El Regreso del Amor Imposible
Capítulo 1
Alejandra nunca pensó que volvería a ver a Sebastián.
Ese día había llevado a su hija de seis años al hospital para una consulta.
Su hija tenía un problema congénito del corazón y se tenía revisiones periódicas.
Pero, en el momento, en que empujó la puerta del consultorio, se quedó paralizada.
Allá estaba él, sentado frente a la computadora, con gafas sin montura sobre su nariz.
La bata blanca estaba impecable; su aura era fría y distante. Sus rasgos se veían, perfectos. Todo en él transmitía una elegancia y un desapego natural.
Ella palideció de inmediato.
Para ese día, ella había agendado una cita con el doctor Marcelo, pero al parecer estaba fuera. Por eso, y siguiendo la recomendación de la enfermera, decidió cambiar la cita.
La enfermera le dijo que el doctor García había regresado del extranjero. Era discípulo destacado del doctor Marcelo. Ella lo encontraría en el consultorio de cardiología 8.
En ese instante, Alejandra se quedó rígida en la entrada, sus dedos se aferraron con fuerza al pomo de la puerta y, con prisa, se bajó el cubrebocas.
En su mente solo había un pensamiento: salir de allí con su hija cuanto antes.
Siete años.
¿Desde cuándo él había regresado?
La vida de ella había seguido su curso, tranquila, sin alteraciones. Jamás imaginó volver a cruzarse con Sebastián.
Pero, en ese momento, era como si todo su ser se hubiera hecho pedazos. No sabía cómo reaccionar.
Por puro instinto, apretó la mano de su hija. Tenía las manos sudadas y un leve temblor le recorría la espalda por los nervios.
Entonces, la voz del hombre se escuchó clara.
—Adelante.
Sebastián alzó la vista, mirando a la puerta.
Su mirada era distante.
En ese segundo de contacto visual, Alejandra sintió su respiración alterarse.
Él, a los veintiocho años, su imagen se distanciaba de su versión de veintiuno que había sido en su época: el estudiante estrella de la Universidad de la Libertad, el chico inalcanzable, el que había tenido una relación secreta con una chica con sobrepeso que pesaba setenta y cinco kilos.
Ella sostuvo la mirada de Sebastián con serenidad, apretando con fuerza la mandíbula.
Los ojos de Sebastián eran oscuros. Sus dedos golpeaban suavemente el escritorio.
—Sofía, ¿verdad? Déjame revisar su historial.
Alejandra recuperó la compostura, aunque seguía pálida. Se llevó la mano a la cara y se tocó el cubrebocas.
Una calma falsa, breve y frágil.
Él no la había reconocido.
Porque se llamaba Alejandra. Ya no era Samanta, la de hace siete años.
Ya no era esa chica con sobrepeso. Medía un metro setenta y pasaba cincuenta kilos.
La niña caminó hacia él y se sentó en la silla para que pudiera examinarla.
Al verla tan cerca, ella sintió cómo una sensación se extendía por su pecho, tan familiar y tan ajena a la vez. Sin pensarlo, apoyó una mano en el hombro de su hija.
Su mirada se posó en el hombre.
Bajo la bata, llevaba una camisa blanca, pero de tela fina. Mientras usaba el estetoscopio, lo hacía con concentración. Arrugó la cara, una o dos veces, y dijo: —Tienen que estar muy atentos. Lo ideal sería programar la operación dentro de dos o tres años. Imagino que ya tienen una idea del costo.
Sebastián echó un vistazo al bolso de la mujer frente a él. Un bolso de cuero negro, desgastado. En los pies, unos tenis blancos muy usados. Llevaba unos jeans desteñidos. Su forma de vestir era sencilla. El alto costo de una cirugía como esa estaba fuera de su alcance.
Casos así eran comunes en el hospital.
Y, sin embargo, él no pudo evitar mirarla un par de veces más.
Delgada, alta, de piel muy clara. Llevaba un cubrebocas y el cabello recogido. De lejos, parecía una chica joven. Pero su hija tenía seis años.
Algunos mechones de cabello negro caían sobre sus hombros. Tenía un aire tranquilo, casi delicado.
La mujer mantenía la vista baja, sin cruzar miradas con él.
De pie, detrás de su hija, parecía una escultura. O tal vez, una guardiana.
El cubrebocas le cubría casi toda la cara. Solo se veían sus ojos.
Desde que entró, apenas había dicho unas palabras. Sebastián pensó que quizás había esperado ver al doctor Marcelo y, al encontrarse con un médico más joven, se sentía decepcionada. Por eso dijo: —Si no estás conforme con mi diagnóstico, puedo transferir tu cita al área de pediatría. El doctor Mauricio debería estar disponible. Pueden ir con él para una segunda opinión.
La mujer asintió en silencio, con el flequillo cubriéndole los ojos.
Y con voz baja, dijo: —Perdón por la molestia.
Comenzó a recoger los papeles y exámenes sobre la mesa y se marchó con la niña.
Sebastián observó cómo se iban. Su frente se arrugó un poco más. Cuando Alejandra desapareció de su vista, se ajustó las gafas y volvió al trabajo.
Atendió a dos pacientes más.
Y después, hizo una pausa breve. Puso a hervir agua y atendió una llamada de Andrés, su excompañero de secundaria y antiguo presidente de clase.
—El día veinte de este mes hay reunión del grupo de tercer año. En el chat de la clase ya confirmaron todos los que están en Ciudad Libertad. Tú estuviste en el extranjero varios años, ya que regresaste, no puedes faltar —dijo Andrés por teléfono.
—Está bien —respondió Sebastián—. Veré cómo estoy de tiempo, todavía no tengo el calendario de turnos.
—¡Qué ocupado! Organizamos tantas reuniones de exalumnos y ustedes, Samanta y tú, nunca aparecieron. —Al mencionar a Samanta, él no paraba de hablar—: ¿Te acuerdas de ella? Esa chica gordita... Después de graduarse de la universidad, desapareció. ¿Sí te acuerdas?
—¿Oye? ¿Sebastián, me estás escuchando?
—¿Hola? ¿Por qué no hablas?
—¿Será que tienes mala señal? No te escucho nada...
La tetera eléctrica sobre el escritorio comenzó a hervir, emitiendo un zumbido agudo. El agua empapó unos papeles sobre la mesa.
El hombre, sentado en su silla, no se movió. Seguía con el teléfono pegado al oído. Su expresión estaba tranquila, pero con una tormenta desatada bajo los lentes.
La puerta del consultorio estaba entreabierta.
Una enfermera que pasaba por ahí entró. —¡Ay no!, ¡se está derramando todo! ¿Está bien, doctor García?
Sebastián salió de su ensimismamiento.
Se puso de pie, pero no respondió a la enfermera. En cambio, dio unos pasos hacia la ventana. Estaba tenso.
—¿Ella nunca fue a ninguna de las reuniones?
Preguntó con voz serena, aunque en sus ojos se notaba una profundidad distinta.
—¿Quién? Oye, ¿me escuchas? —Andrés insistía—. ¿Samanta? No, nada. Nadie sabe de ella.
Andrés siguió hablando, pero él no le prestaba atención.
La joven enfermera, sonrojada, intentó entablar conversación mientras limpiaba el escritorio, pero al ver la expresión ausente del doctor, se dio cuenta de que él estaba en otro mundo. Resignada, se marchó.
Sebastián parecía sumido en sus pensamientos.
Todavía le quedaban tres citas médicas por la mañana, pero no estaba en su mejor momento. Hizo un esfuerzo y terminó la jornada.
Abrió el cajón. Dentro, había una caja larga de terciopelo azul. Al abrirla, había una pluma estilográfica negra.
La había usado por seis o siete años. Ya tenía evidentes marcas de uso; el cuerpo negro mostraba zonas despintadas.
Después de esa caída, había empezado a gotear tinta. La mandó a reparar y desde entonces no la había vuelto a usar. La guardaba cuidadosamente en el cajón.
Sebastián se frotó el entrecejo. De pronto, lo invadió un cansancio profundo.
...
Alejandra iba sentada en el autobús con su hija.
Su mente estaba llena de pensamientos. No pudo evitar recordar la reunión de hace siete años.
Era el cumpleaños de Sebastián.
En ese entonces, ella llegó al restaurante llena de ilusión.
Se escuchaban risas.
—¡No! ¿Qué es eso en tu cuello? ¿Una marca de beso? ¡Sebastián, no me digas que te acostaste con la gorda!
—¿En serio? ¿Ya es tu novia?
—Da igual, con la luz apagada eso no se ve, jajaja...
—¿Estás hablando en serio? ¡Vi ese chisme en el foro y me dejó en shock! ¿Andas con la chica gorda?
—Eso fue porque esa gorda lo chantajeó con lo de Valentina. Si no, ¿cómo Sebastián iba a enamorarse de una marrana?
Y entonces, se escuchó la voz de él.
Esa voz... Samanta nunca la olvidaría.
Quizás era por lo especial que sonaba, tan profunda y magnética, que ni las canciones del karaoke ni las burlas pudieron opacar su eco.
—Solo fue un juego. Me voy del país pronto.
Ella estaba afuera, con los ojos humedecidos, sintiendo que el corazón se le rompía en mil pedazos.
Sebastián provenía de una familia de élite, con un trasfondo imponente. Alejandra jamás soñó con un futuro junto a él. Siempre supo que se iría. Ese día cumplía veintiún años y ella solo quería celebrar su cumpleaños y dar por terminada su historia.
Ese amor fugaz, sin destino, se desvaneció entre burlas y palabras crueles.
Su regalo para él: una pluma negra.
Le costó trescientos dólares, ahorrados durante dos meses de trabajos a medio tiempo.
Los amigos de él la ridiculizaron. —¿Y eso? ¿Quién regala cosas tan baratas? No me digas que fue la gorda. ¿Y tú usas esa porquería?
—¡Sebastián jamás usaría una marca tan barata! ¡Qué vergüenza!
—Mamá.
De pronto, la niña la sacó de sus pensamientos, tomándole la mano con fuerza y agitándola.
Alejandra volvió en sí, como si escapara de una pesadilla. Abrazó a su hija.
Miró es cara que, con los años, se parecía cada vez más a él. A medida que Sofía crecía se volvían más y más similares a él.
—Mamá, el doctor García que me vio hoy... ¿es mi papá?
Capítulo 2
No esperaba que su hija dijera algo así de repente.
Miró los ojos brillantes y claros de la niña.
Se quedó pasmada.
Alejandra se dio cuenta que, aunque su hija, quien sufría una enfermedad cardíaca, era más delgada y pequeña que otras niñas de su edad, ya tenía seis años.
La niña era muy sensible ante la ausencia de una figura paterna y, poco a poco, empezaba a entender que ese papá, que su mamá siempre mencionaba y que se fue muy lejos, era una mentira piadosa que, con el tiempo, ya no se sostenía.
En uno de los cajones de Alejandra había una foto con Sebastián.
Su hija la había visto.
Pero ella no pensó que una niña tan pequeña pudiera recordarlo.
Era una foto de la secundaria, una donde aparecía con él.
Una imagen de los tres mejores del salón, pero ella había recortado a la otra persona.
Alejandra tampoco imaginó que, algún día, en esa misma ciudad, ella y su hija se cruzarían con Sebastián.
El conductor frenó de golpe.
Ella se inclinó bruscamente hacia adelante y, por reflejo, protegió a la niña con sus brazos. Tras dos segundos en silencio, le dijo: —No lo es.
—Pero ese señor se parece mucho a mi papá.
Ella se quedó sin palabras unos segundos. —Solo se parecen, nada más...
Al llegar a casa.
Alejandra tocó la puerta del departamento de Natalia, en el piso de abajo. La señora vivía sola y tenía un carácter bastante excéntrico; bien conocido en todo el edificio.
Dos años atrás, cuando ella quiso inscribir a su hija en el kínder, tuvo problemas con los trámites. Fue en ese momento que, por casualidad, conoció a Diego.
El papá de él estaba gravemente enfermo y a punto de fallecer. Él quería casarse de manera exprés y luego divorciarse, solo para cumplir el deseo de su padre de ver una nuera antes de morir.
Como lo iban a trasladar por trabajo al extranjero, ella aceptó el matrimonio exprés para poder completar los documentos de inscripción de su hija. Registraron oficialmente al "padre" en el acta de nacimiento.
Fueron a ver al padre de Diego, quien falleció esa misma noche.
Natalia, al enterarse del matrimonio y divorcio exprés de su hijo, se enfureció, pero también comprendía que fue un acto de amor. Después del divorcio, él se fue a trabajar al extranjero y la señora se quedó sola.
Al ver que Alejandra estaba criando sola a su hija, le ofreció vivir en el ático.
Pagaban renta como cualquier inquilino, pero un día la señora se atragantó comiendo nueces y fue ella quien la salvó.
Desde entonces, su relación se volvió mucho más cercana.
El departamento era un dúplex antiguo, bastante deteriorado, sin áreas comunes, pero barato. Ella vivía en la planta baja.
Arriba había dos habitaciones y una pequeña terraza. Alejandra vivía ahí con su hija.
Tenían una entrada independiente.
Ella fue a la cocina a preparar el almuerzo. En su refrigerador tenía unas arepas que había congelado. Las cocinó. Entonces, Natalia entró en la cocina. —Sofía ya está grande, hay que hacerle la operación cuanto antes. Si no tienes dinero, yo te lo presto; pero me lo debes devolver.
Sabía que la señora tenía algunos ahorros.
Pero también sabía que eran todos sus ahorros y, si le prestaba esa suma para la operación, con su edad avanzada, ¿qué haría si surgía una emergencia?
Alejandra agradecía de corazón el gesto de la señora; pero aun así, se negó.
...
Por la tarde, ella llegó al piso quince del Edificio Prisma, al Estudio de Diseño L&M.
Apenas entró, su compañera Catalina se acercó. —La directora quiere verte en su oficina.
Bianca era la directora de diseño y, además, la jefa de Alejandra.
Ella tocó la puerta y entró. Su jefa estaba al teléfono. Solo la miró e hizo una seña para que esperara. Ella bajó la vista a su reloj de pulsera.
Pasaron trece minutos más antes de que colgara.
—Alejandra, los diseños que entregó el departamento fueron rechazados por el cliente. Hay que rehacerlos y entregarlos antes de la próxima semana. Sus propuestas fueron demasiado conservadoras, no destacan. Agrégales algo más llamativo: lunares, bordados oscuros, algo que llame la atención.
—Directora, el concepto de la marca Estilo Alba se basa en la elegancia. Apuntan a un público de más de treinta años y se tomaron en cuenta los comentarios de los departamentos de marketing y ventas.
—¿Eres tú la directora o lo soy yo? —Bianca la miró y la interrumpió.
Alejandra regresó a su puesto de trabajo.
Compartió las nuevas indicaciones con sus compañeros. Todos soltaron un suspiro de frustración. Rosa arrugó la cara. —¿Estás bien? ¿Qué clase de gusto tiene esa directora? Bordados góticos con lunares, ¿en serio? La marca siempre ha sido sinónimo de elegancia y estilo. Esa estética no va.
—Y los que pagamos el precio somos los empleados. Cada vez tenemos que aceptar su mal gusto.
—Pero escuché que Visión Global ya está preparando una entrevista con ella. Es para este sábado. Se llama: "El ascenso de una diseñadora estelar". Todo glamur.
—Esa llegó a L&M como directora de moda solo para pasar el rato, el socio del estudio, el Carlos, es amigo de su círculo.
—¡Shhh, hablen más bajo!
Alejandra trabajó hasta muy tarde. Sofía le hizo una videollamada por el WhatsApp de Natalia y le contó que ya había cenado.
Catalina, al pasar, saludó a Sofía. No pudo evitar sorprenderse una vez más. Después de tres años trabajando juntas, cualquiera que se enterara de que Alejandra tenía una hija de seis años, le costaba creerlo.
Esa cara bonita estaba tan fresca como una lechuga.
Joven, hermosa, con rasgos delicados y una belleza suave.
Parecía recién salida de la universidad. ¿Quién iba a imaginar que su hija tenía seis años...?
Catalina le dio una palmadita en el hombro. —Anda, ve a casa con tu hija. Nosotras vamos a quedarnos media hora más.
Cuando volvió a sonar el celular.
Alejandra ya estaba en el metro.
Pensó que era un mensaje de su hija, pero no. Era una excompañera del colegio. Alejandra nunca había agregado a ninguno de sus antiguos compañeros. Había cortado todo lazo con su vida anterior.
La única amiga de la secundaria, era ella.
Lucía le mandó un audio larguísimo. Ella lo convirtió en texto.
[Están organizando una reunión de exalumnos y el delegado, Andrés, como no te pudo contactar, me escribió a mí preguntando por ti. Le dije que no sabía nada. Pero ¿sabes lo que están diciendo? ¡Que estás muerta! Aunque si te vieran ahora, ni te reconocerían. Estás tan delgada, tan linda...]
Samanta parecía alguien que había desaparecido por siete años.
Sin dejar rastro.
Ella se quedó en silencio unos segundos.
Y respondió: [Entonces que sigan creyendo que Samanta está muerta].
Nadie quería a Samanta. Ni siquiera ella se quería en ese entonces. Cambió de nombre y apellido. Quería despedirse de quien solía ser.
Su amiga le mandó otro mensaje: [Escuché que Sebastián también irá. Parece que regresó al país. ¿No quieres ir...? Igual, con lo cambiada que estás, seguro que ni te reconoce].
Lucía era su amiga de la clase de al lado en la secundaria. Siempre se mantuvieron en contacto de forma intermitente. Alejandra incluso asistió a su boda.
Ella no la había reconocido. Se sorprendió muchísimo. Esa chica gordita de antes, parecía una joya delicada, una piedra preciosa.
Los dedos de Alejandra se detuvieron un momento sobre la pantalla, mirando ese nombre.
Quiso decirle a Lucía que ella ya lo había visto.
Le respondió:
[No voy].
Capítulo 3
A las diez de la noche, Alejandra estaba acostada en la cama y abrió su Facebook, cubierta de polvo.
El representante de clase, le había enviado varios mensajes.
[Samanta, la próxima semana tendremos la reunión de exalumnos en Alma de Fiesta. Todos los detalles están en el grupo de Facebook del salón. Solo faltas tú. ¿Vas a venir o no?]
[Te he enviado mensajes y no respondes. Si estás pasando por alguna dificultad, puedes hablar con nosotros, tus compañeros. Si podemos ayudarte en algo, lo haremos con gusto].
Ella miró el grupo, donde los mensajes no paraban de llegar.
En realidad, había pensado en salirse del grupo.
Pero el grupo tenía 48 personas, todos los del salón estaban ahí. Si ella se salía, sería muy evidente.
De todos modos, casi no usaba esa aplicación.
Deslizó hacia arriba.
Tal como esperaba, nadie hablaba de ella. Igual que cuando estaba en clase: era invisible.
Perfecta para ser ignorada.
Porque era gorda. Aunque, en ese entonces, ella hacía todo lo posible por pasar desapercibida, siempre había murmullos a su alrededor:
Gorda con sobrepeso, cerda marrana, barril con patas.
Aunque no hiciera nada, con solo pasar caminando ya se escuchaban susurros.
En la secundaria, no era tan gorda. Pero se enfermó y tuvo que tomar hormonas en exceso.
Y el nombre de Sebastián, en cambio, era el más mencionado en el grupo. Donde fuera, siempre era el centro de atención.
A su alrededor, siempre los mismos términos: niño prodigio, el más guapo de la escuela, dinero, poder.
El extremo opuesto a ella.
Entró a su perfil. Al parecer él también usaba poco esa aplicación; su foto era muy antigua.
...
En un abrir y cerrar de ojos, llegó el sábado.
Después de una semana de trabajo, el encargado de Estilo Alba aceptó el primer borrador del diseño. Se firmó el contrato y el pago llegó sin demora. La segunda versión, adaptada según las indicaciones de Bianca para que fuera más natural, fue rechazada por Estilo Alba. Aunque la noticia no le cayó nada bien a la directora, Carlos invitó a todos a cenar esa noche. El lugar elegido fue Alma de Fiesta.
Un local de moda, famoso en redes sociales por sus cenas, fiestas y espacios de entretenimiento.
El nombre le sonaba familiar a Alejandra.
Pero siendo una cena grupal para celebrar el éxito, no tenía excusa para no ir. Además, el jefe también estaría presente.
Alrededor de las siete de la noche, en el salón privado, todos alzaban las copas para brindar. Ella tomó un par de copas.
Mientras tanto, en el salón de al lado.
Sebastián llegó con retraso. El salón estaba lleno de excompañeros de la sección tres del segundo año de secundaria.
Le insistieron para que tomara algo.
Pero no pasó de eso. Él negó con la cabeza, y nadie se atrevió a seguir insistiendo.
El hombre tenía un aire frío y distante. Sus labios mostraban una ligera sonrisa mientras decía que no podía beber, pues tal vez lo llamarían en cualquier momento y debía estar listo para ir al hospital.
Varias chicas, con las mejillas sonrojadas, sacaron sus celulares para tomarle fotos a escondidas.
Tanto en el Colegio Río Claro como en la Universidad de la Libertad, siempre había sido una figura destacada.
Atractivo, inteligente y con una familia influyente.
—¿Tienes novia, viejo amigo?
—Siendo doctor y con tanto trabajo, ¿en qué momento va a tener tiempo para una relación?
—Escuché que estás en cirugía cardíaca, ¿no es muy agotador? —dijo una chica, la que había sido la más bonita del salón: Martina. Lo miraba con una sonrisa tímida.
A simple vista, todos se daban cuenta de que Martina tenía interés en él. Hubo algunas risas y bromas. Martina se puso aún más roja.
A su lado, había un lugar libre.
Sebastián asintió y miró a Martina, pero no parecía recordarla.
El salón era grande, tenía una mesa para jugar cartas y un karaoke.
El hombre fue a un sillón individual. Esa tarde había tenido una entrevista con los medios, por lo que vestía formal. En ese momento, se quitó el saco y lo colocó sobre el respaldo del asiento. Llevaba una camisa blanco que resaltaba su porte.
Con gesto algo cansado, se frotó el entrecejo. Miró instintivamente su reloj de muñeca.
No parecía tener mucho interés en los compañeros a su alrededor. Había aceptado venir al reencuentro solo porque Andrés se lo había pedido y porque justo tenía el tiempo.
Martina se mostró un poco decepcionada.
Andrés le pasó un vaso. —Es solo agua.
—Gracias.
El hombre respondió con cortesía, pero manteniendo la distancia.
—Somos excompañeros, hombre, no seas tan formal —dijo su amigo, dándole una palmada en el hombro. Luego intercambiaron unas pocas palabras. La familia de Andrés tenía un negocio de muebles y años atrás habían trabajado con Grupo Nova. Él quería mantener una buena relación con Sebastián, aunque quien dirigía esa compañía era Miguel, el hijo mayor y adoptivo de la familia García.
Sebastián no participaba en los negocios familiares, pero seguía siendo el hijo menor del Grupo Nova.
Y todos sabían que su hermano era adoptado.
El único hijo biológico era él.
Sebastián no había sido el último en llegar.
Todavía faltaban algunos.
Cada vez que se abría la puerta y alguien entraba, él levantaba la cabeza y miraba hacia allá.
Ni él sabía qué esperaba exactamente.
Tal vez, que en la próxima entrada... fuera ella quien entrara.
El ambiente en el salón privado era bullicioso. Cuando llegó la última persona, una compañera, Andrés lideró los gritos y la animó a beber. La chica aceptó sin problema y se tomó un par de copas de vino.
Alguien bromeó. —Aurora, ¿por qué tan gorda?
—Sí, al principio ni te reconocí. ¿Cuántos kilos subiste? ¿Cincuenta?
Al escuchar la palabra gorda, Sebastián levantó la vista y miró a Aurora. En sus ojos se cruzó un destello fugaz de melancolía.
Sintió una extraña opresión en el pecho y se sirvió otra copa.
Estaba sentado en un sillón individual, con las piernas cruzadas.
Iba bebiendo copa tras copa.
Su reloj de platino en la muñeca reflejaba un brillo frío.
Al inclinar la cabeza, su perfil bien definido, sus facciones y su expresión lejana provocaban que varias compañeras sintieran ganas de acercarse... pero no se atrevían.
Martina se mordió el labio, tomó su copa y se acercó.
—Sebastián, tengo un pariente que tiene problemas del corazón. ¿Cuándo atiendes en consulta? Quisiera llevarlo contigo...
La luz fue bloqueada. Él arrugó la cara.
Alzó la vista y la miró con desinterés. —Las citas de la próxima semana ya están completas. Si es grave, puedo hacerle un espacio.
—Ah... ya veo...—respondió, algo desilusionada.
Quería seguir hablando, pero al notar la indiferencia, se detuvo y regresó a su asiento, apenada.
Andrés estaba a cargo de la reunión esa noche. Habló de manera formal para dar paso a la parte "oficial" y, luego, sacó unos regalos para los compañeros: una tarjeta de membresía con descuento del veinte por ciento de su marca de muebles y un set para preparar café.
—Oigan, ¿alguien puede contactar a Samanta? Para enviarle el regalo por mensajería.
Él estaba agotado.
Después de un largo día de trabajo y algo de alcohol, su cabeza empezaba a sentirse pesada. Apoyó una mano en la frente y cerró los ojos para descansar un momento. Pero, al oír ese nombre, arrugó la cara sin querer.
Era como si una alarma hubiera sonado en su cerebro: de pronto, estaba despierto.
—¿Samanta? ¿La gorda? Me acuerdo de ella. En secundaria hizo una carrera de ochocientos metros. Parecía que iba a morir, ¡Qué desastre! Jajajaja... —dijo un compañero, Pedro, pero su risa se cortó de golpe.
Él se encontró con una mirada fría y profunda. Una mirada muy aguda.
Sintió como si alguien le hubiera apretado la garganta.
Pensó que quizá su voz había sido muy alta y estaba molestando a Sebastián, así que cerró la boca con vergüenza.
Sin embargo, las conversaciones a su alrededor continuaban.
Alejandra no había asistido a la reunión. Y no sabía que, incluso después de "desaparecer" durante siete años, sus compañeros aún seguían hablando de ella.
De repente, una chica se animó a decir: —Samanta... Escuché que murió...
Hubo unos segundos de silencio incómodo en el salón.
—¿Murió? ¿En serio? ¿Cómo podría ser?
—Ahora tiene sentido por qué nunca viene a las reuniones. Le mandé mensajes por privado y nunca respondió. Así que ya no está...
Algunas personas suspiraron.
—Es verdad. Fue hace seis años. Mi abuela se enfermó y fui con ella al hospital. Vi a Samanta ahí, con una barriga enorme. Pero su cuerpo estaba tan delgado, tan frágil... y su vientre, así de grande. Seguramente era un tumor... —La chica suspiró de nuevo—. Qué triste.
El ambiente se volvió tenso.
Hasta que alguien, quizá por instinto, preguntó a Sebastián. Después de todo, él era médico y cuando surgían temas así, era normal buscar su opinión.
—Tenemos un médico entre nosotros, ¿no? Sebastián, ¿tú crees que, si tenía un tumor tan grande en el abdomen, sería algo terminal? Recuerdo que su familia no tenía dinero. Nunca imaginé que no tener noticias de ella era porque... ya no está.
Todos miraron a Sebastián.
El hombre se quedó inmóvil.
Capítulo 4
Dentro del reservado, la luz era intensa, iluminando la cara de Sebastián. Su expresión era serena y sostenía un cigarrillo entre los dedos. La brasa ardía hasta rozar su piel, pero él no parecía sentir nada.
Él percibió vagamente el dolor por quemarse.
Era su carne.
Pero sus nervios parecían adormecidos. Se levantó de golpe, se agachó y recogió el saco del traje que se le había caído al suelo.
Su semblante seguía imperturbable, pero, en el fondo de sus ojos, se agitaba una sombra.
—Hay una emergencia en el hospital, tengo que irme.
El hombre salió apresuradamente.
Sus pasos eran tan veloces que apenas pisaba el piso.
Como si no quisiera permanecer ni un segundo más ahí.
Andrés trató de seguirlo, pero notó que ya se había ido.
No tuvo más opción que regresar.
Entonces, fue cuando una compañera de clase, que hasta ese momento había permanecido en silencio, dudó un instante antes de hablar. Su voz era baja, pero bastó para que el ambiente se sumiera en silencio. —¿Nunca han oído ese rumor?
—¿Qué rumor?
—Que Samanta y Sebastián estudiaron en la Universidad de la Libertad y que ahí mantuvieron una relación secreta durante tres años.
La revelación dejó a todos con la boca abierta.
Martina alzó la voz, incrédula. —¿Beatriz, estás hablando en serio? ¿Samanta? ¿Esa gorda fea? ¿Cómo iba Sebastián a rebajarse así? ¿No estarás soñando despierta?
—Sí, seguro estás confundida... Si Samanta logró conquistarlo... entonces yo ya sería la nuera de la familia García.
Un chico intervino, sin pensarlo. —Bueno, tampoco exageren. Ella era rellenita, sí, pero fea no era. Tenía la piel blanca y hablaba con una voz muy suave.
Beatriz asintió. Ella también se sorprendió al enterarse. —Es cierto. Mi hermana estudió en la Universidad de la Libertad y ese chisme fue bastante conocido. Una chica con sobrepeso tuvo un romance secreto durante tres años con el más guapo de la universidad. Si no me creen, pregúntenle.
Pero nadie se atrevía a hacerlo.
La historia sonaba inverosímil, pero ante la seguridad con la que hablaba Beatriz, todos terminaron creyéndola.
—¿Pero... Samanta de verdad está muerta?
Martina, irritada, murmuró: —Eso parece. Julieta lo dijo hace rato; la vio con un tumor en el vientre.
—Seguro que ya no está. Si no, ¿cómo es posible que nadie haya podido contactarla en todos estos años?
Todos asintieron. En la era de las redes sociales y la big data, si Samanta siguiera viva, ya habría dado señales de vida.
...
Sebastián llegó a la esquina y, al girar, chocó de frente con alguien.
Iba tan deprisa.
Una voz suave exclamó: —¡Ay!
El cuerpo de la chica se tambaleó dando pasos hacia atrás.
Alejandra, por puro instinto, intentó aferrarse a algo. Manoteó a ciegas y, cuando logró recuperar el equilibrio, se dio cuenta de que tenía agarrada la camisa del hombre.
—Lo... lo siento.
Se disculpó y, al alzar la vista y ver esa cara tan familiar y apuesto, perdió todo el color.
Jamás imaginó volver a encontrárselo.
¿El mundo podía ser tan pequeño?
Sebastián murmuró un "perdón", sin detenerse, y siguió caminando con paso firme. Su mente era un caos; necesitaba encontrar un lugar para calmarse.
El tenue y frío aroma que él dejó en el aire se disipó.
Ella seguía inmóvil.
Solo había salido al baño y terminó chocando con la persona que más conoció en su pasado.
Bajó la mirada al suelo.
Allí yacía una mancuernilla de hombre, finamente elaborado.
Alejandra lo recogió y, por instinto, dio unos pasos en dirección a donde Sebastián había ido. Pero se detuvo en seco.
Ya no eran nada.
Volverse a encontrar y no reconocerse... Tal vez esa sea la mejor forma de relación.
...
Cuando ella regresó a casa, se dio una ducha y luego se recostó en la cama. Observaba la mancuernilla que había dejado sobre la mesita de noche.
Pasaba los dedos suavemente sobre esta, sumida en sus pensamientos.
Sus costumbres, sus gustos... parecían no haber cambiado.
Siempre le había gustado esa marca.
Exclusiva, discreta, con una textura impecable.
El sonido del celular interrumpió sus pensamientos.
Vio el identificador y respondió de inmediato.
—¿Hola, abuela?
—Samanta, ¿otra vez me mandaste dinero? No lo necesito. Aquí en casa no tengo en qué gastarlo.
Ella sonrió al escuchar ese tono de regaño mezclado con ternura. —Entonces, guárdalo por mí.
Conversaron unos minutos.
Últimamente, había estado muy ocupada con el trabajo. Su idea inicial era llevar a Sofía al pueblo antes de que iniciaran las clases, pero no había podido sacar tiempo. Pensaba que, cuando todo se calmara un poco, sería buena idea traer a su abuela a pasar unos días con ellas.
Alejandra no tenía más familia.
Cuando ya iban a colgar, la voz de su abuela volvió a escucharse. —Samanta... tu tío, aunque... bueno, sigue siendo tu tío. Hace poco vino a casa y preguntó por ti.
La abuela dudó, como si quisiera decir algo más, pero se contuvo.
Ella no quería que se preocupara por eso.
Sus padres se habían divorciado cuando ella era muy pequeña. Su mamá se marchó y nunca volvió. Ni siquiera apareció cuando murió el abuelo.
En ese entonces, ella tenía apenas dos años. Los recuerdos de ella eran casi inexistentes.
De su papá, solo sabía que era un apostador. Cuando perdía, desaparecía. Cuando ganaba, le compraba algo rico. Y mientras andaba huyendo de deudas, la dejaba con sus abuelos.
Fueron ellos quienes la criaron.
—Lo sé, abuela —respondió con dulzura.
Pero solo lo decía para tranquilizarla. En realidad, no quería saber nada de su tío ni de su tía y tampoco planeaba buscarlos.
Aunque vivieran en la misma ciudad.
Colgó.
Guardó la mancuernilla en una bolsa hermética y lo colocó con cuidado.
Esa semana, cuando llevó a su hija a la revisión médica de rutina, evitó el turno de Sebastián. Él atendía los martes, así que Alejandra iba los lunes o miércoles.
No es que no se lo hubiera vuelto a cruzar.
En un hospital, con tanta gente entrando y saliendo, era casi inevitable.
Los semblantes estaban marcados por el cansancio, el afán y el peso de la enfermedad. Alejandra, con cubrebocas, sostenía la mano de su hija mientras entraban al elevador, lleno de personas.
Gente entraba y salía.
Una enfermera gritó: —¡Doctor García!
Desde atrás, se oyó una voz grave y profunda.
Alejandra apretó la mano de su hija. Sintió con claridad que Sebastián estaba justo detrás. Podía percibir incluso el ritmo de su respiración.
Cuando llegaron al tercer piso, la gente comenzó a bajar. Todos iban a la misma zona de consultorios. Alejandra se formó frente al número seis, y vio a Sebastián entrar al ocho.
—Mamá, tu mano está toda sudada.
Dijo Sofía, alzando la mirada y sacudiendo la mano.
Ella bajó los ojos con calma y soltó su mano. También notó que estaba cubierta de sudor.
Cada vez que se encontraba con él, los nervios eran inevitables.
Aunque ella sabía...
Que Sebastián no la reconocería.
Volver a cruzarse con él había sido una coincidencia, algo fuera de su control.
Aun así, no podía evitar que su corazón se agitara.
La mancuernilla que él había olvidado en Alma de Fiesta, ella la dejó en la mesa de información del hospital.
...
Esa noche, fue a ver a su hija a la habitación. Sofía dormía, abrazada a su conejo de peluche.
La niña se parecía mucho a Sebastián.
Los ojos, la nariz...
Luego fue al baño y se miró en el espejo.
Su cara era delgada y su piel blanca. El cabello largo le caía sobre los hombros. Sus pupilas brillaban y sus labios tenían un leve tono rosado. Nadie imaginaría que esa mujer, siete años atrás, había sido una joven con sobrepeso.
En Ciudad Libertad, una ciudad con más de diez millones de habitantes, un encuentro casual no es más que un cruce fugaz.
...
Esa noche, Sebastián regresó a la casa de los García.
Durante la cena, el señor Mateo soltó un bufido y dejó los cubiertos. A su lado, doña Florencia le lanzó una mirada de advertencia y luego posó los ojos en su hijo.
Después de casarse con Mateo, en el primer año, su mejor amiga murió en un accidente aéreo.
Había dejado a un hijo de doce años, Miguel López.
La familia García lo adoptó, y más tarde le cambiaron el apellido a García.
La señora no logró quedar embarazada sino hasta los treinta y tres años, cuando nació su hija Daniela.
El Grupo Nova quedó en manos de Miguel y Daniela para su administración.
A los cuarenta y cinco, con mucho esfuerzo, dio a luz a los gemelos: Antonio y Sebastián. Pero hace veinte años, ocurrió un secuestro que conmocionó a la ciudad...
Los dos niños fueron secuestrados, pero solo uno sobrevivió.
El menor, Sebastián, logró salvarse.
Pensar en el hijo que perdió, todavía le dolía en el alma y se le humedecían los ojos.
Pero al ver la reunión familiar de esa noche, con todos contentos, se secó las lágrimas en silencio y centró su atención en Sebastián.
Ese hijo siempre había sido un motivo de orgullo. Nunca les dio problemas. Excepto en el terreno sentimental, donde su historial estaba vacío.
Más de una vez, la señora llegó a preguntarse si su hijo no tendría alguna condición especial. Estaba muy preocupada.
Ya tenía más de setenta años. Por lo general era una abuelita risueña y tranquila, pero esa noche arrugó la frente y le habló con firmeza: —Hijo, ¿por qué no fuiste a conocer a la hija de los Sánchez este miércoles?
—Ajá —respondió él, sin mucho interés.
—¿Ajá qué significa? —replicó Florencia, llevándose la mano a la sien—. Yo conocí a Bianca, la hija de Gabriel. Muy guapa. Cuando era niña, venía seguido a esta casa. Su papá fue compañero de tu abuelo en el ejército. Solo era para que se conocieran... Aunque no te guste, al menos dale la oportunidad de hablar. Ya casi cumples treinta.
Él se molestó levemente. —Si eso es lo que usted quiere, entonces hágalo como guste.
Capítulo 5
—Voy a subir.
Dijo Sebastián mientras se levantaba. Florencia lo observó de espaldas, llevándose la mano al pecho.
Mateo soltó un suspiro. —Tiene tu carácter. Ya va para los treinta y sigue igual. Los de su edad ya están casados, con hijos incluso y él, en cambio, solo piensa en correr al hospital todo el día.
—¿Y qué tiene de malo que se parezca a mí? —La señora le lanzó una mirada—. Esta noche duermes en el estudio.
Apenas la señora comenzó a subir las escaleras, se encontró de frente con su hijo, cambiado de ropa y bajando con prisa.
—Mamá, el hospital me llamó. Salió una cirugía de urgencia, tengo que irme.
Antes de que la señora pudiera reaccionar, ya se había ido.
En el comedor, Mateo golpeó la mesa con fuerza. —¿Lo ves? ¡Ese es tu hijo! Apenas lleva una hora en casa y ya se va corriendo. ¿Quién va a querer casarse con alguien así?
—¡¿Y tú por qué me gritas?! —La señora se rascó una oreja—. Es mi hijo, ¿no? Sebastián es responsable con sus pacientes, eso es todo.
...
Él regresó del hospital a las once y media de la noche.
Un golden retriever, color crema, se le acercó y comenzó a rozarse contra él. Sebastián le acarició la cabeza.
Se sirvió un vaso de agua y volvió al estudio.
Esa mañana había salido sin cerrar la ventana, y el viento había desordenado los libros y documentos sobre el escritorio. Se agachó y los recogió todos.
Eran expedientes que había estado consultando.
Las causas de una hinchazón abdominal tan severa podían ser muchas.
Después de tanto leer, los ojos le ardían y sentía una presión insoportable en la cabeza. Se quitó las gafas y se frotó el entresejo, sin conseguir alivio.
Miró el celular. Andrés le había escrito en la mañana y él no contestaba.
[Le pregunté a Lucía. Estaba en el otro salón, el 2ºB, era muy amiga de Samanta. Me dijo que tampoco ha podido contactarla].
Él se quedó mirando ese mensaje.
¿Ni su mejor amiga sabía dónde estaba?
Abrió el grupo de Facebook de la escuela. Había cuarenta y ocho personas. Casi todos tenían su nombre, pero había seis o siete sin identificar.
Él no usaba Facebook desde hacía años.
Samanta lo había bloqueado en WhatsApp hacía mucho.
Se detuvo en esos perfiles y los fue agregando uno por uno.
En pocos minutos, tres aceptaron la solicitud.
Conversaciones vacías, saludos cordiales, promesas de "mantener el contacto"... Ninguno era Samanta.
Al día siguiente, los otros tres también aceptaron.
Sin excepción, ninguno era ella.
Quedaba solo uno.
Sebastián se quedó mirando ese avatar un rato. Lo abrió. No estaba privado, pero tampoco había información útil.
La imagen era una foto genérica de una adolescente, algo pasada de moda, inocente en exceso.
Demasiado fuera de lugar para esa época.
Él casi podía afirmarlo: esa tenía que ser Samanta.
Por la noche, a la hora de la cena, Sebastián volvió a revisar el celular.
Todavía no aceptaba su solicitud.
Volvió a intentarlo. Esta vez, el sistema le pidió responder tres preguntas:
"¿Para qué me agregas?"
"¿Quién eres tú?"
"¿Quién soy yo?"
Contestó a las tres: "." "Sebastián". "Samanta".
Un colega, al verlo ensimismado con el teléfono, le hizo un comentario: —Doctor, hoy está distraído... ¿está esperando mensaje de la novia?
En el hospital, él no pasaba desapercibido entre las doctoras.
Varias miradas se giraron a él, esperando con ansias el chisme.
Desde que había llegado, todos recordaban que rechazó, sin pestañear, a la hija del director. Ese rumor había circulado por cada rincón del hospital.
Las médicas lo defendían con excusas; las enfermeras le traían desayunos "casuales" cada tanto. Pero él era imperturbable: frío, cortés, inaccesible. Parecía no tocar tierra.
Sebastián, como siempre, no respondió.
El médico que había lanzado el comentario soltó una risa incómoda.
...
Alejandra, un día, abrió Facebook por casualidad y vio la solicitud de amistad de Sebastián.
Se sobresaltó.
Estuvo a punto de dejar caer el teléfono.
Después, ingresó a su perfil y vio que él había estado entrando y saliendo de su espacio una y otra vez; todos los días aparecían registros de sus visitas.
Alejandra observó la solicitud, fingiendo que no había ocurrido nada.
Pero durante esa semana, él, de vez en cuando, sacaba el celular y abría Facebook solo para echar un vistazo.
Todos los días accedía a su perfil para mirar.
Esa solicitud de amistad se había hundido. Cada vez que tomaba un descanso, casi por reflejo, sacaba el celular y revisaba. El avatar de Samanta aparecía en gris, como si la aplicación no se hubiera usado en años.
O como si, tal vez... estuviera muerta...
El hombre acababa de terminar su rutina en el gimnasio; aún sentía la sangre por todo el cuerpo. La camiseta gris, empapada de sudor, se le adhería al torso, marcando con claridad las líneas de sus abdominales. Con el mentón elevado, gotas de sudor resbalaban por su nariz, cayendo por su mandíbula.
Corría a toda velocidad en la caminadora y la descarga de dopamina le permitía, por un instante, evadir esa posible verdad.
No quería aceptar que estuviera muerta.
...
Otra tarde más en la clínica.
En un breve momento de descanso.
Sebastián sacó su celular y creó una nueva cuenta de Facebook.
Quizás ella aún estaba viva, seguía usando esa aplicación, solo que no quería agregarlo. Tal como cuando terminaron: le devolvió todo, sin dejar ni el más mínimo lazo.
Respondió las tres preguntas que ella había dejado: "¿Para qué me agregas?", "¿quién eres?", "¿qué quieres?"
Sebastián ya estaba harto de esas tres preguntas.
"." "Hernán." "Necesito hablar contigo."
Hernán, asistente deportivo del curso 18 del segundo año de preparatoria, jugaba muy bien al baloncesto y, en su momento, fue una figura destacada en la escuela.
Sebastián había visto una vez a Samanta y a Lucía acercarse a él para entregarle una carta de amor.
Aquella tarde, las mejillas de Samanta estaban rojas.
Tenía la piel muy blanca y llevaba puesto el uniforme azul con blanco del colegio. Su rubor era evidente y, cuando bajaba la mirada, sus pestañas temblaban.
Mientras bajaban las escaleras, iba brincando del brazo de Lucía, como si acabara de vivir algo que la llenaba de felicidad.
¿Todo eso solo por entregarle una carta de amor a Hernán? ¿De verdad se podía estar tan feliz por eso?
Él reconocía que haberse hecho pasar por Hernán para agregarla en Facebook no había sido lo correcto. Fue un impulso, un arrebato momentáneo, como si algo lo hubiese empujado a hacerlo.
Si ella aceptaba la solicitud, ¿no era prueba suficiente de que aún estaba viva?
Había una espina clavada en su interior.
No podía arrancársela.
Permanecía ahí, enterrándole con el tiempo.
Esa espina extraña lo había acompañado durante siete años. Ese año, él había regresado al país y, durante ese lapso, soñó con Samanta en más de una ocasión. En el primer semestre de su último año de universidad, antes de irse, la citó en un hotel.
Ese día, ella se mostró complaciente.
Al principio, estar con ella fue, sí, un accidente.
Pero con el tiempo, se volvió una especie de adicción.
De hecho, él lo sabía: tenía ciertas fijaciones algo retorcidas en lo íntimo.
Le gustaba verla llorar; eso lo excitaba de una forma particular.
Samanta tenía sobrepeso, pero él, que era alto, atlético, con su metro ochenta y siete, podía cargarla sin problema.
Antes de irse del país, le entregó una tarjeta.
Tenía treinta mil dólares.
Ella aceptó el dinero y él se sintió complacido.
Porque, normalmente, ella no aceptaba lo que él le regalaba. En los tres años que estuvieron juntos, él le compró muchas cosas, pero ella siempre se negaba.
Pero, cuando él decía que lo tiraría a la basura, ella accedía a recibirlo.
Ese día, estaba recostada en su pecho. Él le dijo que usara ese dinero para comprarse algo que le gustara.
Ella le respondió con dulzura que sí.
Obediente, sumisa.
Después de su partida al extranjero, no pasó ni un mes cuando su mamá lo había llamado para decirle que había llegado un paquete a la casa, a su nombre.
Él le dijo que lo dejara ahí.
Durante ese primer mes, Sebastián no se sintió bien. El cambio de clima le afectó; se sentía débil, mareado, pasaba los días en cama con dolor de cabeza. No contactó a Samanta, pero lo que no esperaba era que ella tampoco le escribiera por WhatsApp.
Durante los tres años de relación, fueron pareja, sí, pero ella era reservada, casi nunca lo buscaba por iniciativa propia.
Cuando decidió enviarle un mensaje, descubrió que no fue entregado.
Lo había bloqueado.
Él, el hijo consentido del destino, nunca había sido rechazado en nada.
¿Qué tipo de novia podía tener si no lo deseaba? No es que necesitara a Samanta.
Tan solo se había ido del país, no era como si no fuese a volver. ¿Y ella estaba haciendo drama?
Con razón había estado tan "obediente".
Le parecía ridículo... y frustrante.
Hasta que llegó el Año Nuevo y Sebastián regresó al país. En su estudio, había un enorme paquete. El remitente era Samanta.
El entrecejo de Sebastián comenzó a latirle con fuerza.
Mientras abría el paquete, sentía que el aire no le alcanzaba.
Ella le había enviado una caja enorme. Nadie en su familia la había tocado, así que había estado allí, en su estudio, cerca de seis meses.
Cuando la abrió, quedó paralizado.
Dentro estaba todo lo que le había regalado durante esos tres años de relación.
Incluyendo todas las transferencias bancarias: ella las había recopilado y devuelto en una sola tarjeta.
Cada objeto tenía un post-it con una nota escrita a mano: la fecha, el lugar, el motivo del obsequio.
O si la había invitado a comer, o si le había comprado un café.
Incluso anotó el valor de cada cosa. Las comidas, los hoteles... todo estaba detallado y reembolsado.
Los regalos más caros eran apenas cuatro bolsos, una pulsera, un collar y un reloj. Todos nuevos, sin usar. Su valor superaba los cien mil dólares.
El resto eran cosas del día a día, objetos sencillos, cenas compartidas.
A Sebastián le comenzó a doler la cabeza. Sentía el pecho oprimido. De una patada, tumbó la caja. El contenido rodó por todo el suelo. Entre todo eso, dos cajas de condones sin abrir que él le había comprado y que jamás se usaron.
Cayeron justo a sus pies.
Como si fuera una burla.
Como si le gritaran que era un estúpido.
Ella cortó con él de forma limpia, sin dejar un solo hilo suelto.