Un amor para siempre
Capítulo 1
—Señora Andrea, circulan rumores de que usted y el señor Salvador están atravesando una crisis matrimonial. El día de su cumpleaños, el señor Salvador fue fotografiado en un encuentro nocturno con la actriz del momento, Julia Ruiz. ¿Qué tiene que decir usted al respecto, señora Andrea?
La sonrisa de Andrea se congeló no sabía ella como responder. Las preguntas de aquellos reporteros eran cizañozas.
Instintivamente levantó la vista hacia el hombre a su lado.
A su esposo, Salvador, se le veía visiblemente molesto.
—Señora Andrea, usted y el señor Salvador llevan siete años de casados, pero se dice que hace tres años él sufrió un accidente y a causa de esto perdió la memoria y termino viviendo durante dos años en compañía de una humilde pescadora, casi convirtiéndose en su yerno. ¿Es cierto esto que se rumorea?
—Señor Salvador, ¿podemos hacerle a usted unas preguntas? ¿Cuál es su relación con la actriz Julia? ¿Es una amiga o algo más?
Salvador se dio la vuelta iracundo y se marchó de inmediato.
Una multitud de reporteros lo siguió de cerca. En medio de tanto bochinche, Andrea tropezó al no poder seguirle el paso y terminó torciéndose el tobillo.
Puso su mano instintivamente hacia el frente: —Salvador...
Pero no alcanzó nada.
Estaba desconcertada y su mano se cerró en puño mirando la silueta de su esposo alejándose.
En ese momento, Salvador pareció darse cuenta de que había dejado atrás a su esposa. Se dio vuelta con la intención de regresar y tomarla de la mano.
El celular comenzó a sonar repentinamente con su ringtone bien pegajoso.
Salvador se detuvo en seco.
Andrea, empujada por la multitud, apenas podía mantenerse en pie. Se esforzaba por acercarse a su esposo, pero el dolor punzante en su tobillo le hacia ver estrellitas.
—Salvador, yo... —Intentó decirle que no podía caminar, pero sus palabras se detuvieron de golpe.
En cuanto Salvador contestó la llamada, su expresión cambió de forma drástica. Sin dudarlo, se giró y se alejó rápidamente.
Parecía que algo urgente había sucedido.
Andrea quedó rodeada por una masa de reporteros que no le permitían moverse.
Abrió la boca, pero al ver cómo su esposo se alejaba cada vez más, un nudo le subió a la nariz. Le dolía profundamente.
Aquella llamada seguramente provenía de esa mujer.
Desde que Salvador había recuperado la memoria, cada vez que se trataba de ella, sin importar el momento ni el lugar, él optaba por dejarlo todo y priorizarla.
Pero en ese instante, lo más importante era el prestigio de la familia Vargas.
Como esposa de Salvador, Andrea no podía simplemente retirarse. De lo contrario, los titulares de mañana estarían vociferándolo a los cuatro vientos.
Andrea volvió a esbozar una sonrisa elegante y serena, y se giró con calma para enfrentar a la multitud de reporteros y metiches.
—La señorita Julia es una amiga muy cercana tanto de Salvador como mía. El día de mi cumpleaños no se sentía bien, así que fuimos a visitarla juntos.
Andrea hablaba con voz suave, y aun frente a los incisivos reporteros, mantenía un tono tranquilo, sin que en sus cejas ni en su expresión se notara el menor rastro de incomodidad o apuro.
Continuó sonriendo mientras decía: —En realidad, estuve presente durante toda la visita, solo que los medios no lograron captarme en ninguna imagen.
—En cuanto a lo demás... debo que admitir que son meros rumores. Confío en mi esposo y creo firmemente que los rumores se detienen ante los sabios.
No dijo más.
—Señores ya contestadas sus preguntas, ¿puedo entonces retirarme ahora?
Durante toda su intervención, su actitud fue mesurada. Habló en voz baja, sin reproches hacia los periodistas.
Estos se quedaron perplejos. La señora Andrea no tenía una presencia imponente ni era agresiva, pero esa serenidad y dulzura lograron que, sin decir palabra, todos le abrieran paso.
El sol poniente dibujaba un resplandor dorado en el horizonte. La brisa vespertina soplaba, agitando suavemente el borde de su vestido.
Del otro lado del cielo, se acumulaban nubes negras presagio de una llovizna que se acercaba.
Incluso el aire comenzaba a sentirse algo húmedo.
Andrea bajó la mirada y presionó ligeramente los labios. Sus pestañas largas y espesas ocultaron esa pizca de tristeza.
Cuando regresó a casa y apenas se quitó el abrigo, se topó con la empleada de servicio, la señorita Clara, quien sostenía una bandeja y tenía una expresión extraña.
—¿Qué pasa, Clara?
Clara parecía sorprendida de que Andrea hubiese vuelto en ese momento. Estaba nerviosa y confundida, como si quisiera decir algo pero no se atreviera.
—¿Salvador ya regresó? —Preguntó ella, levantando la mirada hacia el piso de arriba.
Clara asintió rápidamente, evitando su mirada: —El señor Salvador ya volvió, es que... señora Andrea, ¿por qué no sale a dar usted mejor un paseo?
La voz de Clara se volvía cada vez más baja, hasta el punto de que uno tenía que acercarse para oírla con claridad.
—¿Haya acaso alguna visita en casa? —Andrea era muy perspicaz. Al notar cómo Clara evitaba su mirada y seguía lanzando miradas furtivas al segundo piso, comprendió todo al instante.
La actriz famosa de la que tanto hablaban los periodistas, Julia, no era la primera vez que venía. Entre las muchas habitaciones de huéspedes del segundo piso, una de ellas incluso estaba preparada permanentemente para ella.
Parece que, tal como sospechaba, Salvador había salido apresuradamente por culpa de Julia.
—¿Y por qué no me avisaron que había visitas? Subiré a ver. —Dijo Andrea con calma, y se dirigió directamente hacia las escaleras.
—Señora Andrea... —Clara no sabía como detenerla.
Estaban perdidos. Esa no era una visita cualquiera.
El señor Salvador de verdad que no tenía remedio, ¿cómo podía haberla llevado a la habitación principal?
Si la señora Andrea los encontraba allí, por mas excusas que diera no le podría explicar.
Andrea subió las escaleras.
La habitación de huéspedes estaba cerrada con llave, pero en cambio se escuchaban voces en el dormitorio principal de ella y Salvador.
¿Julia no estaba acaso en la habitación de huéspedes? ¿Qué hacía pues en la suya?
Aunque Andrea ya se había preparado mentalmente, al abrir la puerta, su expresión aun así cambió.
La famosa actriz de la que tanto hablaban los periodistas, Julia, en ese preciso momento, estaba acostada en la cama... vestida con su pijama.
En la fotografía de bodas colgada en la pared, la sonrisa radiante de Andrea ahora se veía ridícula.
—¡Vaya, Andrea ha vuelto! —Dijo Julia desde la cama, mirándola con una sonrisa, sin la más mínima intención de levantarse.
Andrea apenas iba a abrir la boca cuando Salvador apareció a un lado, sosteniendo una taza.
—¿Volviste? —Preguntó Salvador seriamente: —Julia se empapo con el aguacero que estaba cayendo afuera porque no trajo ninguna sombrilla. Como siempre ella es bastante frágil de salud y para que no le dé un resfriado no tuve más opción que traerla aquí.
Él se dio la vuelta y caminó hacia Julia. Su tono, de inmediato, se volvió tierno y preocupado, aunque con un leve matiz de reproche: —Tómate la medicina de una vez, no sea que te resfríes. ¿Ya tienes edad y todavía tan descuidada? No quiero que vuelva a pasar.
Julia sacó la lengua con picardía: —Ya lo sé, ¡eres tan fastidioso!
Esa escena hizo que una ira contenida comenzara a hervir en el pecho de Andrea. Apretó los puños con fuerza y miró fijamente a Salvador antes de hablar: —Ella es una adulta, no una niña. ¿No sabe refugiarse cuando llueve?
¿Una persona adulta no sabe qué hacer si un día no lleva sombrilla?
¿O es que unos minutos bajo la lluvia bastaban para dejarla gravemente enferma?
Pensar que hacía tan poco tiempo él la había dejado sola enfrentando a una multitud de periodistas por un asunto como ese le provocaba a Andrea un amargo resentimiento.
La sonrisa en los labios de Julia se congeló. Su mirada mostró pánico y una injustificada aflicción.
—Perdón... Andrea, de veras no fue mi intención. Si te molesta, me voy ahora mismo, enseguida...
Mientras hablaba, Julia apartó con rapidez las sábanas e hizo el amago de levantarse para irse.
Estaba desesperada, incluso tenía lágrimas acumuladas en las comisuras de los ojos, lo que la hacía verse tremendamente lastimosa.
—¡Ya esto fue la gota que reboso el vaso! —Dijo Salvador con un tono cargado de impaciencia: —Andrea, siempre te he considerado como una persona bastante razonable. ¿Cómo pueden tus palabras ser entonces tan hirientes ahora?
Su voz rezumaba reproche, y la manera en que la miró parecía contener una frialdad cortante.
Andrea apretó las palmas, la rabia le quemaba por dentro. Apretó los dientes y dijo: —Ella lleva puesta mi ropa. ¿Acaso en esta casa no hay ropa nueva? ¿Por qué no le pediste a Clara que trajera otra?
La familia Vargas era de por si bastante adinerada. En esa casa había una gran cantidad de habitaciones para invitados.
Y considerando que Julia solía venir de "visita", Salvador le había preparado ropa de sobra, de temporada, siempre de lo más nuevo.
Y sin embargo... sin embargo, se había quedado dormida justo en la habitación principal de la pareja.
Apenas si Andrea había dicho unas cuantas frases, y ya la tachaban de cruel.
—Deja de montarte en películas absurdas. Julia es apenas una muchacha. Yo a ella la veo como una hermana. —Dijo Salvador serio.
Capítulo 2
A pues entonces porque es su hermana, puede usar su ropa.
Porque es su hermana, puede entrar y salir libremente de la casa de los Vargas.
Y más aún, por ser su hermana, hasta los celos de ella parecen ser un berrinche sin sentido.
Sintió cómo su corazón se hundía.
Después de tantos años de matrimonio, sabía que en ese momento él ya estaba molesto.
Y también entendía que esta sería su última advertencia.
Andrea apretó los labios, en una sonrisa de autocompasión. Tuvo que hacer un esfuerzo para que su voz no sonara ahogada: —Señorita Julia, que descanse bien.
Dicho esto, se dio la vuelta y se marchó.
¿Y qué sentido tendría seguir aferrándose? Para él, ella no era más que una irracional atrevida.
—Señora Andrea... —Clara, preocupada por ella, la esperaba en la parte superior de las escaleras. Al verla bajar, le habló con cautela, con una mirada llena de preocupación.
—Estoy bien. Muchas gracias por preocuparte, Clara. —Andrea sonrió levemente y asintió con la cabeza hacia ella.
Solo entonces Clara pareció relajarse.
Llegó la noche.
Andrea se sentó junto a la ventana del balcón. La brisa fresca la acariciaba y la fría luz de la luna se derramaba sobre su cuerpo, haciéndola parecer aún más delgada y frágil.
Había pasado ya un año que su esposo había regresado, y sus recuerdos también habían vuelto. Sin embargo, ella seguía sintiendo como si él jamás hubiera vuelto a su lado.
A veces, sinceramente sentía que era solo una espectadora... quizás ya no debería seguir entrometiéndose entre esos dos.
Apenas surgió ese pensamiento, sonó de repente el celular.
Era su amiga Carmen Reyes.
—Andrea, ¿te animas a un viajecito por fuera del país?
Carmen solo lo había preguntado por rutina. Después de todo, en su círculo social todos sabían que Andrea era una mujer que valoraba demasiado el amor, tan obsesionada con Salvador que parecía querer pasarse el día entero a su lado.
Aun así, Carmen le hacía la misma invitación cada año.
—¿Para cuándo?
Carmen ya estaba lista para oír una negativa, pero para su sorpresa, escuchó una voz serena al otro lado.
Andrea sostenía el celular mientras miraba por la ventana.
Del otro lado, se oyó una exclamación de asombro: —¿Andrea, lo pensaste bien? ¿No eras tú la que vivía pegada a ese idiota día y noche?
—Sí, ya lo entendí todo.
Carmen seguía algo preocupada: —No vayas a arrepentirte a mitad del viaje, ¿eh? Ya sabes que nuestros andares suelen durar más de medio año.
—No te preocupes que yo no pienso regresar. —Andrea esbozó una sonrisa amarga.
No volvería nunca más.
—¿Qué te ha pasado...? —Carmen percibió al instante algo extraño en su tono, y de inmediato se mostró molesta: —¿Acaso otra vez ese imbécil te hizo algo? O quizás esa zorra volvió a meterse entre ustedes, ¿sí? Recién que acabo de llegar al país, no he visto ninguna noticia, dime la verdad, ¿fueron ellos...?
—Carmen. —Andrea la interrumpió con suavidad: —Estoy muy cansada.
Hubo un largo silencio al otro lado de la línea. Finalmente, Carmen habló: —Andrea, si ya no puedes más, sepárense. Mi hermano es un excelente abogado. Si necesitas ayuda con el divorcio, le pediré que te apoye.
—Te digo en serio, deberías considerarlo.
Andrea guardó silencio durante un buen rato. Al final, solo respondió con un leve murmullo.
—Entonces, organizo todo desde aquí. Calcula que partimos después de Año Nuevo. Iremos a ver montañas, ríos, el mundo entero, y a olvidarnos de una vez por todas de esos hombres de mierda. —La voz de Carmen sonaba llena de cariño y preocupación.
Después de colgar, Andrea bajó la cabeza en silencio y se quedó sentada durante mucho tiempo, dejando que las lágrimas cayeran sin hacer ruido sobre el dorso de su mano.
Llevaba siete años casada con Salvador, pero en realidad solo habían convivido como pareja durante cinco.
Durante los otros dos años, él había estado al lado de otra persona.
Tres años atrás ocurrió el suceso del naufragio. Salvador desapareció desde aquel entonces.
Andrea se desesperó, perdió el apetito y no podía dormir. Su cuerpo se debilitó rápidamente.
Durante ese tiempo, estaba tan frágil que parecía que el viento podía derribarla.
La familia Vargas movilizó todos sus recursos y pasaron dos años buscándolo.
Porque, o lo encontraban con vida, o recuperaban su cuerpo.
Siendo Salvador el único heredero del Grupo Águila Dorada, jamás detendrían la búsqueda sin resultados.
Dos años después, finalmente lo hallaron en una pequeña aldea pesquera. Había perdido la memoria.
Fue acogido por una pescadora, que no era otra que la actriz más popular del momento: Julia.
Durante los dos años en que Salvador perdió la memoria, siempre estuvo acompañado por Julia. Pasaban día y noche juntos, e incluso llegaron a desarrollar sentimientos el uno por el otro.
La familia Vargas era una de las más poderosas e influyentes de San Verano, y Manuel Vargas jamás permitiría que él estuviera con una pescadora.
Además, Salvador estaba en un estado de amnesia, no era realmente él mismo.
Por orden y disposición de Manuel, Salvador fue llevado por la fuerza de regreso a San Verano, donde recibió el mejor tratamiento y la tecnología más avanzada, lo que finalmente le permitió recuperar todos sus recuerdos.
Tras recuperar la memoria, Salvador por fin se tranquilizó y dejó de resistirse tanto a volver a casa.
Se podría decir que, ya con la memoria completa, Salvador eligió entre Andrea y Julia a quien había crecido con él desde la infancia: Andrea.
Esta vez, nadie lo obligó. Fue una decisión que él tomó por voluntad propia.
Como forma de compensación, la familia Vargas entregó una suma de dinero a la familia Ruiz, ayudándolos a salir de la pobreza y convirtiéndolos en los nuevos ricos de la zona.
Luego, ayudaron a Julia a transformar su imagen y la lanzaron al estrellato.
En el mundo del espectáculo, el capital siempre tiene la última palabra, y si la familia Vargas quería brindarle recursos a alguien, eso era una tarea sencilla.
Así fue como Julia, desde su debut como novata, logró hacerse muy famosa en tan solo un año.
Al principio, Andrea pensó que con su regreso todo estaría bien, pero ahora, viéndolo en retrospectiva, se daba cuenta de que ella era solo una ilusión en la que ella sola se había montado.
Él había regresado, sí, pero su corazón se había quedado con otra mujer.
Incluso al haber tenido que elegir entre una de las dos y optar por Andrea, Salvador sentía una culpa cada vez mayor hacia Julia.
Siempre había sido muy atento con Julia.
Durante el año desde su regreso, Andrea ya no podía contar cuántas noches habían sido interrumpidas por una sola llamada de Julia, que bastaba para hacerlo salir corriendo.
Incluso hacía apenas unos días, en su propio cumpleaños, que además coincidía con su aniversario de bodas, ella había preparado muchas cosas, solo quería compartir una cena tranquila con él.
Sin embargo, al recibir una llamada de Julia y escuchar su voz llorosa al otro lado de la línea, él soltó los cubiertos sin pensarlo y, con mucha ansiedad, decidió marcharse.
Este tipo de cosas ya habían sucedido demasiadas veces. Ella sabía que, lo retuviera o no, el resultado siempre sería el mismo.
Al principio, ella también había discutido con él, pero él siempre decía que solo era su hermana, y además, su salvadora.
Claro, Julia era la salvadora de Salvador, y también de toda la familia Vargas, así que ella tenía que soportarlo.
Incluso Manuel la había aconsejado.
Como esposa de Salvador, debía ser generosa y comportarse con dignidad.
Además, Salvador no había cometido ninguna traición concreta, y todos a su alrededor usaban ese tipo de argumentos para convencerla.
Incluso su propio padre...
Hace un año, cuando Salvador recuperó la memoria, ella llegó a mencionar la posibilidad de separarse.
Después de todo, cuando lo encontraron, Andrea había ido personalmente a aquel pequeño pueblo pesquero.
En ese entonces, él la miraba con desconfianza y rechazo, mientras que su actitud hacia Julia estaba llena de cercanía.
Por suerte, después de recuperar la memoria, él le prometió que su esposa solo sería ella, que no habría nadie más.
—Andrea, el lugar de mi esposa solo puede ser tuyo. Entre Julia y yo... en ese momento estaba sin memoria, nada de eso cuenta, ahora solo la veo como una hermana y como mi salvadora.
Salvador tenía una personalidad bastante despota y caculadora, no le gustaba dar explicaciones y detestaba todo lo que representara complicaciones o conflictos.
Por eso, el hecho de que en aquel momento se tomara la molestia de explicárselo con paciencia hizo que ella también aceptara a Julia como disque su "hermanita".
Pero, llegados a este punto... ella estaba agotada.
Cada día debía fingir ser generosa y amable, cumplir con elegancia el papel de esposa de Salvador, mientras que su marido... la dejaba sola cuando era rodeada por periodistas y metiches, permitía que otra mujer durmiera en lo que fue su cama nupcial, la dejaba esperando sola por atender a otra.
Tal vez, irse era lo mejor para ambos.
Si Salvador no quería ser el villano que destruyera este matrimonio, entonces sería ella quien pidiera la separación.
Y cuando llegara el momento de enfrentar las preguntas de los periodistas, también sería ella quien lo hiciera sola.
Mientras pudiera liberarse, todo estaría bien.
Aquella noche, Andrea durmió en la habitación de invitados.
Capítulo 3
Al día siguiente.
—Señora Andrea, la señorita Julia ya se fue, el señor Salvador también salió para la empresa. Ya se limpió la habitación, ¿por qué no regresa a dormir allí? —Dijo Clara con cautela, eligiendo cuidadosamente sus palabras.
—Muchas gracias, Clara, pero de veras no será necesario. —Respondió ella con una sonrisa apacible: —Anoche dormí en la habitación de huéspedes y, la verdad, me pareció que tiene muy buena luz. Mejor trasladen todas mis cosas allá.
Clara se quedó perpleja: —¿Eh...?
¿La señora Andrea quería dormir separada del señor Salvador?
—Ah, cierto. —Andrea dio unos pasos hacia adelante, luego regresó y añadió: —Las cosas que usó la señorita Julia no hace falta moverlas, déjalas ahí.
Quién sabe, tal vez la señorita Julia vuelva a necesitarlas en otra ocasión.
Y ella... simplemente las consideraba sucias.
Clara la miró con asombro, sin saber por un momento cómo reaccionar.
La señora Andrea Vargas siempre había sido de muy buen carácter. Clara llevaba muchos años trabajando allí y jamás la había visto perder la paciencia con el personal.
La señora Andrea, como su propio nombre lo indicaba, era serena, gentil y de una elegancia tranquila, serena como una noche clara.
Andrea tenía buen temperamento, una personalidad dulce y, además, era hermosa. Siempre hablaba con dulzura, sin temor a nadie.
Pero esa misma personalidad, si bien podía describirse como elegante y desapegada, también podía sentirse como sin emociones ni chispa.
Al caer la noche, Salvador regresó a casa después de ocuparse de los asuntos de la empresa.
Esta vez, la sala estaba completamente a oscuras.
¿Andrea no le había dejado encendida una luz?
La familia Vargas nunca fue exigente con el servicio, y especialmente Andrea, la señora de la casa, era una mujer considerada y compasiva.
Por eso, después de la cena, los empleados podían irse a descansar sin tener que esperar.
En el pasado, a esta hora, Andrea solía esperarlo en el sofá de la sala, envuelta en una manta, con un libro en las manos o una taza de café caliente, aguardando su regreso en silencio.
Pero esa noche, ella no estaba.
A Salvador se le deslizó una expresión extraña por los ojos. Se quitó el abrigo y fue él mismo quien encendió la luz del salón.
Recorrió el primer piso buscándola por todas partes, pero no encontró esa figura delgada y familiar.
¿Acaso ya se había ido a descansar arriba?
Justo cuando Salvador comenzó a subir las escaleras, un estruendo retumbó desde afuera: un rayo cortó la oscuridad de la noche.
En un instante, la lluvia torrencial cayó sin piedad.
Esa tormenta largamente contenida, al final, había estallado con fuerza descomunal.
Salvador ya durante el camino de regreso había sentido el ambiente opresivo y gris, tan denso que costaba respirar.
Ese silencio absoluto que precede a una tormenta hoy le resultaba extrañamente incómodo.
Por eso le había estado pidiendo al conductor que acelerara.
Y ahora, viendo cómo la lluvia azotaba violentamente el exterior, su corazón empezó a latir con fuerza sin una razón clara.
¿Andrea seguía molesta con él?
Con ese pensamiento, Salvador apuró el paso escaleras arriba y empujó la puerta del dormitorio.
—Andrea, ya llegué... —Las palabras restantes se le atoraron en la garganta.
Salvador se quedó helado.
Andrea no estaba en la habitación.
Como si algo lo golpeara de repente, sacó el teléfono con rapidez para llamarla.
—¿Qué es lo que pasa? —Dijo una voz familiar detrás de él, inesperadamente.
Era la de Andrea.
Antes de que él pudiera decir algo, ella habló primero: —Anoche dormí en la habitación de huéspedes y me di cuenta de que durante el día entra muy buena luz, y por la noche se pueden ver las estrellas desde el balcón. Quiero seguir durmiendo allá.
Salvador guardó silencio por un instante, su expresión se tornó gélida: —Haz lo que quieras.
Desapareció por el pasillo.
La puerta se cerró de un golpe.
Andrea curvó los labios con amargura. ¿Todavía esperaba algo?
La comprensión, la ternura de Salvador... ahora solo se las reservaba para una persona.
Y esa persona, definitivamente, no era ella.
Sin duda, él estaba enojado.
Seguramente pensaba que ella estaba haciendo un berrinche a propósito, que dormir en cuartos separados era una pataleta infantil, algo absurdo e irracional.
Por la mañana, en la mesa del comedor.
—Julia acaba de integrarse a un grupo de rodaje, va a hacer participe de una producción de terror y suspenso. Está bastante asustada y nerviosa, así que estos días no voy a regresar por que tengo que acompañarla. —Dijo Salvador, dejando la leche sobre la mesa mientras la miraba.
Andrea untaba el queso crema sobre su tostada con calma y respondió con tono sereno: —¿Vas a acompañarla al rodaje? ¿Y los asuntos de la empresa ya no los vas a atender?
Aunque ya tenía en mente la idea de alejarse, la familia Vargas la había tratado bastante bien durante todos estos años.
La familia López, por su parte, había estado al borde de la bancarrota unos años atrás, y fue la familia Vargas quien puso dinero y esfuerzo para rescatarla, logrando así relanzar los negocios de los López.
La familia Vargas representaba el trabajo de toda una vida para Manuel, así que era natural que ella deseara que a la familia Vargas le fuera cada vez mejor.
Pero Salvador creyó que Andrea, otra vez, se estaba dejando llevar por los celos. Frunció el ceño, visiblemente molesto, y dijo: —Te lo he dicho muchas veces, Julia es joven y no entiende de relaciones humanas ni de cómo funciona el mundo. El ambiente del entretenimiento es complicado, si no la protejo yo, le será muy difícil abrirse camino. Esta vez, además, el rodaje es justo de lo que más le asusta: del genero paranormal. Tengo que estar con ella.
Andrea dio un sorbo a la leche con delicadeza. Aunque sentía un dolor punzante en el pecho, una acidez amarga e insoportable, su rostro no mostró emoción alguna: —Yo no he dicho que no la acompañes. ¿Por qué te alteras?
Salvador se quedó sin palabras.
Su actitud era demasiado tranquila, en otro momento, ya se habría alterado.
Quizás para los demás, Andrea siempre era la mujer amable y considerada, pero con Salvador había llorado, había gritado, incluso había perdido el control por completo.
Esta vez, en cambio, estaba demasiado tranquila: no hubo reproches ni intentos de detenerlo.
Eso, precisamente, fue lo que más sorprendió a Salvador.
—Justamente estos días estaré muy ocupada también. Planeo regresar a casa por un tiempo. —Dijo Andrea tras haber terminado de comer. Se limpió la comisura de los labios con elegancia, alzó la mirada y le dedicó una sonrisa dulce.
Salvador presionó los labios. Esa sensación de inquietud que lo invadía, por fin, desapareció.
—Andrea, espérame.
—Ya cuando regrese te voy a dar otro regalo de cumpleaños para compensarte.
El cumpleaños y el aniversario de bodas que habían pasado hacía poco fueron arruinados por Julia, convertidos en un desastre total. Para Andrea, aquello se había quedado como una espina clavada en el corazón. Aunque la extrajera, la herida jamás sanaría del todo.
Al escuchar sus palabras, Andrea simplemente asintió con docilidad, sin decir nada más.
Al verla tan obediente y comprensiva como siempre, Salvador esbozó una leve sonrisa, se acercó y se inclinó con intención de besarla en el entrecejo.
Pero Andrea se giró de lado y se puso de pie, dejando que el beso cayera en el vacío.
Sus miradas se cruzaron. En ese instante, al encontrarse con esos ojos calculadores, el corazón de Andrea se estremeció.
Hacía mucho tiempo que él no le sonreía así.
Esa sonrisa, ella la había visto muchas veces en el pasado.
Después de que desapareciera durante dos años y regresara, nunca más volvió a sonreírle así.
Y si alguna vez sonreía, era solo para Julia.
En aquellos primeros años, él sí la había cuidado con cariño.
Andrea recordaba que cuando recién se casaron, los dos vivieron una etapa de amor apasionado.
Salvador le había prometido que la amaría solo a ella por el resto de su vida, que jamás la traicionaría.
Que si lo hacía, perdería a su ser amado y sería destruido por completo.
Él incluso se mando a hacer una vasectomía solo porque ella dijo que no quería tener hijos.
Ese amor verdadero existió. Andrea no dudaba de que Salvador la quiso de verdad. Lo lamentable era que, en este mundo, los sentimientos más sinceros eran también los más fugaces.
Tal vez ni siquiera Salvador se había dado cuenta de que ya se había enamorado de otra persona.
Durante esos dos años que estuvo con Julia, su corazón se lo entregó a ella.
Después de todo, sin recuperar la memoria, Salvador en realidad se resistía a regresar. No quería dejar aquel pueblito de pescadores, porque alli estaba Julia.
Capítulo 4
Andrea recordaba la primera vez que surgieron problemas entre ellos, fue en el primer mes después de que él regresara tras haber desaparecido durante dos años.
Después de volver del pequeño pueblo pesquero, también trajo a Julia y la instaló en San Verano.
Lo hizo en nombre de su salvadora, como si fuera su hermana menor.
Incluso le compró una villa en San Verano, donde el valor del suelo era especialmente alto.
Esa noche, durante la cena, él estuvo todo el tiempo inquieto, mirando su celular de vez en cuando.
Al ver su expresión, como si quisiera decir algo pero no se atreviera, ella también sintió una punzada en el corazón y se esforzó por mantener la compostura.
Hasta que...
Se levantó de repente, frunciendo el ceño con brusquedad: —Andrea, a Julia le duele el estómago. Voy a verla.
—Si le duele el estómago, pues que vaya al hospital. Tú no eres médico. —Dijo ella, conteniendo la molestia mientras apretaba los dedos.
—No, no es algo que un médico pueda resolver... y no hace falta llamar a uno. —Ya se estaba poniendo el abrigo, con una expresión cargada de preocupación y nerviosismo: —Andrea, su cuerpo es delicado, y es la primera vez que viene a San Verano. No está familiarizada con este lugar. Solo estará tranquila si alguien la acompaña.
Andrea lo miró. Era muy inteligente, y lo adivinó de inmediato.
—¿Está con el período, verdad? —Su rostro permanecía sereno, sin armar ningún escándalo.
Salvador se quedó un momento con la expresión congelada.
Ella supo entonces que había acertado.
—Termina de cenar, voy a verla. Regreso en un rato. —Apenas terminó de hablar, salió sin mirar atrás.
En ese momento, Andrea gritó desde detrás: —¿Y si no te dejo ir?
Lo único que obtuvo como respuesta fue el sonido firme de la puerta al cerrarse.
Al salir del recuerdo, Andrea se llevó inconscientemente la mano a la mejilla. Estaba empapada en lágrimas.
¿Qué era lo que hacía que el amor se distorsionara, que se olvidara el amor?
Ella y Salvador habían crecido juntos. Aunque su matrimonio de entonces tuvo tintes de alianza comercial, el cariño entre ellos no era fingido.
Fueron un amor de juventud, el primer amor del otro. Salvador, en su adolescencia, no era el tipo calculador e insoportable que era ahora.
En aquel entonces, era arrogante, altanero, apasionado por las motocicletas y conocido en San Verano como alguien difícil de tratar.
No escuchaba a nadie, era un pequeño tirano entre los de su edad.
Pero solo ante ella se rendía.
El joven de aquel entonces fue quien dijo aquella frase: "Andrea es más importante que la vida".
Decía que había muchas estrellas en el cielo, pero solo una Andrea. Que solo la quería a ella, y que eso no cambiaría en toda su vida.
Nunca dudó de su amor, pero el amor cambia con el tiempo.
Aunque por mas que fuese el mas profundo y verdadero amor, con el paso de los años, también podría transformarse.
Ella sacó el celular y le envió un mensaje a Salvador.
—No hace falta que compenses el regalo de cumpleaños. No vale la pena gastar tiempo ni energía en eso.
Después de todo, las compensaciones tardías... ya no las necesitaba.
Del otro lado, sentado en el auto, Salvador vio esa línea de texto en la pantalla del celular, y sintió un apretón inexplicable en el pecho. No sabía por qué... pero sentía el corazón oprimido.
En casa de los López.
—¿¡Te vas a divorciar!? ¿Estás loca? —Antonio López estaba furioso: —¡Ni lo pienses!
La familia López llevaba años dependiendo del respaldo de la familia Vargas. Si el vínculo entre ambas se rompía, la familia López se vendría abajo rápidamente.
—Andrea, ¿qué pasó? ¿Tú y Salvador no estaban bien? —Comparado con la rabia de Antonio, Lucía mostró una actitud mucho más suave.
El carácter y la apariencia de Andrea provenían en gran parte de la frialdad serena y la dulzura de su madre.
—Mamá, en su corazón, siempre habrá un lugar para Julia. —Frente a los más cercanos, el corazón siempre se ablanda más, y también es más fácil mostrar la vulnerabilidad.
Los ojos de Andrea se enrojecieron.
—No. —Dijo Antonio con el rostro endurecido: —No me importa cuál sea la razón, no permitiré ese divorcio. Aunque él tenga un montón de amantes fuera, eso es parte de la naturaleza de los hombres. Y además, todavía no te ha traicionado realmente.
Antonio fulmino con la mirada a su hija y decía: —¡Si te atreves a actuar con arrogancia, consideraré que ya no tengo hija!
Andrea se quedó perpleja al principio, luego, una expresión de autodesprecio apareció en sus ojos.
Qué escena tan ridícula: los comerciantes valoran más el beneficio que cualquier otra cosa, incluso si el beneficio implica sacrificar la felicidad de su propia hija.
—Papá, ¿soy realmente tu hija... o solo una mercancía? —Sus uñas se clavaron profundamente en la palma de su mano mientras hacía un esfuerzo por no dejar que las lágrimas en sus ojos cayeran.
—Ya, ya... Al fin y al cabo, seguimos siendo una familia. ¿Para qué enojarse tanto? —Lucía, llena de ternura, abrazó a Andrea con fuerza.
Solo en ese momento, sus lágrimas empezaron a fluir sin control.
—Mamá, me voy a casa. —Dijo cabizbaja, con voz apagada.
El asunto del divorcio ya no tenía marcha atrás en su corazón.
Estaba agotada.
No quería seguir jugando más ese juego con él.
—Andrea... —Lucía la miró con el corazón roto, intentando retenerla: —Ya cayó la noche. ¿Por qué no te quedas hoy...?
—¡Déjala ir! —Antonio se tensó: —Ya veo que ahora se siente muy altiva.
Al salir de la casa de los López, Andrea alzó la vista hacia el cielo. Las estrellas brillaban intensamente en la noche, mientras que la luna estaba cubierta por nubes oscuras, apenas se distinguía su contorno.
Soltó una risa irónica.
Quería divorciarse. No deseaba nada. Después de todo, cuando se casó con Salvador, ya estaba sola. Así que marcharse también debía hacerse con limpieza.
Se sentía profundamente abatida.
De pronto, su teléfono vibró varias veces.
Levantó el móvil. Era un mensaje de un número desconocido.
Había una foto.
Una foto de Julia y Salvador juntos.
En la imagen, Julia aún no se había desmaquillado. Llevaba el vestuario del rodaje, y esta vez parecía interpretar una película de terror ambientada en tiempos antiguos. En ella, encarnaba a una joven dama noble que, tras estudiar en el extranjero, había regresado a su país.
Había que admitirlo: Julia tenía un rostro extraordinariamente bello.
Si Andrea era de facciones suaves y delicadas. Julia, en cambio, tenía unos rasgos intensos y definidos.
Encantadora y seductora, sus ojos parecían contener un firmamento de estrellas, brillaban con deslumbrante arrogancia.
Su carácter vivaz hacía aún más marcado el contraste con la serenidad silenciosa de Andrea.
Andrea, en ocasiones, también pensaba que, de haber sido hombre, probablemente también le habría gustado una chica como la señorita Julia.
Joven, hermosa, alegre, siempre con una energía inagotable. Era una mujer que rebosaba vitalidad.
—¡Andrea, vine a contarte todo por mi cuenta!
Y junto con eso, mandó un emoticón con un gesto tierno y gracioso.
—Andrea, no te enojes. En realidad, entre Salvador y yo solo hay una amistad pura. Lo del pasado ya lo dejé atrás hace tiempo.
—Aunque en aquel entonces él insistía en quedarse en mi casa, en quedarse conmigo para siempre, yo sabía que era porque había perdido la memoria y te había olvidado. Esos dos años de convivencia diaria y todas esas promesas, yo puedo tomarlos como si hubieran sido solo un sueño. Andrea, yo de verdad te considero como a una hermana mayor, así que espero que no estés molesta.
Julia envió una serie de mensajes uno tras otro.
Andrea no respondió.
Pero jamás se habría imaginado que, al día siguiente, Salvador aparecería furioso de manera tan directa.
A primera hora de la mañana, Andrea aún estaba desayunando cuando la puerta de la casa de los Vargas se abrió de golpe. Salvador entró con pasos largos y el rostro ensombrecido.
—¿Hasta qué punto vas a seguir con tus caprichos, Andrea?
La acusación, cargada de reproche y rabia, cayó con fuerza abrumadora, dejándola paralizada en su sitio.
—¿Y ahora qué hice? —Andrea ocultó su sorpresa y lo miró fijamente.
Sonó un "¡Paf!" seco y violento.
Andrea se quedó petrificada.
¡Él la había golpeado!
Su cuerpo casi no podía mantenerse en pie, temblaba incontrolablemente en el mismo lugar.
—¿Sabes que, por tus palabras, Julia casi muere ayer? —Salvador tenía el rostro sombrío y los ojos llenos de un frío aterrador.
Capítulo 5
El ardor en su mejilla llegó con retraso. Respiró hondo y, mirando el rostro severo del hombre, se burló de sí misma: —¿Qué fue lo que dije?
Cuando le mostraron la llamada "evidencia" ante los ojos, Andrea soltó una risa sarcástica.
Miró fijamente el rostro sombrío del hombre, clavando la vista en sus ojos llenos de furia, y respondió con sarcasmo: —Ese tipo de insultos sucios y vulgares ni siquiera puedo pronunciarlos. Además, cualquiera puede enviar un mensaje anónimo.
—¿Quién más si no tú? —Su furia no hacía más que intensificarse. Al verla aún con intención de justificarse, se acercó y le apretó con fuerza los delicados hombros, haciéndola palidecer de inmediato por el dolor: —Andrea, el lugar de esposa ya te lo he dado. Nadie va a disputarte esa identidad.
Sus manos temblaban, producto de la ira.
—Julia es pura e inocente. Ella siempre te ha visto como una hermana mayor. ¿Sabes cuánto la han herido esas palabras crueles tuyas? —Todo su cuerpo emanaba una frialdad helada, su mirada era tan terrible que parecía capaz de devorarla viva.
Los ojos de ella se tornaron rojos, pero el ardor en su mejilla no se comparaba con el dolor en su pecho.
—Crecimos juntos desde niños. ¿No sabes qué clase de persona soy? Esto claramente es una trampa para perjudicarme.
La gente siempre elige al débil para maltratar, y Andrea era esa persona débil.
Salvador se quedó pasmado al ver la expresión llena de dolor e impotencia en su rostro, pero pronto su furia lo envolvió de nuevo y perdió todo rastro de razón.
—¿Quién te querría tender una trampa? Andrea, si vas a mentir, al menos prepárate. Julia no tiene amigos ni parientes en San Verano. La única persona cercana a ella eres tú.
Él simplemente no confiaba en Andrea.
Un frío glacial brotó desde lo más profundo de su ser y se extendió por todo su cuerpo, dejando un sabor amargo en su pecho.
Miró a Salvador con incredulidad.
Así que, en su corazón, ella era simplemente una mujer calculadora, capaz de hacer cualquier cosa por celos.
Ni siquiera estaba dispuesto a escuchar su explicación.
La actitud del hombre era tan firme que ella ya no tenía nada más que decir.
—Haz lo que te parezca.
Él salió dando un portazo.
Julia seguía en el hospital, y él tenía que ir a acompañarla.
No fue sino hasta que Salvador se marchó por completo que Andrea ya no pudo contener las emociones acumuladas durante tantos años. Se dejó caer al suelo y se cubrió el rostro con ambas manos.
Clara, al ver a la señora Andrea llorando desconsoladamente en el mismo sitio, se sintió momentáneamente perdida.
Anoche, Julia había recibido un mensaje insultante de parte de la "señora Andrea". El contenido era sumamente ofensivo, plagado de obscenidades y palabras soeces que resultaban imposibles de mirar.
Por eso, Julia se sintió herida y humillada. En su desesperación, intentó quitarse la vida cortándose las muñecas.
Ahora mismo seguía acostada en una cama de hospital.
Una oleada de impotencia invadió por completo el cuerpo de Andrea.
Aunque no fueran marido y mujer, tantos años de conocerse no habían valido más que una trampa burda y llena de inconsistencias.
Justo cuando Andrea creía que él no regresaría ese día, a las cuatro y media de la tarde, Salvador volvió apresuradamente.
—¡Andrea!
Tenía el rostro lleno de remordimiento: —Andrea, lo siento. Me equivoqué contigo. Todo esto fue un montaje premeditado de los medios para provocar conflicto.
Parece que, después de todo, tantos años de matrimonio lo habían llevado a investigar por su cuenta.
Y al parecer Julia tampoco había sido tan ingenua. El mensaje, en realidad, no había sido enviado desde una cuenta registrada a su nombre.
Así, la aparición del chivo expiatorio hizo que Salvador rápidamente creyera que Julia no tenía nada que ver con el asunto.
Los rumores sobre su crisis matrimonial no eran más que meras especulaciones. Esos periodistas de farándula olfateaban escándalos como lobos sedientos de sangre, deseando verlos en ruinas.
Después de todo, con la posición que tenía la familia Vargas en San Verano, una noticia como esa estaría encabezando todos los titulares al día siguiente.
Andrea no dijo nada. Lo miró sin expresión alguna.
Tenía la piel clara, y la bofetada de aquella mañana aún le había dejado una marca visible en la mejilla, difícil de borrar.
No lloró, no hizo un escándalo, no lanzó reproches ni preguntas. Ni siquiera se le notaba ya el agravio en el rostro.
Tal reacción cayó de golpe en los ojos de Salvador, y por un momento se sintió desconcertado, se apresuró a acercarse y la abrazó.
—Andrea, ¿todavía te duele? —Preguntó con los ojos llenos de culpa y dolor, extendiendo la mano con sumo cuidado para tocar su mejilla.
Andrea empujó en silencio su pecho, conteniendo con fuerza las lágrimas en sus ojos. Con voz entrecortada, dijo: —Ya no duele.
Ya nunca volverá a doler.
El acuerdo de divorcio ya lo había impreso, solo le faltaba esperar el momento adecuado.
El corazón de Salvador se hundió. Volvió a abrazarla, rodeándola con fuerza entre sus brazos, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello.
Durante este tiempo, Salvador había sentido una extraña e inexplicable inquietud.
Incluso cuando estaba con Julia, su mente solía divagar con facilidad.
Era como si... algo en su destino se estuviera alejando poco a poco.
Y ahora, el suave aroma de su cabello finalmente apaciguaba su corazón intranquilo.
La abrazó con fuerza, abrió los labios como si quisiera decir algo más...
Justo en ese momento, el sonido del celular rompió aquella breve paz.
Sin soltar su cintura, Salvador contestó la llamada con una mano.
—Señor Salvador, algo bastante terrible ha pasado. La señorita Julia está en muy mal estado emocional. Acaba de beber mucho a escondidas y ahora... ahora está amenazando con quitarse la vida...
Estaban tan cerca que Andrea escuchó con total claridad lo que decían al otro lado de la línea.
Como era de esperarse, el rostro de Salvador cambió drásticamente. La empujó y se dio la vuelta para irse de inmediato.
—¡No puedes ir! —Andrea gritó casi desgarrando su garganta.
Apretó con fuerza la manga del hombre, sus nudillos se pusieron blancos por la intensidad de la presión.
Era la última vez. De verdad, la última vez que intentaba retenerlo.
Después de tantos años juntos, después de ese abrazo fugaz que él acababa de darle, Andrea había sentido que su corazón vacilaba.
Pero ahora, de repente, se dio cuenta de que era una tonta completa.
Y aquella vacilación de hace unos segundos no era más que una burla cruel y absurda.
—Andrea, ¿podrías esperar a que regrese para hablar? —Salvador tenía el entrecejo lleno de ansiedad: —La situación es urgente, Julia es una persona inocente y muy impulsiva. Ahora mismo está en juego su vida...
—Salvador. —De pronto, ella se calmó, sus cejas se curvaron suavemente y le dedicó una sonrisa tenue: —Tengo un documento que necesito que firmes...
Hizo una pausa y, cuando volvió a hablar, su voz ya no tenía emoción alguna: —Fírmalo, y te dejo ir.
También dejarían ir todo lo que hubo entre ellos.
—Está bien, ya dámelo. —Salvador aceptó de inmediato.
Andrea apenas le entregó el documento, y él, sin siquiera mirarlo, firmó su nombre con rapidez.
Acto seguido, sin voltear atrás, salió por la puerta.
Esta vez, tal como él deseaba, Andrea tampoco lo detuvo.
Después de que Salvador se fue, ella miró a su alrededor.
La enorme casa se sentía fría y vacía.
—¿Señora Andrea, desea cenar ahora? —Clara se acercó.
—No, ustedes pueden ir a descansar. —Andrea regresó sola a la habitación y comenzó a empacar sus cosas.
En realidad, ya no tenía muchas pertenencias, pues en el último año, Julia solía quedarse a dormir varios días.
Todo lo que a Julia le gustaba, Salvador le pedía a Andrea que se lo cediera generosamente.
Porque, según él, Julia era su hermana.
Y esa hermana había tenido una vida muy dura, por lo que merecía ser cuidada.
Además, Salvador pensaba que, al final, él había elegido quedarse con Andrea, lo que significaba que ya había lastimado el corazón de Julia.
Después de todo, durante esos dos años, cuando él había perdido la memoria, estuvieron a punto de convertirse en una pareja de verdad.
Solo les faltó un paso.
Si Andrea hubiera sido Julia, también habría sentido lo mismo: una profunda insatisfacción.
Mirando el acuerdo de divorcio ya firmado que sostenía en las manos, Andrea sintió que miles de palabras se le atoraban en la garganta.
En silencio, le dijo a sí misma: señor Salvador, le deseo que envejezca junto a la persona que ama.
Después de esta noche, ella desaparecería por completo de su mundo.