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Un Amor para Olvidar

Capítulo 1

—¡Hola, quiero emigrar a otro país!

Margarita Hernández se paró frente a la ventanilla y entregó al funcionario del otro lado del vidrio todos los documentos que había preparado.

El funcionario revisó los papeles y estampó el sello correspondiente en cada uno. Luego, sacó otra hoja y se la pasó a ella.

—Señora, en quince días su trámite estará listo. Le pedimos que tenga paciencia.

Margarita asintió con la mirada, se dio la vuelta y caminó hacia la salida. Sin embargo, justo cuando estaba por irse, escuchó el murmullo de los empleados detrás de ella.

—¿Estoy viendo mal o es la señora Rodríguez la que está pidiendo emigrar? ¿Acaso discutió con el gerente Raúl?

—Pero, aunque hayan discutido, ¿no es demasiado irse del país por eso? Si el gerente Raúl es famoso por ser un esposo amoroso, ¿qué pudo haber pasado para que la señora Rodríguez tomara una decisión tan difícil?

—Ni que lo digas... Hace cinco años, la boda de ensueño que le organizó a la señora Rodríguez fue un evento que dio la vuelta al mundo. Hasta yo, que casi ni uso internet, me enteré. Hace tres años, cuando ella tuvo aquel accidente en el carro y el banco de sangre no tenía suficientes reservas, el gerente Raúl ignoró todas las advertencias y donó hasta la última gota de sangre que pudo para salvarla. Hace un año, la señora Rodríguez desapareció por tan solo una hora y él movilizó a todos los medios de comunicación para encontrarla. Y ahora ella se va a escondidas... Él se va a volver loco.

Margarita escuchó las conversaciones a su espalda y una leve sonrisa apareció, aunque en sus ojos solo quedaba una profunda sorpresa.

Sí, todo el mundo sabía cuánto la amaba Raúl Rodríguez.

En el círculo empresarial, era un hecho bien conocido que Raúl, presidente del Grupo Financiero Rodríguez, era un hombre implacable y ávido en el mundo de los negocios. Su vida personal, en cambio, se caracterizaba por su falta de cariño y una total indiferencia hacia las mujeres; ninguna podía acercarse a menos de tres metros de él.

Hasta aquella noche de gala, cuando conoció a Margarita.

Se enamoró de ella al instante y comenzó a coquetearle todo el tiempo. Le regaló casas lujosísimas, autos costosos y joyas sin escatimar en gastos. Iluminó el cielo con fuegos artificiales durante tres noches solo para declararle su amor. Incluso, cuando ella mencionó al pasar que extrañaba un pastel de nueces que llevaba años fuera del mercado, él desafió una tormenta de nieve, recorrió tres ciudades en plena madrugada y regresó empapado, pero con el pastel aun caliente en sus manos.

Lo que de verdad la convenció de aceptarlo fue el día en que sus padres murieron en un accidente en la carretera.

Él estaba en Mar Azul, a miles de kilómetros, pero aun así renunció a un negocio de cientos de millones de dólares solo para estar a su lado.

Cuando llegó, estaba agotado, con la ropa hecha un desastre y los ojos inyectados de sangre, pero aun así la abrazó con cariño y le susurró al oído.

—Margarita, no te preocupes, aún me tienes a mí. Yo estaré contigo para siempre.

Margarita lo miró a los ojos y su corazón se aceleró.

Él era el indicado.

Así se convenció a sí misma.

Pero ese mismo hombre, que aseguraba que en su mundo solo había espacio para ella, no pudo resistir la tentación. Tres meses atrás, se acostó con la hermana de su mejor amigo, quien había estado en su casa.

El sofá, la cocina, la cama... en todos lados había rastros de su infidelidad.

Raúl pensó que lo había ocultado bien, pero olvidó que en este mundo no hay nada oculto entre el cielo y la tierra.

Cuando Margarita descubrió la verdad, sufrió, dudó, se desesperó... hasta que por fin lo aceptó con el corazón hecho pedazos y tomó su decisión.

La familia Rodríguez provenía de tres generaciones de militares y, por normas internas, ninguno de sus miembros podía abandonar del país.

Incluido Raúl.

Si ella salía del país, él jamás podría encontrarla.

Margarita guardó con cuidado sus documentos y tomó un taxi con dirección a villa Los Cielos.

Tan pronto como entró a la mansión de la familia Rodríguez, el aroma de flores de azahar inundó sus sentidos.

En la sala, dos personas estaban colgando adornos en la pared. Al escuchar abrir la puerta, se giraron de inmediato para ver quién era.

Raúl se quedó paralizado por un instante, pero en cuanto la reconoció, su mirada se suavizó y se acercó para tomarle la mano.

—Margarita, llevas muy poca ropa. ¿No tienes frío? Me dijiste que ibas a salir con tus amigas, ¿por qué volviste tan pronto? Justo te estaba preparando una sorpresa.

¿Una sorpresa?

Margarita levantó la mirada y vio a Raúl, pero, sin querer, sus ojos se detuvieron en su cuello.

Había una notoria marca de un beso.

Sus pestañas temblaron por un instante mientras hacía lo posible por ignorar el dolor que le desgarraba el pecho.

Al ver que Margarita no respondía, Sofía Díaz se acercó riendo con coquetería.

—Margarita, para nadie es un secreto que Raúl te ama muchísimo. ¡Mira qué celebración tan grande ha preparado por su aniversario!

Hizo una breve pausa y luego señaló el sofá, donde una montaña de regalos estaba apilada.

—Mira, todos estos regalos los preparó Raúl para ti.

Margarita siguió la dirección que indicaba la mano de Sofía, pero antes de notar los regalos, sus ojos se posaron en la gran mancha húmeda que se extendía bajo ellos.

En ese instante, sintió como si el cielo se desplomara sobre su cabeza. El aroma que percibió al entrar, las huellas que veía... todo confirmó la sospecha que acababa de cruzar por su mente.

¿Amarla?

El supuesto amor de Raúl consistía en prepararle regalos mientras, al mismo tiempo, hacía el amor con Sofía en el sofá, con tanta pasión que llegaron a humedecerlo.

El dolor de una traición de esa manera, desgarrador e insoportable, era peor que la misma muerte.

Raúl no notó nada extraño en la expresión de Margarita. Con una ternura casi sofocante, sacó el collar que había preparado y se lo colocó en el cuello.—Margarita, feliz aniversario. También te preparé una cena a la luz de las velas.

Margarita tembló de pies a cabeza y negó con la cabeza.—No... no quiero cenar. Me... me siento mal.

Cada segundo junto a Raúl era ahora una tortura.

Desde el principio, ella lo había dejado claro: era pura de corazón y no podía tolerar la traición.

Si no estaba dispuesto a serle fiel, entonces ¿por qué la había buscado? Y ya que lo hizo, ¿por qué terminó fallándole?

Al escuchar que ella no se sentía bien, Raúl entró en pánico.

Llamó sin pensarlo dos veces a varios médicos para que la revisaran. Al ver que los exámenes no mostraban ninguna anomalía, aun así siguió sin estar tranquilo, así que ordenó a su asistente que comprara todo tipo de pastillas para aliviarla. Incluso, con sus propias manos, le preparó un vaso de leche caliente y la arrulló hasta que logró que se durmiera.

Después de cuatro o cinco horas de interminables atenciones, Margarita al fin se quedó dormida.

Esa noche, en plena madrugada, el deseo de tomar un vaso con agua la despertó.

Se levantó de la cama y abrió la puerta, pero en cuanto puso un pie afuera, su cuerpo entero se paralizó.

La puerta de la habitación contigua estaba abierta. La luz de la luna entraba por la ventana e iluminaba las figuras entrelazadas en la cama: dos cuerpos desnudos, enredados en una escena de puro deseo carnal.

— El collar que le diste hoy vale decenas de millones de dólares. Te lo estuve pidiendo durante tanto tiempo y nunca me lo disté a mí. Margarita no hizo nada, y tú corriste a ponerle lo mejor entre sus manos.

Sofía seguía con las piernas enganchadas alrededor de la cintura de Raúl, su voz impregnada de celos y resentimiento después del momento de pasión.

Raúl arrugo al frente y se separó de ella. Se sentó al borde de la cama y encendió un cigarro.

—Parece que aún no entiendes cuál es tu lugar. Ya te lo he dicho, la única mujer que amo es Margarita.

—Si quieres mantener esta relación conmigo, pues tendrá que ser entonces en secreto. Si ella lo descubre, sabes bien lo que pasará.

Sofía palideció y, con el cuerpo aún desnudo, lo abrazó por la espalda con un aire de súplica.—Lo sé, sé que amas a Margarita... pero yo también te amo a ti. Solo estaba celosa, ¿ni siquiera eso me permites?

Raúl no respondió. Tan solo se inclinó, abrió un cajón y sacó un collar idéntico al de Margarita, pero de otro color.

—Deja de poner esa cara de víctima. También te compré uno. Pero solo puedes usarlo en privado. Si ella llega a descubrirlo, lo nuestro termina.

Los ojos de Sofía se iluminaron al instante. Sin pensarlo tomó el collar y se lo probó frente al espejo, sin importar las marcas de besos y mordiscos que cubrían su cuello.

—¡Muchas gracias, Raúl! ¡Sabía que, en el fondo, todavía me tienes en tu corazón! Pero dime... ¿acaso tienes tanto miedo de que Margarita se vaya?

Raúl ni siquiera dudó.—Sí. No puedo perderla. Si ella me deja... me volveré loco.

Apenas terminó de hablar, la sujetó y la metió bajo su cuerpo, iniciando otra ronda de lujuria sin control.

La cama crujió con el ritmo de sus movimientos, mientras la habitación se llenaba de los gemidos incesantes de Sofía. Desde la distancia, Margarita observaba todo con lágrimas desbordándose de sus ojos.

Con la vista nublada por el llanto, alzó la cabeza y miró la fotografía de su boda colgada en la pared.

Raúl, en quince días... esperaré a que te vuelvas loco.

Capítulo 2

A primera hora de la mañana, Margarita se despertó con el ruido de un alboroto.

Abrió la puerta y vio, en el jardín de la villa vecina, a una mujer con el rostro agotado que sujetaba con fuerza la ropa del hombre que tenía delante, gritando a todo pulmón:

—¡Miguel, te he amado durante diez años enteros y hasta te he dado hijos!

—Cuando nos casamos, me prometiste que me amarías para siempre.

—Y han pasado apenas unos años y ya te atreves a engañarme con otra mujer.

A pesar de la hora, varias personas habían salido a caminar por el lago y se toparon con semejante escándalo.

A medida que más vecinos se congregaban, el hombre, una figura respetada, cambió de expresión y, sujetando a la mujer con firmeza, la arrastró hacia el interior de la villa.

—¡Deja de hacer tanto escándalo! Te lo he dicho muchas veces: ¡no existe un solo hombre que no sea infiel!

Margarita observaba la escena, absorta, cuando de repente una mano cálida y suave cubrió con ternura sus oídos desde atrás.

—Margarita, no escuches esas vulgaridades.

Sin voltear, ella susurró: —Dime... ¿En serio todos son así, y cambian con el tiempo?

El cuerpo de Raúl se tensó. La giró con cuidado hasta que quedaron cara a cara y le sostuvo la mirada con una intensidad absoluta.—No sé los demás, pero yo no soy igual al resto. Margarita, en esta vida solo te amaré a ti.

—¿Solo a mí... toda tu vida? Pero la vida es muy larga.

Raúl la abrazó con suavidad, su cálida respiración rozándole el oído.—Es larga, sí... pero solo la quiero pasar contigo.

Margarita por fin dejó escapar una risa, aunque en su sonido se percibía un amargo matiz. —¿Y si...? ¿Y si me traicionas?

—Si alguna vez te traiciono, que un rayo me parta por la mitad y sufra mil desgracias.

Sabiendo toda la verdad, aquellas palabras le atravesaron el corazón como una daga.

—Raúl, ¿Cómo te atreves a hacer un juramento tan cruel? ¿No temes que se haga realidad?

Raúl rio con voz baja.—No. Porque nadie más que yo sé cuánto te amo. Si no me crees, me sacaré el corazón para que lo veas. Y si aun así dudas, te daré mi vida entera.

¿Podía darle toda su vida?

Entonces, ¿por qué ni siquiera podía controlar sus propios impulsos ?

Aún llevaba en la piel el rastro otra mujer, pero sus labios pronunciaron las palabras de amor más hermosas.

—¡Margarita y Raúl! ¿Qué están haciendo ustedes dos?

Una voz los irrumpió desde la puerta, rompiendo el momento.

Ambos se giraron y vieron a Sofía apoyada en la entrada, vestía un elegante vestido rojo sin tirantes.

En ese instante, Margarita notó cómo el cuerpo de Raúl se tensaba. Él apretó las cejas y preguntó con voz grave: —Hoy es fin de semana, ¿a dónde vas vestida así?

No sonaba como un hermano preocupado por su hermana, sino más bien como un esposo interrogando a su mujer... molesto por lo hermosa que lucía.

Percibiendo el disgusto en su tono, Sofía sonrió con timidez.—Nuestra empresa organizó un evento social. Voy a buscar novio. Esta noche no volveré.

Al escuchar eso, el rostro de Raúl se ensombreció de golpe. Sofía, satisfecha, sonrió aún más.—Por cierto, Margarita, ¿qué planes tienen para hoy?

Solo entonces Raúl pareció reaccionar y, sujetando la mano de Margarita, respondió: —Hoy iremos a la casa de mis padres.

Sofía sonrió, dejó un "salúdamelos de mi parte" y se marchó.

Media hora después, Raúl conducía hacia la casa familiar con Margarita a su lado.

Los padres de Raúl nunca la habían aceptado del todo como nuera. Consideraban que su hijo, antes tan brillante, se había convertido en un tonto por culpa del amor, al punto de casi perder la vida por ella. Además, tras años de matrimonio, aún no tenían hijos. Cada vez que la veían, la recibían con reproches.

Raúl, para protegerla, evitaba visitarlos demasiado, pero esta vez había recibido noticias de que su madre estaba muy enferma. No le quedó más opción que llevar a Margarita con él.

Apenas cruzaron la puerta, el ambiente de risas y charla se esfumó de golpe.

Raúl notó de al momento la actitud hostil de sus padres hacia Margarita y, furioso replico: —Si siguen comportándose así, Margarita y yo no volveremos a pisar esta casa.

Fernando, indignado, golpeó la mesa con fuerza.—¡Pero qué descaro! ¿Piensas abandonar a tus propios padres por una mujer?

Raúl apretó la mano de Margarita con firmeza y, sin ceder, replicó:—Les he dicho que Margarita es el amor de mi vida. Yo a ella ni siquiera me atrevo a alzarle la voz por miedo a molestarla, y ustedes... ¿creen que pueden tratarla así?

—Si esto vuelve a repetirse, consideraré que ya no tengo padres.

Capítulo 3

Nadie esperaba que Raúl fuera tan tajante. De repente, la atmósfera en la sala se apagó.

Sin embargo, Margarita, al ver a quien hasta hace solo un momento la defendía con tanto fervor, no sintió ni un poco de emoción.

Al darse cuenta de que su hijo hablaba en serio, Paola cedió con fastidio.—No hay problema, comamos mejor primero.

Durante la cena, lo único que se escuchaba era el sonido de los cubiertos chocando contra los platos, acompañado con las ocasionales echaderas de vaina de Paola.

La mano de Margarita, que sostenía los cubiertos, se tensó.

Sabía que eso era la señal de que Paola estaba a punto de sermonearla.

Y, tal cual, al segundo siguiente, Paola dejó sus cubiertos sobre la mesa.

—Lo demás no nos importa, pero al menos tienen que darnos un nieto, ¿no es justo?

—No pueden dejar esta casa sin un heredero.

Raúl también dejó sus cubiertos de inmediato.—Ya se los dije, Margarita odia el dolor. No voy a permitir que sufra el tormento de un parto. ¡Prefiero quedarme sin hijos en a que ella sufra!

Fernando y Paola, al escuchar eso, perdieron por completo el apetito.

Justo cuando estaban a punto de iniciar otra discusión, Margarita habló de repente:—Dentro de quince días... papá, mamá, en quince días tendrán a su nieto.

Sus palabras sorprendieron a todos.

—¿Margarita?—Raúl le tomó la mano.—Dijimos que no tendríamos hijos. No tienes que hacer esto por mí.

Margarita miró la expresión seria con la que él la defendía y esbozó una leve sonrisa.

Ella solo dijo que tendrían un nieto, pero nunca mencionó que sería ella quien lo tuviera.

En quince días ya estaría en el extranjero. Si tanto le gustaba Sofía y se acostaba con ella todas las noches, lo normal era que fuera Sofía quien le diera un hijo.

Así que sonrió y dijo: —Es el deseo de los mayores. Debemos cumplirlo.

Raúl, al verla tan comprensiva, sintió de repente una leve duda.

Ella estaba siendo demasiado razonable.

Los rostros de Fernando y Paola se suavizaron y sonrieron.—Así es como deben ser las cosas.

Pero Raúl aún tenía la sensación de que algo no encajaba. Quiso seguir preguntando, pero en ese momento su celular vibró. Echó un vistazo a la pantalla y su expresión cambió un poco.

Margarita, que estaba sentada cerca, logró ver el mensaje de un solo vistazo. Era de Sofía.

[Raúl, hay un chico que está interesado en mí y quiere mi contacto. ¿Se lo doy o no?]

En su mente, Margarita empezó a contar los segundos. Uno, dos, tres...

Justo en el tercer segundo, Raúl se levantó de golpe.—Lo siento, Margarita. Tengo un asunto que atender en la empresa. Quédate aquí y come tranquila, cuando termines iré a recogerte.

Dicho esto, ni siquiera esperó su respuesta y se fue a toda marcha, sin molestarse en tomar su abrigo.

Apenas Raúl se marchó, Fernando y Paola dejaron de fingir y comenzaron a criticarla sin reservas.

—Dime, ¿cuántos años llevas casada ya? Y todavía no te has embarazado. ¡Qué vergüenza!

—Vienes de una misera familia sin nombre ni tampoco fortuna, y encima, tus padres están muertos. Si no fuera porque Raúl te quiere, ¿de verdad crees que podrías ser la señora Rodríguez? Estoy muy en lo cierto cuando digo que haberte traído a esta casa fue lo peor que nos pudo pasar.

—¡¿Por qué lloras?! Ni se te ocurra ir a quejarte con Raúl. Todas las nueras reciben regaños. Mi hijo está muy ocupado, no lo molestes con estas tonterías.

Desde la mañana hasta la tarde, Margarita soportó cinco horas ininterrumpidas de humillaciones.

Después de una larga espera, al atardecer, Raúl regresó para recogerla.

Mientras el auto avanzaba por el camino de regreso a casa, Margarita rompió el silencio.—¿Terminaste con tus asuntos en la empresa?

Raúl se sorprendió por la pregunta, pero enseguida respondió con voz calmada: —Sí, ya todo está solucionado.

Mientras hablaba, su dedo índice golpeó con delicadeza el volante.

Ese era un gesto inconsciente que solía hacer cuando estaba de buen humor.

Tal vez porque ella no respondió enseguida, Raúl reaccionó y preguntó: —Después de que me fui... ¿mis padres no te molestaron, verdad?

Margarita estaba a punto de contestar cuando, de repente, notó algo debajo del asiento del copiloto. Era un par de medias de lunares... rotas.

Ella sabía que Raúl se había ido a ver a Sofía, pero jamás imaginó que habrían estado en el auto.

En los cinco años que llevaban casados, ella siempre había sido muy reservada en ese tipo de cosas.

Temiendo que él se aburriera, una vez, con las mejillas rojas, le preguntó si quería que hiciera algún diferente.

Él la abrazó y la besó con ternura.—Margarita, yo solo tengo ojos para ti. Aunque estuvieras vestida con harapos, seguiría enamorado de ti. No necesitas forzarte a hacer cosas que no te gustan. Quien te ama, te desea tal como eres.

Pero aquel hombre que antes se mostraba tan puro y devoto, en la oscuridad se divertía con otra mujer.

Los ojos de Margarita se llenaron de lágrimas.—¿Tú qué crees?

Raúl no tenía ni idea de que sus secretos con Sofía habían sido descubiertos desde hace un tiempo. Pensó que su esposa lloraba por las humillaciones de sus padres.

Pisó el freno de golpe y la abrazó con fuerza.—Lo siento, Margarita. Es mi culpa. No debí dejarte sola con mis padres. Te prometo que nunca volverás a pasar por esto.

Pero en los brazos de él, Margarita solo sentía asfixia.

Reprimiendo las lágrimas, lo apartó.

—Sigue conduciendo.

Al fin y al cabo, entre ellos... ya no había un futuro.

Capítulo 4

Al llegar a casa, Raúl fue a estacionar el carro, mientras que Margarita entró y vio a Sofía en el sofá, con su camisón puesto, abrazando una bolsa de papitas fritas mientras veía la televisión.

Se detuvo en seco y preguntó: —¿No dijiste que hoy tenías una reunión y que no volverías a casa hasta tarde?

Sofía curvó los labios en una sonrisa y fingió timidez: —¡Ay, Margarita! Se me olvidó decírtelo. Pues me puse a pelear mi novio, por eso fue que fui a la reunión solo para hacerlo rabiar.

—Cuando se lo dije, pareció no importarle en lo más mínimo, pero en cuanto puse un pie en la fiesta, él apareció de la nada y me sacó de ahí.

Mientras hablaban, bajó concite el cuello del camisón, revelando las marcas de besos esparcidas por su piel. Luego, lanzó una mirada provocadora a Margarita.

—Jamás imaginé que fuera tan celoso. En el carro lo hicimos tres veces seguidas.

Margarita escuchó sus palabras mientras sus uñas se clavaban en las palmas de sus manos. Un dolor muy fuerte comenzó a extenderse por todo su cuerpo.

Tomó aire y preguntó con aparente calma: —¿Desde cuándo tienes novio? Nunca te escuché mencionarlo antes.

Sofía alzó la mirada con una sonrisa despreocupada y respondió con naturalidad: —Desde hace tres meses.

Justo tres meses atrás, Sofía se había mudado con la familia Rodríguez. En aquel entonces, había llegado a la ciudad por trabajo y el hermano de Raúl, preocupado por ella, le había pedido que la cuidara.

Así que, desde el primer día que se instaló aquí... ¡se había estado enredando con él!

La respiración de Margarita se aceleró. Estaba a punto de decir algo cuando sintió unas manos grandes posarse sobre sus hombros.

Raúl entró y, con voz suave, dijo: —Margarita, has tenido un día bastante agotador. Voy a prepararte el baño. Relájate y descansa temprano, ¿sí?

Sin darle oportunidad de replicar, la empujó con suavidad hacia el baño.

Margarita estaba a punto de quitarse la ropa para darse una ducha cuando se dio cuenta de que había olvidado llevar su ropa limpia.

Abrió la puerta para salir a buscarla, pero lo que vio la dejó helada.

A unos metros de distancia, Raúl arrancaba con lujuria el camisón de Sofía y la presionaba contra el sofá.

Sus manos grandes la sujetaban con fuerza por la cintura mientras muchos besos descendían hacia abajo.

Sofía se aferraba a sus hombros, arqueando la espalda y jadeando con placer ante la expectativa de a donde conduciría ese rio de besos.—Ah... ah... vamos más despacio... ¡Margarita sigue en el baño y de pronto nos escucha! ¿Acaso no tuviste suficiente en el carro hoy?

Los movimientos de Raúl se volvieron aún más intensos. Sofía comenzó a gemir con un tono entrecortado, casi como un llanto.

—¡Cierra la boca de una buena vez!

—¡Atrévete a volver a ver a otro hombre y verás lo que te hago!

Los labios de Sofía se curvaron en una sonrisa maliciosa. Como si notara algo.

Levantó la vista con un aire seductor y lanzó una mirada desafiante a Margarita, quien seguía petrificada en la puerta.

—Ok, ya no lo haré. Soy toda tuya, ¿no es suficiente con eso?

—No seas tan celoso.

Margarita no pudo seguir viendo más. Agarró su ropa a toda velocidad y cerró la puerta del baño de golpe.

Se hundió en la bañera, sumergiéndose por completo en el agua. Su mente no podía dejar de divagar en lo que acaba de presenciar.

Cinco años atrás, durante su luna de miel en una isla paradisíaca...

Apenas si había mirado un momento a un hombre, bien guapo por cierto y con abdominales marcados en la playa, y Raúl había puesto su mirada llena de celos en ella.

La había arrastrado de regreso a la suite presidencial y, durante siete días enteros, no le permitió salir ni un solo momento.

Hasta que los condones se acabaron y hasta las tablas de la cama terminaron rotas.

Él la abrazó con ojos enrojecidos y voz suplicante: —Margarita... Yo también tengo lo que ellos tienen. No mires a otros hombres, no me dejes...

Ella tuvo que prometerle una y otra vez que no lo haría, hasta que su enojo y celos se disiparon por completo.

Desde aquel día, nunca más se atrevió a mirar a otro hombre.

Y ahora, por Sofía... él volvía a enloquecer de la misma manera.

Margarita sacó la cabeza del agua y respiró hondo.

Cuando salió del baño, en la habitación solo quedaba Raúl.

Sobre la mesa frente a él, además de la fruta cortada, había un vaso de agua con miel.

Al verla salir, tomó el vaso y se lo ofreció con una actitud complaciente.—Hice las cuentas y en unos días te llegará tu periodo. Te preparé agua con miel con anticipación. Bebe un poco, así te dolerá menos después.

Margarita sostuvo el vaso humeante entre las manos, pero en su interior no sintió ni el más mínimo calor.

No entendía cómo podía actuar tan bien.

Acababa de bajar de la cama de otra mujer y, en un abrir y cerrar de ojos, ya fingía ser un esposo amoroso y devoto.

Esa idea se fijó en su mente, lo que le impidió dormir bien en toda la noche.

Justo cuando comenzaba a quedarse dormida, Raúl, que descansaba profundo a su lado, de repente gritó:

—¡Margarita!

En el siguiente instante, se despertó sobresaltado y, con desesperación, empezó a tantear a su alrededor.

No se tranquilizó hasta que encontró su cuerpo y la estrechó entre sus brazos.

—¡Margarita, no te vayas!

Margarita se apretó un poco.—¿Qué te pasa?

Raúl tenía los ojos enrojecidos por el miedo.—Tuve una pesadilla... soñé que me dejabas. Pero por suerte, solo fue un sueño... Qué alivio que sigues aquí conmigo.

Margarita bajó la mirada.

Quiso decirle que pronto ya no estaría.

Tal vez por culpa de aquel sueño, al día siguiente Raúl insistió en llevarla con él al trabajo.

Margarita se negó, pero él le suplicó de todas las formas posibles.

Para no perder más tiempo en discusiones, terminó aceptando y salió con él.

Apenas puso un pie en la oficina de Raúl, vio que su escritorio estaba lleno de fotos de ella.

Al notar que las miraba con la mirada ausente, Raúl la abrazó por detrás y se acurrucó contra su cuello con forma tierna.—Muchas mujeres intentan acercarse a mí todo el tiempo. Desde que puse estas fotos, la situación ha mejorado mucho. Margarita, quédate tranquila, tu esposo es un hombre fiel.

Margarita bajó la mirada para observarlo, pero no dijo nada.

Justo en ese momento, su asistente llamó a la puerta para recordarle que la reunión estaba por comenzar.

Raúl la abrazó un rato más con renuencia antes de soltarla y marcharse, dejándola libre para pasear por donde quisiera.

Margarita no tenía interés en recorrer el lugar, pero tampoco quería quedarse en su oficina.

Así que caminó por todos los pisos del edificio. Casi al mediodía, recibió una llamada inesperada. Era de la oficina de migración.

—Señorita Margarita, para completar su trámite de inmigración, necesitamos que venga en persona a firmar un documento a nuestra oficina.

Margarita apenas iba a responder cuando, de repente, escuchó una voz familiar detrás de ella.

—¿Qué desea usted tramitar?

Capítulo 5

Margarita se giró en un solo movimiento y vio a Raúl detrás de ella, con el rostro torcido.

En cuanto colgó, él corrió hacia ella y le sujetó la mano con urgencia.—¡Margarita! ¿Quién quiere irse del país?

Margarita mantuvo su expresión inalterable.—Es una compañera. Está pensando en irse del país y, antes de hacerlo, quiere que nos reunamos.

Quizás porque se veía muy sereno, Raúl ni siquiera se imaginó que pudiera estar mintiendo. Aun así, la abrazó con fuerza, con el miedo reflejado en sus ojos.—Por un momento pensé que eras tú... Me asustaste.

Margarita curvó los labios.—Es solo viajar fuera del país, ¿por qué reaccionas así?

El corazón de Raúl latía con fuerza. Con impotencia, le explicó: —Margarita, ya conoces mi historia familiar. Mi familia lleva tres generaciones en el ejército. No podemos salir del país.

Hizo una pausa y, como si aún no estuviera tranquilo, le advirtió una vez más: —Si alguna vez hago algo mal, puedes pegarme, gritarme... incluso matarme. Pero lo que no puedes hacer es irte al extranjero, porque si te vas, jamás podré encontrarte. Y eso... eso sería peor que la muerte.

Margarita, envuelta en su abrazo, solo sonrió de forma amable.—Lo entiendo.

Tal vez Raúl percibió algo extraño, porque durante los días siguientes no se separó de ella ni un solo momento.

Incluso cuando uno de sus amigos inauguró un club y los invitó a celebrar, Raúl insistió en llevarla con él.

Para Margarita, su constante vigilancia le impedía encontrar la oportunidad de ir a firmar los documentos en la oficina de inmigración.

Así que sin más remedio lo acompañó.

Apenas entraron en una sala privada, un grupo de amigos los rodeó de al momento.

—Cuñada, hoy puedes relajarte. Sabemos que te gusta la tranquilidad, así que cambiamos la música por piezas de piano y despejamos el lugar solo para nosotros.

—¡Exacto! Además, te preparamos algunos postres. Raúl nos dijo cuáles son tus favoritos, así que aquí los tienes.

—Ven, cuñada, siéntate aquí. La fruta ya está lista para comer.

...

Raúl los miró con las cejas en alto y una sonrisa divertida.—¿Desde cuándo se volvieron tan atentos?

—¿Quién en este mundo no sabe que Margarita es lo más importante para Raúl? Si no la consentimos, ¿cómo vamos a seguir llevándonos bien contigo?

—¡Exacto! Desde que tienes esposa, nos dejaste en el olvido. Estamos sufriendo, así que la única opción que nos queda es tratar bien a Margarita para que nos deje seguir siendo sus amigos.

La sala estalló en carcajadas. Justo cuando el ambiente estaba en su punto más animado, una silueta menuda apareció en la puerta.

¡Era Sofía!

El gerente se apresuró a detenerla.—Lo siento, señorita. Hoy tenemos invitados importantes y el club no está abierto al público.

Pero Sofía lo apartó sin dudarlo y entró sin más.—¡Margarita, Raúl! Así que ustedes fueron los que reservaron el lugar. ¡Qué coincidencia! No les molestará que me una, ¿cierto?

Sin esperar respuesta, se acercó y se sentó junto a Margarita. Luego, aprovechando la tenue iluminación, tomó la mano de Raúl y la deslizó debajo de su falda.

El cuerpo de Margarita tembló levemente. Sin poder evitarlo, miró a Raúl. En el instante en que Sofía apareció, su expresión se endureció como piedra, como si estuviera a punto de echarla, pero en cuanto su mano fue guiada bajo la falda de la joven, cerró los ojos y sus largos dedos se movieron con experticia dentrico y por los laditos.

En ese preciso momento, Margarita sintió que el aire le faltaba.

Con un esfuerzo enorme, controló sus emociones y fingió no haber visto nada.

A mitad de la reunión, Margarita se levantó y fue al baño.

Se lavó la cara una y otra vez con agua fría, tratando de despejarse, hasta que, de pronto, una voz provocadora sonó a su lado.

—Margarita, no es por nada, pero... sigues siendo tan joven. Deberías arreglarte más. Siempre te vistes de forma muy recatada.

Margarita levantó la cabeza y en el espejo encontró la mirada de Sofía, cargada de desprecio.

—Mírame a mí...

Sofía abrió su abrigo de un tirón, dejando al descubierto la lencería de zorra que llevaba debajo.

—Dicen que los hombres son criaturas visuales, y que tienen su cerebro en las bolas. ¿Quieres apostar conmigo? Si le digo que llevo esto puesto, ¿crees que Raúl se quedará contigo o... no podrá resistirse a tener algo conmigo aquí mismo?

Margarita sintió un leve escalofrío recorrerle el cuerpo, pero no respondió. Tan solo sacudió el agua de sus manos y regresó al salón privado.

Poco después, Sofía también entró con ellos.

Al pasar junto a Raúl, con mucha discreción, tocó la pantalla de su celular.

Raúl lo desbloqueó y, al leer la breve línea de texto, su nuez de Adán se movió de con nerviosismo. Su mirada se oscureció de al instante.

Luego, como si nada, guardó el celular en su bolsillo y, de repente, se levantó.

—Margarita, tengo que salir a hacer una llamada. Quédate aquí, vuelvo en un momento.

No esperó su respuesta y se marchó a toda prisa.

Instantes después, Sofía también encontró una excusa para irse.

Margarita observó cómo ambos desaparecían de su vista. Intentó contener la respiración, pero el dolor en su pecho era como una navaja afilada que la cortaba una y otra vez, sin piedad.

Le dolía tanto que solo podía pensar en arrastrar a Raúl con ella al infierno... en hacerlo sufrir aún más que ella.

La noche avanzó lentamente, pero Raúl, quien había asegurado que volvería pronto, seguía sin aparecer por un largo rato.

Los amigos del grupo intercambiaron miradas incómodas.

Después de mucho tiempo, uno de ellos se puso de pie y sugirió llevar a Margarita de regreso a casa.

Explicando que tal vez Raúl había retenido algún imprevisto.

Para Margarita, aquello no era más que una ofensa a su persona.

Aparte de revolcarse con Sofía, ¿qué otra cosa podría estar haciendo?

Pero no dijo nada. Solo aceptó y salió del salón en silencio.

Los amigos, con cierta torpeza, la acompañaron hasta el auto. Sin embargo, justo después de subirse, se dio cuenta de que había olvidado su bolso.

Cuando estaba a punto de regresar a buscarlo, escuchó una exclamación de alivio proveniente del interior del salón.

—¡Por fin la llevamos! Si nos quedábamos más tiempo, seguro nos descubrían. No sé cómo hace Raúl para actuar tan bien delante de ella.

Capítulo 6

Los pies de Margarita parecieron quedar clavados al suelo de repente.

Dentro, las voces seguían resonando.

—¿Raúl y Sofía? ¿Todavía no terminan? ¿Cuánto tiempo llevan esos tortolitos? Deben de estar por las cinco horas.

—¿Y para qué tanta prisa? Raúl es un toro y Sofía una provocadora. Si no lo hacen por lo menos un día entero, no se quedan tranquilos.

—Pero lo suyo ya es demasiado descarado. Se prendieron como fuego en la sala de al lado. Hubo un momento en que hasta escuché sus gemidos. Menos mal que fui lo bastante inteligente para subir la música, así mi cuñada no se dio cuenta. No tienes idea de lo nervioso que estaba.

—¿Y por qué te pones nervioso por eso? Cuando lo hagas tantas veces como yo, te acostumbrarás. Raúl por fin encontró a una mujer que le interesa, así que dejó de girar solo en torno a su esposa. Nosotros, como buenos amigos, tenemos que ayudarlo a disfrutar de la vida. ¡Jaja!

—La cuñada es bastante bonita de por sí, eso nadie lo niega, pero quizás es demasiado discreta y aburrida. Seguro que en la cama es una vaca muerta. Y a los hombres... ¿quién no prefiere a una experta en la cama que sabe lo que hace?

Margarita ya no pudo seguir escuchando.

Un zumbido ensordecedor llenó sus oídos mientras, aturdida, comenzaba a caminar hacia la salida.

¡Así que todos lo sabían! ¡Todos ya lo sabían, menos ella!

Ese grupo de amigos, que en apariencia la trataban con respeto, en realidad estaban ayudando a Raúl a encubrir su infidelidad y, sin el menor reparo, se burlaban de ella a sus espaldas.

Sintió que una mano invisible le desgarraba el corazón en pedazos. Un dolor insoportable se extendió por cada rincón de su cuerpo.

Afuera, la lluvia caía a cántaros, pero ella ni siquiera lo notó. Se movía como un alma en pena, con la mirada perdida.

Sola, llegó a la oficina de migración y firmó los papeles.

Sola, volvió a casa y se encerró en su habitación a llorar.

Desde aquel día, Margarita cayó en enferma en cama.

Raúl no lo descubrió hasta la mañana siguiente. Cuando llegó, ella ya estaba fuera de sí, delirando, estaba tan mal que no reconoció a nadie.

El miedo casi lo mata. Desesperado, la llevó de corriendo al hospital.

Afortunadamente, solo era una fuerte gripe. Tras pasar un día y una noche con el tratamiento adecuado, Margarita despertó.

Pero Raúl seguía angustiado. El susto lo había dejado marcado. No solo alquiló todo el edificio, sino que dejó de ir a la oficina para no separarse ni un instante de ella.

Hasta que, un día, su asistente irrumpió en la habitación, anunciando que un cliente muy importante exigía verlo cuanto antes.

Raúl levanto las cejas, a punto de rechazar la visita, pero su asistente se acercó y le susurró algo al oído.

Su expresión cambió a otra. Al final, soltó la mano de Margarita.—Margarita, yo...

Antes de que pudiera terminar, ella cerró los ojos y lo interrumpió con calma: —Ve.

Raúl la miró. Su inexplicable tranquilidad le provocó un dolor punzante en el pecho.

Sabía que algo andaba mal. Lo sentía. Pero la urgencia del momento lo empujó a ignorar su propia intuición. Se convenció de que solo era mal humor por la enfermedad. Que estaba imaginando cosas.

Antes de irse, le dio instrucciones precisas a las enfermeras para que cuidaran de ella y le prometió que regresaría tan pronto terminara su compromiso.

Sin embargo, tres días después, Margarita no vio a Raúl regresar. En cambio, recibió una llamada de Sofía.

La voz de Sofía sonaba radiante al otro lado de la línea.—Margarita, tengo una buena noticia para ti. ¡Estoy embarazada! ¡Voy a ser mamá! Y adivina quién es el padre... Es lo que tú crees, es tu esposo.

—Estos días ha estado conmigo todo el tiempo, cuidándome con tanto amor... No me deja ni tocar el suelo, me carga para todo. Me da de comer en la boca. Ah, y casi lo olvido, el doctor dijo que después de los tres meses ya podemos tener relaciones otra vez. Raúl estaba tan feliz que, esa misma noche, tuvimos una maratón para celebrarlo. Ahora que con el bebé ya no usamos protección, ahora está más apasionado que nunca. Probamos decenas de posiciones... Uf, terminé agotada, pero ¡qué placer! ¡El sudor y el jadeo valió la pena!

—Ups, creo que hablé de más. Margarita, ¿no estarás enojada, verdad? No es culpa de Raúl. Digo, al final, su hijo es más importante que tu salud, ¿no te parece?

Las palabras de Sofía eran veneno puro. En otro momento, habrían sido suficientes para destrozarla.

Pero tal vez... ya estaba demasiado insensible al dolor. Porque, por más crueles que fueran sus palabras, no derramó ni una sola lágrima.

No respondió. No preguntó nada. Solo, en silencio, presionó el botón de grabación.

Raúl, estoy deseando ver tu reacción cuando escuches esto.

Un Amor para Olvidar
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