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Despedida del Ayer

Capítulo 1

Cuando Lucía Sánchez se casó con Sergio Franco, ella tenía 22 años, y él, 32.

No solo era mayor, también era más grande en muchos otros sentidos.

Durante tres años de matrimonio, él la colmó de una ternura inagotable: todo lo que ella quería, él se lo daba. Si ella pedía estrellas, él se las bajaba; si quería la luna, él se la entregaba. La trataba como a un tesoro invaluable. Salvo por una cosa… Cada noche, pasada la medianoche, su deseo parecía no tener límites. Por más que ella llorara y le suplicara que parara, él apenas reía bajo y no la dejaba escapar.

Lucía sabía que ese hombre tenía muchísimo dinero y también muchísimo amor… y todo era para ella.

Hasta que llegó el día en que su padre falleció. Esa tarde, Lucía le marcó noventa y nueve veces. Él no contestó ni una sola.

Justo después, recibió un mensaje de su mejor amiga junto con una foto: —Luci, ¿este no es tu "sugardaddy"? Lo acabo de ver en París, abrazado a una mujer en plena calle.

Cuando abrió la imagen, sintió que el corazón se le congelaba.

El hombre en la foto… era Sergio.

Y la mujer… su propia tía.…

...

Tres días después del funeral de su padre, Sergio por fin regresó a casa.

Apenas abrió la puerta, vio a Lucía sentada en el sofá, con los ojos hinchados, el rostro sin color, y la figura tan frágil que parecía que se rompería con un suspiro.

La culpa lo golpeó como una ola. Corrió hacia ella y la envolvió en sus brazos. —Luci —le susurró al oído—, tuve que volar de urgencia a París por una reunión… El cambio de horario hizo que no viera tus llamadas. Perdóname por no estar contigo en el funeral…

—Dime qué quieres como compensación. Lo que sea, te lo doy.

Lucía escuchó su explicación sin decir nada. Su cara no mostraba ninguna emoción, como una laguna muerta, sin una sola onda.

No habló. Solo sacó de su bolso dos documentos, los abrió en la última página y se los entregó. —Sergi, quiero estas dos cosas. Fírmalo.

Sergio, aliviado de que ella pidiera algo tan sencillo, tomó el bolígrafo y firmó rápidamente sin pensarlo dos veces.

Cuando vio lo fácil que él había estampado su firma, los ojos de Lucía se enrojecieron. —¿Ni siquiera vas a leerlo? —preguntó con voz quebrada—. ¿No temes que lo que te pido sea demasiado caro?

Sergio la abrazó con resignación y ternura. —Luci, somos esposos. Todo lo que tengo ya es tuyo… Y cuando nazca nuestro bebé, será de ustedes dos. —Bajó la cabeza, pegándola suavemente a su vientre—. Hoy te tocaba el chequeo, ¿verdad? ¿Nuestro pequeñito se ha portado bien? Déjame acompañarte, ¿sí?

Lucía guardó silencio. No dijo que sí, pero tampoco lo rechazó.

Sergio interpretó su silencio como un "sí", la ayudó a subir al carro, y juntos emprendieron el camino.

Durante todo el trayecto, el ambiente dentro del carro era denso, casi asfixiante.

Nadie hablaba.

Justo cuando Sergio intentaba encontrar algún tema para aliviar la tensión, su celular empezó a sonar.

—Sergi, ya regresé al país. Quiero verte —se oyó claramente la voz de Marta Pérez al otro lado de la línea.

Lucía, sentada junto a él, escuchó cada palabra.

Su mano se cerró en un puño sin que pudiera evitarlo. En la siguiente fracción de segundo, vio cómo Sergio colgaba la llamada de inmediato. —Luci, surgió algo de trabajo. ¿Puedes ir sola al chequeo? —dijo, mintiendo sin pestañear.

Lucía no lo confrontó. Solo abrió la puerta del carro sin decir palabra.

El viento helado le cortó la cara mientras levantaba la mano para parar un taxi. A medida que el carro avanzaba por las calles de la ciudad, los recuerdos golpearon su mente uno tras otro, como las luces que pasaban fugazmente por la ventana.

Recordaba que, años atrás, había sufrido un accidente de carro. El conductor se había dado a la fuga, y la gente, por miedo a meterse en problemas, prefería hacerse la vista gorda. Ella, tendida en un charco de sangre, a punto de perder la conciencia, vio llegar a Sergio… como un milagro. Él la cargó entre sus brazos y la salvó.

Desde ese día, Lucía se enamoró de ese hombre diez años mayor que ella.

Para su fortuna, Sergio también se encariñó con ella.

Tras un año de noviazgo, se casaron.

Quizá por la diferencia de edad, Sergio siempre fue paciente, cariñoso, atento. Nunca discutieron. Nunca olvidó un aniversario. Cada fecha especial venía acompañada de un regalo o un detalle que la hacía sonreír.

En su vida diaria, siempre se preocupaba por su bienestar, por su felicidad… Excepto en la cama.

Lucía nunca entendió cómo era posible que, a sus treinta años, Sergio aún tuviera tanta energía. Tantas veces, en plena madrugada, terminaba llorando entre sollozos, suplicándole que parara… Y él solo respondía con besos interminables y una sonrisa traviesa.

—Mi pequeña tontita, es porque te amo… —susurraba al oído—. Necesito mucho de ti, mi bebé, para que podamos traer a nuestro propio bebé al mundo.

Cada noche, su vientre parecía hincharse un poco más…

Hasta que, finalmente, en el tercer año de matrimonio, quedó embarazada.

Tres días atrás, su padre, Ramón Sánchez, sufrió un infarto cerebral fulminante. Lucía corrió desesperada al hospital, solo para escuchar los débiles murmullos de su papá, que no paraba de preguntar: —¿Dónde está Sergio? ¿Cuándo llegará Sergio? Quiero ver a mi yerno antes de irme…

Todos sabían que, en sus últimos momentos, Ramón solo deseaba asegurarse de que su hija quedaría en buenas manos.

Así que familiares y amigos se apresuraron a buscar a Sergio por todos los medios. Lucía llamó una y otra vez hasta que su celular colapsó. Pero él… nunca contestó.

Ramón murió con esa angustia, sin lograr despedirse de su yerno, con la tristeza grabada en el rostro.

Lucía, ingenua, todavía quería creer que Sergio estaba ocupado con el trabajo.

Hasta que, mientras todavía organizaba las pertenencias de su padre, recibió aquella foto enviada por su mejor amiga.

La imagen la golpeó como un puñetazo en el estómago: su esposo, abrazado a su tía, Marta Pérez, en las calles de París. «¿Por qué…?» su mente se llenó de preguntas sin respuesta.

Aturdida, sin saber qué pensar, se armó de valor y entró en la única habitación de la casa que Sergio siempre le había prohibido pisar: su estudio.

En cuanto abrió la puerta, el frío la invadió de pies a cabeza.

Dentro, cada rincón era un altar dedicado a otra mujer: fotos enmarcadas de Marta Pérez, cartas de amor perfectamente conservadas, regalos nunca entregados, y un diario de amor tan grueso como un diccionario, lleno de páginas que seguían escribiéndose hasta el día de hoy.

Fue a través de esas páginas que Lucía entendió toda la verdad.

Sergio solo había tenido dos grandes amores en su vida.

Uno… era ella.

El otro… Marta Pérez, su tía.

Habían sido novios de escuela.

Una relación intensa que duró diez años, llena de momentos inolvidables.

Durante su mejor época juntos, él había cruzado el Atlántico a su lado, se habían perdido entre la espesura del Amazonas, y habían sellado su amor besándose bajo la luz dorada de las montañas nevadas de los Andes.

En sus peores momentos de odio, Sergio había roto joyas de millones de dólares solo por despecho; después de su ruptura, había dejado el orgullo de lado y volado al extranjero para intentar recuperarla; y cuando se enteró de que ella tenía un nuevo amor, se emborrachó hasta vomitar sangre por una úlcera estomacal.

Toda la primera mitad de su vida, cada alegría, cada tristeza, cada locura… siempre habían girado alrededor de Marta Pérez.

Y ahora, Lucía entendía la verdad más cruel: él nunca la había amado realmente. Solo la había buscado porque, tras perder a Marta, necesitaba un sustituto. ¿Y quién mejor que su sobrina, que tenía una cara casi idéntica a la de su primer amor?

Por eso, había planeado aquel accidente de carro, ese mismo en el que ella casi pierde la vida, solo para que terminara dependiendo de él, creyendo que el destino los había unido.

Por eso, noche tras noche, la buscaba sin tregua, desesperado por embarazarla.

Pero no quería un hijo que se pareciera a Lucía… quería un hijo que se pareciera a Marta.

«Todo era una mentira» pensó Lucía, sintiendo cómo el alma se le rompía en mil pedazos.

«El dolor era falso. El amor era falso. Hasta su ternura… todo, absolutamente todo, era una mentira.»

Él la había engañado de la manera más cruel y despiadada.

Lucía era joven, sí, pero también sabía que para darle espacio a un nuevo amor, primero tenía que limpiar su corazón.

Y sobre todo, que ella no era, ni sería jamás, el reemplazo de nadie.

«Yo soy Lucía Sánchez» se repitió para sí misma, con los ojos ardientes.

«Soy única. No la sombra de nadie.»

Pero desde el principio… desde aquel fatídico encuentro… Sergio ya había empezado a mentirle.

Así que, en justicia, ella también le había devuelto la jugada.

Lo que él no sabía era que, hace apenas unos minutos, al firmar esos papeles sin siquiera leerlos, había sellado dos cosas:

Uno, su divorcio.

Y dos… la autorización para interrumpir el embarazo.

Lucía respiró hondo, sintiendo cómo la determinación endurecía su pecho.

Ella no sería la madre de un hijo concebido como una copia de otro amor. No lo permitiría. Sin dudarlo, caminó hacia el hospital, se dirigió al consultorio y entregó el documento en el mostrador.

—Hola —dijo, su voz temblando apenas—. Vengo a interrumpir este embarazo.

Capítulo 2

Tres horas después, Lucía volvió a casa apretándose el vientre con ambas manos.

Tras descansar un día entero, se miró al espejo: su rostro seguía pálido como un fantasma.

Con manos temblorosas, tomó un labial y, después de maquillarse ligeramente, al menos su cara recuperó algo de color, aunque el dolor seguía calándole los huesos y el sudor frío no dejaba de empaparle la espalda.

Se envolvió en una manta y se recostó en el sofá. Luego llamó al mayordomo: —Saca todas las joyas, relojes y bolsos de la vitrina. Llévalos a la casa de subastas. Lo que se recaude, dónalo a las comunidades más pobres.

Justo en ese momento, Sergio abrió la puerta y alcanzó a escuchar sus palabras. Se quedó pasmado.

—Luci, ¿por qué quieres vender todo eso de repente? —preguntó, sorprendido.

Lucía bajó la mirada, esquivando su mirada: —Ya no me gustan… Mejor que sirvan para algo bueno. Digamos que… es para bendecir al bebé.

Por suerte, Sergio no le dio demasiadas vueltas al asunto. Se acercó, la abrazó con suavidad y le susurró como si estuviera calmando a una niña: —Está bien. En unos días te llevo a una subasta, escoges lo que te guste, y poco a poco vamos llenando de nuevo la vitrina, ¿sí?

Lucía no respondió. Solo cambió de tema: —¿Terminaste tu trabajo?

—Sí, ya acabé. —Sergio sonrió y le acarició el cabello—. Sé que has estado pasando momentos difíciles… Así que esta semana me voy a quedar contigo y con nuestro bebé, ¿te parece?

Mientras hablaba, intentó acariciarle la pancita, pero Lucía, de manera casi instintiva, le sujetó la mano para detenerlo.

Él bajó la vista y, frunciendo el ceño, notó que su vientre lucía más pequeño que antes.

Iba a preguntar, pero en ese momento sonó el celular de Lucía. Al ver que en la pantalla aparecía "Tío", contestó de inmediato: —¿Hola?

—Luci, tu tía regresó ayer al país. Pensamos reunirnos todos en la casa antigua para cenar juntos, ¿vas a venir?

Lucía apretó los labios y murmuró: —No me siento muy bien, creo que mejor paso…

Pero antes de que pudiera terminar la frase, Sergio le quitó el celular de las manos y habló directamente:

—Claro, llevaremos a Luci puntuales a la reunión.

Lucía sintió un nudo en el pecho al ver con qué entusiasmo aceptaba.

No pudo evitar que su mente la arrastrara al pasado, recordándole aquel día en que su padre murió… y ella, desesperada, había marcado noventa y nueve veces su número sin que nadie le contestara.

En realidad, cuando se enfrenta a alguien que de verdad ama, uno no desperdicia ninguna oportunidad para acercarse.

No le importa si ella desea verlo o no. Tampoco le importó que ella acabara de perder a su padre.

Solo siguió el impulso más profundo de su corazón: amar, acercarse, sin frenos.

Después de colgar, Sergio notó por fin la expresión en el rostro de Lucía… y entendió que había actuado sin pensar.

Le tomó la mano, fría como el hielo, y trató de suavizar la situación: —Luci, sé que estás triste, pero… también debes cuidar al bebé. No puedes dejarte arrastrar por el dolor. Vamos a la casa vieja, vemos a la familia, y de paso… te despejas un poco, ¿sí?

Lucía apenas esbozó una sonrisa forzada. No dijo nada.

A las siete en punto, la pareja llegó a la vieja casona.

Antes de cruzar el umbral, Sergio le entregó a Lucía un paquete delicadamente envuelto: —Tu tío mencionó que hace años que no ves a tu tía Marta. Hay que ser atentos, ¿no crees?

En otro momento, Lucía habría apreciado ese detalle, esa supuesta consideración.

Pero ahora… ahora sabía demasiado bien que ese regalo no era para su tía. Era una excusa para enviarle algo a la persona que Sergio realmente quería.

Aun así, no dijo nada. No lo desenmascaró. Simplemente respiró hondo y entró al bullicioso salón.

El murmullo de las conversaciones llenaba el aire. Cuando escuchó el sonido de sus pasos, Marta, que estaba platicando animadamente con unos familiares, giró la cabeza… Y sus ojos se toparon con Lucía y el hombre que la sostenía de la mano.

Por un instante, Marta se quedó congelada, desconcertada, como si el tiempo se detuviera. —Luci… ¿y él es…? —preguntó, con un leve titubeo en la voz.

Lucía no supo qué contestar. Simplemente bajó los ojos.

Sergio tampoco dijo nada. Fue uno de los tíos quien, con esa típica calidez de familia extendida, rompió el hielo:

—¡Marti! Es normal que no los reconozcas, llevas tres años fuera. Él es Sergio Franco, el esposo de Luci… el presidente de Grupo Franco.

Marta parpadeó, visiblemente impactada. Su cuerpo se balanceó levemente, como si hubiera perdido el equilibrio un segundo. Pero su experiencia en la vida le permitió recuperar la compostura rápidamente. Se acercó, sonrió y extendió la mano con naturalidad.

Se saludaron como dos desconocidos educados, dos seres que pretendían que entre ellos solo había cortesía.

Pero Lucía… Lucía percibió esa corriente invisible, ese sutil temblor que atravesaba el aire entre ellos.

Con el corazón apretado, le entregó a Marta el regalo preparado. Solo dijo, con una calma impecable: —Marti, bienvenida a casa.

—No, solo estaré un mes. Luego regreso a París —respondió Marta con una sonrisa.

La expresión de Sergio se ensombreció de inmediato, tan obvio que cualquiera podría notarlo.

Marta, como si no hubiera visto nada, mantuvo su sonrisa intacta mientras desenvolvía el regalo.

Al abrirlo, sus ojos brillaron de genuina admiración: era un collar de gemas resplandecientes, de esos que acaparan todas las miradas.

—Luci, tienes un gusto increíble. ¡Hace mucho que me había enamorado de esta pieza! —exclamó, emocionada.

Lucía captó cada pequeño cambio en sus expresiones, no se le escapó nada. Con una calma casi helada, dijo: —Lo eligió Sergio. Siempre ha tenido muy buen ojo.

Durante toda la cena, Sergio apenas probó bocado. Se la pasó sirviéndole comida a Lucía y llenándole el plato como si quisiera demostrar al mundo entero su esmero.

Al verlos, los tíos y tías no pudieron evitar reír entre dientes, soltando bromas llenas de cariño:

—¡Qué suertuda nuestra Luci! ¡Miren qué esposo tan atento, así da gusto!

Lucía apenas curvó los labios en una media sonrisa. Miró el plato frente a ella, repleto de carne de res y cordero… y no tocó los cubiertos.

Desde que quedó embarazada, no podía soportar el olor de la carne; todo le provocaba náuseas.

Sergio lo sabía. Había pasado un mes entero comiendo solo vegetales para acompañarla.

Pero hoy… Hoy ni siquiera lo recordó.

Estaba demasiado ocupado cambiando platos, sirviendo con esmero el pescado y los mariscos que colocaba justo frente a Marta.

Porque su tía Marta, desde siempre, adoraba el marisco.

Capítulo 3

Después de la cena, Sergio terminó completamente borracho.

Los familiares y amigos, preocupados, insistieron en que no se fueran y mejor se quedaran a pasar la noche.

Lucía llamó a una empleada para que la ayudara a llevarlo a su habitación.

Tras terminar de asearse, apagó la luz principal del cuarto, dejando solo la lámpara de noche encendida.

No había pasado mucho tiempo cuando Sergio, medio consciente, abrió los ojos, extendió el brazo y la abrazó con fuerza. —Marti… —murmuró—. Volviste por mí, ¿verdad?

Lucía se quedó rígida, sin atreverse a decirle que se había confundido de persona.

Tardó varios segundos en calmarse antes de devolverle una pregunta: —¿Y tú? Hoy que bebiste así… ¿por quién lo hiciste?

—Por ti, Marti… Solo por ti… ¿No lo entiendes? —respondió él, su voz temblando entre susurros.

Aunque Lucía ya había imaginado la respuesta, escucharla directamente aún así le apretó el pecho con un dolor insoportable.

«Ahora entiendo por qué siempre fingía no beber frente a mí» pensó, sintiendo como si algo se le desgarrara por dentro.

«Era porque tenía miedo… miedo de que, borracho como hoy, se le escapara la verdad.»

Se mordió el labio con fuerza, buscando no romperse, hasta que logró apartarse de sus brazos.

Se encerró en el baño, donde pasó casi dos horas sentada en el suelo, tratando de calmarse.

Cuando por fin se sintió capaz de enfrentarlo, salió… pero la cama estaba vacía.

Lucía abrió la puerta del dormitorio y notó que la luz del sensor del balcón acababa de apagarse.

Caminó despacio, sin hacer ruido, y al mirar a través del ventanal, vio a Sergio parado afuera, junto a Marta.

La oscuridad de la noche ocultaba sus rostros, pero no podía tapar la intensidad de sus voces.

—Ayer dijiste que no volverías a Europa —la voz de Sergio sonaba ahogada—, ¿por qué cambiaste de opinión?

—¿Y tú? —respondió Marta con frialdad—. ¿Por qué te casaste con Luci y nunca me dijiste nada?

Al escuchar ese tono tan tranquilo en Marta, Sergio sintió que toda la rabia que llevaba contenida le estallaba en el pecho.

Perdiendo el poco control que le quedaba, la sujetó con fuerza de la mano:

—¿Por qué crees que me casé con ella? —rugió Sergio, la voz cargada de rabia y desesperación—. ¡Tú deberías saberlo mejor que nadie! Se parece tanto a ti… ¡es tu propia sangre! Solo estando con ella puedo verte abiertamente, sin esconderme como hace unos días en París… esperando horas bajo tu edificio solo para mirarte a escondidas.

Al oír eso, Lucía sintió un latigazo en el corazón, como si le arrancaran el alma.

«Así que fue por Marta…» pensó, las uñas clavándosele tan fuerte en las palmas que casi se hirió.

Marta, impactada, apenas pudo murmurar: —¡Estás loco!

—¡Sí, estoy loco! —Sergio rió amargamente—. ¡Desde el día que te empeñaste en dejarme, me volví loco! ¿No lo sabías? ¡Te quiero a mi lado! Aunque sea a través de un simple reflejo tuyo… ¡aunque solo sea una sombra, me basta para sobrevivir!

La crudeza de sus palabras dejó a Marta sin reacción, como si el aire mismo se hubiera vuelto más pesado entre ellos.

Pasaron varios segundos antes de que ella, tragándose el nudo en la garganta, lograra hablar: —Sergi… ¿Y Luci? —preguntó, con una tristeza que la quebraba—. Llevan tres años casados… ya van a tener un hijo… ¿nunca, ni un poco, has sentido algo real por ella?

Sergio soltó una carcajada oscura y amarga: —¿Sentir algo? —escupió las palabras—. ¡Marta Pérez, ella nunca fue más que un reemplazo! ¿Cómo podría enamorarme? Y si alguna vez sentí algo… fue porque al verla, veía tu rostro… ¡y en mi mente solo estabas tú!

Inspiró hondo, como si tratara de controlar el temblor de su cuerpo, pero sus palabras no hicieron más que volverse aún más aterradoras: —Nuestro hijo nacerá pronto. Ya pensé en el nombre: Martín Franco.Tu nombre… y el mío. ¡Así siempre estaremos juntos!

Lucía, al otro lado del ventanal, sintió cómo todo su cuerpo se congelaba.

"Martín Franco…", repitió en su mente, y una oleada de frío la envolvió de pies a cabeza.

Cerró los ojos con fuerza, recordando las noches de pasión después del matrimonio, el nerviosismo casi infantil de Sergio cuando supieron del embarazo…

Mordiéndose el labio hasta casi sangrar, reprimió los sollozos que amenazaban con desgarrarla por dentro.

No le quedó ni una gota de fuerza. Apoyándose en la pared, con pasos tambaleantes, se alejó de aquel lugar que ya no era un hogar, sino un campo de ruinas.

Las voces de la discusión se fueron apagando tras ella.Justo antes de cerrar la puerta de la habitación, escuchó la voz de Marta, fría como una daga: —¿No tienes miedo de que Luci descubra toda la verdad?

—¡Ella nunca lo sabrá! —soltó Sergio con una seguridad casi fanática—. ¡Y aunque lo supiera, me ama tanto que jamás me dejaría!

¿De verdad sería así?

Lucía, con una mano en su vientre aún plano, curvó los labios en una sonrisa devastadora. «No, Sergio… te equivocas» pensó mientras sentía un temblor recorrerle todo el cuerpo.

Ella lo haría.

Destruiría con sus propias manos la jaula dorada que él había construido para encerrarla, y volaría hacia su libertad… sin volver jamás la vista atrás.

Esa noche, Sergio no regresó.

Al amanecer, Lucía ya estaba en pie.

Sin hacer ruido, sin molestar a nadie, se marchó sola a casa.

Con paso firme, recogió sus documentos y se dirigió a tramitar su solicitud de inmigración.

Cada firma, cada sello, era como una puñalada más que la liberaba poco a poco. Justo cuando terminaba con los trámites, recibió una llamada inesperada: era Marta.

—Luci —se oyó la voz suave al otro lado del celular—, ¿hoy podrías acompañarme al cementerio? Quisiera visitar la tumba de tu padre… y también limpiar la de mi hermana.

La madre de Lucía había muerto cuando ella era apenas una niña, y los lazos con la familia de su abuela materna se habían ido enfriando con el tiempo.

Aunque ella y Marta solo se llevaban cinco años, su relación no era especialmente cercana.

Aun así, Marta iba a rendir homenaje a sus padres. No podía negarse.

Compró un ramo de flores y se dirigió al cementerio. Apenas puso un pie en la entrada, vio estacionado no muy lejos un auto deportivo que conocía demasiado bien.

Era Sergio.

Él también la vio. No tardó ni un segundo en bajarse del carro y acercarse a ella con expresión preocupada: —¿Por qué no me avisaste? Yo hubiera venido contigo…

Capítulo 4

Lucía lo miró fijamente. —¿No te habías ido en la madrugada? Sergi, yo nunca dije que vendría al cementerio… ¿cómo supiste que estaría aquí?

Sergio le tomó la mano con naturalidad. —Anoche me sentía algo mal del estómago. Vi que estabas en el baño, así que me fui solo al hospital. Esta mañana, al volver, Marta me comentó que quería venir contigo a la tumba, así que decidí acompañarlas.

Una mentira casi perfecta.

Lucía asintió levemente, sin decir nada más.

Al llegar al cementerio y ver las dos lápidas juntas, una punzada de tristeza le atravesó el pecho.

Las dos personas que más la habían amado en este mundo… ya no estaban.

Al notar las lágrimas asomando en sus ojos, Marta se acercó, le dio unas palmaditas en el hombro y le dijo en voz baja: —Luci, aunque tus papás ya no estén, tienes a Sergi. Él te va a cuidar toda la vida. Y tu bebé está por nacer… pronto tendrás un nuevo hogar.

Hablaba con tal certeza, como si el futuro entre Sergio y ella estuviera sellado para siempre.

Y apenas terminó de hablar, Sergio también se apresuró a reafirmarlo:

—Claro que sí. Voy a cuidar de ti y de nuestro hijo, no te pongas triste.

Lucía, sin embargo, solo sintió un amargo desprecio en su interior.

Él prometía cuidarla toda la vida, pero ni por amor ni por deber…

Lo hacía por otra mujer, y por esos deseos egoístas que jamás se atrevería a confesar.

Se tragó todas esas emociones y levantó la vista hacia las fotos de sus padres.

—Sí —susurró—. Tendré un nuevo hogar.

Pero ya no tendría nada que ver con Sergio.

Terminada la visita, empezó a lloviznar.

Marta y Lucía se sentaron atrás, mientras Sergio conducía el carro.

Quizá sintiendo el ambiente demasiado tenso, Marta rompió el silencio: —Me contaron que en el sur de la ciudad abrieron un restaurante de comida italiana. ¿Qué tal si vamos a probarlo para el almuerzo?

Sergio enseguida giró el volante, cambiando de ruta: —Dicen que el dueño es italiano y que la comida es muy auténtica.

—¿En serio? —Lucía sonrió apenas—. En París comí pizzas que…

Así, los dos empezaron a platicar. De la comida italiana saltaron a hablar sobre los países nórdicos, y luego a las anécdotas de los últimos días.

No importaba qué tema sacaran, el otro siempre sabía cómo seguir la conversación, sin dejar que el ambiente se enfriara.

La conexión entre ellos era tan natural que parecían una pareja de toda la vida, de esas que lo comparten todo sin reservas.

Al pensar eso, Lucía soltó una sonrisa llena de amargura.

Claro, ellos realmente habían estado juntos muchos años. Los lugares que habían visitado, las cosas que habían hecho por el otro, el nivel de complicidad que compartían…

No era algo que ella, una simple sustituta, pudiera igualar.

Al llegar al restaurante, Sergio, casi por instinto, le pasó el menú a Marta.

Ella apenas iba a abrirlo, pero recordó algo, y en cambio se lo entregó a Lucía.

—Una embarazada debe tener muchas restricciones para comer. Luci, mejor pide tú.

Lucía eligió unos platos al azar. Cuando la comida llegó, Sergio frunció el ceño apenas la vio.

—Estos platillos no son adecuados para ti. ¿Ya olvidaste lo que dijo el doctor?

Marta también volteó a mirarla, y con cierta sorpresa en los ojos preguntó: —Luci, ¿no estabas de cuatro meses? ¿Por qué tu pancita se ve tan pequeña?

Sergio se levantó de inmediato, queriendo acercarse a verla, pero en su prisa chocó accidentalmente contra un mesero que venía empujando un carrito con comida.

El carrito volcó y todo su contenido se esparció por el suelo.

Sergio reaccionó al instante, poniéndose frente a Marta para protegerla de las salsas calientes y los platos que volaban.

Lucía no corrió con la misma suerte.

Toda una olla de sopa hirviendo se derramó sobre sus piernas.

Al instante, su piel se llenó de ampollas, y el dolor fue tan intenso que su rostro se torció en una mueca de sufrimiento mientras el sudor frío le empapaba la frente.

El vapor caliente subía como una nube, envolviéndola, y Lucía, apretando con fuerza el mantel, alcanzó a ver de reojo cómo Sergio, sin pensarlo dos veces, cargaba a Marta y salía corriendo del restaurante.

En ese momento, el corazón de Lucía se desplomó en un abismo sin fondo.

El lugar estaba hecho un caos. Unos meseros la ayudaron rápidamente a ponerse a salvo.

Apenas salió del local, los vio: Marta y Sergio estaban discutiendo acaloradamente a unos metros de allí.

—¡Te dije que estoy bien! —gritó Marta—. ¡Tú deberías regresar a cuidar a Luci!

—¡Tu mano está toda roja! ¿Por qué sigues fingiendo que no pasa nada? Primero te llevo al hospital y luego regreso por ella. Marti, ¿por qué tienes que ser tan terca? —Sergio insistía con voz cargada de preocupación—. Hace rato también te vi nerviosa por mí… ¿no será que, en el fondo, tú todavía me quieres?

—¿Y aunque así fuera, qué? ¿Y si no, qué más da? —Marta soltó una carcajada amarga—. ¡Sergio Franco, ya terminamos! ¡Tú ya te casaste con Luci… y ella está esperando a tu hijo!

Al escucharla gritar esas palabras, Sergio sintió como si le desgarraran el alma. Sus ojos se enrojecieron de golpe.

—Tú bien sabes —dijo con la voz quebrada— que para mí… ella nunca ha sido más importante que tú.

Marta se quedó helada unos segundos, sin saber qué responder. Pero al levantar la vista, su mirada se topó con algo que la dejó paralizada: Allí, de pie en la entrada, estaba Lucía.

Sus pupilas se contrajeron de puro pánico, y su voz, temblorosa, apenas pudo salir.

—¡Luci! ¿Qué haces aquí? ¿Por qué saliste?

Capítulo 5

Sergio sintió un estremecimiento en el corazón y se dio la vuelta de golpe, justo a tiempo para ver a Lucía desmayándose, con el rostro completamente pálido.

Sin pensarlo, corrió hacia ella, la alzó en brazos y salió disparado rumbo al hospital.

En medio de un bullicio caótico, Lucía, adolorida, logró abrir los ojos apenas un poco, viendo a Sergio hablando con los médicos, lleno de ansiedad.

—Mi esposa está embarazada, lleva ya cuatro meses —les advertía—. Tengan mucho cuidado con los medicamentos.

Cuando la empujaron hacia la sala de emergencias, una enfermera le levantó la ropa para revisarla. Al ver su vientre plano, soltó un grito ahogado.

—¿Cuatro meses? ¿No estará confundida? ¡Aquí no se ve embarazo ni de broma!

Mientras murmuraba con dudas, se giró para ir a verificar la información, pero Lucía, aguantando el dolor, logró detenerla.

—Enfermera… perdí a mi bebé… Por favor, no se lo digan a mi esposo todavía. Quiero ser yo quien se lo diga.

Aunque no entendía muy bien la situación, la enfermera, considerando que una pérdida así no era cosa fácil para una pareja, terminó respetando su voluntad.

Al no usar anestesia, el proceso de limpiar y tratar las heridas fue un tormento insoportable para Lucía, que estuvo a punto de desmayarse varias veces.

El ardor desgarrador en su pierna le invadía cada fibra del cuerpo, haciéndole difícil hasta respirar.

En cuestión de minutos, su cuerpo entero quedó empapado en sudor. Cada segundo era una tortura interminable.

Una vez terminado el tratamiento, la trasladaron a una habitación.

Sergio no se apartó de su lado ni un instante, sentado junto a la cama, repitiendo disculpas una tras otra: —Luci, te quemaste tan feo… ¿por qué no me llamaste?

Ella sintió un ácido dolor recorrerle los dientes de tanto apretar la mandíbula. Era como si su pierna estuviera en llamas, devorándola desde adentro.

Con un enorme esfuerzo, apenas logró murmurar: —Te fuiste… demasiado rápido…

—Fue mi culpa. Perdóname —dijo Sergio, cada vez más culpable, entrelazando su mano con la de Lucía.

Las uñas afiladas de ella rasgaron la piel del dorso de su mano, y un hilo de sangre empezó a correr.

Lucía vio cómo sus sangres se mezclaban, y su conciencia se fue apagando poco a poco hasta quedarse dormida.

Cuando volvió a abrir los ojos, ya era de madrugada.

Lucía abrió los ojos medio atontada y alcanzó a ver de espaldas a Marta.

—Tú también te quemaste. Anda, ve a tratarte la herida. Yo me quedo cuidando a Luci —dijo Marta sin volverse.

—No —Sergio negó de inmediato—. Si se despierta y no me ve, seguro se pondrá peor. Prefiero esperar hasta mañana.

La voz de Marta subió un par de tonos, sonando casi como un regaño:

—¡Te dije que ahora mismo te vayas! ¡Sergio Franco, deja de jugar con tu salud!

Al escucharla, el ceño fruncido de Sergio finalmente se relajó.

De pronto, le tomó la mano a Marta con fuerza.

—Marti… deja de negarlo. Tú también sigues sintiendo algo por mí, ¿verdad? Si me dices que sí, en este mismo instante dejo todo y volvemos a empezar, ¿sí?

Marta se dio cuenta de que había hablado de más. Se zafó rápidamente, visiblemente nerviosa.

Al verla tan desconcertada, Sergio no pudo evitar soltar una risa baja. —Está bien, no te presionaré. Tengo todo el tiempo del mundo para esperar a que me lo admitas. Haré lo que dices, voy a atenderme ahora —añadió con una sonrisa traviesa.

Dicho eso, se fue con paso ligero, como si no pesara nada sobre sus hombros.

Durante los tres años que habían estado juntos, Lucía siempre había visto a Sergio como alguien que lo controlaba todo.

Incluso cuando ella se enojaba o jugaba a hacer berrinche, él siempre la calmaba como si fuera una niña.

Sergio era ese hombre sereno, maduro, casi intocable, como si siempre llevara puesta una máscara, sin mostrar jamás su verdadero yo.

Lucía había creído que esa era su naturaleza.

Nunca se imaginó que él también pudiera perder el control.

Que se enojara hasta perder la calma por las palabras de Marta, que se alegrara de forma tan genuina al sentir su preocupación, que obedeciera ciegamente, como un muchacho enamorado, solo por complacer a la persona que amaba.

Jamás había visto a Sergio así.

Por eso se quedó mirándolo, como hechizada, hasta que, al volver en sí, se encontró con la mirada de Marta.

Lucía notó un destello de pánico en sus ojos, y fue ella quien rompió el silencio: —Marta, ¿dónde está Sergio?

Al ver que Lucía parecía no haber escuchado la conversación anterior, Marta soltó un suspiro de alivio. —Sergio fue a tratarse la herida —le explicó en tono suave—. Si sientes alguna molestia, solo dímelo.

El dolor ardiente seguía desgarrando a Lucía por dentro, pero ella apretó los dientes, disimulando su sufrimiento, y negó con la cabeza.

—Estoy bien… ve a descansar tú.

Pero Marta no se movió. En su lugar, le sirvió un vaso de agua y se lo acercó con cuidado.

Después de algunas palabras de consuelo, lanzó una pregunta que pareció surgir con cierta cautela:

—Luci… ¿ayer, antes de desmayarte, alcanzaste a oír algo?

La mano de Lucía, que sostenía el vaso, se quedó suspendida en el aire por un instante.

Luego, levantó la mirada y enfrentó la mirada inquisitiva de Marta con toda la calma que pudo reunir.

—No escuché nada —respondió, mintiendo sin parpadear.

Una mentira que soltó sin titubear, no solo para apaciguar las sospechas de Marta, sino también para convencerse a sí misma de que debía olvidar todo lo que había oído.

De todos modos, pensó con amargura, muy pronto desaparecería por completo de sus vidas.

Despedida del Ayer
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