Mi Ex-Arrogante: 10 Hermanos Contra 1
Capítulo 1
—Felicidades, está embarazada de un mes; todos los indicadores son normales.
Julieta, con la prueba de embarazo en la mano, regresó a Villa del Alba sintiéndose como en un sueño. "¿De verdad estaba embarazada?"
Reuniendo valor, le envió un mensaje a su esposo, Orlando Rojas: [¿Volverás a cenar esta noche?]
La espera se hizo interminable. A él nunca le gustaba que lo interrumpieran en el trabajo y ella temía que, como otras veces, no obtuviera respuesta.
Un segundo después, la pantalla del celular se iluminó con su respuesta, seca y distante: [Sí, justo tengo algo de lo que hablar].
Al recibir la respuesta, Julieta fue de compras y preparó una mesa llena de platillos. Colocó la prueba de embarazo sobre la mesa, pero le pareció demasiado evidente; al final, decidió darle la vuelta para disimular.
Al caer la tarde, un auto lujoso entró al patio.
Orlando salió, con la chaqueta del traje colgada en el brazo. Su figura era esbelta y su mirada oscura y firme.
—¡Ya llegaste!
Julieta corrió hacia él con paso ligero, alzando la mano para tomar la chaqueta que acababa de quitarse. Pero, en lugar de eso, él le entregó un documento. Ella parpadeó con desconcierto.
—Léelo; si tienes alguna objeción, puedes decirla.
Miró el papel entre sus manos. En la primera página resaltaba, con el título: [Acuerdo de Divorcio].
El blanco de la hoja le resultaba deslumbrante, dolorosamente hiriente para sus ojos.
Orlando se aflojó la corbata con un gesto cansado tras la jornada. Miró de reojo a su esposa: rostro redondo, aún con un aire juvenil, como si no hubieran pasado los años.
No sentía nada por ella. Solo porque a Mónica le agradaba y Julieta había conseguido que ella mejorara su salud, mantenían ese vínculo. Cada cual obtenía lo que necesitaba.
De no ser por ese accidente de hacía un mes, ni siquiera se habría dado cuenta de que llevaban ya tres años casados.
Seguir prolongando ese matrimonio solo arruinaría su juventud. Mejor separarse.
Julieta llevó una mano a su vientre y, con voz contenida, preguntó: —Si... digo, si tuviéramos un hijo, ¿aun así querrías divorciarte?
La mirada de Orlando se posó en su abdomen, arrugando la frente. —¿Hace un mes no te pedí que tomaras la píldora?
Ese accidente de un mes atrás había sido, en tres años de matrimonio, la única vez que se unieron íntimamente.
La mano de ella se retiró de su vientre. Pero él le sujetó la muñeca con fuerza, con una mirada enigmática. —¿De verdad estás embarazada?
Ella contuvo el aliento. —Digo, si lo estuviera...¿lo aceptarías?
—No.
Orlando soltó un suspiro de alivio. Para él, un matrimonio infeliz no justificaba traer un hijo. Así había sido con sus padres.
Cuando liberó su mano, el corazón de Julieta se sintió igual de vacío.
Ella miró esa espalda, que se alejaba, y alzó la cabeza para contener las lágrimas. Sus palabras le habían atravesado directo el pecho.
Puso la vista en los platos que había preparado y, como se encontraban fríos, los arrojó todos a la basura. El olor le revolvió el estómago hasta provocarle arcadas.
Se llevó la mano al vientre, donde ya se gestaba una pequeña vida y tragó el nudo amargo de su garganta. "Bebé, tu papá no te quiere, pero yo te protegeré con todas mis fuerzas".
Desde niña había sido huérfana; sus padres adoptivos, tras haberla acogido, dieron a luz a unos mellizos y entonces la arrojaron a la casa de Lourdes, dejándola librada a su suerte. Por fortuna, ella la había tratado bien.
El mayor anhelo de Julieta siempre había sido tener un hogar. Aunque sabía que Orlando no la quería, se había esforzado durante tres años en ser una esposa. Pero los hechos demostraban que, por más ternura que ofreciera, jamás lograría ablandar una piedra.
Pero, aunque divorciada, llevaba un hijo en su vientre. Por fin ya no estaba sola.
Sin siquiera revisar el contenido del acuerdo de divorcio, firmó al final de la última página.
Esa noche siguió durmiendo sola en la habitación principal, mientras él ocupaba la de invitados, como siempre. Tres años de matrimonio, tres años de camas separadas.
...
A la mañana siguiente, Julieta recibió una llamada de Alejandra, cuyo tono era altivo y condescendiente. —Haz que la sirvienta prepare la habitación de invitados del segundo piso. Vendrán unos huéspedes a quedarse unos días. Recuerda que debes atenderlos muy bien.
Antes de que pudiera preguntar de quién se trataba, Alejandra colgó.
Julieta hizo una mueca; ya estaba acostumbrada al desprecio de ella, como si una palabra más de su parte bastara para mancillar el honor de la familia Rojas.
Cuando bajó, Orlando se había ido a trabajar.
Por la tarde, una joven vestida con prendas de marca cruzó el vestíbulo. Los ojos de Julieta se abrieron con un atisbo de sorpresa. "¿Sería esa una de los invitados distinguidos de la que había hablado Alejandra?" "¿Una mujer tan hermosa?"
Un destello irónico asomó en la mirada de ella. En otro tiempo eso le habría dolido, pero, como estaba divorciada, daba igual qué mujer viniera a hospedarse allá: nada tenía que ver con ella.
Se adelantó con educación. —Hola...
Pero, antes de que pudiera terminar la frase, la mujer la ignoró, pasó la mirada por la sala y enseguida ordenó al mayordomo: —El color de las cortinas no sirve. Tampoco este sofá. Y las camas de las habitaciones deben cambiarse todas por la marca que me gusta.
Al verla dar órdenes en Villa del Alba, Julieta no pudo contenerse y preguntó: —¿Y tú quién eres? Esta casa no está para ser redecorada.
—Permíteme presentarme: me llamo Leticia Suárez y seré la futura dueña de esta casa. Así que, el estilo de decoración de esta villa lo decido yo.
—¿Tú eres Leticia?
En el corazón de Julieta brotó una punzada de amargura; con razón Orlando había pedido el divorcio. " Leticia había regresado".
Su gran amor volvía al país y ella, la sustituta, debía ceder su lugar.
—Veo que ya has oído hablar de mí. Apresúrate a firmar el acuerdo de divorcio. Has ocupado mi lugar durante tres años, ya es hora de que regrese a su dueña.
Ella respondió con calma: —Con tanto drama en tus palabras... Cuando Orlando tuvo ese accidente y quedó en coma, ¿por qué no te casaste con él?
En ese entonces, tras el grave accidente, Mónica buscaba a una joven que pudiera darle descendencia, pero las señoritas de la alta sociedad se mantuvieron lejos.
Ella era la cuidadora de Mónica y, como siempre había sido muy buena con ella, incluso le había prestado dinero para pagar sus deudas, no pudo soportar verla sufrir. Por eso aceptó la propuesta de casarse con la familia Rojas.
Todos creían que Orlando no sobreviviría; incluso, ella pensaba que ese matrimonio no sería más que un trámite. ¡Quién iba a imaginar que él volvería a la vida!
Desde entonces, su lugar en la familia Rojas se volvió incómodo. Al fin y al cabo, que el hombre más rico de Sol Arena, el señor Orlando, tuviera como esposa a una simple cuidadora, era algo de lo que todos se reían.
Durante esos tres años, nadie supo cuál era su verdadera identidad.
La expresión de Leticia se endureció por un instante. —Eso fue porque mis hermanos me impidieron casarme, me encerraron en casa y me hicieron perder la oportunidad de unirme a él. Y entonces, fuiste tú, una campesina, quien me lo arrebató. Te lo advierto: yo soy la señorita Suárez de Miraflores. Mis hermanos son muy poderosos. Si te atreves a competir conmigo, ¡ten cuidado con tu familia!
El semblante de Julieta se heló. —Si te atreves a tocar a mi familia, no te lo perdonaré.
—Si quieres que tu familia siga en paz, entonces firma el acuerdo de divorcio.
Al ver el documento de divorcio sobre la mesa, Leticia sintió en el fondo de su corazón un destello de satisfacción: "después de tres años, por fin había llegado ese día".
Julieta respondió con serenidad: —Ya lo firmé.
—Más te vale que seas sensata.
Leticia sacó un cheque de su bolso. —Aquí tienes ciento cincuenta mil dólares, es solo un pequeño gesto de mi parte.
En los ojos de Julieta brilló un destello de ironía, pero no los tomó.
—¿Te parece poco? Según el sueldo que ganabas antes como cuidadora, esto equivale a diez años de ingresos. Acepta este dinero y no vuelvas a entrometerte en nuestras vidas. Orlando y yo sí somos una pareja adecuada. Tú eres una simple pobre: no perteneces al mismo mundo que nosotros, los ricos.
El corazón de Julieta volvió a estremecerse. Se fue, abatida, hacia el dormitorio principal; de todas formas, aunque Leticia no hubiera ido ese día, ella pensaba irse.
Como estaba divorciada, no tenía sentido quedarse allá.
Al hacer las maletas se dio cuenta de lo poco que tenía: ni siquiera alcanzaba para llenar una sola maleta. Estos tres años parecían haberse desvanecido como un sueño.
En la mesita de noche vio el informe de embarazo, y en silencio se dijo: "era hora de ponerle fin".
En ese momento, Leticia entró con toda arrogancia al dormitorio principal, con el acuerdo de divorcio en la mano: —¿Ya recogiste todo?
Al notar en la mesilla ese papel y leer desde lejos las palabras "hospital maternoinfantil", una chispa de duda pasó por los ojos de ella.
Julieta, rápida de reflejos, tomó el informe de embarazo y lo arrugó en un puño. A su lado, ella exclamó, sorprendida: —¿Estás embarazada?
Capítulo 2
Julieta apretó con fuerza la prueba de embarazo. —Si estuviera embarazada, no me divorciaría.
—Claro, una mujer tan interesada como tú seguro aprovecharía la oportunidad de ascender de estatus con un hijo. Pero, aunque lo estés, Orlando nunca te querrá. Pues, vienes de una familia común y no estás a la altura de dar un heredero a la familia Rojas.
Julieta se dio la vuelta y entró en el vestidor, pero ella la siguió. —Espera, déjame ver ese papel.
Leticia, tras pensarlo, seguía sin quedarse tranquila; necesitaba confirmarlo. "Si esa mujer estaba embarazada, había que eliminarla".
Julieta sujetó con fuerza la prueba de embarazo. —Esto es mi privacidad.
—¿Privacidad? Yo digo que intentas robarte algún objeto valioso de la mansión. ¡Dámelo!
Leticia se abalanzó para abrirle la mano e incluso intentó cachetearla. Julieta, por reflejo, se protegió y Leticia terminó en el suelo, gimiendo. —¡Mi pie, me duele mucho!
—¡Julieta, ¿qué estás haciendo?!
Una voz masculina, se escuchó. Julieta giró la cabeza y vio a Orlando entrar; su corazón se encogió de golpe y murmuró: —No es lo que parece...
Pero él, con la expresión endurecida, pasó de largo junto a ella, se inclinó y levantó a Leticia del suelo. Entonces, su mirada cayó sobre el documento de divorcio tirado en el suelo, abierto justo en la última página... [Julieta].
Los ojos de él dudaron un instante. "¿Había firmado tan rápido y sin resistencia?"
—¿Orlando?
Él volvió en sí y, en voz baja, preguntó a Leticia: —¿Estás bien?
—Me duele mucho la mano... ¿Se habrá roto? ¿Podré seguir tocando el piano?
Él la dejó sobre la cama. —No, tranquila; haré que el médico te revise.
Dicho esto, volvió la cabeza y fulminó a Julieta con la mirada. —Discúlpate con Lety.
Ella era de los Suárez, con tres hermanos que la adoraban. Si su familia se enteraba de que había sido golpeada, Julieta pagaría un precio alto.
Al escuchar "Lety", el corazón de ella se encogió con un dolor insoportable.
Ella era su esposa, pero él jamás la había llamado con tanta cercanía. Incluso, esa vez, un mes atrás, cuando por accidente habían tenido relaciones y él había abrazado con ternura su cuerpo, el "cariño" que salió de sus labios debía de haber sido para "Lety". Ella se había engañado sola.
De principio a fin, no era más que la sustituta de Leticia.
El dolor en su pecho comenzó a volverse más fuerte. Con voz ronca, murmuró: —¿Disculparme?
—Fuiste tú quien la golpeó; hasta un niño entiende eso. Y además, ¿sabes lo importantes que son las manos para alguien que toca el piano?
Sí, un solo cabello de Leticia valía más que ella; no era más que una cualquiera al borde del camino.
Había aguantado tres años, pero ya no quería soportar más.
Julieta respondió con terquedad: —¡Créelo o no, fue ella quien me puso las manos encima!
El mayordomo, desde la puerta, añadió con malicia: —Señor, yo vi cómo la señora Rojas empujó a la señorita.
Orlando arrugó la cara y ordenó con severidad: —¡Discúlpate!
—¿Y si no lo hago?
Una chispa de sorpresa pasó por los ojos de él. "¿Desde cuándo mostraba un lado tan tenaz?"
Apretó sus labios. —Muy digna... Piensa en el final de Fernando, postrado en la cama del hospital.
En su momento, Fernando había golpeado a alguien y terminaron denunciándolo a la policía; en la huida sufrió un accidente de auto y seguía en coma en el hospital.
"¿Acaso ella no había aprendido la lección?"
Julieta contuvo las lágrimas. No podía creer que él la amenazara con el ejemplo de Fernando. Alzó la vista hacia la mujer que, sin pizca de vergüenza, se recostaba en la cama. La foto de boda colgada sobre el cabecero parecía burlarse de ella, recordándole que su propia existencia no era más que un chiste.
Al fin, Julieta inclinó la cabeza ante la realidad y, con la voz rota, murmuró: —Lo siento.
Leticia, dichosa por dentro, fingió amabilidad. —Por Orlando, te perdono.
Julieta enderezó la espalda y lo miró. —¿Puedo irme ya?
No quería quedarse ni un segundo más.
Recogió del suelo el acuerdo de divorcio y se lo entregó; esta vez su actitud era firme, sin titubeos.
Él le echó un vistazo al documento, arrugando la frente. No esperaba firmara con tanta determinación. Antes, siempre recurría a Mónica y él tenía preparadas las palabras con las que pensaba convencerla. Pero, no hizo falta.
Una incomodidad inexplicable se agitó en su pecho. Vio la maleta en el suelo... ¿estaba a punto de marcharse?
Alzó la mirada: —¿Ya encontraste dónde vivir?
—No.
La respuesta escapó de los labios de Julieta de forma automática; después lo miró con sorpresa. "¿Acaso acababa de mostrar preocupación por ella?"
Orlando apartó la vista con rapidez. —Ve a buscar hielo para ponérselo a Lety. Se torció el pie por tu culpa... ¿piensas irte así, como si nada?
"Ja... con que todo era por Leticia".
Por un segundo había creído que él se preocupaba por ella. Tres años de matrimonio, y no valía ni lo que un solo cabello de Leticia.
Con paso rígido, salió del dormitorio. La amante había entrado con descaro en la habitación conyugal para acostarse en su cama, y aun así, ella tenía que llevarle hielo.
"Julieta, ¿no eres despreciable?"
Al bajar las escaleras, pisó en falso. Extendió la mano y solo alcanzó a sujetarse de la planta más cercana, arrastrando con ella la maceta, que rodó escaleras abajo.
En el último instante, alguien la agarró de la mano.
Julieta se quedó atónita al ver que era Orlando quien la había salvado.
Con un tirón firme, él la atrajo hacia sí; su cabeza chocó contra su pecho y su mejilla quedó pegada a su corazón, alcanzando a escuchar sus latidos.
Ella, nerviosa, se echó hacia atrás intentando poner distancia entre ambos.
Pero, de pronto, sintió cómo su cuerpo se elevaba: él la rodeó por la cintura y la bajó en brazos por las escaleras. Su cara quedó apretado contra su pecho, envuelta de golpe por el aroma que emanaba de él.
Cuando al fin la dejó en el suelo, su cara ardía.
Aunque llevaban tres años casados, jamás habían tenido contacto físico, salvo esa ocasión del mes pasado.
Entonces, la voz fría de Orlando resonó sobre su cabeza. —Camina con más cuidado, no vaya a ser que termines tonta.
Julieta apretó los labios; poco a poco su ánimo se calmó. Al mirar el desastre de tierra y cerámica en las escaleras, dijo: —Ahora lo limpio.
—Que lo haga la servidumbre, ¿o no tienes otra cosa que hacer?
Arrugó la cara aún más. Para eso pagaba a tantos empleados; no era gratis.
Julieta recordó entonces a qué había bajado... a buscar el hielo para Leticia.
Una chispa de ironía cruzó su mirada. Al alzarla, notó que en la camisa de él había restos de tierra. Al ayudarle, se le habían pegado.
Orlando era maniático de la limpieza; sin duda eso debía incomodarle.
Pensó en advertírselo, pero él ya había subido. Por la dirección, iba al dormitorio principal. ¿Estaba tan preocupado por Leticia que ni siquiera reparaba en la suciedad de su ropa? Julieta soltó un suspiro, tomó el hielo y subió.
Al abrir la puerta del dormitorio, no encontró a Orlando. "¿Dónde estaba?"
Leticia, recostada en el cabecero, sonrió. —Deja el hielo y márchate. ¿O acaso quieres quedarte a atenderme? Quizás lo que quieres es presenciar mis escenas de amor con él. Después de todo, llevamos tres años sin vernos.
¡Las palabras de Leticia estaban cargadas de insinuación!
Fue entonces cuando Julieta escuchó el agua correr en el baño. ¡Orlando se estaba duchando allá!
Se puso pálida.
¡Apenas habían firmado el divorcio y él no podía esperar para tener intimidad con Leticia!
Capítulo 3
Julieta, al pensar en lo que iba a ocurrir en esa cama, sintió una oleada de náusea. Sin embargo, logró controlarse y se giró hacia el vestidor para recoger sus cosas; en poco tiempo tenía una maleta lista.
—Ernesto, la maleta parece de marca, búscale otra bolsa para guardar sus cosas.
Muy pronto, el mayordomo trajo un saco tejido, viejo y sucio. Lo arrojó frente a ella: —Usa esto.
Julieta se agachó y abrió la maleta. Detrás de ella, se oyó la voz de Leticia. —Después, revisa bien su equipaje, no vaya a ser que tenga las manos largas y se lleve algo que no le pertenezca.
Al escuchar esas palabras, Julieta recordó lo que Orlando había dicho sobre interrumpir el embarazo. Él estaba en el baño contiguo; si descubrían la prueba de embarazo, el bebé no tendría salvación.
Con Ernesto y Leticia acechando desde la entrada del vestidor, ella miró la prueba, escondida, y tomó una decisión.
Dio la espalda, rompió en pedazos el papel y, a escondidas, se lo fue metiendo en la boca hasta tragarlo todo. Mientras lo hacía, fijó la mirada en la ropa de Orlando colgada en el vestidor y sintió cómo su corazón moría poco a poco.
De ahora en adelante, ese niño no tendría nada que ver con la familia Rojas.
Julieta salió del vestidor arrastrando el saco tejido y dijo con frialdad: —¿Lo van a revisar?
Leticia se tapó la nariz con gesto de asco. —Que la registren fuera; ese saco apesta.
Si Orlando salía del baño y Julieta seguía allá, ya no habría forma de echarla. No podía permitirse dejar ese peligro cerca.
Ernesto dio un empujón a Julieta. —¿No oíste? ¡Largo!
Julieta caminó sola hasta la puerta principal de la mansión; ese corto trayecto le pareció un siglo.
Ernesto le arrancó el saco de las manos, tiró todas sus cosas en el suelo y comenzó a revisarlas.
Pero la prueba de embarazo ya estaba en su estómago.
Julieta se agachó para recoger sus pertenencias.
Entonces, sonó su celular.
Al contestar y escuchar la voz de Lourdes, las lágrimas le brotaron de golpe.
Hace un momento, ni las humillaciones de Leticia ni los malentendidos de Orlando habían logrado arrancarle una sola lágrima. Pero al oírla, ya no pudo contenerse. Con voz entrecortada, susurró: —Lourdes...
—¿Julieta, por qué lloras?
—Me divorcié... ya no tengo hogar.
—Niña tonta, ¿quién dice que no tienes hogar? Justo te llamaba para darte esta buena noticia: en realidad, tu familia me encontró. Tienes tres hermanos mayores, de Miraflores, de apellido Suárez, y, además, tres primos; en total son seis. Todos han venido a buscarte, ellos son tu familia.
Julieta se quedó helada. —¿Mi familia?
Que era huérfana, eso lo había sabido desde siempre, pero jamás se le ocurrió buscar a su familia. Si sus padres la habían rechazado, no veía necesario ir detrás de ellos.
—Julieta, no llores, ¡anda, vuelve a casa! A mí no me importa nada esa nobleza de alta alcurnia. ¿Quieres que le diga a tu hermano que vaya por ti...?
Antes de que Julieta alcanzara a responder, el celular se apagó: se había quedado sin batería.
Su corazón, en cambio, era un torbellino. "¿De verdad había encontrado a su familia?"
—¿Julieta, qué drama haces ahora?
En ese instante, Orlando salió del vestíbulo con una bata. Con buena intención, le había permitido quedarse unos días; y en lo que se duchaba, ella ya estaba recogiendo sus cosas para marcharse.
Al ver las pertenencias desparramadas por el suelo, sin un solo artículo de lujo, arrugó la cara.
"¿No se había casado con él por esas cosas?" "¡Y no se llevaba nada!"
Su mirada se posó en el saco tejido, sucio y desgastado. —Otra vez con tu jueguito de hacerse la víctima. ¿A quién pretendes conmover? ¡Si la abuela ni siquiera está aquí!
Durante tres años de matrimonio, aunque nunca la había querido, jamás la había dejado desatendida en lo económico.
Y con el divorcio, le había dado una suma enorme, suficiente para vivir sin preocupaciones.
"¿De verdad quería irse o todo era un teatro?"
Julieta apretaba con fuerza su celular; aún no asimilaba lo que Lourdes le había dicho: que su familia había aparecido. Durante años había soñado con ser encontrada, con dejar de estar sola.
Estaba tan absorta que, a los ojos de él, parecía asentir con su silencio.
Leticia salió tras ellos, fingiendo cojear: —Justo ahora estaba recogiendo sus cosas para irse, pero se empeñó en llevarse un saco mugriento de la cocina. Yo intenté detenerla, pero fue inútil.
Ernesto, intervino para añadir veneno: —Señor, yo solo quise aconsejar a la señora que no usara esa bolsa, pero no quiso escucharme y acabó tirando toda la ropa al suelo. Tenía una maleta de marca y prefirió no usarla, solo para hacerse la pobre. Si esto se sabe, van a decir que la familia Rojas la maltrataba.
El ambiente quedó en silencio. Julieta escuchaba las acusaciones de los dos contra ella, inmóvil.
Alzó la vista hacia Orlando, esperando saber qué diría él.
Él, con una mirada afilada, dijo con frialdad: —¿No tienes nada que decir?
¡Efectivamente!
En los ojos de ella brilló una chispa de burla: —Lo que había que decir, ellos ya lo dijeron todo. Yo no tengo nada más que añadir.
"De todos modos, aunque hablara, tú no me creerías. ¿Para qué gastar saliva en algo inútil?"
—¿Julieta, aún no estás satisfecha? ¿Qué más quieres?
En sus ojos, ella no era más que una mujer que se había casado por dinero.
Ella, con el gesto resignado, respondió: —Yo solo quiero ser una señora rica que sabe gastar. Mira a las esposas de los demás: si no están de compras, están en el salón de belleza o tomando el té de la tarde. Desde que me casé contigo, el lugar al que más he ido es la cocina, y lo más lejos, el mercado. Han pasado tres años y, para colmo, me echas de la casa. ¡Tres años de juventud desperdiciados! Ahora que estamos divorciados, ¿no puedo dejar de servirte?
Soltó de golpe el resentimiento acumulado durante años y, al instante, sintió un gran alivio.
En efecto, vivir sin modales hacía la vida mucho más fácil.
—¿Ya terminaste?
En la mirada de Orlando había cierta perplejidad. Él le había dado una tarjeta con quince mil dólares al mes.
Cada temporada pedía a Ernesto que le llevara ropa y bolsos de marca.
Incluso los gastos médicos de Fernando habían sido cubiertos por él.
Y, tras el divorcio, le había entregado una gran cantidad de bienes, suficientes para que viviera sin preocupaciones. Ya había sido más que generoso.
¿Aun así le parecía poco?
—Esto no se termina de decir en un momento.
—¡Continúa!
—Si quieres escuchar, tendrás que pagar más.
Los labios de Orlando formaron una línea. —Julieta, si amas tanto el dinero, esa codicia desmedida no te traerá buen fin.
Efectivamente, después de todo lo dicho, ella seguía pensando que el dinero era insuficiente.
Orlando se sintió decepcionado. Al encontrarse con los ojos obstinados de Julieta, tan limpios y transparentes, no lograba comprender cómo esa mujer, vanidosa y llena de mentiras, podía tener una mirada tan pura.
En realidad, nunca había pensado en casarse con ella. Pero, ya que lo habían hecho, si hubiera sabido comportarse y obedecer, a él no le habría importado su origen humilde; al fin y al cabo, tenía dinero para mantenerla.
Sin embargo, ella había provocado problemas una y otra vez y, ni siquiera dispuesta a fingir, mostraba su verdadera cara.
En teoría, él debería sentirse liberado, pero al ver su firma en el acuerdo de divorcio, lo invadió una sensación de vacío.
En los ojos de Julieta se escondía una tristeza, aunque fingía indiferencia. No quería que, en el momento de marcharse, su dignidad quedara en el suelo para que él la pisoteara.
Leticia, al ver que la situación no iba bien, dijo: —Julieta, ¿firmaste el divorcio porque ya encontraste un nuevo pretendiente?
El semblante de Orlando se ensombreció notablemente. Sus ojos se clavaron en Julieta con una mirada penetrante, llena de escrutinio.
Julieta, al ver la desconfianza en su expresión, no se dejó intimidar y respondió: —Sí, siempre que el nuevo amor sea lo bastante bueno, no habrá ex al que no se pueda olvidar.
En los ojos de Orlando había ira. —¿Comes de lo mío, bebes de lo mío y aun así mantienes a otro hombre?
Julieta bajó la vista hacia la ropa tirada en el suelo. —Te la devuelvo.
Solo había tomado unas cuantas prendas sin importancia; en cambio, los bolsos y joyas de marca no se había llevado ni uno.
Orlando ni siquiera miró la ropa; su mirada seguía fija en ella. —También lo que llevas puesto lo compré yo.
—También te lo devuelvo.
Los ojos de Orlando se enturbiaron con frialdad, sin apartarse de ella ni un instante.
Los ojos de Leticia brillaron. Emocionada, sacó el celular a escondidas, dispuesta a grabar esa escena tan jugosa.
Julieta se quedó de pie, como si ya no le importara nada.
Poco a poco fue desabrochando los botones de su blusa, dejando al descubierto su clavícula, así como unas curvas apenas insinuadas.
Los ojos de Orlando se contrajeron; ¡no esperaba que se atreviera a desnudarse!
Su rostro se puso pálido: —¡Basta! Julieta, no tienes escrúpulos. ¡Lárgate, no quiero volver a verte!
Dicho esto, se dio la vuelta y caminó hacia el vestíbulo, con una expresión fría e indiferente, como siempre.
La mano de Julieta se detuvo, y en sus ojos brilló una burla: "¿no había sido él quien la había provocado a desvestirse?"
Sus manos estaban empapadas de sudor; hace un momento, estaba dispuesta a arriesgarlo todo.
Leticia, algo decepcionada, guardó el teléfono y, alzando las cejas con arrogancia, dijo: —Aunque quieras rebajarte, tendrás que ver si hay algún incauto dispuesto a pagar por ti. De lo contrario, quitarte la ropa no te sirve de nada. Naciste en una familia humilde, así que resígnate: en esta vida solo serás una plebeya. No sueñes con llevar una vida rica y lujosa.
Julieta, con el bolso sucio en la mano, respiró. A veces, envidiaba a quienes nacían con suerte.
Cada vez que la maltrataban, ella fantaseaba con que su familia apareciera para defenderla.
Pero sabía que esas fantasías solo existían en las telenovelas. Incluso aunque encontrara a su familia, no aparecerían en una escena así.
En ese instante, un zumbido resonó en el cielo: un helicóptero descendió con una presencia imponente sobre el césped.
De él bajaron varios guardaespaldas vestidos de negro, que avanzaron con paso firme y amenazante.
A lo lejos, Orlando, al escuchar el ruido del helicóptero, se detuvo en la puerta del vestíbulo y vio con sus propios ojos cómo esos hombres se plantaban frente a Julieta.
Uno de los guardaespaldas habló con respeto. —¡Señorita Julieta, hemos venido a recogerla!
Capítulo 4
"¿Venir a buscarla?"
Julieta miró el helicóptero frente a ella y, de pronto, recordó la llamada que acababa de recibir de Lourdes diciendo que había encontrado a su familia.
"¿Era cierto que habían mandado a alguien de casa a recogerla?"
Julieta se pellizcó la cara, pensando que estaba soñando. De lo contrario, ¿cómo podía ser que descendiera un helicóptero para llevarla de regreso a casa?
"¿Un sueño que había tenido durante veinte años se estaba cumpliendo?"
Leticia, con una expresión llena de burla, dijo: —Julieta, sí que sabes montar un teatro. ¿De dónde sacaste a esos actores? Lo hacen bastante bien. Pero pobre es pobre, y aunque te disfraces, no puedes ocultar tu aire de muerta de hambre. ¿Helicóptero? Seguro que es la primera vez que te subes a uno. ¡No tienes ni idea de lo que es el mundo!
Julieta aún no había dicho nada cuando, a su lado, uno de los guardaespaldas levantó la mano y le dio una cachetada a Leticia tan fuerte que la hizo caer al suelo.
Leticia gritó: —Julieta, ¡cómo te atreves a dejar que me golpeen! ¿Sabes quién soy yo? ¿Sabes quién es mi hermano? ¡Haré que tu familia entera lo pague con su vida!
Al ver lo descompuesta que estaba, Julieta sonrió. —¿Y qué?, ¿tu hermano es tan importante?
Sin detenerse, giró y caminó hacia el helicóptero. Detrás de ella resonó la voz de Orlando, cargada de enojo. —¡Julieta, detente!
Sus pasos vacilaron un instante, pero al final no se volvió y subió al helicóptero.
Él, viendo cómo su figura se alejaba cada vez más, aceleró el paso hasta echar a correr. A su lado, Leticia, con gesto de lástima, le agarraba del brazo. —Lo viste, se atrevió a pegarme.
Pero Orlando no le dirigió ni una sola mirada. Sus ojos estaban fijos en la silueta de Julieta, que subía al helicóptero y se marchaba. Su mirada era compleja... ¡Esa mujer se fue!
—Seguro que Julieta ya tenía preparado a otro. Si no, ¿cómo iba a ser que justo tras divorciarse viniera un rico a mandarle un helicóptero?
—¡Cállate!
Los ojos de Orlando se entrecerraron. Había creído que Julieta solo estaba presumiendo, intentando provocarlo.
Pero no... ¡ella ya había encontrado a otro!
De inmediato, llamó a Juan. —Julieta acaba de ser recogida en un helicóptero. Averigua a dónde la llevaron.
—¿En serio te preocupa tanto? Si ya te traicionó buscando a otro hombre...
—Cierra la boca.
Con la frente arrugada, Orlando respondió: —Solo quiero darle una explicación a la abuela. Su vida o su muerte no tienen nada que ver conmigo.
Leticia, furiosa, rechinó los dientes, pero no se atrevió a replicar. Casi olvidaba que Mónica tenía mucho aprecio por ella.
...
En el helicóptero, Julieta contemplaba el paisaje de la ciudad con una ligera sonrisa en los labios: por fin estaba liberada.
Media hora después, el helicóptero aterrizó en la azotea de un lujoso hotel.
Bajó del helicóptero y, a ambos lados, una fila de fornidos guardaespaldas la recibió al unísono. —¡Señorita Julieta, bienvenida a casa!
Ella dio un salto ante semejante despliegue, "¿no era todo esto demasiado exagerado?"
Al fondo distinguió a dos personas: una era Lourdes, la otra, un hombre alto, imponente, vestido con un traje negro impecable y semblante serio.
"¿Sería ese su hermano?"
"Pero Lourdes le había dicho que tenía seis hermanos..."
—Julieta, por fin has vuelto.
Lourdes corrió hacia ella y la abrazó con fuerza. —Has sufrido mucho, ¿verdad? Pero mejor así, ya te has divorciado y tu familia te ha encontrado. Vamos a empezar de nuevo.
Con los ojos enrojecidos, Julieta asintió. —Está bien.
—Ven, te voy a presentar. Este es tu hermano mayor.
Julieta miró al hombre que se acercaba. Era guapo, con un porte frío y distinguido, un aire de élite. Su sola presencia imponía respeto, con una autoridad natural muy parecida a la de Orlando.
Alberto Suárez contemplaba a la muchacha que tenía delante. Era delgada, con el rostro pálido; y, de pronto, algo le oprimió el pecho. Él, que siempre encontraba las palabras precisas, se quedó sin voz.
Julieta, al ver que pasaba el tiempo sin que dijera nada, rompió el silencio con cierta incomodidad. —Hola.
Alberto, al escuchar ese "hola", se sintió aún más culpable. "¿Acaso le reprochaba en silencio?"
Ese hombre solía dominar los negocios con tanta firmeza. Entonces, habló con cautela: —¿Tienes algún deseo en este momento?
—¿Deseo? —repitió, desconcertada.
—Sí, lo que más quieras hacer ahora mismo.
Julieta bajó la mirada. —Quiero volver a casa.
Los dedos de Alberto se apretaron. "¿Volver a casa?" Lo que ella llamaba "casa" debía de ser ese lugar.
Si no la hubieran perdido, Julieta no habría pasado por tantas dificultades.
En ese momento, Lourdes la tomó del brazo y le dijo con cariño: —No hay afán. Tus otros hermanos llegarán pronto. Ya los verás y después regresamos. Donde hay familia, ahí está el verdadero hogar.
Alberto lanzó una mirada de gratitud hacia Lourdes. De no ser porque esa mujer había cuidado de Julieta con tanto esmero, su hermana habría tenido una vida aún más dura. Con respeto, dijo: —Ya tenemos habitaciones reservadas. Vamos primero al restaurante a cenar.
Julieta caminaba junto a Lourdes, mientras delante de ellas avanzaba el hermano mayor. Descubrió que era un hombre poco hablador, distante y frío, nada fácil de tratar.
Aunque... ¡parecía que Alberto tenía mucho dinero!
Desde la azotea del hotel, Julieta miró hacia abajo. El entorno era de un nivel altísimo, un lugar al que nunca había tenido acceso.
Alberto, en cambio, pensaba en la vieja casa donde ella tendría que regresar a vivir, y la angustia lo ahogaba.
Julieta lo miró y preguntó: —¿Qué te pasa?
—No es nada, solo me entró un poco de arena en el ojo. Julieta, ¿no has pensado en cambiar de lugar para vivir?
Él había preparado muchas casas y más adelante pensaba escoger una para Julieta, en la villa más lujosa.
Julieta negó con la cabeza. —No hace falta. Yo creo que mi antiguo hogar está bien. Ese es el lugar donde crecí; por muy grande que sea la villa, no lo cambiaría, ni lo envidio.
Las palabras que Alberto tenía en la garganta terminaron por ahogarse.
Claro, había sido él quien había perdido a Julieta en ese entonces y, durante todos estos años, no había cumplido ni con una pizca de responsabilidad; por eso Julieta se negaba a vivir en la villa que él le ofrecía.
Alberto suavizó el tono. —De acuerdo, como digas.
Si ella podía vivir allá, él también podía. Decidió acompañarla en las buenas y en las malas.
Mejor, compraría todo el edificio.
Después desocuparía los demás pisos, donde podrían instalarse los sirvientes para atender a Julieta en cualquier momento.
La idea le parecía perfecta.
El grupo llegó al vestíbulo. Alberto echó un vistazo al teléfono. —Julieta, me está llamando tu cuñada, ustedes vayan adelantándose y siéntense.
Él se apartó. Del otro lado, se escuchó la voz clara y animada de una mujer. —Cariño, traje un grueso fajo de escrituras de propiedades, además de las joyas que he atesorado durante años, bolsos de edición limitada y también autos de lujo; todo lo empaqueté y lo traje. Después veremos qué le gusta a tu hermana.
Alberto suspiró. —Esos regalos de bienvenida, mejor déjalos para más adelante.
—¿Por qué?
—Porque mi hermana no es tan fácil de contentar; al menos con dinero no se la puede comprar.
—¡Alberto, ya te lo había dicho! Tenías que esperar a que yo llegara, pero insististe en ir tú antes a recogerla. ¿Qué palabras bonitas podías decir tú? La perdiste durante tantos años y ella ha vivido tan mal; en su corazón seguro guarda resentimiento. Tú no eres de esos hombres que saben explicar, así que ir tú fue como no ir.
Él se frotó el entrecejo: —¿Y ahora qué hacemos?
Solo había sido por la impaciencia; justo estaba de viaje de negocios por allá y, por eso, se apresuró a venir de inmediato.
—¿Qué más? Ya lo echaste todo a perder. Ahora solo queda recurrir a una táctica de sacrificio.
—¿Qué táctica de sacrificio?
—No lo sé, piénsalo tú. En todo caso, que tu hermana no llegue a descubrir que, durante más de diez años, ella sufrió, mientras ustedes disfrutaban de la buena vida.
Alberto medio entendió, medio no. Solo tenía la cabeza a punto de estallarle.
Frente a una hermana tan distante y desconocida, la sentía tan frágil como el cristal; temía que se rompiera al tocarla, o que se deshiciera con solo mirarla.
...
Mientras tanto, Julieta, un tanto cohibida, llevó a Lourdes a un restaurante cercano.
La señora bajó la voz. —Parece que tu hermano tiene mucho dinero. En el futuro, ya no tendrás que sufrir.
—En las familias ricas nada es tan sencillo. Yo ni siquiera sé por qué me abandonaron; quizá solo salté de un infierno a otro.
—¡Bah, bah, bah! No digas tonterías. Una vez un adivino aseguró que tu destino era de riqueza y prosperidad.
Julieta tomó del brazo a Lourdes. —Si mandó un helicóptero a buscarme, ¿eso significa que ya sabe lo de Orlando y yo?
—No lo sabe. Yo solo dije que trabajabas a tiempo parcial en esa villa. Entiendo que no quieras hacer público tu matrimonio con Orlando, por eso no se lo conté a nadie.
Julieta soltó un suspiro de alivio. "Menos mal".
De pronto, Mauricio y Amelia se abalanzaron hacia ella, insultándola. —¡Julieta, mujer desagradecida! Cuando eras una huérfana de la que nadie quería hacerse cargo, fue nuestra familia la que, de buena fe, te acogió. ¿Y ahora que encontraste a una familia adinerada, quieres librarte de nosotros? ¡Nosotros somos tus benefactores!
Capítulo 5
Julieta vio a Mauricio y a Amelia, y la sonrisa en su cara desapareció de inmediato: —¿Ustedes todavía tienen la cara de decir que son mis benefactores? En ese entonces casi me moría de hambre en casa; fue Lourdes quien me dio un plato de comida. Después fueron ustedes quienes me arrojaron a Lourdes para que me criara.
Lourdes se mostró algo sorprendida. —¿Cómo encontraron este lugar? ¡Si yo no le he dicho nada a nadie!
Amelia, con las manos en la cintura, replicó: —¿Cómo puedes hablar así? Nosotros fuimos los padres adoptivos de Julieta; ¿ahora quieres apropiarte de ese mérito? ¡Ni lo sueñes!
Mauricio escupió una flema. —Exacto. ¿Dónde están los familiares de Julieta? Si pueden permitirse vivir en un hotel tan caro, seguro son ricos. Que nos den una compensación.
Jamás imaginaron que esa niña recogida al azar tendría una familia de plata. ¡Se les había presentado la oportunidad de hacerse ricos!
Julieta se colocó delante de Lourdes para protegerla y miró fríamente a los dos. —¡Sigan soñando! No les daré ni un céntimo. La pelea de Fernando fue por culpa de ustedes; lo arrastraron y acabó en un accidente. Encima, la deuda nunca la pagaron. Si no hubieran retrasado el tratamiento, Fernando no estaría postrado en el hospital.
Al escuchar eso, los ojos de Lourdes se humedecieron. De no haber sido así, Julieta no se habría visto obligada a casarse con un hombre moribundo solo para poder pagar las facturas médicas.
Mauricio, estaba algo inseguro.
Pero Amelia, en cambio, se irguió con descaro y, lanzándose contra Julieta, gritó: —¡Desgraciada, te has pasado! ¡Voy a darte una buena lección!
—¡A ver quién se atreve a pegarle a mi hermana!
Una voz tajante retumbó en el lugar.
Alberto se acercó rápidamente, con una imponente presencia que infundía miedo, seguido de un grupo de guardaespaldas.
Mauricio y Amelia se quedaron petrificados. Amelia encogió el cuello y murmuró: —Estoy educando a mi hija, ¿tiene que ver contigo?
Alberto, con una expresión gélida, replicó: —Ella es mi hermana, ¿desde cuándo es tu hija?
Los ojos de Mauricio brillaron de codicia y, frotándose las manos, dijo con descaro: —Tú debes de ser de la familia de Julieta, ¿verdad? No fue fácil para nosotros criarla; ahora deberían darnos algo de dinero. De no ser por nosotros, se habría muerto de hambre.
—¿Y cuánto quieren?
—No mucho, ciento cincuenta mil dólares.
Amelia, tras recibir una mirada de complicidad, rectificó. —Setecientos mil mejor.
Alberto chasqueó la lengua. —¿Setecientos mil por la valía de mi hermana? ¡Ni hablar! ¡Como mínimo, catorce millones de dólares!
"¿Setecientos mil dólares? ¿Y a quién creen que desprecian?"
¡Se trataba nada menos que de la hermana de Alberto!
En todos esos años había gastado cientos de millones en la búsqueda de ella. Con tal de encontrarla, estaba dispuesto a entregar toda su fortuna si era necesario.
Mauricio y Amelia quedaron aturdidos con la gran suma; "¡catorce millones! Ni en toda una vida lograrían gastarlos".
Julieta soltó una risa fría: —Ustedes sí que son codiciosos, ¿todavía pretenden catorce millones de dólares? ¡Aunque los donara, no les daría ni un centavo!
—¡En su día la encerraron en el cobertizo y ni siquiera le daban de comer! Cuando la encontré, apenas le quedaba vida. ¿Y tienen la cara de venir a pedir dinero? ¡Qué vergüenza!
Julieta tomó del brazo a Lourdes. —No te enfades, no merece la pena hacerles caso.
Mauricio, lleno de rabia y vergüenza, alzó la mano para golpearla. —¡Julieta, maldita seas, qué desagradecida!
Alberto le dio una patada que lo mandó volando. —Ese dinero es para quienes de verdad criaron a mi hermana, ¿qué tiene que ver con ustedes?
No cabía duda: "Ambos eran unas sabandijas".
Julieta se sobresaltó al ver a Mauricio tendido en el suelo. ¡Alberto lo había derribado de una sola patada!
"Parecía...¡un poco feroz!"
Alberto se volvió hacia ella y, con voz serena, dijo: —Llévate a Lourdes, yo me encargo de esto.
—Pero...
—Confía en mí. Antes estabas sola, pero ahora me tienes a mí.
Las pestañas de Julieta temblaron y algo en su interior se conmovió. "¿Era esto lo que se sentía al ser defendida por la familia?"
No dijo nada más; se llevó a Lourdes con ella.
Cuando Alberto las vio marcharse, giró y su expresión se endureció. Hacía años que no se manchaba las manos, pero esa vez no podía contenerse. "¡Atrévanse a maltratar a Julieta!" "¡Están firmando su sentencia de muerte!"
Los guardaespaldas formaron un círculo a su alrededor, bloqueando toda mirada indiscreta.
Alberto los observó desde arriba, con los ojos cargados de furia. —¿En un cobertizo? ¿Sin comida?
—E-eso fue porque en la casa no había suficientes habitaciones; el cobertizo en realidad era calientito.
—Sí, sí... en ese entonces éramos muy pobres, apenas teníamos para comer.
Alberto permaneció imperturbable; cuando se movió, ni siquiera pestañeó. En cuestión de segundos, Mauricio y Amelia quedaron sin palabras, con varios dientes arrancados y la cara cubierta de sangre.
Se arrepentían profundamente. Ese hombre con aspecto de bestia no parecía un millonario, sino un mafioso.
Alberto se frotó la muñeca y, con voz helada, ordenó: —Llévenselos. Que Julieta no los vea.
"No podía permitir que su hermana, tan frágil y asustadiza, se impresionara con esa escena. ¿Cómo podría seguir siendo para ella un hermano bondadoso, recto y nada feroz?"
Él se fue al restaurante y, al mirar a Julieta, su expresión se tornó cálida. —¿Qué quieres comer? Pide lo que quieras.
Julieta echó un vistazo hacia el vestíbulo y, al no ver a Mauricio ni a Amelia, preguntó: —¿Dónde están?
—Hablé con ellos de manera amistosa; supongo que se sintieron avergonzados y se marcharon.
Una chispa de duda brilló en los ojos de Julieta. "¿Eran tan fáciles de convencer?"
Alberto, imperturbable, tomó una toalla y limpió las manchas de sangre de sus dedos. —Si alguna vez vuelven a aparecer, llámame.
Julieta ya no se sentía tan distante con ese hermano. Miró el menú, nada barato, y preguntó: —Tú eres muy rico, ¿verdad?
Alberto se quedó pasmado y su mente empezó a trabajar a toda velocidad.
"¿Qué me dijo mi esposa hace un rato?"
"¡Fingir ser pobre!"
Al instante, contestó sin dudar. —No.
—¿Pero no acabas de decir lo de los catorce millones de dólares?
—Eso fue para engañarlos.
—¿Y este hotel tan caro? El restaurante tampoco es barato.
—Antes trabajé aquí; había menú de empleado y, la verdad, salía bastante barato.
Lourdes no pudo evitar añadir: —¿Y el helicóptero? ¿Y todos esos guardaespaldas?
—Eso también lo alquilé.
Alberto miró al guardaespaldas más cercano, sacó un fajo de billetes y se lo entregó: —Guárdalo, es el sueldo de ese día.
El guardaespaldas: —¿Lo acepto o no?
Alberto, entrecerrando los ojos, añadió: —Creo que lo mejor es que lo aceptes.
El guardaespaldas tomó el dinero y salió del lugar.
Julieta parpadeó sorprendida. —Entonces, ¿todo lo de antes lo hiciste a propósito para impresionarnos?
—Eh... sí. Después de todo, era la primera vez que nos veíamos; tenía que montar un poco de espectáculo.
Alberto notó que Julieta no lo rechazaba tanto y, en ese instante, sintió que había tomado la decisión correcta: a partir de ahora, sería un pobre.
Lourdes preguntó con suspicacia: —¿Y a qué te dedicas?
Él volvió a quedarse en silencio. No podía decir que era un magnate inmobiliario, pero tampoco quería mentir descaradamente. Murmuró con evasivas: —La empresa en la que estoy... se dedica a vender casas.
"Sí, a vender casas".
Aunque la empresa fuera suya.
Lourdes asintió, comprendiendo. —Ah, agente inmobiliario. En realidad, no importa a qué te dediques; nosotros somos gente común. Julieta no es de las que miran si uno es rico o pobre. Con que la traten bien, es suficiente. No hace falta tanto teatro; al final, es un desperdicio.
Julieta asintió también. —Exacto, a mí no me importan esas cosas.
Las intrigas de las familias ricas eran demasiado complicadas; en realidad, ella no se sentía cómoda en ese ambiente.
—Si no te gusta, no lo volveré a hacer.
—¿Y a qué se dedican los demás hermanos?