Adiós para Siempre
Capítulo 1
—Gonzalo, ¿si me veo bonita?
Nancy lucía un lindo vestido blanco, su silueta curvilínea y perfecta se destacaba, y su carita linda realzada por el maquillaje, irradiaba mucha belleza y encanto.
Hoy era el día de su compromiso con Gonzalo.
Gonzalo estaba sentado en el sofá, erguido y elegante; su talante y porte parecía una perfecta obra del todo creador, literalmente impecable.
Desprendía una presencia innata de alguien destinado a liderar, con un aura dominante que lo envolvía todo a su alrededor.
Al levantar la mirada, sus ojos sombríos no mostraban emoción alguna.
Pero antes de que pudiera hablar, su celular, que estaba sobre la mesa, empezó a sonar.
El corazón de Nancy dio un brinquito.
—¡No vayas a contestar...!
—¿Hola...?
Ya era pues demasiado tarde.
Lo que se dijo del otro lado de la línea era desconocido, pero la expresión de Gonzalo se ensombreció enseguida. Apresurado levantó, su imponente figura erguida desde el sofá.
—Ya mismo voy para allá.
Colgó y se puso la chaqueta.
Dejó a Nancy sin importarle nada.
—El compromiso se cancela.
Nancy sintió esas palabras directas al corazón.
Se sentía profundamente herida.
Intentó con todas sus fuerzas avanzar para detenerlo.
Pero sus pies parecían de plomo, imposibles de moverse.
Hasta que el sonido pesado de la puerta cerrándose resonó.
Se quedó paralizada frente al espejo.
Un momento antes, su cara aún estaba iluminada por la felicidad.
Ahora, estaba pálido y destrozado.
Justo entonces, de repente su celular sonó.
Era un mensaje de texto.
Andrea Vargas: He ganado.
Nancy se quedó destrozada.
Sí...
Andrea en efecto había ganado.
Andrea era la mujer que Gonzalo había amado anteriormente.
Nancy, por su parte, había pasado siete largos años de su vida a su lado, amándolo y brindándole calidez. Pero al final de cuentas, no fue más que una broma cruel y despiadada.
Con tan solo una llamada de Andrea, Gonzalo la abandonaría en cualquier momento y lugar.
En su cumpleaños.
En su aniversario.
En citas previamente planeadas...
Y ahora, incluso en un evento tan significativo como era la fiesta de compromiso, Gonzalo podía dejarla tranquilamente sin vacilar.
¿Acaso Gonzalo no sabía que, en una ocasión tan especial como esta, la dejaría en ridículo, convirtiéndola en el hazmerreír?
¡Por supuesto que lo sabía y muy bien!
¡Simplemente le valía mierda!
Una lágrima se deslizó.
Un dolor inmenso la envolvió por completo.
Y al mismo tiempo...
También sintió un peculiar alivio.
Esta relación, la había sostenido durante siete largos años.
Durante esos años, había soportado infinidad de humillaciones e indiferencia.
Ya no podía más.
El compromiso de ese día era el último chance que le daba a su relación con Gonzalo.
Claramente, a Gonzalo no le importó.
Nancy suspiró.
Abrió la ventana de chat con Gonzalo en su celular.
[Lo nuestro ha llegado a su fin.]
Después de enviar el mensaje, lo bloqueó de inmediato.
Ella arrastraba su maleta hacia el ascensor cuando, detrás de ella, resonó un silbido.
Nancy hizo mala cara.
Había detestado ese sonido durante siete años.
Era Rubén Delgado, el primo de Gonzalo.
Rubén siempre había admirado a su primo Gonzalo, a quien consideraba merecedor de lo mejor del mundo.
¡Y eso, definitivamente, no incluía a Nancy, a quien veía como alguien ignorante y vulgar!
Por eso, durante todos estos años, no había dejado de causarle constates problemas a Nancy.
Rubén se acercó a Nancy de manera despectiva.
—¡Vaya! La fiesta de compromiso quedó cancelada, ¡una vergüenza! ¿Te vas derrotada? No te preocupes por eso, ¡no te dejaré ir tan a la ligera! ¡Todos, salgan!
Golpeó con altivez sus manos.
De repente, seis de sus amigos de dudosa reputación aparecieron al instante.
Tomaron sus celulares y empezaron a grabar a Nancy.
Planeaban capturar toda su humillación.
Rubén sonreía maliciosamente.
Le hicieron una simple pregunta.
—Nancy, tu compromiso se ha cancelado, ¿qué sientes?
Los demás se reían con descaro.
Sus ojos también reflejaban una profunda burla.
Nancy sentía un entumecimiento interior.
Había soportado eso durante siete años.
Cruzó con arrogancia los brazos y miró a Rubén con una sonrisa irónica.
—¿Qué siento? Pues, la verdad es bastante doloroso. Pero creo que nunca será tan terrible como lo que siente un hijo ilegítimo, ¿no crees?
Con esa frase, la atmósfera de burla se congeló de inmediato.
Todos contuvieron enseguida la respiración.
Rubén se tornó pálido como el acero.
Aunque Rubén era primo de Gonzalo, no tenía ningún tipo de relación con él.
Porque era el hijo ilegítimo de una aventura de su madre.
Ese era el secreto más vergonzoso de Rubén.
Antes, como era un Delgado y reconocido por Gonzalo como su primo, no importaba cómo Rubén la molestara o humillara, ella lo soportaba.
Pero ahora, como ya no quería ni a Gonzalo.
¿Entonces por qué debería soportar a este idiota de Rubén?
Rubén, furioso y avergonzado, explotó.
—¡Miserable, vas a tener problemas!
Al decir eso, levantó la mano y le dio un manotón a Nancy.
Pero Nancy por supuesto que no se dejó.
Esquivó y le lanzó una patada directo a su abdomen.
Rubén retrocedió varios pasos, cayendo torpemente al suelo.
Miró a Nancy con incredulidad.
—¿Cómo te atreviste a golpearme? ¿No temes que le cuente a Gonzalo?
Nancy lo miró fríamente.
—¡Adelante! Un niño que todavía no se ha destetado. Antes te soportaba por Gonzalo, ¿y ahora esperas que te siga soportando?
Nancy no quería perder más tiempo hablando con un tonto como él.
Tomó su maleta y se preparó para irse.
Rubén gritó con todas sus fuerzas.
—¡Bien! Si realmente tienes dignidad, ¡nunca vuelvas! ¡No vengas llorándole a Gonzalo para que te acoja!
Nancy se detuvo en seco.
Rubén, al ver su reacción, mostró una expresión de desprecio.
—¿Te arrepientes? ¡Ja, ja! Tú, que no has respetado tu propia dignidad y aún así buscas complacer a otros. Si no quieres que le cuente a Gonzalo, arrodíllate ahora y lame mis zapatos, ¡y te perdonaré generosamente!
La esquina de la boca de Nancy se torció.
Vio que uno de los amigos de dudosa reputación de Rubén aún sostenía el celular grabando.
Miró despreocupada el celular.
—Yo, Nancy, he terminado con Gonzalo. En esta vida, nunca me casaré con él. Si rompo este juramento, ¡que Gonzalo no muera en paz!
Capítulo 2
Gonzalo regresó a la villa a primera hora de la mañana del día siguiente.
Una vez en casa, se sentó preocupado en el sofá y se frotó las sienes, estaba evidentemente cansado.
—Nancy, ven y dame un masaje en la cabeza.
Tras decir esto, reinó un profundo silencio por un largo rato.
Anteriormente, apenas él llegaba a casa, Nancy solía recibirlo con alegría, preocupándose por él, dándole suaves masajes en los hombros y haciéndolo reír.
Miró alrededor del vasto salón de la villa, que se veía vacío y silencioso.
No había rastro alguno de Nancy.
Por otro lado, Sofía estaba en la justo puerta de la cocina, visiblemente desconcertada: —La señorita Nancy no ha regresado desde ayer...
Una expresión de impaciencia cruzó el guapo Gonzalo, quien se frotó impaciente la frente de nuevo.
Sabía que Nancy estaba haciendo un berrinche porque había cancelado la fiesta de compromiso el día anterior.
Era otra de sus frecuentes rabietas.
Sacó su celular y abrió la conversación con Nancy.
Allí estaba el mensaje de texto en el que ella terminaba con él.
Gonzalo se rio burlonamente.
¿Terminar?
¿En serio ella sería capaz de hacerlo?
Se levantó apresurado del sofá, tomó su abrigo y llamó a su secretario por el celular.
—Oscar, reserva un vuelo inmediato a las Arenas Doradas para discutir el Encuentro de Ideas y Proyectos.
Sofía, compadecida, dio un paso adelante.
Luego, habló en voz baja: —Señor Gonzalo, la señorita Nancy no ha regresado en toda la noche, ¿eso no le preocupa?
¿No va a consolarla?
Después de todo, cancelar un compromiso tan importante como ese es algo significativo.
¿Qué chica podría soportarlo?
Gonzalo entendió perfectamente lo que Sofía insinuaba.
Esbozó una sonrisa irónica.
—No tengo tiempo para consolarla.
Con aquellas palabras, salió de la villa.
La conferencia en las Arenas Doradas duraría una semana.
Le daría a Nancy una semana para que se calmara.
¿Acaso no volvería ella a pedirle perdón por su propia cuenta después de eso?
...
Nancy tomó un avión de regreso a Costadorada, pasó la noche en el aeropuerto y al día siguiente tomó un taxi hacia su casa en Costadorada.
Al ver la pequeña casa de dos pisos frente a ella, recordó los gratos recuerdos de su niñez.
Un cálido sentimiento recorrió de inmediato su corazón.
Esa extraña sensación de pertenencia era algo que no había experimentado en los siete largos años que pasó en la lujosa pero vacía Almadía.
Estaba a punto de empujar la puerta para entrar.
De repente, la puerta de al lado se abrió, y una figura impresionante salió a toda prisa, corriendo en dirección opuesta a la suya.
Sus pasos mostraban prisa.
Nancy lo reconoció.
Lo llamó: —¡Hugo!
Hugo Díaz, con prisa en su corazón, de repente escuchó una voz suave y familiar. Se giró sorprendido y vio a Nancy con una linda sonrisa.
—¿Nani? ¿Has vuelto?
Nancy sonrió con agrado.
—Hugo, he vuelto.
Ella había crecido bajo la mirada de Hugo.
Hugo había sido su hermano mayor, su vecino.
Siempre habían tenido una linda relación.
Solo que en los últimos años, ella se había centrado toda su atención en Gonzalo y no había tenido oportunidad de regresar.
Hugo se quedó sorprendido por un momento, pero luego sus ojos se llenaron de una gran sorpresa.
Entusiasta se acercó a Nancy.
—Nani, hazme un favor.
—¿Qué favor?
—Por favor, cásate conmigo.
Nancy, por instinto, dio un paso atrás.
¿Qué clase de favor era ese?
¡Babosadas!
Hugo también sabía que había sido una petición demasiado atrevida de parte de él, por lo que rápidamente intentó explicarse.
Su voz contenía un nudo en la garganta.
—Josefina tuvo un accidente en las Cerro Etéreo. Ella dejó un hijo, y yo necesito ir a traer al niño, pero las políticas allá requieren que obligatoriamente me case para poder adoptar al niño. La verdad no tengo más opciones.
—Nani, solo necesito que te cases conmigo y, cuando regrese, me divorciaré de ti.
Este pedido no era razonable.
Después de todo, al aceptarlo, Nancy se convertiría en una mujer divorciada.
Pero en ese preciso momento, Hugo ya no pensaba en eso.
Era devastadora la guerra en las Cerro Etéreo, con el constante bombardeo.
Josefina ya estaba muerta, y el niño que dejó atrás debía ser traído a salvo.
Nancy sintió un profundo dolor en el pecho.
Como si de repente se diera cuenta de lo que había sucedido, palideció y su voz tembló.
—Josefina... ¿Qué fue lo que le pasó?
Ella siempre había estado en contacto con Josefina.
Sabía que ella estaba en las Cerro Etéreo.
Cuando estalló la guerra allí, le había pedido que regresara lo antes posible.
Pero no volvió a recibir más noticias de ella.
Una lágrima cayó de los ojos de Hugo.
—Ella... está muerta.
Nancy dio un pequeño tropiezo, casi cayendo al suelo.
Cuando era pequeña, Josefina la había cuidado con esmero.
Era una hermana vecina, dulce y fuerte.
No podía creerlo...
Ahora, el único hijo de Josefina estaba en un lugar tan peligroso como ese, y él debía traerlo pronto de regreso.
Nancy reaccionó por instinto: —Hugo, espera un momento, voy a buscar mis documentos y te acompaño a las oficinas de la registraduría.
Casarse era hoy en día algo bastante sencillo.
Solo tenían que ir las oficinas de la registraduría, tomarse una foto, hacer una notarización, pronunciar unas cuantas palabras y poner el sello y listo.
El certificado de matrimonio estaría en cuestión de minutos.
Algo tan simple como eso, y ella no lo había logrado en los siete años que pasó con Gonzalo.
En la víspera de su compromiso, ¡hasta cancelaron la fiesta!
¡Qué ridículo!
Por suerte, aún era joven, y no era tarde para despertar a la realidad.
Tenía una vida larga por delante.
Hugo tomó la licencia de matrimonio, agradeció a Nancy y se apresuró hacia el aeropuerto.
El tiempo era crítico, no podían permitirse demoras.
Cada segundo de retraso incrementaba el peligro para el niño.
Al ver a Hugo correr con urgencia, Nancy temerosa juntó sus manos en oración.
—Dios permíteles que Hugo y el hijo de Josefina regresen sanos y salvos.
Nancy no sabía que mientras decía esto, un círculo de luz blanca la rodeaba.
Capítulo 3
Una semana pasó volando.
Gonzalo regresó a las Arenas Doradas, y su auto ya lo esperaba en el aeropuerto.
Al subir al vehículo, miró la hora: era justo la hora de la cena.
Le dijo a su asistente personal: —Oscar, contacta a Nancy en estos momentos, iremos a cenar a El Sabor del Cielo.
Oscar, siempre tan respetuoso, le respondió:
—Sí señor.
Sacó su celular y llamó a Nancy.
El tono de llamada sonó durante un minuto entero.
Oscar hizo cara de pocos amigos y le dijo a Gonzalo: —Señor Gonzalo, la señorita Nancy nada que contesta.
Gonzalo se enojó. En su mano larga y elegante sostenía una caja de joyería exquisita que contenía un collar de diamantes que había visto en una subasta en las Arenas Doradas.
Tenía forma de sol.
Resplandecía con intensidad.
Lo primero que pensó al verlo fue en Nancy.
Nancy era como un pequeño sol.
Sabía que la cancelación de la fiesta de compromiso había sido culpa suya, y por eso quería disculparse.
Pero ahora que Nancy no contestaba el teléfono, se sintió muy molesto.
No le gustaba que ella se tornara arrogante por recibir su afecto, ni tampoco que hiciera dramas por todo.
Estaba muy ocupado, no tenía tiempo para consentirla.
Cerró la caja con expresión impasible.
—Regresemos a la villa.
Oscar: —Sí señor como ordene.
El Maybach se detuvo frente a la puerta de la villa.
Gonzalo enojado bajó del auto.
En la villa había cantidad de sirvientes, todos ocupados con sus propias tareas; solo Sofía se encontraba adentro.
Gonzalo se quitó el abrigo.
Le preguntó a Sofía, que estaba ocupada en la cocina.
—¿Dónde está Nancy?
En Sofía enseguida apareció una expresión de preocupación.
—La señorita Nancy no ha vuelto desde aquel día. Yo ya la he llamado en varias ocasiones, pero no contesta. Señor Gonzalo, me preocupa que la señorita Nancy esté pensando en hacer alguna tontería...
Sofía realmente apreciaba a Nancy en esa casa.
Le preocupaba que, por la cancelación del compromiso, Nancy pudiera llegar a hacer algo irracional.
Gonzalo se mostró impaciente.
Sin embargo, su voz sonó con total seguridad.
—Ella no lo haría.
Nancy era como un pequeño sol, siempre optimista y, lleno de energía.
Una persona como ella no pensaría en rendirse.
Quizás esta vez sí estaba demasiado enojada por la cancelación de la fiesta de compromiso.
Gonzalo suspiró preocupado.
Sacó su celular y le envió un mensaje a Nancy.
[Vuelve, te haré una fiesta de compromiso aún más grande.]
El mensaje fue enviado.
Pero lo que recibió enseguida como respuesta fue un enorme signo de exclamación rojo.
¡Nancy lo había eliminado!
Gonzalo sonrió con ironía.
Nancy había hecho berrinches antes, pero nunca lo había bloqueado.
¿Ahora reaccionaba así de exagerado?
Gonzalo no sintió ninguna amenaza real, a él esto solo le pareció gracioso.
Después de todo, era evidente cuánto lo quería Nancy.
Todo lo que hacía era un berrinche más.
Gonzalo le dijo a Oscar, que estaba en la entrada.
—Averigua dónde anda metida Nancy.
Como el hombre más poderoso de Almadía, rastrear a alguien le resultaba demasiado fácil.
Ahora todo funcionaba con identificación personal, y había cámaras por todas partes.
Oscar encontró la información a la menor brevedad.
—Señor Gonzalo, la señorita Nancy regresó a Costadorada. Ahora está en su casa.
Oscar le mostró enseguida a Gonzalo los registros de vuelo de Nancy, así como las respectivas imágenes de las cámaras de vigilancia en las que aparecía en Costadorada.
En el apuesto Gonzalo se dibujó una expresión entre divertida y resignada.
—¿Tanto así?
¿Incluso volvió a su casa de la infancia?
Le dijo a Oscar: —Ve tú mismo a traerla de regreso.
Esta vez, su berrinche había ido demasiado lejos.
Lo mejor sería que Oscar fuera personalmente a buscarla.
Oscar contestó: —Sí señor.
...
Nancy la pasó muy bien esa semana en Costadorada.
El jardín de su casa, por falta de mantenimiento, hacía mucho tiempo que se había marchitado por completo.
Mandó llamar a un jardinero para que lo reparara, después plantó unas preciosas camelias, sus flores predilectas, y acondicionó un espacio adicional para el exquisito cultivo de chiles.
Le encantaba comer chile.
En menos de una semana, el jardín ya había cobrado nueva vida y se sentía de nuevo lleno de vitalidad.
Últimamente, había estado buscando un local adecuado en Costadorada con la intención de abrir una florería.
Tener una florería era el sueño que siempre había querido cumplir.
Y ahora estaba pensando en hacerlo realidad.
Estaba regando sus plantas en el jardín cuando de pronto escuchó que llamaban a la puerta.
Había encargado tierra abonada, así que pensó que era la entrega.
Pero al abrir, vio a Oscar parado justo en la entrada, vestido de manera impecable con un traje.
Enseguida se enojó.
Estuvo a punto de cerrar la puerta.
Oscar extendió la mano para impedírselo.
Oscar era alto, el asistente ejecutivo principal de Gonzalo, por lo general, cuando ella quería contactar a Gonzalo, lo hacía a través de él.
Oscar siempre había sido muy frío con ella.
Y en ese momento no era la excepción.
Estaba impasible, y su tono de voz resultó ser aún más distante.
—Señorita Nancy, el señor Gonzalo me pidió que viniera a recogerla.
Nancy no logró cerrar la puerta, así que simplemente la dejó abierta y se cruzó despreocupada de brazos.
—Si me lo ruegas, me voy contigo.
En Oscar apareció un rastro de enojo, una rara muestra de rabia.
Y sus palabras salieron aún más despreciativas y despiadadas.
—Señorita Nancy, usted debería entender de una vez por todas que no está a la altura del señor Gonzalo. Que él me haya enviado ya es una muestra de respeto hacia usted. Si continúa con esta tonta farsa, solo logrará perjudicarse.
—Uno debe tener conciencia de sí mismo.
Nancy alzó sorprendida una ceja.
Lo miró con calma y serenidad.
Para ser sincera, le sorprendía que Oscar viniera a buscarla.
Eso representaba una señal de debilidad por parte de Gonzalo.
Esta era la primera en siete años.
Pero... ¿lo necesitaba?
Su actitud hacia Oscar fue respectiva: pedirle que hiciera una reverencia era algo excesivo.
Nancy no era una persona sin principios como para hacer algo tan vulgar.
Pero responder con el mismo daño no era excesivo.
Recordaba una vez en que tuvo fiebre muy alta. En ese preciso momento, todos en la mansión estaban de vacaciones, y se sentía tan débil que no podía ir al hospital por sí sola.
Llamó a Oscar.
Oscar le dijo despreocupado que contactara a los empleados.
Nancy le explicó que no había nadie.
Y Oscar, cruelmente, le exigió que le rogara.
¡En ese lamentable estado!
Por supuesto que Nancy no lo hizo.
Pero Oscar, siendo el asistente personal de Gonzalo, se atrevió a humillarla de esa manera.
Al final, con las pocas fuerzas que tenía, llamó al 911 para pedir ayuda.
Cuando despertó, ya estaba en una cama de hospital.
Gonzalo no había ido.
Fue Oscar quien de repente apareció.
Y aun así, se burló de ella mientras estaba en la cama.
Luego, Nancy le contó todo a Gonzalo.
Gonzalo la interrumpió con frialdad.
Le dijo que fue Oscar quien se encargó de todo mientras ella estaba enferma, y que ni siquiera era capaz de agradecerlo.
No tuvo palabras para defenderse.
Ella nunca entendió por qué Oscar la trataba con tanta hostilidad.
¡Oscar era solo el asistente de Gonzalo!
Mucho tiempo después, comprendió los motivos.
Oscar había crecido en una aldea remota en las montañas. Le costó mucho llegar a donde estaba.
Y la persona que lo ayudó a salir de aquel entorno tan remoto fue su benefactora.
Andrea.
Nancy lo miró con arrogancia.
—Poseo una mente muy nítida. Por eso me alejé de Gonzalo. Y usted, señor Oscar, también debería tener un poco de conciencia de sí mismo. Lárguese de mi casa ahora mismo. Si no, no me culpe si suelto a los perros.
Los ojos de Oscar se tornaron sombríos.
Llenos de un desprecio altanero.
—¿Control mediante una estrategia de falsa sumisión? Nancy, sabes estás yendo demasiado lejos. ¿De verdad crees que tú le importas a Gonzalo? Si realmente le importaras, no habría cancelado el compromiso. Así que puedes darte el lujo de estar altiva un rato, pero no te excedas.
Capítulo 4
Nancy apretó los puños.
Sentía un dolor asfixiante en lo profundo de su corazón.
La cancelación de la fiesta de compromiso la había dejado sin dignidad.
Pero ahora tenía las cosas claras.
No podía cambiar el corazón de Gonzalo.
Si él realmente la quisiera, Oscar jamás se atrevería a tratarla con tal desfachatez.
Estaba bastante claro que había sido ella quien se había rebajado y adulado, colocándose en una posición humilde, permitiendo de esta manera que quienes rodeaban a Gonzalo la pisotearan a su antojo.
Antes de amar a alguien, uno debe amarse a sí mismo.
Nancy sonrío con sarcasmo y luego señaló hacia el segundo piso de su casa.
—Mira, ¿qué es eso?
Oscar levantó la vista.
Al ver lo que colgaba allí, sus pupilas se dilataron.
Era una cámara.
Nancy, despreocupada con los brazos cruzados, lo miraba con una sonrisa sarcástica.
—¿Qué pensarías si envío este video tuyo a Gonzalo o lo publico en línea? No eres más que un simple seguidor de alto nivel que Gonzalo mantiene con su dinero. ¿Quién te ha dado el valor suficiente para intimidar a otros usando su autoridad?
—Te lo diré solo una vez, he terminado con Gonzalo y no quiero tener nada que ver ni con él ni con su maldito círculo. Mejor vete ahora mismo, y haré como que nunca has estado aquí.
—De lo contrario, tu verdadera fachada será conocida por todos.
Oscar se enfureció.
No esperaba que Nancy, a quien siempre habían intimidado, mostrara tanta firmeza.
¿Amenazarlo?
Para él, ser descortés con Nancy no era importante.
Pero no podía permitir que se hiciera público.
Especialmente no quería que Gonzalo lo supiera.
Después de todo, Nancy era la prometida de nombre Gonzalo.
Faltarle al respeto era despreciar a Gonzalo.
Oscar miró la cámara furioso y dijo con severidad.
—Más te vale cumplir tu palabra y nunca volver al lado de Gonzalo. Deberías conocer tu lugar, nunca podrás compararte con la señorita Andrea. ¡No eres digna del señor Gonzalo!
Nancy endureció su expresión.
—¡Ya mejor lárgate!
Ya había renunciado a Gonzalo.
Sin embargo, al oír el nombre de Andrea, se sintió devastada.
Ella no era como Andrea.
De lo contrario, ¿por qué Gonzalo la habría abandonado una y otra vez?
Oscar se giró y se marchó sin mirar atrás.
Si no hubiese sido por órdenes de Gonzalo, nunca habría venido a este miserable lugar tan remoto.
Nancy se acercó hasta la puerta, exhibiendo una sonrisa maliciosa.
—¡Ten cuidado, no vayas a caerte!
Justo después de pronunciar esas maliciosas palabras, la imponente figura de Oscar cayó al suelo en una postura extremadamente extraña, boca abajo.
Nancy sonriendo se llevó las manos a la cara.
Oscar había caído de manera estrepitosa.
Cuando levantó la cabeza, ya tenía la nariz amoratada y la cara hinchada.
Miró a Nancy enfurecido.
—¡Una verdadera caponera del desastre!
Acto seguido, se levantó cojeando y cubriéndose la cara se marchó.
Una gran sorpresa brilló en los ojos de Nancy.
¡Su poder mágico del habla había regresado!
Desde niña, Nancy poseía la habilidad extraordinaria de influir con sus palabras, aunque los buenos deseos a veces funcionaban y a veces no, lo malo siempre se cumplía.
Era conocida como la profetisa del desastre.
Cuando llegó por primera vez a Almadía, hablaba como lora sin pensar.
A Gonzalo no le agradaba esto y siempre la reprendía con severidad por provocar problemas con sus profecías de desastre.
Después, empezó a dudar de sí misma y a detestarse.
Su capacidad de pronosticar desastres se había esfumado por completo.
¡Pero qué bueno ahora había vuelto!
De hecho, había estado sintiendo algo vagamente en los últimos días.
El incidente con Oscar había sido solo una prueba.
Y había resultado ser cierto.
En circunstancias normales, Oscar solo habría sufrido una caída.
Pero su profunda malicia hacia Nancy era evidente.
Esto había intensificado el efecto en su caída.
¡Terminó con la nariz amoratada, la cara hinchada y además una pierna lastimada!
Nancy, mirando su espalda, exclamó satisfecha.
—¡Bien merecido!
Luego, continuó regresando a su pequeño patio para seguir cultivando tranquilamente.
De todas formas, ya no podían contactarla.
Había arrojado su celular a una zanja al dejar Almadía.
Ahora había comprado un nuevo celular y había obtenido una tarjeta SIM sin registrar a su nombre.
Ni siquiera Gonzalo, con todo su dinero, podría encontrarla.
Claro está, ella tampoco esperaba que Gonzalo la buscara.
...
Oscar enfadado subió al auto arrastrando su cuerpo herido y llamó a Gonzalo.
—Señor Gonzalo, la señorita Nancy no quiere regresar.
Del otro lado de la línea, Gonzalo guardó silencio durante un largo rato.
Oscar habló cauteloso: —Señor Gonzalo, ya que la señorita Nancy no quiere regresar, tal vez sería mejor dejarlo así...
—¡OSCAR!
El grito de Gonzalo retumbó a través del teléfono.
Oscar enmudeció de inmediato.
Gonzalo habló con frialdad y autoridad:
—Haz lo que sea para traerla de vuelta. Puedes suplicarle.
Gonzalo colgó tras decir eso.
Oscar pálido se quedó sentado en el auto.
Apretaba con fuerza el celular entre las manos.
Las órdenes de Gonzalo, él las cumpliría a como diera lugar.
Por un lado, porque Gonzalo le pagaba bien.
Por otro, porque quería permanecer cerca de él para obtener información sobre Andrea.
Respiró profundo y así se tranquilizó un poco.
¡Aguanta!
Nancy volvió a escuchar que tocaban la puerta. Esta vez pensó que eran los del sustrato nutritivo.
Pero al abrir, se encontró de nuevo con el maltrecho y cascado Oscar.
En ese instante, su buen humor se desvaneció.
—¿Por qué no te ha largado ya?
Oscar tragó su orgullo y le hizo una profunda reverencia.
—Señorita Nancy, hace un momento mi actitud fue inaceptable. Usted es una persona generosa, por favor, perdóneme. El señor Gonzalo se preocupa por usted. La está esperando en Almadía. Venga conmigo, se lo ruego.
Nancy admiraba ese espíritu cínico de Oscar, de saber cuándo ceder.
Hace un momento ella lo había humillado de la peor manera.
Y ahora, aún podía comportarse así de bien.
Definitivamente, el dinero del capitalista era algo poderoso.
Claro que esa actitud tan sumisa también tenía que ver, sin duda alguna, con su adorada Andrea.
Nancy se sorprendió un poco.
¿Gonzalo de verdad podía lograr que Oscar se rebajara así? ¿En realidad no quería perderla?
Lástima que ella ya no lo necesitaba.
Entre ella y Gonzalo, la relación nunca fue equitativa.
Gonzalo era un tipo frío, distante y de pocos amigos.
Ella en diferentes ocasiones había llorado, hecho berrinches, incluso se había ido de casa.
Esperando de esta forma llamar su atención.
Tenía esa mentalidad de niña, creyendo que si él la perdía, aprendería a valorarla.
Pero aquella vez, se quedó sola en un hotel durante un mes.
Gonzalo no solo no fue a buscarla.
Ni siquiera le hizo una infeliz llamada.
Al final, fue ella quien, derrotada, regresó.
Fue entonces cuando entendió que la relación entre ellos, una vez que ella lo soltara, esta terminaría por completo.
Y ahora que ya había soltado, ¿por qué Gonzalo venía a buscarla?
La verdad no lo entendía.
Y como no lo entendía, prefería no pensar en eso.
Cerró la puerta de golpe, ignorando a Oscar.
Pero Oscar parecía una sombra imposible de espantar, seguía allí como idiota apostado frente a la puerta de su casa.
Solo con verlo ya le fastidiaba.
Ojos que no ven, corazón que no siente.
Oscar, como el primer asistente especial de Gonzalo, no iba a ponerse a discutir con ella.
Y Gonzalo tampoco se iba a aferrar a su lado.
Con ignorarlos unos cuantos días sería suficiente.
Se colgó despreocupada una mochila al hombro y salió por la puerta trasera para irse de viaje.
Oscar estuvo vigilando sin despabilar todo el día y, al notar que Nancy ni siquiera había salido por la puerta principal, supo entonces que algo andaba mal.
Utilizó los recursos del Finanzas Horizonte y descubrió que Nancy ya había abordado un avión rumbo a Miraflores.
Y en ese momento, ya había aterrizado en Miraflores.
¿En verdad se había escapado?
Oscar se sentía frustrado por lo sucedido.
Tenía la sensación de que todo esto ya se le estaba saliendo de las manos.
Y que la situación se dirigía hacia un rumbo incontrolable...
Capítulo 5
De pronto, Gonzalo llamó.
Oscar contestó.
—Señor Gonzalo.
La voz sombría de Gonzalo se escuchó desde el auricular.
—¿La traes de regreso?
Oscar tragó saliva.
—No... La señorita Nancy compró un boleto en secreto y se fue a Miraflores.
Gonzalo guardó por unos minutos silencio.
Colgó enseguida.
Su rostro, atractivo y sereno, mantenía una expresión imperturbable. Buscó el número de Nancy y apresurado la llamó.
Era una llamada que hacía por iniciativa propia.
De algún modo, también era una forma de darle una salida digna a esta relación.
Pero el teléfono sonó durante mucho tiempo.
Hasta que se colgó automáticamente.
Ella no contestó.
Gonzalo observó emoción alguna la pantalla apagada del celular.
Qué temperamento tan fuerte.
No solo no respondía las llamadas de Oscar.
Tampoco contestaba las suyas.
Gonzalo optó por llamar a otra asistente especial, Fernanda.
—Averigua dónde se está hospedando Nancy en Miraflores. Reserva el vuelo más próximo. Iré a buscarla personalmente.
Del otro lado de la línea, Fernanda pareció quedarse atónita.
Pero pronto respondió con un tono respetuoso.
—¡Sí, señor ahora mismo lo haré!
...
Nancy siempre había querido viajar a Miraflores. El entorno de Miraflores era espectacular, sus impresionantes espectaculares y el clima muy agradable.
Planeaba recorrer Miraflores y regresar después de un tiempo.
Iba a tomarse más de un mes para hacerlo.
Las montañas de Miraflores eran imponentes, y sus aguas super cristalinas. Frente a esos impactantes paisajes, sus penas amorosas no valían nada.
Su estado de ánimo también se elevó.
Ante la grandeza de la naturaleza, los sentimientos personales quedaban relegados.
Ella entusiasta se unió a un tour y visitó el Lago de las Estrellas, donde admiró los más hermosos álamos en flor.
Pasó todo el día disfrutando el paisaje, y cuando regresó a la posada donde se alojaba, ya eran más de las nueve de la noche.
Abrió la puerta de su apartamento.
Y allí, en el salón, vio la alta y tan familiar figura de un hombre sentado.
Instintivamente, se frotó los ojos.
De pronto, los abrió bien grandes, sorprendida.
¡Qué estaba haciendo allí!
¡No era una ilusión!
En ese instante, sus pupilas se dilataron.
¿Cómo podía estar Gonzalo aquí?
Gonzalo poseía una presencia dominante, con un aire de autoridad natural. Solo con estar sentado allí, perfectamente vestido con su traje, desprendía una aplastante sensación de poder.
Sostenía despreocupado el celular en la mano, realizando una llamada.
Levantó la vista, sin expresión alguna, y vio a Nancy parada justo en la puerta.
—¿Por qué tu celular no sonaba?
La bella Nancy se mostró confundida por unos minutos.
Frunció los labios.
—Descarté el número anterior.
Gonzalo hizo una fea mueca comprendiendo y guardó el celular.
—Te conseguiré uno nuevo cuando volvamos. Por ahora, recoge tus cosas y vuelve conmigo a Almadía.
Nancy torció levemente los labios y, de forma instintiva, retrocedió enseguida un paso.
Sus ojos brillantes desprendían una claridad absoluta.
—Gonzalo, ¡que te pasa! ya hemos terminado.
Gonzalo puso mala cara.
—¿Todo esto solo porque cancelé la fiesta de compromiso? ¿Acaso te importa tanto?
Nancy apretó los labios, sin decir palabra.
Gonzalo avanzó con pasos largos hasta estar frente a ella, y suspiró.
—Organizaré para ti una fiesta de compromiso aún más grandiosa que esa. ¿Ya no estás enojada, verdad? Mira, incluso vine personalmente a buscarte.
Nancy sonrió con sarcasmo.
Retrocedió varios pasos hasta quedar en el pasillo de la posada.
—¿Y eso qué más da? ¿Debería estar enormemente agradecida o qué? ¿Agradecer tu condescendencia?
De repente una sonrisa amarga apareció.
—¡No lo quiero! Gonzalo, no quiero tu caridad, ni te quiero a ti. Hemos terminado.
Gonzalo, al oír por segunda vez la palabra "terminamos" de sus labios, sintió cómo aquella paciencia se disipaba.
—¿Terminar? ¿En serio crees que serías capaz?
Su tono era altivo y despectivo.
Sus palabras fueron como un puñal clavándose directo en su corazón.
¡Sí!
¡Ella quería terminar!
Todo el mundo lo sabía.
¿Acaso Gonzalo no lo sabía también?
Justo porque sabía que ella lo amaba con intensidad y pasión desbordada, se sentía libre de herirla, de ignorarla, de tratarla con frialdad.
Incluso las personas a su alrededor la despreciaban abiertamente.
Todo esto era su culpa.
Había perdido su dignidad en esta relación, colocándose en una posición totalmente humillante.
Se había puesto en un lugar fácilmente horrible.
Respiró profundo, levantó la cabeza y miró a Gonzalo con determinación.
—Lo lograré. ¡Soy capaz!
Luego señaló la puerta del apartamento.
—Ahora, por favor, vete.
La calma y frialdad en su mirada hicieron que Gonzalo, acostumbrado a estar siempre en una posición superior, hiciera mala cara.
Durante siete años, Nancy había sido como un pequeño sol radiante para él, siempre alegre, nunca mostrando una cara sombría.
Cuando más, si se enojaba, solo hacía pucheros, esperando que él la consolara.
Con solo acariciar su cabeza, todo se solucionaba en un dos por tres.
Pero la Nancy de ahora le parecía extraña.
Especialmente esa mirada indiferente, que le resultaba profundamente incómoda.
Sentía un dolor agudo en el estómago.
Se frotó el entrecejo.
Intentaba contener la impaciencia que crecía una y otra vez dentro de él.
—Nancy, deja de hacer un drama, sabes que estoy muy ocupado y no tengo tiempo para consolarte. Por favor, compórtate como una adulta ¿sí?
El cansancio en Gonzalo era genuino.
Había tomado un vuelo nocturno para llegar hasta allí.
Llegó a la posada pasadas las diez.
Desde entonces no había descansado, esperándola.
Había mostrado su lado más vulnerable; ella debería sentirse satisfecha con su esfuerzo y aceptar la mano que él le extendía.
Sin embargo, Nancy retrocedió unos pasos más, y su mirada hacia él ya no contenía ni una pizca de amor.
—Gonzalo, no necesito que me consueles, nunca lo hiciste antes y no lo necesitaré en el futuro. Acabemos con esto de una vez por todas.
Luego se volteó para marcharse.
—Si no quieres irte, entonces me iré yo.
Justo cuando se dio la vuelta, un fuerte estruendo resonó detrás de ella.
Se giró aterrorizada.
Vio a Gonzalo caer al suelo, su corpulenta figura retorciéndose de dolor.
Una figura ágil y eficiente corriendo pasó junto a ella y se acercó a Gonzalo.
—Jefe Gonzalo, ¿está usted bien?
Fernanda mostraba una ansiedad palpable.
Le reprochó a Nancy.
—El señor Gonzalo tomó un vuelo nocturno solo para verte, y desde ayer no ha tomado ni un sorbo de agua, señorita Nancy, ¿no te parece que estás siendo demasiado déspota con él?
Nancy sacó su celular, llamó al 911 y explicó la situación, luego colgó.
—Ya he llamado a una ambulancia para él, eso no es ser déspota, ¿cierto?
Con esas palabras, se giró para marcharse.
Fernanda, sorprendida, exclamó hacia su espalda: —¿No vas a ir al hospital a cuidar al señor Gonzalo?
Nancy no se detuvo.
—No soy médica, ¿qué podría hacer allí?
Gonzalo, padeciendo en ese lugar con un dolor agudo en el estómago y convulsiones, observó a través de su visión borrosa cómo ella se alejaba con firmeza, sin mirar atrás ni una sola vez.