El viento que nunca regresa
Capítulo 1
Todos decían que Abelardo Torres amaba a Gloria Navarro como a su propia vida.
La persiguió y mimó durante diez años, cada vez que ella arrugaba la frente, a él le dolía el corazón durante medio día.
Pero fue este mismo Abelardo quien la traicionó exactamente tres veces.
La primera vez, fue en una conferencia de negocios, un rival lo drogó y terminó teniendo relaciones con una estudiante universitaria.
El día que Gloria le pidió el divorcio, él mandó a la estudiante al extranjero y esa misma noche él se quedó bajo la lluvia, frente al edificio de Gloria, durante tres días y tres noches.
Le dijo: —Glori, me equivoqué, perdóname esta vez.
Gloria miró palidez y, al final, su corazón se ablandó.
La segunda vez, Gloria lo vio en el hospital, acompañando a la universitaria a una consulta prenatal.
Con los ojos enrojecidos, él explicó: —Glori, hace medio mes salí del país para negociar una colaboración y sufrí un accidente de auto. Fue ella quien, arriesgando su vida, cuando el auto estaba a punto de explotar, me sacó y me salvó.
—Luego, descubrimos que estaba embarazada y mi abuela me amenazó con su propia vida para que permitiera nacer a ese niño.
La abrazó con fuerza y con la voz temblorosa dijo: —No me dejes, ¿sí? Te lo juro, en cuanto nazca el bebé, la enviaré lejos y el niño se quedará en la casa antigua; jamás aparecerán ante ti en toda su vida.
Y ella le creyó.
La tercera vez, él le disputó a Gloria la reliquia de su madre en una subasta.
Ese collar de zafiros era la joya favorita de su madre y el único recuerdo que le dejó.
Pero Abelardo pujaba cada vez con más empeño, hasta que ofreció un precio "ilimitado" por este y se lo regaló a la universitaria.
Gloria irrumpió en el palco privado para reclamarle, pero él solo se frotó las sienes y agotado le aclaró: —Tiene depresión prenatal y se encaprichó con ese collar.
—Glori, déjaselo, ¿quieres?
En ese instante, ella sonrió con lágrimas en los ojos.
—¿Y si no lo hago?
Él puso mala cara: —Glori, no hagas esto. Carmen está a punto de dar a luz; cuando nazca el niño, todo volverá a ser como antes.
Gloria lo miró y sintió como si le partieran el corazón. —¿Volver a ser como antes?
¿Cómo era antes? ¿Cuándo en sus ojos solo existía ella? ¿O cuándo, en una noche de tormenta, conducía tres horas solo para comprarle una tarta de fresa?
¿De verdad lo recordaría?
—¡Señor Abelardo...!
A sus espaldas se oyó el grito de Carmen Campos, quien, sosteniéndose el vientre y pálida, se apoyaba contra la pared: —Me torcí el pie... me duele mucho...
Abelardo cambió de expresión de inmediato y, en un instante, apartó a Gloria y corrió hacia Carmen para cargarla en brazos.
Su hombro golpeó violentamente a Gloria, que tropezó hacia atrás y se dio un fuerte golpe en el costado con la esquina de la mesa; el dolor hizo que un sudor frío le empapara la espalda al instante.
—¡Abelardo! —llamó Gloria, con la voz temblorosa.
Pero él ni siquiera se volvió, salió rápidamente de la habitación, dejando a Gloria solo la imagen de una espalda apresurada.
Ella se quedó dónde estaba; cuanto más sonreía, más lágrimas le corrían por las mejillas.
"Una vida salvada, además de ese hijo que es de los dos... Abelardo, en esta vida nunca te vas a librar de ella".
"¿Cómo podríamos tú y yo volver a ser como antes...?"
Se incorporó tambaleante, se limpió lentamente la sangre de la sien y se subió al auto.
El chófer le preguntó con cautela: —Señora Torres, ¿volvemos a la villa?
—No —cerró los ojos—, ve al despacho de abogados.
Dos horas después, Gloria fue al hospital con el acuerdo de divorcio recién redactado en la mano.
Fuera de la suite VIP, en la planta superior del edificio, los guardaespaldas bajaron la cabeza con incomodidad al verla.
Ella se quedó al final del pasillo, observando cómo Abelardo había reservado toda la planta para Carmen; esto incluía médicos y enfermeras listos para cualquier cosa. Del mismo modo, él, sin separarse ni un momento de su lado, se ponía nervioso por cada mínimo gesto de Carmen, como si el cielo se fuera a caer.
—Quiero comer tiramisú de la pastelería Venturis... —susurró Carmen, cariñosa.
Abelardo no dudó ni un segundo, tomó las llaves del auto y salió corriendo —Espera, vuelvo enseguida.
Gloria, desde la sombra, sintió de nuevo su corazón roto.
Esperó a que él se fuera para empujar la puerta de la habitación.
Al verla, los ojos de Carmen se llenaron de lágrimas, —Señorita Gloria, ¿has venido a culparme? Lo siento, de verdad no fue mi intención, solo me gustaba mucho ese collar...
Sus lágrimas estaban a punto de caer y su voz se quebraba: —El señor Abelardo te lo quitó para dármelo, pero solo fue para que yo pudiera dar a luz sin problemas, y así, él pudiera volver contigo como antes. Me ha cuidado, pero todo el tiempo estaba pensando en ti, lo sé.
—Aquí solo estamos tú y yo, deja de fingir —Gloria no tenía ánimo para admirar su actuación perfecta—. Hace años, Abelardo te dio setecientos cincuenta mil dólares para que te fueras, pero igual volviste a aparecer frente a él, y además embarazada. Sé muy bien lo que quieres.
Sus lágrimas se congelaron en sus ojos.
—No quiero seguir jugando su juego —Gloria le extendió el acuerdo de divorcio—. Si se lo entrego yo misma, él no lo firmará; busca la forma de hacer que firme sin darse cuenta.
Carmen se mordió el labio —Te equivocas, yo nunca quise destruir su matrimonio...
—Solo tienes una oportunidad —interrumpió Gloria—, piénsalo bien.
Carmen miró el acuerdo durante mucho tiempo, pero, al final, lo tomó.—...Gracias, señorita Gloria, por permitir que nosotros seamos una familia.
"Una familia".
Gloria sintió como esas palabras le atravesaran el pecho. Sintió tanto dolor que la respiración le temblaba.
—Pues les deseo...que ustedes, como familia, sean felices siempre.
Al regresar a la villa, Gloria sacó una caja de cartón y comenzó a guardar todo lo relacionado con Abelardo.
Ella y Abelardo habían crecido juntos; existían tantos recuerdos que resultaba imposible contarlos todos.
Lo primero que puso en la caja fue un álbum de fotos.
En la primera página estaba una foto de ambos a los cinco años; él vestía un pequeño traje y, serio, le sujetaba en secreto el borde del vestido. La señora Marta decía que, aquel día, él se negó a tomarse fotos solo y exigió que fuera con ella.
Esa fue la primera vez que mostró su instinto de posesión hacia ella.
El segundo objeto fue un botón del uniforme escolar de la secundaria.
El día de la graduación, todas las chicas de la clase peleaban por los botones de los chicos. Ella no se movió de su asiento y, al terminar las clases, encontró en su pupitre el botón de su uniforme junto a una nota: [Solo puedes aceptar el mío].
Por aquel entonces, él ya había aprendido a usar el estatus de heredero de la familia Torres para evitar que otros chicos se le acercaran.
El tercero fue un anillo de diamantes.
El día que ella cumplió la edad legal para casarse, él no pudo esperar más y le propuso matrimonio con un mensaje gigante en la pantalla del Distrito Central de Negocios. Desde un helicóptero que arrojaba pétalos de rosas, él le ofreció ese anillo de diamantes que brillaba en su mano.
Él mismo se lo puso mirándola con amor. —Glori, el resto de mi vida es todo tuyo.
...
Ella realmente pensó que podrían envejecer juntos, pero apareció Carmen.
Se rio de sí misma, guardó todo en la caja y la tiró al cubo de basura.
A la mañana siguiente, la despertó el bullicio de abajo.
Apenas salió, vio a las sirvientas llevando muchísimas bolsas de artículos de lujo al salón.
Bolsos de Hermès, joyas de Cartier, ropa de alta costura de Chanel...
Carmen estaba en el vestíbulo, negándose dulcemente a las atenciones. —Señor Abelardo, es demasiado, nunca he querido estas cosas...
Abelardo la miró con ternura.—Sé buena, si te las compro, acéptalas; si estás de buen humor, el bebé nacerá sin problemas.
Apenas terminó de hablar, vio a Gloria.
Su expresión se tensó de inmediato y añadió:—Glori, perdona, esta vez solo compré regalos para Carmen. Si quieres algo, la próxima vez te lo compro.
Antes de que ella pudiera responder, Carmen intervino suavemente:—Señor Abelardo, ya le preparé a la señora Torres el regalo que más deseaba.
Dicho esto, se acercó a Gloria y le entregó un sobre de documentos.
Gloria lo abrió y vio que dentro estaba el acuerdo de divorcio ya firmado.
La firma de Abelardo rebosaba vitalidad, y se mantenía igual que la caligrafía de las cartas de amor que le escribía en el pasado.
Capítulo 2
Gloria miraba el acuerdo de divorcio firmado, sintiendo que una mano invisible le apretaba el corazón con fuerza.
Carmen realmente lo había conseguido.
"Muy bien".
A partir de ahora, ellos serían una familia feliz, mientras que ella viviría solo para sí misma.
—Glori, ¿cuál es el regalo que más deseas? —Abelardo se acercó de repente, arrugando ligeramente la frente—. ¿Cómo es que yo no lo sé?
Mientras hablaba intentó cogerlo, pero ella, más rápida, lo apartó enseguida.
Él alzó una ceja.—¿Ahora también tienes secretos para mí?
Gloria esbozó una leve sonrisa.—¿Acaso tú no me ocultaste que Carmen llevaba tres meses embarazada, hasta que me crucé con ella por casualidad?
Su expresión cambió de golpe e inconscientemente miró a Carmen mientras bajaba la voz:—¿No habíamos quedado en no volver a mencionar este asunto? Ya te expliqué por qué decidí quedarme con este niño...
Se detuvo un instante y, de pronto, suavizó el tono:—La razón por la que te lo oculté fue porque tenía miedo de que me dejaras.
¿Tenía miedo a que ella se fuera?
—Pero, Abelardo, aquello que más temes perder, es precisamente lo que más fácil puedes perder.
A Carmen, se le llenaron los ojos de lágrimas, —Todo ha sido culpa mía...No debí haberme ofrecido como remedio para el señor Abelardo aquella noche, y mucho menos debí permitir que Doña Raquel descubriera mi embarazo... Jamás quise destruir su relación, de verdad, no fue intencionado...
Mientras hablaba, parecía a punto de echarse a llorar, como si sufriera una injusticia enorme.
Abelardo, de inmediato, se volvió para consolarla con una ternura insólita en la voz:—No digas tonterías, ¿cómo va a ser culpa tuya?
Gloria no pudo seguir viendo y se dio la vuelta para irse.
Fue entonces cuando él reaccionó y, apresurado, la alcanzó para preguntarle:—Glori, ¿a dónde vas?
—Voy a hacer unos recados.
Él puso mala cara.—Está lloviendo mucho afuera, te llevo.
Tras decirlo, se volvió y dio instrucciones a la criada:—Carmen no puede tocar agua fría, suban la temperatura de la habitación dos grados, últimamente tiene poco apetito, cuando hagan sopa no le pongan pimentón…
Durante diez minutos enteros, él fue dando instrucciones al detalle, temeroso de pasar por alto la más mínima precaución para la embarazada.
Gloria se quedó de pie en la puerta, mirándolo en silencio.
Por fin, él terminó de dar todas las indicaciones y subió al auto.
Gloria lo miró y le sonrió.—Abelardo, seguro que en el futuro serás un buen padre.
Abelardo quedó perplejo, como si no esperara que ella dijera eso.
Le sujetó la muñeca, y habló con un tono cargado de dolor reprimido:—Glori, solo reconoceré como mío al hijo que nazca de tu vientre. Sabes bien que yo no tengo elección, no digas eso, ¿sí?
Su palma seguía siendo igual de cálida, pero ella ya no sentía ese calor.
Gloria no respondió, solo miró en silencio por la ventana.
El auto quedó sumido, al instante, en un silencio absoluto.
El auto arrancó lentamente, avanzando sin una palabra. Para aliviar la tensión, Abelardo cambió de tema y preguntó:—Glori, con esta lluvia tan fuerte, ¿qué tienes que hacer en la Calle de la Brisa?
Ella estaba a punto de responder cuando sonó su teléfono.
—Abelardo...me duele mucho la barriga... —la voz de Carmen, llorosa, se escuchó a través del altavoz.
La cara de Abelardo cambió:—No te asustes, ¡vuelvo ahora mismo!
Colgó y enseguida se volvió hacia ella, —Glori, ya estamos cerca de la Calle de la Brisa, ¿puedes tomar un taxi tú sola?
—Sí —respondió ella con calma mientras abría la puerta para bajar.
La lluvia torrencial la empapó en un instante. De pie junto a la carretera, vio cómo el auto se alejaba velozmente y, de repente, sonrió.
"Por poco lo descubres, Abelardo, por muy poco hubieras sabido a qué venía yo".
El viento y la lluvia eran tan intensos que fue imposible encontrar un taxi. Gloria caminó sola bajo el aguacero, el paraguas se le rompió por el viento furioso, y la lluvia, mezclada con lágrimas, le nublaba la vista.
Cuando llegó al Registro Civil, estaba completamente empapada y desaliñada.
—Hola, vengo a tramitar el divorcio —dijo, entregando el acuerdo de divorcio, que había protegido perfectamente y no se había mojado ni un poco.
El funcionario la miró a ella y luego al documento.—Tras superar un mes de periodo de reflexión, podrá venir a recoger el certificado de divorcio.
Al salir del Registro Civil, la lluvia ya había cesado.
Gloria alzó la vista al cielo, ya despejado, y sintió cómo el dolor en su pecho se disipaba un poco.
Parece que la vida después del divorcio sería así, tan despejada como ese día.
Al regresar a la villa, el salón estaba vacío.
Desde el piso de arriba llegaba la voz suave de Abelardo:—El Principito se encontró con un zorro...
Le estaba contando un cuento de educación prenatal a Carmen.
Con la cabeza embotada, Gloria se metió directamente en la cama y se quedó dormida. No supo cuánto tiempo durmió, pero la garganta le ardía como si estuviera en llamas.
—Agua...Agua…—llamó varias veces, pero solo pudo oír la voz contando cuentos en la habitación de al lado.
—Abelardo, ojalá el niño se parezca a ti, tan guapo y tan listo...—la voz de Carmen era dulzona hasta el exceso.
—No te menosprecies —rio suavemente Abelardo—. Si se parece a ti también está bien. Eres bondadosa, dulce, inocente...
Aunque no pudiera verlos, Gloria podía imaginar perfectamente el rubor en la cara de Carmen en ese momento. Parecían una pareja de verdad al crear dulces sueños para el hijo que estaba por nacer.
Gloria se incorporó a duras penas para tomar su vaso de agua, pero al no tener fuerzas, lo volcó.
El vaso de cristal se hizo añicos. Se agachó a recogerlo, pero, de pronto, todo se volvió negro ante sus ojos y se desplomó en el suelo.
La palma de su mano, herida por los fragmentos de vidrio, sangraba profusamente. Apretando los dientes, Gloria limpió poco a poco la herida y luego se tomó unas pastillas para bajar la fiebre.
Durante todo ese proceso, las risas en la habitación de al lado no cesaron ni un instante.
Al volver a recostarse en la cama, Gloria recordó aquella vez en la universidad cuando tuvo fiebre, y Abelardo, quien saltó la verja en plena noche, se coló en el dormitorio femenino y permaneció a su lado durante tres días y tres noches.
En aquel entonces, él, con los ojos enrojecidos, le dijo:—Glori, cuando te sientes mal, yo sufro más que tú.
¿Y ahora? "Abelardo, ¿todavía recuerdas esas palabras?".
Las lágrimas se deslizaron silenciosamente sobre la almohada.
Cerró los ojos y se dejó envolver por la oscuridad.
Capítulo 3
—¡Glori! ¡Por fin has despertado!
Al abrir los ojos al día siguiente, Gloria vio que Abelardo estaba acostado a su lado.
Él extendió la mano para tocarle la frente, con la mirada llena de ansiedad.—¿Cómo es posible que tuvieras fiebre y no me avisaras? ¿Sabes lo preocupado que estaba cuando volví y te encontré inconsciente?
"¿De qué habría servido avisarte?". "¿No estabas en ese momento acompañando a Carmen y a tu hijo?".
—Ya estoy bien —ella apartó su mano, con la voz ronca.
Abelardo arrugó la frente.—¿No estás contenta?
—No.
—Yo siempre puedo notar si estás contenta o no —se inclinó y le besó la coronilla—. ¿No habías querido ir a montar a caballo desde hace tiempo? ¿Por qué no te llevo ahora?
Mientras hablaba, intentó ayudarla a levantarse y a lavarse, sus gestos tan atentos como antes.
Ella no quiso parecer distante, así que se dejó guiar por él.
Justo cuando acababan de vestirse y estaban a punto de salir, Carmen apareció tímidamente en la puerta.—Señor Abelardo, señora Torres, ¿van a ir a montar a caballo? Qué envidia, yo nunca he montado. ¿Puedo ir con ustedes?
Se acariciaba el vientre abultado, mirando a Abelardo con ojos llenos de expectación.
—No puedes, estás embarazada. —Abelardo puso mala cara y le respondió con un tono tajante.
Carmen mordió su labio inferior.—Pero yo quiero ir... estar encerrada en casa todos los días tampoco es bueno para el bebé...
Su voz se apagaba poco a poco, con un deje de súplica apenas perceptible.
Gloria no quiso seguir escuchando y salió por la puerta.
Conocía demasiado bien a Abelardo: nunca podía resistirse a ese tipo de peticiones tan vulnerables.
Y, en efecto, cuando llegó afuera, escuchó detrás de sí el suspiro resignado de Abelardo.—Está bien, pero tienes que seguir todas mis indicaciones.
Al subir al auto, Gloria comprobó que Carmen realmente había venido.
Abelardo la ayudó a subir, siempre con una mano protegiendo su cintura, como si sostuviera algo frágil.
Al bajar, estuvo pendiente de cada detalle, olvidando por completo que su intención inicial era acompañar a otra persona para distraerse.
—Cuidado con los escalones.
—Hace mucho sol, ponte el sombrero.
—Ve despacio, no te vayas a cansar.
Cada advertencia le iba atravesando poco a poco el corazón a Gloria.
Ella se fue en silencio hasta el establo, eligió una yegua dócil y, con destreza, le puso la montura.
Todas esas habilidades se las había enseñado Abelardo: el día que cumplió veinte años, él la llevó a cabalgar todo el día en un picadero privado.
Pero aquel hombre que le enseñó a montar a caballo, en ese momento solo tenía ojos para otra mujer, le abrochaba las protecciones y ajustaba los estribos con sus propias manos, temiendo que ella pudiera sentirse incómoda.
En todo momento, sujetaba las riendas de Carmen.
Hasta que sonó el teléfono en sus brazos.
Lo sacó para mirar y arrugó levemente la frente.
Carmen, comprensiva al instante, dijo:—Señor Abelardo, vaya a atender sus asuntos, ya he aprendido y puedo manejarme sola.
Abelardo, aún intranquilo, se aseguró varias veces de que ella estuviera bien sentada antes de apartarse para contestar la llamada.
Gloria tiró de las riendas y se detuvo al borde de la pista, observando en silencio la escena.
La luz del sol alargaba la silueta de Abelardo; él, mientras hablaba por teléfono, tenía la costumbre de golpear el reverso del teléfono con el dedo índice, un pequeño gesto que ella conocía a la perfección.
—Señora Torres —de repente, Carmen se acercó montando su caballo, con una dulce sonrisa en la cara—. Dígame, ¿qué pasaría si dos caballos chocaran? Nunca lo he visto.
Sin esperar respuesta, apretó de pronto los talones contra el vientre del caballo; en un instante, los dos caballos chocaron de frente, y las yeguas asustadas se encabritaron al unísono...
Gloria se aferró con fuerza a las riendas, pero aun así no pudo evitar que su yegua se desbocara completamente, mientras relinchaba y se lanzaba hacia la valla.
De reojo, vio cómo Carmen "accidentalmente" soltaba las riendas y salía disparada del lomo del caballo.
—¡Carmen!
Abelardo prácticamente se lanzó volando y la atrapó antes de que tocara el suelo.
Al mismo tiempo, una estampida de caballos asustados rompió la cerca y galopó hacia donde estaba Gloria.
—¡Abelardo... sálvame!
Gloria gritó en medio del estruendo, su voz ahogada por el ruido de los cascos.
Vio cómo él, con Carmen inconsciente en brazos, se levantaba y salía corriendo del recinto sin mirar atrás.
El polvo levantado por los cascos le cegaba los ojos; sintió cómo las riendas se le escapaban de las manos y, al ser lanzada por los aires, recordó lo que Abelardo le había dicho en ese mismo picadero cuando ella tenía veinte años:—Glori, mientras me llames, siempre volveré la cabeza.
El viento silbaba y ella cayó pesadamente al suelo.
Antes de que la vista se le nublara por completo, lo último que alcanzó a ver fue la figura de Abelardo llevando a Carmen apresuradamente al auto, ansioso y apurado.
Un dolor punzante le atravesó las costillas, pero nada se comparaba con la sensación de que sentía en el corazón.
Gloria quedó encogida sobre la arena, escuchando cómo los cascos de los caballos se acercaban cada vez más, y lentamente cerró los ojos.
Capítulo 4
Gloria se despertó en medio de un dolor punzante.
Abrió los ojos y descubrió que ya estaba en el hospital. Al girar ligeramente la cabeza, vio a Abelardo sentado junto a la cama, con un leve tono amoratado bajo los ojos.
—Glori, has despertado —Se inclinó de inmediato hacia ella, con un suspiro de alivio en la voz—. ¿Te duele algo?
Gloria intentó hablar, pero la garganta tan reseca no le permitió emitir ningún sonido.
Recordaba que lo último que había visto era la espalda de Abelardo, llevándose a Carmen a toda prisa, y luego los cascos del caballo galopando hacia ella.
—Carmen se ha herido por accidente —dijo Abelardo de repente, con urgencia en el tono—. Ella tiene un trastorno de coagulación y ahora no logran detener el sangrado, el banco de sangre del hospital no tiene suficiente...
El corazón de Gloria se fue hundiendo poco a poco.
—El único tipo de sangre compatible es el tuyo —Abelardo le tomó la mano—. Glori, ¿puedes donar un poco de sangre para ella, por favor?
Absurdo, demasiado absurdo.
Gloria retiró bruscamente la mano, tirando de la herida en sus costillas; el dolor la hizo inhalar profundamente.
Él permitió que la atropellara el caballo sin darle explicación alguna, ¿y lo primero que hacía era pedirle que, llena de heridas, salvara a Carmen?
—No voy hacerlo —respondió con voz ronca, cada palabra como un tajo.
Abelardo puso mala cara.—Por el niño que lleva en el vientre, ¿no puedes aguantar un poco? Cuando nazca el bebé, todo esto habrá terminado.
Un frío recorrió todo el cuerpo de Gloria.
Fijó la mirada en los ojos de Abelardo, buscando en ellos algún atisbo de culpa o compasión, pero en esos ojos que había amado durante veinte años solo encontró ansiedad y prisa.
—Señor Abelardo, la señorita Carmen no está nada bien...—avisó suavemente la enfermera desde la puerta.
Abelardo se levantó enseguida y, casi obligándola, ayudó a Gloria a incorporarse.—Glori, te lo ruego.
Ella fue llevada a la sala de extracción de sangre.
En el instante en que la aguja penetró la vena, el dolor casi la asfixió.
—¿Le duele mucho? —preguntó la enfermera, extrañada—. No debería, he sido muy cuidadosa.
Gloria negó con la cabeza, pero las lágrimas no podían dejar de caer.
Durante todos estos años, siempre había temido las inyecciones; cada vez que le sacaban sangre, Abelardo le cubría los ojos y la consolaba en voz baja:—Glori, tranquila, ya casi termina.
Ahora, en esa misma situación, él permanecía fuera de la sala, consultando el reloj una y otra vez, sin dedicarle ni una sola mirada.
Cuando terminaron de extraerle cuatrocientos cc de sangre, Gloria empezó a ver todo negro.
La enfermera la ayudó a sentarse y descansar, pero ella vio cómo Abelardo, sin mirar atrás, corría hacia la habitación de Carmen.
Tropezando, Gloria lo siguió, deteniéndose fuera de la puerta entreabierta.
En la cama, Carmen estaba pálida y tenía la muñeca envuelta en gruesas vendas.
Abelardo estaba sentado al borde de la cama, sujetando con fuerza la mano de Carmen, su mirada desbordaba ternura.
—No tengas miedo, ya todo está bien —la consoló en voz baja—. El bebé también está bien.
La mirada de Gloria se posó en la muñeca de Carmen.
Allí llevaba un rosario que le resultaba familiar.
Era el que ella misma había pedido, de rodillas, en la Sierra del Alba hacía tres años, y que Abelardo, se colocó solemnemente en la muñeca diciendo:—Nunca me lo quitaré en esta vida.
¡Pero ahora, aparecía en la muñeca de otra mujer!
¡Él había regalado a Carmen el rosario que ella había conseguido con tanta devoción y sacrificio!
A Gloria le dolió el pecho de tal manera que no pudo soportar seguir mirando; de pronto, se dio la vuelta y se marchó.
De regreso en la habitación, se acurrucó en la cama, dejando que las lágrimas empaparan la almohada.
Resulta que, cuando el corazón se rompe por completo, el dolor realmente puede dificultar la respiración.
A la mañana siguiente, la enfermera vino a pasar visita.
—Señora Torres, por favor, complete este informe médico —le entregó el formulario.
Gloria lo llenó de manera mecánica, deteniéndose un momento en el apartado de estado civil, y luego, con firmeza, escribió "soltera".
—Señora Torres, ¿no habrá cometido un error aquí? —preguntó la enfermera, sorprendida—. Ha puesto soltera en vez de casada, ¿no es el señor Abelardo su marido?
—No lo es —contestó Gloria con calma—. Muy pronto dejará de ser mi esposo.
—¿Glori, qué has dicho?
De repente, la puerta de la habitación se abrió de golpe; Abelardo estaba de pie en la entrada, mirándola incrédulo.
Capítulo 5
El aire en la habitación se volvió instantáneamente denso.
La enfermera, incómoda, salió rápidamente abrazando la carpeta del historial médico y dejando solos a Gloria y Abelardo, que se miraban fijamente desde la puerta.
—¿Sigues enfadada por lo de la extracción de sangre? —Abelardo pareció comprender algo; se acercó y quiso acariciarle la cara—. Era una cuestión de vida o muerte, Glori, no tuve alternativa.
Gloria giró la cabeza para evitarlo; sus dedos quedaron suspendidos en el aire, rígidos.
—Cuando termine este periodo tan ajetreado —retiró la mano y suavizó el tono—. Te llevaré a las montañas nevadas de vacaciones, ¿vale?
Ella, agotada, cerró los ojos sin responder.
Él esperó un momento; al ver que ella no decía nada, volvió a preguntar:—¿Cuándo te darán el alta?
Ella empezó a intuir que algo no iba bien. Abrió los ojos y lo miró.—¿Qué pasa?
Dudó un instante antes de responder:—Carmen quiere tomar caldo de pollo... El que tú haces es el más rico, no confío en nadie más.
Ella quedó allí, inmóvil. En un instante, todas las emociones la invadieron:
Indignación, dolor, absurdo, burla... Quiso preguntarle qué pensaba de ella. "¿Era su esposa o la cocinera particular de Carmen?"
Pero, al final, solo dijo suavemente:—Lo entiendo, cuando me den el alta, prepararé el caldo para que lo lleven.
A él se le iluminaron los ojos; se inclinó y besó su frente.—Glori, eres la más sensata.
Ella aceptó ese beso con indiferencia, pensando que "sí, era la más sensata".
Tan sensata que, aun después de ser herida por la amante de su marido hasta romperse una costilla, tenía que levantarse a prepararle sopa.
—Solo quiero que el hijo de ella nazca sano y salvo —dijo en voz baja.
Abelardo por fin notó algo extraño; arrugó la frente y la miró.—¿No eras tú la que no aceptaba a ese niño?
Ella forzó una sonrisa.—Ahora ya no me molesta.
Porque también quería que su familia, ni una persona menos, siguiera unida.
Él la miró largo rato, como si quisiera descifrar algo en su cara, pero al final solo consultó el reloj y se puso de pie.—Carmen debe tomar la medicina, luego vengo a verte.
En cuanto se cerró la puerta, ella se recostó lentamente en la cama, mirando el techo, y de pronto se echó a reír.
Abelardo se marchó, y estuvo fuera cinco días completos.
Gloria, al recibir el alta, volvió a casa, preparó la sopa como había prometido y pidió al chófer que la llevara al hospital.
Luego, empezó a hacer la maleta: su pasaporte, documentos y algunas prendas que solía usar.
En la mesilla seguía la foto de ambos; la observó unos segundos y la puso boca abajo sobre la mesa.
La noche del sexto día, Abelardo volvió de repente, pero Carmen no apareció por ningún lado.
—¿Carmen no volvió contigo? —preguntó Gloria por instinto.
Abelardo la miró fijamente y respondió:—Sigue recuperándose en el hospital.
—¿Tantos días y aún no le dan el alta?
Él asintió suavemente y luego se acercó a ella.—Mejor así, Glori. Cumpliré lo que te prometí, te llevaré a las montañas nevadas de vacaciones, ya lo he organizado. Nos vamos ahora mismo.
Sin esperar su respuesta, Abelardo ya la estaba sujetando de la muñeca y tiró de ella hacia fuera.
Su fuerza era considerable; Gloria tropezó ligeramente y sintió una vaga inquietud.
La expresión de Abelardo era demasiado extraña; en sus ojos parecía haberse formado una capa de hielo.
Durante todo el trayecto, el interior del auto permaneció en un silencio aterrador.
Abelardo apretaba el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Gloria miraba por la ventana cómo el paisaje retrocedía a toda velocidad, y su corazón latía cada vez más deprisa.
Cuando llegaron al resort de montaña, ya era atardecer.
Justo cuando iban a continuar ascendiendo, Abelardo dijo de repente:—Glori, olvidé algo en el auto. Voy a buscarlo, espérame aquí.
Ella asintió.
Pero el viento gélido aullaba, y ella, envuelta en su abrigo, esperó tres horas.
Cuando el cielo se oscureció por completo, por fin llamó a Abelardo.
—¿Cuándo vas a volver? —su voz temblaba en medio de la ventisca.
Pero al otro lado solo hubo silencio, un silencio largo, hasta que la voz de Abelardo, más fría que la nieve, respondió:—No voy a volver. El auto también se ha ido. Si quieres regresar, tendrás que apañártelas sola.
—¿Qué significa esto?
—Es tu castigo —su voz era de una frialdad que ella jamás había oído—. Te dije que aguantaras hasta que naciera el niño, pero le pusiste abortivos a la sopa de Carmen, casi la haces perder el embarazo. Glori, ¿cómo pudiste llegar a esto?
El frío absoluto y decepcionado en sus palabras hizo que la sangre de Gloria se congelara al instante.
"¿Abortivos? ¿Casi pierde el embarazo?"
—¡Yo no lo hice!
—¿Todavía lo niegas? —Abelardo por fin explotó—. La sopa la preparaste tú misma. Si no fuiste tú, ¿quién fue? ¿Acaso fue la propia Carmen la que quiso abortar? ¡Ella valora a ese niño más que a su propia vida!
La ventisca arreció, y las pestañas de Gloria se cubrieron de escarcha.—Entonces...¿no me crees?
—¿Cómo quieres que te crea? —dijo con voz fría—. Vuelve sola y piénsalo bien.
En cuanto colgó, Gloria quedó de pie en la nieve, con los dedos morados por el frío, aferrándose al teléfono.
La voz de Abelardo seguía resonando en sus oídos, como una cuchilla, atravesándola de dolor.
De pronto, recordó el día que recogieron el acta de matrimonio, cuando él la arrinconó contra la pared del Registro Civil y le dijo:—Gloria, si te atreves a huir, te encerraré a mi lado para toda la vida.
Ahora, era él mismo quien la había arrojado a las montañas nevadas.
La ventisca arreció; ella se envolvió más en el abrigo y se preparó para bajar la montaña, cuando de pronto oyó a lo lejos un estruendo sordo.
El tono de llamada cortada se mezcló con el ulular del viento y la nieve.
¡Era una avalancha!
Giró para intentar huir, pero la avalancha la arrastró y la sepultó bajo la nieve; al quedar enterrada, un dolor punzante le atravesó la pierna derecha.
Temblando, sacó el teléfono y, desesperada, llamó una y otra vez a Abelardo.
A la séptima llamada, por fin, respondieron.
—¡Abelardo! Hubo una avalancha, yo...
—¿Hola? —la voz melosa de Carmen sonó en el auricular—. ¿Qué dices? No te oigo bien.
Entre el viento y la nieve, Gloria escuchó de fondo la voz cariñosa de Abelardo.—¿De quién es la llama?
—Se han equivocado —rio Carmen suavemente—. Señor Abelardo, tu arroz caldoso está delicioso; desde la última vez que alguien puso algo raro en la comida y tú cocinas personalmente, yo me siento mucho más tranquila.
Un bloque de nieve le cayó sobre la espalda, y ya no pudo sostenerse; se desplomó lentamente sobre la nieve.
En el último segundo, antes de perder el conocimiento, vio vagamente la imagen de aquel día de la boda, cuando él, de rodillas, le dijo:
—Gloria, si algún día te fallo en esta vida, que yo...
La nieve comenzó a caer.
Cubriendo todas las promesas que nunca terminaron de pronunciarse.