado ocupado para venir. Yo solo firmaría en su lugar. Si no me cree, lo llamaré ahora mismo.

Sin esperar respuesta, sacó su celular y marcó el número de Manuel.

La llamada sonó una y otra vez hasta que, finalmente, él respondió. Flavia no se molestó en saludar, fue directo al punto.

—Necesito hablar contigo sobre algo…

Pero antes de que pudiera terminar la frase, él la interrumpió con su tono frío e indiferente, carente de emoción alguna, —No tengo tiempo. Haz lo que quieras, no es necesario discutirlo.

Justo antes de que la llamada se cortara, se escuchó otra voz al otro lado de la línea, —Manu, la medicina sabe horrible… ¿Puedo no tomarla?

Flavia no dudó ni un segundo en reconocer la voz coqueta y mimada de Valentina. Antes de que la línea se desconectara, alcanzó a oír a Manuel responderle con una ternura que jamás le había dedicado a ella, —No puedes. Si no tomas la medicina, ¿cómo te vas a mejorar rápido?

El tono de su voz era suave, cálido… Flavia apretó el celular en su mano y levantó la mirada hacia Salvador.

Al escuchar la respuesta de Manuel por teléfono, Salvador captó de inmediato su indiferencia y, tras un breve silencio, finalmente cedió.

—Está bien. —dijo con resignación, —Puedes firmar en su nombre. Flavia exhaló aliviada y, sin titubear, tomó la pluma y estampó el nombre Manuel Santos en la solicitud de divorcio.

Al salir del despacho de abogados, desbloqueó su celular, pulsó un par de veces en la pantalla y reservó un boleto de avión para dentro de un mes con destino a Costadorada.

Manuel no regresó a casa hasta una semana después.

Cuando por fin lo hizo, era pasada la medianoche. Con el cansancio reflejado en su postura y el frío impregnado en su ropa, entró a la habitación sin hacer ruido. Flavia dormía profundamente, sumida en un letargo del que no pareció inmutarse ni siquiera con su llegada.

No fue hasta que sintió el peso del colchón hundirse ligeramente y un par de brazos rodeándola con naturalidad que despertó por completo. Su cuerpo reaccionó antes que su mente y, casi de manera instintiva, lo apartó, moviéndose hacia el otro lado de la cama.

Manuel, sorprendido, parpadeó desconcertado. Por primera vez, ella lo rechazaba. Un segundo después, su expresión se ensombreció y frunció el ceño, —¿No decías que solo podías dormir si escuchabas los latidos de mi corazón?

Durante tres años de matrimonio, Flavia apenas le había pedido nada. Sin embargo, aquella única petición, él la había concedido sin resistencia. Recordaba perfectamente ese momento. Apenas se habían casado, y aparte de un papel con sus nombres, él no le había dado nada más. Pero a ella no pareció importarle.

Aquella noche, después de hacerle la pregunta, simplemente se había acurrucado contra su pecho, pegando su oído a su corazón.

—¿Por qué te gusta quedarte así? —le había preguntado él en su momento.

Flavia había alzado la vista, con la luna reflejada en sus pupilas, su mirada llena de amor.

—Porque me gusta escuchar los latidos de tu corazón. ¿Puedo dormir así siempre?

Tal vez fue la intensidad de la emoción en sus ojos lo que lo hizo incapaz de negarse. Sin pensar demasiado, aceptó. Desde entonces, aquella costumbre nunca cambió.

Siempre que él estaba en casa, ella se acomodaba en su pecho, siguiendo el ritmo de su corazón hasta quedarse dormida.

Pero esta vez, después de un breve silencio, ella simplemente sacudió la cabeza y murmuró con voz tranquila, —Ya no hace falta.

Capítulo 3

Se dio la vuelta, girándose hacia el otro lado. Manuel observó su silueta encogida bajo la luz de la luna y sintió una extraña sensación en su pecho.

Era la primera vez que Flavia no se aferraba a él con toda su alma. Se suponía que debería sentirse aliviado, después de todo, nunca le había gustado su insistencia. Pero en lugar de felicidad, solo sentía un vacío inexplicable.

'Debe ser solo la costumbre de tenerla en mis brazos, dependiendo completamente de mí', se dijo a sí mismo en un intento de justificar lo que sentía.

Al día siguiente, Flavia se despertó bastante tarde. Después de asearse, bajó las escaleras y se sorprendió al ver que Manuel aún no se había ido. Su desconcierto fue evidente cuando, sin pensarlo, preguntó, —¿Hoy no vas al hospital a ver a la señorita Solís?

Si hubiera sido otro momento, Manuel tal vez habría sentido fastidio por la pregunta. Pero esta vez, en el fondo, sintió un leve alivio.

'Así que lo de ayer fue por celos de Valen', pensó.

—Valen solo es mi amiga. —le explicó con una paciencia poco habitual, —Recién volvió al país y tuvo un accidente, por eso la estuve cuidando. Pero ya le dieron el alta.

Hizo una pausa y luego añadió, —Hace tiempo me pediste que te llevara a ver el atardecer. No he podido estar contigo estos días, así que hoy te compensaré.

—No hace falta.

Ahora que sabía que se había equivocado de persona y que su divorcio estaba decidido, no tenía sentido seguir compartiendo momentos sin significado. Su negativa fue automática, pero Manuel ya había dado la orden de traer el carro, convencido de que su plan tenía sentido.

Al verse arrastrada sin remedio, Flavia dejó de resistirse y se quedó en silencio durante el trayecto.

El carro avanzó en dirección a las afueras de la ciudad y pronto llegaron a su destino. Sin embargo, justo cuando alcanzaban la cima de la montaña, el celular de Manuel comenzó a sonar.

Él lo tomó para contestar, y en la pantalla, fugaz pero claramente, apareció un nombre: Valen.

No sabía qué le habían dicho al otro lado de la línea, pero después de colgar, Manuel solo dudó un instante antes de volver a subirse al carro. Antes de irse, le dejó a Flavia unas palabras breves, —Espérame aquí, en un rato regreso por ti.

Sin embargo, por mucho que esperó, el tiempo pasó sin que él volviera. Vio el sol descender lentamente, el cielo teñirse de rojo y luego oscurecerse por completo. Pero Manuel nunca apareció.

En la montaña no había señal para pedir un carro, y Flavia tampoco quiso llamarlo para preguntar si aún pensaba regresar. En silencio, tomó la decisión de bajar por su cuenta.

El camino era largo y empinado. Aunque no era un sendero de lodo, la caminata fue agotadora, y cuando finalmente llegó al pie de la montaña, sus pies estaban llenos de ampollas. Sacó su celular para pedir un carro de regreso a la villa, pero justo en ese momento recibió un mensaje de uno de los amigos de Manuel.

[Es urgente. Ven a Sala Nocturna.]

Los amigos de Manuel nunca la habían visto con buenos ojos. Para ellos, Flavia no era más que la mujer que había perseguido a Manuel durante dos años hasta que, finalmente, logró casarse con él. No la consideraban parte de su círculo y mucho menos solían buscarla. Por eso, cuando vio el mensaje, no dudó demasiado. Pidió un carro sin pensarlo mucho y se dirigió directamente a Sala Nocturna.

No es que le preocupara Manuel, pero si algo le había pasado, podría retrasar el divorcio, y eso sí que sería un problema.

Siguió la dirección que le enviaron hasta llegar a una suite privada. Sin imaginar lo que le esperaba, abrió la puerta y justo en ese momento, su pie tropezó con una cuerda en el suelo. No tuvo tiempo de reaccionar. —¡Ah! —Cayó pesadamente al suelo, y su cabeza golpeó con fuerza contra una silla de madera.

El dolor la dejó aturdida, sintió un mareo repentino y, al llevarse la mano a la frente, notó algo húmedo y pegajoso. Sangre.

Las risas estallaron en la habitación. Los presentes la miraban con burla, regodeándose en su desgracia, pero no parecían dispuestos a detenerse ahí. De repente, la puerta se cerró de golpe y, en el siguiente instante, un cubo de agua fría se volcó sobre su cabeza.

¡Splash!

El agua helada le empapó el cuerpo por completo.Las carcajadas resonaron aún más fuertes.

—¡Miren cómo quedó! —se burló una de las mujeres, entre risas, —¿No les recuerda a una perra mojada?

—Jaja, Emi, la verdad es que tu comparación es bastante acertada.

Las carcajadas inundaron la habitación. Cada palabra, cada comentario, estaba cargado de burla y desprecio hacia ella.

El aire acondicionado estaba a toda potencia, y la ropa empapada se le pegaba incómodamente al cuerpo. Un escalofrío la recorrió cuando una ráfaga de aire frío la envolvió. El agua goteaba de las puntas de su cabello, nublándole la vista. Pero, aun cuando finalmente comprendió que todo esto no era más que una broma cruel, su expresión no cambió ni un ápice. En medio de las risas y miradas burlonas, simplemente pasó una mano por su rostro, quitándose el exceso de agua.

Al notar su falta de reacción, algunos se sintieron decepcionados, mientras que otros pensaron que simplemente la broma no había sido lo suficientemente fuerte. Entonces, alguien sacó su celular y le mostró un video grabado de una cámara de seguridad.

—Oye, perrita fiel, solo te llamamos aquí para darte una noticia: la chica que Mane nunca olvidó ha vuelto.

Flavia levantó la vista justo cuando el video comenzó a reproducirse.

Era una grabación en otro salón privado. En la imagen, Manuel estaba medio inclinado, sosteniendo con sumo cuidado el tobillo de Valentina, su mirada repleta de ternura.

—¿Lo ves? —continuó una de las voces con malicia, —Hoy Mane te dejó tirada en la montaña porque estaba organizando la bienvenida de Valen. Ella apenas se torció un poco el pie, y él ya la tomó en brazos como si fuera lo más preciado del mundo. ¿Te ha tratado alguna vez así en todos estos años? —las risas se intensificaron, —Así que haznos un favor y vete de aquí. Sé lista y déjale el lugar que nunca te perteneció. Si esperas a que te echen, la vergüenza será aún peor.

Los comentarios seguían acumulándose, venenosos y sin tregua. Flavia, aún aturdida por la caída, se apoyó en el suelo y con esfuerzo logró ponerse de pie, ignorando el dolor punzante en sus pies lastimados. Sus ojos oscuros recorrieron la habitación, profundos e insondables. Su voz, en cambio, se mantuvo firme y tranquila.

—No se preocupen. Le dejaré su lugar. —las burlas estuvieron a punto de renovarse, pero entonces ella sonrió levemente y añadió con calma, —Porque yo tampoco lo quiero.

Capítulo 4

Su voz no fue fuerte, pero logró que todos los presentes parecieran haber sido puestos en pausa, congelados en su sitio. Justo en ese momento, la puerta detrás de ellos se abrió una vez más.

Manuel salió de detrás de la puerta. Al ver el desastre en la habitación y a Flavia completamente empapada, frunció el ceño al instante, su tono cargado de disgusto, —¡¿Qué están haciendo?!

Nadie esperaba que Manuel se molestara por Flavia. Tras unos segundos de silencio incómodo, alguien soltó una risa forzada y trató de justificar la situación, —Mane, solo estábamos bromeando con Flavia, no te lo tomes tan en serio.

—¿Así es como ustedes bromean? —su tono seguía siendo frío, sin intención alguna de dejar pasar el asunto tan fácilmente. Sin embargo, mientras los demás se incomodaban con su reacción, Flavia estaba aún más sorprendida.

Después de tantos años de frialdad por parte de Manuel, sus amigos siempre se habían sentido en libertad de burlarse y humillarla sin ninguna consecuencia.

Ya se había acostumbrado a las burlas y las humillaciones. Pero ahora… ¿él estaba defendiéndola?

—Solo pensamos que, ya que la persona a la que tanto esperabas ha regresado, lo mejor era que ella dejara su lugar libre para que…

Uno de ellos intentó aligerar el ambiente con un chiste, pero antes de terminar la frase, Manuel lo interrumpió con un grito autoritario.

—¡Cállate!

Sin prestar atención a la perplejidad de los demás, tomó a Flavia de la muñeca e intentó sacarla de ahí. Sin embargo, al girarse, se encontró con Valentina entrando en la habitación.

Al verlo dispuesto a marcharse, ella infló los labios con descontento, —Manu, el juego aún no ha terminado. Apenas acabo de volver al país y estaba divirtiéndome. ¿Por qué te vas tan rápido?

Sus palabras fueron suficientes para hacer dudar a Manuel. El hombre que un momento antes estaba decidido a sacar a Flavia de ahí, ahora la miraba con vacilación, —Flavi, ¿puedes aguantar un poco más?

Flavia bajó la mirada, observándose a sí misma. De repente, sonrió.

Su ropa estaba completamente empapada, su frente cubierta de sangre. Cualquiera con solo verla sabría que estaba en un estado lamentable. Y, aun así, él le preguntaba si podía aguantar.

En este punto, Flavia ya no tenía fuerzas para seguir discutiendo con él.

—Diviértanse.

Esas simples palabras hicieron que Manuel soltara un suspiro de alivio, como si hubiera recibido un indulto. Los demás aprovecharon la tregua y rápidamente los rodearon, sentándose juntos en el sofá para continuar con el juego.

Reanudaron la partida de Verdad o reto. En la primera ronda, Manuel perdió.

—Mane, ¿a qué edad sentiste tu primer flechazo?

Al escuchar la pregunta, algunos intercambiaron miradas entre él y Valentina. Y como si no fuera sorpresa para nadie, Manuel respondió con total naturalidad.

—Quince.

Flavia, al oír ese número, no pudo evitar recordar un dato que había leído en algún informe: Valentina se había mudado a la casa de al lado de los Santos cuando él tenía precisamente quince años.

Parecía que la suerte no estaba de su lado esa noche. Manuel volvió a perder en las siguientes rondas y las preguntas comenzaron a subir de tono.

—Mane, ¿a qué edad tuviste tu primer sueño húmedo?

—Diecisiete.

—Y entonces, ¿con quién soñabas, eh?

El ambiente se llenó de risas y burlas, todos esperando la respuesta con ansias. Pero esta vez, Manuel se quedó en silencio.

Justo cuando estaba a punto de rendirse y aceptar la penitencia de beber, alguien le detuvo la mano, —¡Vamos, Mane! Si no quieres decir el nombre, con solo dar una inicial nos basta.

Flavia observó cómo Manuel, tras unos segundos de duda, finalmente soltaba el vaso y pronunciaba en voz baja una única letra.

—VS.

¡VS!

Valentina Solís.

El significado detrás de esa letra era demasiado obvio, y no solo Flavia lo entendió, sino todos los presentes. La euforia se disparó y los gritos de celebración llenaron la sala, mientras el rostro de Valentina se encendía en un tono rojo evidente.

Entre la algarabía, Valentina levantó la cabeza y, con una sonrisa cargada de satisfacción, dirigió su mirada hacia Flavia, que seguía sentada a un lado.

—Flavi, ¿no te aburres ahí sola? ¡Ven, juega con nosotros!

—¡No podría rechazar una invitación tan entusiasta! —Flavia aceptó sin dudarlo y se unió al grupo, que no tardó en animarse nuevamente para continuar con el juego.

La suerte cambió de manos y, esta vez, la perdedora fue Flavia.

Con indiferencia, tomó una carta de la pila y la volteó para leer la pequeña frase escrita en ella.

"¿La persona que más amas está presente en este lugar?"

—¡Bah, eso es demasiado fácil!

—¡Exacto! Si todo el mundo sabe que Flavia está loca por nuestro Mane.

Las voces de protesta no tardaron en llenar la habitación, convencidos de que la respuesta era obvia.

Sin embargo, en medio de todas esas miradas expectantes, Flavia levantó la cabeza y, con calma, negó suavemente, —No está aquí.

Capítulo 5

Apenas esas dos palabras salieron de su boca, un murmullo de asombro recorrió la sala. Todos la miraban con incredulidad.

Incluso Manuel, quien siempre había mostrado una absoluta indiferencia hacia Flavia, no pudo evitar que su expresión se tornara sombría.

El ambiente se tensó de inmediato. Pasó un largo rato antes de que alguien, tratando de aligerar la situación, soltara una risa incómoda y cambiara de tema. Pero después de lo sucedido, nadie tenía ganas de seguir con la reunión.

No tardaron mucho en dispersarse. La velada terminó de forma abrupta. Manuel, como si nada hubiera pasado, no dijo ni una sola palabra. Sin embargo, en cuanto subió al carro, su mirada se clavó en ella con intensidad.

—¿Qué quisiste decir con tu respuesta?

Flavia lo observó, abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera decir algo, él volvió a hablar, —¿Todavía estás molesta porque te dejé plantada cuando íbamos a ver el atardecer?

Solo entonces Flavia comprendió algo: en la mente de Manuel, ella seguía perdidamente enamorada de él. Ni siquiera había considerado la posibilidad de que su amor por él pudiera haber desaparecido. Por eso asumía que su respuesta había sido una simple rabieta.

Pero a ella ya no le importaba explicarse. Que él pensara lo que quisiera.

Al notar su silencio, Manuel interpretó su actitud como una confirmación de sus sospechas y, con ello, la incomodidad que sentía se disipó un poco.

Tras un instante de silencio, añadió con naturalidad, —El clima no ha estado muy bueno últimamente, otro día te acompaño a ver el atardecer.

Flavia asintió sin mucho interés, dándolo por terminado. Solo ella sabía que no habría otro día.

El carro llegó pronto a la mansión de la familia Santos. Manuel se duchó y se acostó a su lado. Instintivamente, quiso abrazarla, pero una vez más, ella lo apartó.

—No es necesario. Ya no necesito escuchar los latidos de tu corazón. Puedo dormir sola.

Era la segunda vez que Flavia le decía lo mismo.

Si hubiera sido antes, Manuel se habría sentido aliviado al oír esas palabras. Pero por alguna razón, en ese momento, lo único que sintió fue una profunda irritación.

Manuel no quería seguir escuchando esas palabras. Con un impulso decidido, intentó acallarla con un beso, pero en cuanto se acercó, Flavia giró la cabeza y lo esquivó. Con los ojos aún cerrados, su voz sonó cansada.

—Estoy agotada. Vamos a dormir.

El orgulloso presidente de Grupo Santos, Manuel, acostumbrado a ser perseguido y complacido, se encontró siendo rechazado una y otra vez en una sola noche. Su expresión se ensombreció al instante y, sin decir más, se giró, ignorándola por completo.

Al día siguiente, Manuel salió temprano rumbo a la empresa. Flavia, en cambio, permaneció en casa descansando, ya que sus heridas aún no sanaban del todo.

Justo después del almuerzo, su celular comenzó a sonar. Miró la pantalla: era Federico Ramírez, el asistente de Manuel.

Al responder, la voz ansiosa de Federico se escuchó al otro lado de la línea, —¡Señora, el presidente Santos no se siente bien del corazón! Se nos acabó la medicina en la oficina, ¿podría traerle algunas pastillas?

No era la primera vez que Federico la llamaba directamente para que le llevara los medicamentos. De hecho, antes ni siquiera hacía falta que él lo pidiera; Flavia siempre se aseguraba de que nunca faltaran.

Cada vez que escuchaba que Manuel se sentía mal, ella se angustiaba de inmediato, como si su vida dependiera de él. Cualquiera que la viera, no tenía dudas de que lo "amaba" con locura. Pero esta vez fue diferente. En lugar de salir corriendo, esperó pacientemente a que Federico terminara de hablar antes de responder con calma.

—Desde la mansión hasta la empresa hay demasiada distancia. Mejor cómpralos tú.

—¿Ah…?

Federico, completamente desconcertado, no se esperaba una negativa. Dudando, insistió con cierta incomodidad, —Pero… no sé qué medicamentos comprar. Además, usted siempre ha sido quien se los lleva. Cada vez que el presidente Santos se sentía mal del corazón, usted se preocupaba muchísimo…

Antes de que pudiera seguir con su retahíla, Flavia lo interrumpió.

—Eso ya no pasará. —su tono era tan sereno e indiferente que no quedaba rastro de la desesperación de antes. Luego, con total frialdad, le dictó el nombre de los medicamentos y añadió, —Eres su asistente. A partir de ahora, esas cosas son tu responsabilidad.

Tras colgar la llamada, Federico se quedó mirando el celular con una expresión incómoda. Afortunadamente, había alcanzado a anotar todos los medicamentos necesarios, así que no perdió más tiempo y ordenó a alguien que fuera a comprarlos de inmediato.

Por la tarde, Manuel regresó a la mansión. Apenas cruzó la puerta, sus ojos se fijaron en Flavia, quien estaba sentada tranquilamente en el sofá, viendo la televisión con total calma.

Su rostro se oscureció al instante, —Hoy me sentí mal del corazón. ¿No lo sabías?

Su voz, impregnada de reproche, resonó en la sala. Sin embargo, eso no bastó para apartar la atención de Flavia de la pantalla.

Ni siquiera hizo el mínimo esfuerzo por mirarlo, —Sí, lo sé. —respondió con indiferencia.

Manuel la miró, atónito, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando, —¿Lo sabías y aun así no fuiste?

Flavia, sin inmutarse, soltó con frialdad, —Te lo dije. Queda demasiado lejos.

Capítulo 6

Ella bajó la mirada, evitando verlo, con un tono de voz tan indiferente como si simplemente estuviera diciendo que no tenía hambre. Manuel se quedó de pie junto al sofá, observando su cabello negro azabache, con una mezcla de emociones difíciles de describir.

Flavia realmente había cambiado. Antes, si él tenía el más mínimo malestar, ella era la primera en preocuparse, mucho más que cualquier otra persona. Pero ahora, parecía completamente indiferente, como si él no fuera más que un extraño.

¿Acaso seguía molesta porque la había dejado plantada aquella mañana en la playa?

El descontento le hervía en el pecho. Se llevó una mano a la frente, intentando contener su irritación y decidió cambiar de tema.

—Ve a arreglarte y cámbiate de ropa. Dentro de un rato hay una reunión familiar, vendrás conmigo.

Al escuchar esas palabras, ella finalmente levantó la vista para mirarlo. Pero en su mirada no había sorpresa ni alegría, como él esperaba, sino desconcierto.

Era lógico. Llevaban tres años de casados y, aparte de haber ido juntos a firmar el acta matrimonial, Manuel no le había dado nada más. No hubo boda, tampoco la presentó con su familia. De hecho, las reuniones mensuales de los Santos eran un evento al que él jamás la había llevado.

Y la razón, ella la había descubierto por casualidad.

Aún recordaba aquella noche, en su primer aniversario de bodas. Había ido a buscarlo con la intención de preguntarle si lo pasarían juntos, pero, sin querer, terminó escuchando una conversación entre él y sus padres.

—Manu, ya llevas un año casado. ¿Cuándo piensas traer a tu esposa para que la conozcamos? Tenemos listo el relicario familiar para entregárselo. Aunque la familia de esa muchacha no sea gran cosa, con tal de que te ayude a olvidar a Valentina, todo vale la pena.

A través del celular y la puerta cerrada, las voces de los señores Santos sonaban algo amortiguadas, pero la respuesta de Manuel fue tan clara y fría que no dejó lugar a dudas, —Es un matrimonio por conveniencia. No hay necesidad de que la conozcan.

Las palabras bastaron para dejar claro lo que él pensaba de ella.

Desde dentro de la habitación, la voz de su madre, Alicia Delgado, continuaba, —¿Aún no puedes olvidar a Valen? Yo pensé que casándote…

—Lo intenté, pero no pude olvidarla.

La llamada terminó con un suspiro de Alicia. Flavia cerró la puerta con cuidado y se alejó en silencio, como si nunca hubiera estado allí.

Aquel día, aceptó que jamás pondría un pie en la antigua residencia de los Santos. Y ahora, después de darse cuenta de que había apostado por la persona equivocada y cuando estaba decidida a marcharse, ¿él venía a decirle que la llevaría a conocer a su familia?

—No, gracias. —Negó con la cabeza, rechazando su propuesta en voz baja.

Esta vez, Manuel ya no pudo contenerse. Frunció el ceño y le reprochó con visible molestia, —¿Qué te pasa últimamente? No importa lo que te proponga, siempre me dices que no. ¡Tú antes no eras así!

Su tono se fue elevando, dejando entrever su frustración. Fue entonces cuando Flavia recordó cómo solía ser: siempre complaciente, nunca negándole nada. Guardó silencio unos segundos, temiendo delatarse, y al final, para no levantar sospechas, accedió a acompañarlo a la casa de los Santos.

La distancia entre la mansión y la casa familiar no era mucha, así que el carro llegó rápidamente. Al cruzar la entrada, incluso antes de pisar el salón, a través del vidrio pudo ver que ya había alguien allí.

Valentina Solís.

Ella conversaba animadamente con Guillermo Santos y Alicia Delgado. En sus manos, Alicia sostenía un brazalete de jade verde, que intentaba colocar en la muñeca de Valentina con una sonrisa llena de ternura. Apenas vio la escena, el rostro de Manuel cambió sutilmente. Bajó el tono de voz y explicó con seriedad, —Valen y nuestra familia han sido amigos de toda la vida. Por eso la invitan a las reuniones…

Mientras hablaba, giró la cabeza para observar la reacción de Flavia, pero lo que vio lo dejó desconcertado. Ella, sin inmutarse, simplemente se cambiaba los zapatos, con una expresión serena y, para su sorpresa, hasta con una ligera sonrisa en los labios.

—No tienes que darme explicaciones.

Manuel se quedó sin palabras. No esperaba una reacción así. Su mirada reflejaba incredulidad cuando, justo en ese momento, Valentina se acercó, —Manu, tu papá y Alicia te están esperando en el estudio. Dicen que tienen algo importante que hablar contigo.

Él quería decir algo más, pero se vio interrumpido. Asintió con la cabeza y justo cuando iba a tomar a Flavia para llevarla con él, Valentina se adelantó y lo detuvo, —Guillermo y Alicia pidieron que vayas solo.

Apenas la silueta de Manuel desapareció en la esquina, Valentina levantó la mano y la agitó frente a Flavia, con una sonrisa de triunfo pintada en el rostro.

—¿Sabes qué es esto? —dijo, alzando ligeramente la muñeca para que el brazalete de jade verde brillara bajo la luz, —Es el legado familiar de los Santos. Alicia me lo puso con sus propias manos y me dijo que ahora que estoy de vuelta, Manu por fin está completo. Qué curioso, ¿no? Tantos años y hasta ahora me entero de que siempre le gusté.

Sus ojos estaban fijos en Flavia, ansiosa por captar cualquier rastro de dolor o tristeza en su expresión. Sin embargo, para su sorpresa, el rostro de Flavia permaneció imperturbable. Ni siquiera se molestó en mirar el brazalete, como si aquel objeto no tuviera la menor importancia.

Simplemente esperó a que Valentina terminara de hablar y, con una leve sonrisa en los labios, la miró con una calma que resultaba casi inquietante. Su voz sonó suave, pero con un matiz que hizo titubear a su interlocutora, —¿De verdad no lo sabías?

—¿Qué cosa? —preguntó Valentina, confundida por la pregunta inesperada. Flavia inclinó ligeramente la cabeza y continuó, su tono era pausado, como si estuviera explicando algo obvio, —Tú y Manuel crecieron juntos, fueron inseparables desde siempre. La forma en la que te miraba, el amor en sus ojos… cualquiera podía verlo. ¿De verdad… nunca lo notaste?

Capítulo 7

Colocó un énfasis especial en la palabra "de verdad", su mirada profunda hizo que el corazón de Valentina diera un brinco inexplicable, aunque pronto recuperó la compostura y le sonrió.

—¿Y qué si lo sé? Claro que sé que Manuel está enamorado de mí, pero no pienso aceptarlo. Me gusta verlo suspirar por mí, sufrir porque no puede tenerme. ¿No es divertido? Un hombre como él, el hijo predilecto del destino, girando a mi alrededor como un perro faldero. ¿Dime, quién más podría lograr algo así?

Se encogió de hombros con fingida indiferencia y continuó, —Pero también sé que todo lo bueno se acaba. Así que ya me aburrí del juego. He decidido aceptarlo. A ver, adivina, si le digo que estoy dispuesta a estar con él, ¿crees que no te dejaría en el acto? Seguro se desharía de ti como si fueras basura.

—Oh.

Las palabras, llenas de provocación, llegaron a los oídos de Flavia, pero no despertaron en ella la más mínima reacción. Se limitó a soltar un simple "oh" y, sin más, intentó pasar de largo, ignorándola por completo.

La indiferencia total hizo que Valentina se sintiera humillada, la rabia le nubló la razón. Con brusquedad, intentó sujetarla del brazo, pero Flavia fue más rápida y esquivó el agarre con facilidad. En su frustración, Valentina terminó arrancándole la cadena que llevaba al cuello. Frunció el ceño al verla en su mano y, con gesto de desdén, la arrojó al aire.

—¿Qué porquería es esta? Todo roto y viejo, no vale nada.

Se escuchó un chisporroteo. Flavia giró la cabeza justo a tiempo para ver la cadena caer dentro del brasero donde asaban carne. Sus pupilas se contrajeron y su rostro palideció al instante. Su mente se quedó en blanco.

Sin pensarlo ni un segundo, se lanzó hacia el fuego. Sin importar el calor de las brasas ardiendo, metió la mano de golpe en el fuego.

—¡Señora!

Las empleadas gritaron alarmadas y corrieron para detenerla, pero ya era demasiado tarde. Incluso Valentina perdió el control por un instante y le gritó aterrada.

—¡¿Estás loca?! ¡Solo es una maldita cadena!

El caos se apoderó del lugar mientras Flavia, con gran esfuerzo, logró sacar la cadena del fuego. Sin embargo, el dije ya había perdido su forma original debido al calor abrasador. Lo que antes brillaba con intensidad, ahora estaba cubierto de una capa de hollín negro, irreconocible.

Lágrimas gruesas rodaron por su rostro, pero ella no tenía cabeza para secarlas. Su corazón estaba lleno de pesar y culpa.

Era el regalo que Mateo García le había dado en su cumpleaños número dieciocho, su obsequio de mayoría de edad. Y ahora… estaba completamente arruinado.

Con sumo cuidado, guardó la cadena dañada y, con una mirada oscura y gélida, caminó hacia Valentina. Antes de que esta pudiera reaccionar, Flavia levantó la mano y le estampó una bofetada con toda su fuerza.

¡Paf!

El sonido resonó con contundencia en el aire. Valentina, atónita, la miró con incredulidad, pero Flavia aún no había terminado. Sin dudarlo, volvió a levantar la mano y le propinó otra bofetada, rápida y certera.

Las dos cachetadas dejaron a Valentina mareada, con la cara ardiendo de dolor. Apenas si tuvo tiempo de reaccionar antes de que una tercera bofetada la golpeara de lleno.

Furiosa y humillada, Valentina abrió la boca para gritar, pero Flavia ya estaba levantando la mano otra vez.Justo en ese instante, Manuel apareció y, con el ceño fruncido y los ojos llenos de furia, la empujó bruscamente.

—¡¿Estás loca?!

Su voz resonó con rabia y confusión, su corazón palpitaba con fuerza. Sin perder tiempo, se volvió hacia Valentina para asegurarse de que estaba bien. Pero no se dio cuenta de que, detrás de él, Flavia había perdido el equilibrio debido a su empujón y, sin poder sostenerse, cayó de espaldas directo al agua del estanque.

—¡Ayuda… ayúdenme!

El estanque era profundo. Flavia no sabía nadar y, atrapada por el pánico, comenzó a patalear desesperada, tragando varias bocanadas de agua. Su garganta y su nariz ardían por la sensación sofocante del líquido entrando en sus pulmones.

Los gritos alarmados de los empleados se mezclaron con el chapoteo del agua, —¡Señor… señor! —exclamó uno de los sirvientes, nervioso, —¡La señora… no sabe nadar!

Al escuchar esas palabras, el rostro de Manuel se tensó. Por un momento, su expresión mostró un destello de duda, pero al final, apretó los dientes y endureció el semblante.

Sin siquiera voltear a verla, pronunció con frialdad, —¡Nadie la ayude! Cuando admita su error, podrá salir.

Tras decir esas palabras, Manuel tomó a Valentina con sumo cuidado en sus brazos y se marchó sin mirar atrás.

Nadie se movió para ayudar. Flavia se hundió varias veces, luchando desesperadamente por mantenerse a flote, pero cada vez que su conciencia comenzaba a nublarse, un pensamiento la sacudía de golpe. Mateo.

No. Aún no había conocido a la persona que recibió el corazón de Mateo. No podía morir aquí.

Apretando los dientes, con las últimas fuerzas que le quedaban, se aferró a la orilla y, con un esfuerzo titánico, logró salir del agua. Sin embargo, en el instante en que se puso a salvo, su cuerpo ya no pudo más. Completamente agotada, sus párpados se cerraron y se desplomó en la fría superficie. La oscuridad la envolvió por completo.

Capítulo 8

Cuando volvió a despertar, ya habían pasado varios días. Manuel estaba sentado junto a su cama, su expresión oscura como la noche, —Tu celular acaba de recibir una notificación de emisión de boleto. ¿A dónde piensas ir?

En ese instante, Flavia sintió que todo era ridículo.

Había estado al borde de la muerte por su culpa, casi se ahoga en aquella piscina, y ahora que despertaba, no había ni una pizca de culpa o preocupación en él, solo interrogatorios.

—No voy a ningún lado, solo quería salir un rato a distraerme. —respondió con indiferencia, usando una excusa cualquiera para salir del paso. Luego, levantó la mirada y lo encaró directamente, —¿Viniste a hacerme confesar otra vez? Pues no lo haré. Y te lo advierto, si ella vuelve a tocar mis cosas, la golpearé de nuevo.

—Solo era un simple collar, ¿era para tanto?

Manuel frunció el ceño con fuerza. Justo después de cuestionarla, vio cómo sus lágrimas comenzaron a caer sin freno, como una presa desbordándose. Su voz se elevó sin que ella lo notara.

—¡Sí era para tanto! Me lo regaló la persona que más he amado, lo valoro más que mi vida.

Flavia ya no tenía ganas de seguir actuando o fingiendo ante él. Lo que no esperaba era que, al escuchar esa frase, Manuel se quedara completamente rígido.

Su expresión cambió sutilmente, parecía incómodo, y su mirada perdió parte de su frialdad. Con cierto aire de torpeza, murmuró, —Ese collar lo compré sin pensar demasiado. Si te gusta tanto, te consigo otro igual.

Al escuchar eso, Flavia se quedó momentáneamente en blanco.

Durante todos estos años, el único regalo que él le había dado había sido aquel collar. ¿Acaso lo estaba confundiendo con el mismo que ella atesoraba?

—Flavia González, esta vez lo dejaré pasar, pero Valen es mi… amiga. Si vuelves a tocarla, no sé de lo que seré capaz.

Dicho esto, se levantó y se fue sin mirar atrás.

En ese momento, una enfermera entró con los medicamentos, cruzándose con Manuel en la puerta. Al reconocerlo, sus ojos se iluminaron con emoción y no pudo evitar susurrar con entusiasmo.

—¿Ese no es el presidente Santos? Dicen que alquiló todo un piso solo para cuidar a su novia. ¡Y todo por unas simples marcas de bofetadas! Hasta exigió un montón de exámenes médicos… ¡Qué hombre tan entregado!

—¿Eso es todo? La enfermera encargada de ese piso dijo que él mismo le aplica la pomada a su novia todos los días, le da de comer con sus propias manos, la trata como si fuera un tesoro.

...

Flavia escuchó cada palabra con claridad, pero para ella era como si estuvieran hablando de un desconocido. No le importaba lo más mínimo lo que pasara entre ellos. Una vez que la enfermera terminó de cambiarle el vendaje, se levantó sola y fue a gestionar su alta médica.

Durante los días siguientes, Manuel no volvió a casa, pero Flavia sabía perfectamente en qué andaba. No porque lo estuviera buscando, sino porque cada día Valentina le enviaba mensajes llenos de provocación: Ayer me llevó a ver el mar, hoy fuimos a lanzar fuegos artificiales, mañana ha reservado un parque de diversiones solo para nosotros…

Flavia solo miraba los mensajes y luego los ignoraba. Su tiempo lo ocupaba en empacar sus cosas y revisar la información que había conseguido sobre el hombre que realmente recibió el corazón de Mateo.

Cuando llegara a Costadorada, todo sería un nuevo comienzo. Tenía que volver a levantarse, recuperar su vida y regresar con su "Matte".

El último día del periodo de enfriamiento del divorcio, Flavia salió de casa y fue a recoger su acta de divorcio.

Al regresar, se encontró con Manuel sentado en el sofá de la sala. Cuando la vio entrar, su ceño fruncido pareció relajarse un poco.

—¿Dónde estabas?

Un leve destello de sorpresa cruzó los ojos de Flavia. Durante días, él había estado con Valentina, así que no esperaba verlo de vuelta hoy.

—¿Tú qué haces aquí? ¿No estabas ocupado?

—¿No te acuerdas? —preguntó con indiferencia, pero apenas terminó de hablar, su rostro se oscureció visiblemente.

Ella lo miró con desconcierto, —¿Recordar qué?

—Hoy es nuestro tercer aniversario de bodas. —Flavia parpadeó, sin mostrar ninguna reacción especial, como si realmente lo hubiera olvidado. Manuel sintió una opresión en el pecho, pero quizás recordando todo lo que había sucedido últimamente, se obligó a contener su molestia, —Reservé un restaurante. Vamos a cenar juntos.

Flavia estuvo a punto de rechazarlo, pero entonces recordó el acta de divorcio que acababa de recoger. Finalmente, asintió sin oponerse.

Después de todo, en un rato más, ella se marcharía.

Así que, pensó, quizá este era el momento perfecto para hablarle del divorcio.

Cuando llegaron al restaurante reservado y estaban a punto de entrar, su celular vibró con la notificación de un mensaje. Bajó la mirada y vio que era de Valentina.

[Hoy es su aniversario, ¿cierto? Qué coincidencia, porque justo hoy planeo hablar con Manu y decirle que estoy dispuesta a estar con él. ¿Qué crees que pasará después? ¿Te echará de inmediato a la calle?]

Capítulo 9

Flavia no se tomó en serio esas palabras. Al fin y al cabo, después de hoy, se marcharía. Justo cuando apagó la pantalla de su celular y levantó la mirada, vio a Valentina acercándose de frente.

—¡Manu!

Manuel mostró una leve sorpresa en sus ojos, —¿Qué haces aquí?

Valentina sonrió y sin disimulo dirigió su mirada hacia él, —He venido especialmente a buscarte, Manu. Tengo algo muy importante que decirte. Quiero hablar contigo a solas.

Ella pensó que era algo que tenía asegurado. Sin embargo, tras sus palabras, él se quedó en silencio.

Para su sorpresa, Manuel echó un vistazo a Flavia, que estaba detrás de él, y su voz sonó vacilante.

—Hoy no es un buen momento. Mejor en otra ocasión.

Tan pronto como terminó de hablar, Valentina abrió los ojos con incredulidad.

No podía creer que la estuviera rechazando. La indignación la embargó al instante y sus ojos comenzaron a enrojecerse, —¡Bien! Si no vienes conmigo ahora, entonces no habrá un después para nosotros.

Se secó las lágrimas y dio media vuelta, corriendo en dirección opuesta. En un abrir y cerrar de ojos, ya estaba en medio de la calle.

El corazón de Manuel dio un vuelco. Justo cuando iba a llamarla para que regresara, vio por el rabillo del ojo un carro descontrolado dirigiéndose a toda velocidad hacia ella.

En un instante, sus pupilas se contrajeron. En ese momento, no pensó en nada más. Corrió como un loco y empujó a Valentina fuera del camino.

Un segundo después, un estruendoso golpe resonó en el aire.

—¡Manu!

Frente a Flavia, la sangre se esparció en el asfalto. Mientras tanto, Valentina se quedó paralizada, incapaz de hacer otra cosa que no fuera llorar y gritar.

Al final, fue Flavia quien llamó a emergencias y llevó a Manuel al hospital.

Cuando sus amigos recibieron la noticia, llegaron apresurados. Miraron a su alrededor y se dieron cuenta de que, aparte de Flavia, quien esperaba en la sala de operaciones con las manos cubiertas de sangre, no había nadie más.

—¿Cómo está? ¿Y Valen?

—Sigue en cirugía. En cuanto a Valentina… no paraba de llorar y los doctores la echaron porque estaba haciendo demasiado escándalo.

Ella respondió con paciencia, una pregunta tras otra.

Finalmente, las letras iluminadas de "En cirugía" se apagaron y la puerta de la sala de operaciones se abrió. El médico salió, se quitó la mascarilla y anunció.

—La cirugía fue un éxito. El paciente despertará mañana.

Al escuchar la noticia, los muchachos por fin respiraron aliviados. Sin embargo, al recordar el motivo por el que Manuel había resultado herido, comenzaron a comentar sin preocuparse por la presencia de Flavia.

—Mane ya se peleaba por Valen en la escuela, y ahora hasta la vida estuvo a punto de perder por ella. ¿Acaso olvidó que hace poco tuvo una cirugía de corazón?

—Después de salvarla con su propia vida, Valen por fin debería aceptar a Mane, ¿no? Al menos algo bueno salió de esto…

Flavia escuchaba sus conversaciones en silencio. Sin decir nada, se giró con intención de irse. Pero justo cuando iba a dar el primer paso, una voz impaciente la detuvo, —¿Y tú a dónde vas, perra faldera? Mane está por salir, ¿no vas a cuidarlo?

Al darse la vuelta, notó que todos la estaban mirando con expresiones de descontento.

Encogiéndose de hombros, respondió con indiferencia, —Ya estamos divorciados, ¿qué tengo que cuidar yo?

—¿¡Qué!?

Las miradas incrédulas se cruzaron entre los muchachos, la sorpresa en sus rostros era evidente.

Sin prestarles atención, Flavia sacó de su bolso el acta de divorcio que llevaba consigo y la puso en manos del que estaba más cerca.

—Hoy venía a entregarle esto, pero no hubo oportunidad. No voy a esperar hasta mañana, así que se los dejo a ustedes.

Dicho esto, sin darles tiempo a reaccionar, se giró y salió de ahí.

Los amigos de Manuel, apenas asimilando la escena, la vieron alejarse y le gritaron.

—¡Flavia González! ¿A dónde vas?

Ella rió con ligereza, sin voltear. Solo les lanzó una última frase.

—Como pueden ver… a dejarle el camino libre a Valentina Solís.

Y antes de desaparecer por completo, añadió con un tono burlón, —Ah, por cierto, deséenles felicidad de mi parte. A la boda, no cuenten conmigo.

Tras salir del hospital, Flavia se dirigió directamente a la mansión.

Al pensar en que pronto conocería al verdadero receptor del corazón, en que pronto podría escuchar de nuevo los latidos de Matte, una leve sonrisa se dibujó en sus labios. La emoción la invadía, al punto de que casi no podía esperar.

Su equipaje ya estaba listo desde hacía tiempo. Tomó la maleta, salió de la mansión y llamó un carro. Sin mirar atrás, se dirigió directamente al aeropuerto. ¡Esta vez, no había vuelta atrás!

Su Corazón Sigue Latiendo por Mí
Toca para ver el texto completo