Voces entre gotas de lágrimas
Capítulo 1
Cuando Elena Guerrero le entregó el acuerdo de divorcio, Tomás Jiménez estaba ocupado disque muy ocupado llamando a alguien, ocupado consolando a su amante número cincuenta y dos.
—Tomás, vamos a divorciarnos.
—Firma de una vez, espera un mes, y cuando termine el período de reflexión del divorcio, nos separamos, sin tener más relación entre nosotros.
Al escuchar esto, él aceptó, tomó el documento sin ni siquiera mirarlo, y lo pasó directamente a la última página, firmando su nombre con indiferencia.
Después de firmar, se levantó orgulloso mientras tomaba su abrigo, aun susurrando palabras dulces a la joven al otro lado del auricular.
—Está bien, ya mismo voy para pasar un rato rico, ¿sí?
Cuando colgó, Tomás ya estaba en la puerta, pero de pronto recordó algo, se volteó y miró a Elena: —Ah, por cierto, Eli, el documento que me hiciste firmar hace un momento, ¿qué era?
Ya lo había firmado, y recién entonces se le ocurrió preguntar.
Elena curvó los labios, y una sonrisa irónica se dibujó en su boca.
—Eso es...
Apenas comenzó a hablar, Tomás agitó la mano, sin darle importancia alguna, y dijo: —Si necesitas comprar alguna casa, simplemente hazlo. No necesitas traer un contrato aparte para que lo firme. Estoy ocupado apaciguando un poco a alguien. Me quedé en casa contigo unos días, y esa chica... está muy molesta conmigo.
Al escuchar eso, Elena finalmente comprendió que él no había prestado atención a una sola palabra, y creyó que lo que había firmado era un contrato de compraventa de bienes raíces.
De hecho, cuando discutían con intensidad, lo que más le gustaba hacer era comprar mansiones enteras con el dinero de Tomás.
El sector inmobiliario ya estaba en decadencia, y ella había gastado decenas de millones de dólares en propiedades solo para vengarse de él, para desahogar poco a poco el dolor y la rabia en su corazón.
En ese entonces, aún tenía esperanzas en él. Ese vestigio de amor que quedaba no le permitía aceptar el hecho de que él ya había cambiado, y por eso colapsó por completo, llena de desesperación.
¿Cómo pudo dejar de amarla?
Aún recordaba la primera vez que se conocieron, en un bar.
Ella había ido a buscar a una amiga, y justo se encontró con un Tomás completamente ebrio, a punto de caer. Solo por bondad, lo sostuvo.
Él solo levantó la vista y la miró una vez, y se enamoró de ella.
El nombre de Tomás era muy conocido en los círculos aristocráticos. Era el heredero de la fortuna del poderoso linaje Castroviento, atractivo y desenfadado que desprendía arrogancia. Cambiaba de novia casi cada tres días, y más de la mitad de las chicas de la ciudad habían sido heridas por él.
Elena no quería ser una más en esa larga lista de mujeres adoloridas, tampoco deseaba involucrarse con un mujeriego como él, así que lo rechazó tajantemente.
Pero, para su sorpresa, él no se dio por vencido. Al contrario, se obsesionó con ella, persiguiéndola como mosco en leche, sin volver a mirar a ninguna otra.
Un mar de flores cubriendo la plaza en San Valentín, fuegos artificiales en la playa que duraron toda la noche solo para ver su linda sonrisa, esa silueta que siempre estaba allí cuando ella se sentía sola...
Su corazón, que nunca se había conmovido, cayó rendido ante esa ofensiva tan grandiosa y persistente de este hombre.
Después de formalizar la relación, él dejó atrás su vida de libertinaje y se dedicó por completo a ella, informándole de todos sus movimientos, sin importar a dónde fuera.
Todos decían a viva voz que Tomás había cambiado su carácter por ella.
Elena también lo creía.
Así que, cuando él se arrodilló con los ojos enrojecidos para pedirle matrimonio, ella aceptó sin dudarlo con todo el corazón, llena de felicidad.
Pero no había pasado ni un año desde la boda cuando Tomás volvió a enredarse con otras mujeres.
Discutían con frecuencia. Muchas veces, Elena terminaba gritando como una loca en la sala desordenada, mientras él se presionaba el entrecejo, agotado por tanto lío.
Al final, él le propuso una solución: —Cada uno hace su vida a su antojo, y cuando nos cansemos, regresamos al hogar.
—Eli, te amo demasiado, pero pasar toda la vida con una sola persona... realmente cansa.
—Hagamos cada uno lo nuestro, pero sin enamorarnos de nadie afuera. Cuando nos cansemos, volvemos como si nada y seguimos con la familia, ¿de acuerdo?
Elena no quiso aceptar, pero a él esto no le importó. Siguió haciendo lo que le daba la gana.
Poco a poco, ella también se rompió. Terminó manteniendo a un estudiante universitario, Cristian Bravo.
Al principio, solo quería desquitarse con Tomás.
Pero Cristian la llamaba "mi amor" con dulzura, la consolaba con paciencia, siempre estaba disponible cuando ella más lo necesitaba, y cuando tuvo un accidente automovilístico y estuvo al borde de la muerte, él, con los ojos enrojecidos, se quedó siempre a su lado, acompañándola a cada revisión médica.
Él era puro y limpio. Con el paso del tiempo, el corazón de Elena, que había sido herido hasta quedar hecho trizas, comenzó a sanar poco a poco gracias a él.
Ella pensó en regalarle una casa o darle un cheque, pero él no quiso nada de eso. Solo deseaba un reconocimiento, un lugar legítimo en su vida.
—Amor, divórciate de una vez por todas de él. Intenta estar conmigo.
Sus ojos estaban llenos de amor. Su mirada era tan pura y, luminosa, que reflejaba una imagen completa de ella.
Una imagen de esa Elena que había sido destrozada por este matrimonio lleno de tormento.
Pero en ese momento, en los ojos de él, parecía brillar.
Sin pensarlo, algo dentro de ella cambió. Se vio influenciada por una nueva filosofía de vida: cuando la vida te sonríe, hay que disfrutarla al máximo. Hasta los niños saben que cuando un juguete se rompe, hay que cambiarlo. ¿Y ella? ¿Qué había estado haciendo todos estos años, enfrascada como tonta en una lucha histérica con Tomás?
Así que aceptó.
Aceptó estar con Cristian.
Y puso fin de una vez por todas a ese matrimonio caótico.
Capítulo 2
No mucho después de que Tomás se fue, Elena recibió una videollamada de Cristian.
Él estaba cocinando, vestido con una camisa blanca, con el cabello desordenado cayendo con suavidad sobre su frente, sus pestañas ligeramente curvadas, y parecía delgado y tierno.
—Cariño, ¿ya te divorciaste con éxito? —preguntó.
Aunque era varios años mayor que él y había pasado por muchas cosas, cada vez que veía ese rostro juvenil y atractivo, no podía evitar sonrojarse y que su corazón se acelerara al máximo.
Era tan guapo que no era de extrañar que todas las chicas de su escuela se pelearan por ser su novia.
Ella carraspeó y dijo: —Ya firmamos el acuerdo de divorcio. En un mes más, no tendré ninguna relación con él.
Al escuchar eso, Cristian sonrió y dijo en voz baja: —Si ya no hay relación, entonces en este tiempo, no permitas que te toque. Voy a revisar eso cuando llegue el momento.
Elena no esperaba que dijera algo así. Se sonrojó un poco y, con una expresión seria, le respondió: —¿Qué tonterías estás diciendo?
Cristian la miró con un profundo deseo de posesión, aunque desapareció en un instante. Con tono lastimero, dijo: —Cariño, sólo soy joven de edad, pero en los demás aspectos... no soy un niño.
Temiendo que la conversación se volviera inapropiada, Elena se apresuró a detenerlo, le dijo algunas palabras amables, y por fin logró que Cristian colgara obedientemente la llamada.
Él era bueno en todos los aspectos, salvo por una cosa...
Era demasiado pegajoso.
Después de colgar, Elena salió de casa y compró un calendario.
Durante todo un mes, prácticamente vivió contando uno a uno los días.
Cada día que pasaba, arrancaba una hoja del calendario.
Desde el 1 de octubre hasta el 10 de octubre, Tomás no regresó ni una sola vez.
Pero Elena sabía muy bien dónde había estado esos días, a quién había visto, qué estaba haciendo.
Su nueva amante, que también era pasante en su empresa, Teresa Torres, publicaba con descaro todos los días sus movimientos en los "estados" de WhatsApp.
O estaban tomando el té en un restaurante, o jugando golf en un campo.
Otras veces en una villa en la cima de la montaña admirando las luces de la ciudad, o compartiendo un baño termal.
Era extraño. Con el carácter libertino de Tomás, jamás habría perdido tanto tiempo en una sola mujer.
Antes, incluso con sus amantes más cercanas, Tomás no duraba más de un mes antes de cansarse.
Pero con Teresa... nadie sabía qué tenía ella de especial. Ya habían pasado más de tres meses y aún no se había aburrido de esta mujer.
Quizás fue precisamente esa larga "fecha de caducidad" lo que le dio a Teresa tanta confianza. No era como las otras mujeres, que se comportaban con discreción; al contrario, Teresa con descaro añadió a Elena en WhatsApp y la provocó de forma directa.
Elena no se tomó en serio esos estúpidos juegos.
Ya estaba por divorciarse, ¿cómo iba a importarle algo así?
Estos días, al no tener mucho que hacer, se dedicó a limpiar toda la casa.
La afeitadora que eligió con esmero, los trajes que planchaba cada día, el reloj Patek Philippe de edición limitada que consiguió desvelándose para comprar en fin...
Sin importar el valor o el tamaño de los objetos, todo lo que alguna vez le había regalado, lo empaquetó y lo tiró sin importarle a la basura.
Junto con ellos, también desechó todas las humillaciones que había soportado en ese matrimonio, y el amor genuino que alguna vez le había ofrecido a Tomás.
Ya había decidido despedirse del pasado y comenzar una nueva vida.
Dos días después, Tomás por fin regresó.
Al ver que la villa estaba visiblemente más vacía, hizo mala cara.
—¿Eli, tiraste mis cosas?
Elena entretenida hojeaba una revista y respondió: —Sí, las tiré.
—Fueron cosas que compré. Si quiero tirarlas, las tiro. ¿Cuál es el problema? Además, tú ya ni regresas a casa, no necesitas nada de eso.
Tomás pensó que ella seguía molesta por lo ocurrido la última vez, así que de forma deliberada respondió así.
Se acercó con cinismo a ella y se sentó con aire despreocupado, tratando de calmarla un poco: —¿No habíamos quedado en que cada uno podía divertirse por su lado, sin involucrar sentimientos? ¿Por qué ahora te afecta otra vez?
Siempre con las mismas excusas.
No importaba lo que hiciera, siempre encontraba mil maneras de justificarse.
Y ella, como esposa abnegada, sólo podía aceptar pasivamente todo el dolor que él le traía, sin poder siquiera defenderse.
Pero ahora, ya no quería discutir con él por esas trivialidades sin sentido alguno.
Cerró de golpe la revista, se levantó furiosa y subió las escaleras, con un tono sombrío:
—Te equivocas. No me importa en lo más mínimo.
Tomás, al oír eso, creyó que estaba fingiendo indiferencia. Se levantó y la tomó de la mano.
Entonces, bajo la mirada llena de impaciencia de ella, él sacó una invitación del bolsillo y la plantó en la palma de su mano.
—No te enojes —dijo—, mañana te llevo a una subasta. Lo que te guste, lo compras sin reparo. Tómalo como una forma de relajarte, ¿sí?
Elena, por instinto, quiso rechazarlo.
Pero al fijar la vista en el logotipo de Sotheby’s impreso en la invitación, cambió de opinión y aceptó gustosa.
Después de todo, ya estaban por divorciarse. Usar su dinero para comprarse algo y mejorar el ánimo... no le parecía nada mal.
Capítulo 3
A las cinco en punto de la tarde siguiente, el auto de Tomás llegó puntualmente a la puerta de la villa.
Elena bajó las escaleras corriendo con su bolso en la mano, y justo cuando estaba por abrir la puerta del auto, vio un rostro familiar.
Era Teresa.
Llevaba una gran bolsa de aperitivos y bebidas, sentada en el asiento del copiloto, y la saludó con una expresión de inocencia total.
—Señora Elena, me mareo en el auto, ¿le importaría sentarse hoy en el asiento de atrás?
Al ver el destello de satisfacción que cruzó de manera fugaz por sus ojos, Elena bajó la mirada, y con el rabillo del ojo notó un adorno frente al parabrisas.
Era una figura personalizada de Hello Kitty, con un lazo en la cabeza sobre el que estaba impresa una ligera línea de texto.
[¡Asiento del copiloto exclusivo de Teresita!]
Al ver que Elena no decía nada ni se hacía a un lado, Tomás comprendió de inmediata que ella otra vez estaba disgustada, y en voz baja trató de calmarla: —Teresa nunca ha ido a una subasta, la traje para que conozca un poco del mundo. Es delicada, Elena, por favor, déjale el sitio.
¿Le estaba pidiendo que cediera su lugar?
Por supuesto que podía, al fin y al cabo ya no quería a ese maldito hombre. Un simple asiento en el auto, claro que podía cederlo.
Elena sonrió con sarcasmo y se subió al asiento trasero.
Durante todo el trayecto, Teresa fue comiendo todo tipo de pasteles y bocadillos.
Luego usó la cuchara con la que ya había comido para darle a Tomás, mostrando de esa manera su afecto sin preocuparse por nadie más.
Los dos charlaban animados, y él, atrapado por sus comentarios ingeniosos y sus frecuentes gestos de ternura, no dejó de sonreír.
Desde el principio hasta el final, Elena no se dignó a mirarlos, abrió con tranquilidad la ventanilla y disfrutó del paisaje otoñal del exterior.
Al llegar al destino, apenas habían caminado unos cuantos pasos cuando Teresa, con gesto lastimero, se quejó de que los tacones le lastimaban los pies.
Tomás se rió diciendo que era demasiado delicada, pero sin decir una palabra más, la llevó al centro comercial más cercano, escogiendo personalmente zapatos planos para ella y ayudándola con delicadeza a probarse par tras par.
Al verlo medio arrodillado en el suelo, comprobando la suavidad de los zapatos con tanto esmero, Elena no pudo evitar recordar que hacía medio mes ella tuvo una fiebre muy alta, y se sentía tan mal que le pidió que le trajera simplemente un vaso de agua, petición que él rechazó sin dudar.
Teresa era la niña que él llevaba en el corazón, su trato era incomparable.
Pero antes, ella también fue la chica a la que él mimaba con todo su ser.
En aquel entonces, como no quería aceptar su cortejo, lo puso a prueba de manera intencional y le dijo que si lograba conseguir los pambazos del sur de la ciudad, entonces lo consideraría.
Desde el sur de la ciudad hasta su casa había que cruzar casi toda la ciudad, y ese día incluso nevaba con intensidad. Muchos se dieron cuenta de que ella lo estaba poniendo a prueba a propósito.
Pero él no dudó ni un segundo en subir al auto. Tardó cinco horas completas y, con los pambazos aún calientes en el pecho, se los entregó personalmente.
Más tarde, Elena pensó en innumerables ocasiones por qué, si el amor de él en aquel entonces no era falso, pudo cambiar de forma repentina.
Ahora lo tenía claro: él no había cambiado.
Simplemente, antes ella no había visto con claridad. No se había dado cuenta de su naturaleza de mujeriego, no había visto su verdadera cara.
Nadie puede hacer que un libertino se redima.
Elena sonrió con amargura, tomó la invitación y entró primero al recinto.
La primera pieza de la subasta ya estaba en el escenario cuando Tomás entró muy campante con Teresa.
Esta subasta se realizaba al mismo tiempo que una cena de gala. Sobre las mesas se encontraban dispuestos diversos aperitivos exquisitos y sabrosos, además de frescos y suculentos cangrejos frescos y de temporada.
Apenas se sentaron, Teresa se encaprichó con los cangrejos y se aferró a Tomás diciendo que quería comerlos de inmediato.
Tomás sonrió resignado, le acomodó con cuidado la falda, y luego, rechazando la ayuda del camarero, de manera condescendiente tomó las herramientas para pelar el cangrejo. Con paciencia y esmero, extrajo la carne y el coral, y se los llevó a su plato.
Al verlo actuar con tanta cortesía y elegancia, los ojos de Teresa brillaron con admiración.
Pero Elena solo los miraba en silencio, y justo después vio cómo, al terminar de comer el cangrejo, Teresa señaló con deseo un juego de joyería de esmeraldas que había en el escenario. Tomás alzó la mano sin dudarlo.
—¡El comprador número 17 ofrece 40 millones de dólares!
Al oír esa cifra, todo el salón se quedó boquiabierto. Nadie se atrevió a seguir pujando. Desde todas partes del recinto se oyeron suspiros y exclamaciones contenidas.
Pronto llegó el intermedio de la velada.
Varios asistentes se acercaron con sus copas de vino a la mesa número 17, aparentemente intentando estrechar lazos.
Al ver el modo en que Tomás colmaba de atenciones a Teresa, comenzaron a alabarla sin reservas, dirigiéndose a ella como señora Jiménez.
Tomás alzó la vista y miró de reojo a Elena, y con desinterés corrigió.
—Ustedes se equivocan, esa señora es mi esposa.
De pronto, los invitados que se habían confundido mostraron expresiones incómodas y se apresuraron a corregirse.
Elena permaneció en completo silencio todo el tiempo, sin prestar atención alguna a esas miradas sorprendidas y compasivas que se dirigían hacia ella.
En realidad, ellos tampoco se habían equivocado al llamarla así.
Pronto, ella dejaría de ser la señora Jiménez.
Y con lo mucho que Tomás adoraba a Teresa, no era de extrañar que, en cuanto tuviera en sus manos el certificado de divorcio, se casara con ella enseguida.
Tras el breve descanso, la segunda mitad de la subasta estuvo dedicada a antigüedades.
A Elena no le interesaban ese tipo de objetos. Después de pujar de manera despreocupada por algunas de las piezas más costosas, se retiró antes de tiempo.
Apenas había llegado al vestíbulo del ascensor, cuando de repente escuchó detrás de ella la dulce y empalagosa voz de Teresa.
—Señora Elena, ¿puedo hablar con usted un momento?
Elena se detuvo en seco. —No tengo nada que hablar contigo...
Antes de terminar la frase, vio cómo Teresa alzaba la mano.
¡Paf!
Al instante, una cachetada cayó con fuerza.
Capítulo 4
Esa cachetada fue dada con toda la fuerza del mundo, y el rostro de Elena se enrojeció al instante.
Por instinto se cubrió la cara, su mente quedó aturdida por el golpe, quedando completamente en blanco.
—¡Teresa! ¿Qué estás haciendo?
Al reaccionar, una ira abrasadora surgió en el corazón de Elena, levantó la mano con la intención de devolver la cachetada.
Pero esa cachetada no llegó al rostro de Teresa, ya que Tomás la interceptó con la mano.
Tomás le sujetó la muñeca con fuerza, con un tono cargado de ira contenida: —Eli, Teresa no te ha hecho nada, ¿por qué le pegas?
Elena retiró con brusquedad la mano que se le había entumecido por la presión, y replicó con voz temblorosa: —¿Yo le pegué? Tomás, pregúntales a quienes pasaban por aquí, ¡¿quién fue la que empezó?!
Al oír esto, Teresa mostró de inmediato una expresión de lástima, con los ojos llenos de lágrimas.
—Tomás, tú dijiste que era muy cobarde, que debía buscar oportunidades para fortalecer mi valentía, y por eso quise probar golpeando a la señora Elena en público para practicar, de otra manera no encontraba una oportunidad adecuada. Pero la señora Elena fue tan feroz justo ahora, que me asustó muchísimo.
Al comprender la causa y el efecto, Tomás se enojó. —Te dije que fortalecieras tu valentía, ¿cómo se te ocurre hacerlo pegándole a alguien?
¡Y encima de todo, la persona que golpeaste fue Elena!
Teresa sorbió por la nariz, y las lágrimas le caían como cuentas de un collar roto.
—Lo siento, fui muy tonta. Dijiste que la señora Elena tenía buen carácter, pensé que si la golpeaba no se enojaría... no esperaba que...
Al verla llorar tan desconsolada, el corazón de Tomás se ablandó por completo. Ya ni siquiera podía enojarse; mientras le secaba las lágrimas, trataba de consolarla.
—Está bien, ya nadie te culpa por esto, no llores más, sé buena.
Al presenciar esta romántica escena, Elena sentía rabia y dolor al mismo tiempo, y finalmente no pudo evitar gritar con dureza.
—Tomás, ¡la que fue golpeada fui yo! ¿Con qué derecho la perdonas en mi lugar? Y tú, Teresa, ¿por qué finges ser la inocente otra vez? ¿A quién se le ocurriría usar una cachetada para entrenar su valentía?
Teresa se estremeció del susto al oírla, y rompió a llorar con más desesperación, le faltaba incluso el aliento, como si fuera a desmayarse en cualquier momento.
Tomás estaba tan preocupado que habló con indiferencia: —Ella solo es una niña, ¿qué tanta fuerza podría tener al darte una cachetada? ¿De verdad tienes que ser tan quisquillosa por eso? Ahora está tan arrepentida que casi se desmaya llorando. Eli, ya basta.
Después de soltar esas crueles palabras, tomó en brazos a Teresa y se fue.
Elena jamás se imaginó que él diría algo así; se sintió incrédula, como si hubiera caído en un pozo de hielo.
Al final de cuentas, ni siquiera supo cómo logró regresar a casa.
Durante todo el camino se repetía a sí misma que no debía llorar, así que se aguantó las lágrimas, y cuando por fin llegó, tenía los ojos completamente enrojecidos.
Al verla, la empleada doméstica se sobresaltó por la marca roja en su delicado rostro. Le preguntó alarmada qué había sucedido, si alguien la había agredido, y de inmediato quiso llamar a Tomás para que regresara a defenderla.
—No hace falta que lo hagas,— la detuvo ella en voz baja.
Todo su dolor, se lo había causado él con sus propias manos.
Elena se sentó frustrada junto a la ventana y se aplicó una bolsa de hielo durante una hora. Apenas había bajado un poco la hinchazón cuando recibió de pronto un mensaje de Teresa.
—Señora Elena, ¿ya llegó a casa? Yo ya estoy en el hospital. Tomás está tan preocupado por mí. Apenas me desmayé y él reservó todo el piso VIP del hospital, y llamó a más de diez médicos para que me revisaran.
—Ah, ¿y cómo está su herida? Todo fue culpa mía por no medir la fuerza, seguro le duele muchísimo, ¿no es así? ¿Por qué no viene ahora al hospital? Le puedo compartir uno de mis médicos para que revise si le va a quedar alguna cicatriz.
Elena apenas leyó el tonto mensaje y se lo reenvió enseguida a Tomás.
No fue sino hasta la madrugada que él respondió.
—Teresa lo hizo con buena intención.
Elena se echó a reír con frustración, y rió hasta que le salieron las lágrimas.
Al instante, le envió un mensaje de voz.
—¿La proteges tanto? Entonces, ¿por qué no te casas con ella ahora mismo? Le cedo mi lugar. Incluso los bendeciré a ustedes.
Esta vez, Tomás respondió enfurecido.
—Eli, ¿por qué otra vez estás diciendo cosas por enojo? Ya te lo he dicho muchas veces, mi esposa solo puedes ser tú. Con las demás solo estoy jugando. No te lo tomes tan a pecho, ¿sí? Descansa temprano. No te preocupes mañana volveré a acompañarte.
Al leer ese mensaje, Elena sintió una profunda impotencia.
Se rió de sí misma, y ya no quiso seguir hablando de cosas tan estúpidas. Apagó el celular.
Capítulo 5
Al día siguiente, Elena regresó a la vieja residencia después de almorzar.
Llevaba consigo el valioso juego de joyas de esmeralda que la señora Mónica le había regalado en su boda, aquel que supuestamente simbolizaba la herencia familiar.
Por desgracia, esa misma mañana el señor Felipe y la señora Mónica habían volado a Isla Brisamar para vacacionar, así que no los vio.
Elena preguntó cuándo regresarían, y al escuchar al mayordomo decir que volverían dentro de un mes, le entregó las joyas y se marchó sin mirar atrás.
Después de hacerse un tratamiento de SPA en un salón de belleza, regresó a casa con más de una docena de pares de pendientes nuevos que había comprado.
La luz del salón estaba encendida.
Tomás estaba relajado sentado en el sofá, con muchas cajas de regalo apiladas sobre la mesa.
Al oír que ella había regresado, dejó el a un lado y alzó la mirada para verla.
—¿Escuché bien al mayordomo decir que devolviste las joyas de esmeralda que simbolizan la herencia familiar?
Elena contestó con un leve murmullo.
Tomás suspiró y se sentó a su lado: —¿Sigues molesta? No seas así, por favor... Mira cuántos regalos te preparé, ¿no podrías perdonarme solo esta vez?
Incluso cuando ella devolvió aquellas joyas de esmeralda que representaban la herencia familiar, su primera reacción fue pensar que aún estaba molesta.
Y no que ella quería cortar definitivamente con él.
Estaba tan seguro de que ella lo amaba, y que nunca lo dejaría.
Por eso podía comportarse sin restricción alguna, proponer ideas absurdas como "cada quien por su lado", y seguir hiriéndola, trayendo a otras mujeres una y otra vez.
Elena no dijo nada al respecto. Solo miró de reojo el logo familiar en una de las cajas, y luego en sus ojos pasó un destello de burla.
—Lo que yo quiero, solo puede ser único e irrepetible.
Tomás no sabía cómo se había enterado de que él le había dado el mismo regalo a Teresa. Y quedó atónito.
—Eli, lo entendiste mal. En serio quería disculparme contigo, por eso le pedí a Teresa que me ayudara a escogerlo. Cuando vi que a ella también le gustaba, compré dos. No deberías preocuparte por algo tan insignificante como eso, ¿sí?
¿Insignificante?
Esa palabra, Elena ya estaba harta de oírla.
De un manotazo, volcó al suelo todos los regalos.—¿Los regalos pueden prepararse en cantidades infinitas, y tu amor también puede dividirse en tantas partes como quieras, no es así? Tomás, lo único de lo que me arrepiento ahora es...
Se le humedecieron los ojos.
Se arrepintió de haber confiado en él en primer lugar.
Además se arrepintió mil veces de haberse casado con él.
Aunque no terminó la frase, Tomás ya había captado lo que implicaban sus palabras.
No pudo seguir allí sentado; se levantó de inmediato y la sujetó de la mano.—Eli, tienes que saber que en mi corazón solo estás tú. Si no fuera así, no me habría casado contigo. Espérame unos años más, solo unos años, cuando me canse de todo esto, te prometo que volveré a tu lado.
Palabras sin sentido alguno. Las mismas de siempre, sin ningún valor real.
Elena ya no tenía ni la menor intención de seguir escuchando.
Retiró su mano, con un tono indiferente.
—Entonces, espera.
Al ver cómo su expresión se calmaba poco a poco, Tomás creyó que ya no estaba molesta. Su rostro se suavizó mientras recogía las bolsas que estaban tiradas en el suelo y se las ofrecía.
Elena sabía muy bien que él no había entendido lo que acababa de decir, pero no le explicó ni una sola palabra. Tomó las bolsas y se dio la vuelta para subir las escaleras.
Ella estaba esperando a que terminara el periodo de reflexión obligatoria para el divorcio.
No a que él se diera cuenta de nada.
Se acercaba el cumpleaños de Elena. Por lo tanto el señor Felipe y la señora Mónica, aunque estaban en el extranjero, no se habían olvidado del cumpleaños de su querida nuera. Mandaron traer desde Europa, por transporte aéreo, una corona de gemas de gran valor.
La dirección de entrega era la sede central del Grupo Valdenor.
Cuando Elena recibió la noticia, pensó en decirles la verdad, que ya había firmado los papeles del divorcio con Tomás, pero al recordar que estaban de viaje y no quería aguarles el ánimo, decidió mejor callar.
Fue personalmente al Grupo Valdenor.
El regalo de cumpleaños que le habían enviado el señor Felipe y la señora Mónica estaba en la oficina de Tomás. Él justo estaba en una reunión, así que Elena entró sola.
Después de abrir la puerta, vio que Teresa ya había quitado el envoltorio exterior y llevaba puesta la deslumbrante corona de gemas sobre la cabeza.
Al verla, Teresa se sobresaltó demasiado, y de inmediato fingió una expresión de miedo tímido en su rostro.
—¿Señora Elena, qué haces en este lugar?
Elena no tenía ningún interés en ver su ridícula actuación. Caminó con firmeza hacia ella, levantando la mano para quitarle la corona.
—Vine a recoger lo que me pertenece.
Después de escuchar esas palabras, en los ojos de Teresa brilló un destello de celos e indignación total. Apretó con todas sus fuerzas, aferrándose a la corona sin intención alguna de soltarla.
¿Le gustaba tanto?
Elena estaba a punto de soltarla, cuando vio cómo Teresa, de forma deliberada, hundía sus dedos en la punta afilada de la corona.
La sangre fresca brotó de la yema de sus dedos, y enseguida dejó caer su cuerpo con delicadeza sobre el sofá, comenzando a lamentarse en un tono de voz baja.
—Señora Elena, es que me pareció tan bonita la corona... solo quería admirarla un poco más. ¿Por qué tiene que tratarme de esa manera?