Cuna Llena, Corazón Vacío
Capítulo 1
En el décimo aniversario de su matrimonio, Catalina Medina llevó personalmente a su esposo, Jacinto Delgado, a la cama de su cuñada.
Se quedó afuera de la puerta, escuchando cómo la cama crujía dentro de la habitación.
Los jadeos del hombre y los sollozos de la mujer se entrelazaban, convirtiéndose en una punzada en el pecho de Catalina, dejándola sin aire.
Poco después, su padre, Roberto, y su madre, Liliana, llegaron apresuradamente.
Ambos tenían los ojos enrojecidos y Liliana, sin pensarlo, levantó la mano y le dio una cachetada brutal a Catalina.
—Solo te pedimos que obtuvieras una muestra de semen, igual que hace seis años. ¿Cómo pudiste permitir que tu cuñada saliera perdiendo?
Gritó Liliana, y luego, entre sollozos, cambió a los puños, golpeando con desesperación. —Aunque solo seas la hija adoptiva de esta familia, todos estos años no te hemos tratado mal. Emi, cuando vivía, realmente te quería. ¿Quieres que ni siquiera después de muerto pueda descansar en paz?
Catalina apretó los labios, soportando el estallido emocional de Liliana, pero no pudo evitar que su vista se nublara.
Días antes, Catalina había recibido una noticia impactante.
Su sobrino Clau resultaba ser hijo de Jacinto.
Roberto y Liliana le habían dicho que su hermano Emiliano padecía oligospermia y que varios intentos de fertilización in vitro habían fracasado.
Para asegurar la descendencia de la familia Medina, habían obtenido en secreto una muestra del semen de Jacinto y la combinaron con el óvulo de su cuñada, Berta Valdez.
Al principio, aquel secreto pudo seguir oculto.
Pero el día en que Emiliano murió, Clau fue diagnosticado con leucemia, y solo la sangre del cordón umbilical de un pariente consanguíneo podía salvarlo.
En medio de los gritos, la puerta del dormitorio se abrió de golpe.
El acto sexual había terminado; Jacinto, con una toalla envuelta en la cintura y el torso desnudo, salió.
Primero miró a Roberto y Liliana, y su mirada, dura y cortante, los recorrió una y otra vez. —¿Qué pasa? ¿Quieren que sea una herramienta reproductora para ustedes, la familia Medina, y ni siquiera están dispuestos a darme una compensación?
Roberto y Liliana temblaron involuntariamente y su autoridad se desmoronó de inmediato.
Al fin y al cabo, desde la muerte de Emiliano, el Grupo Titanio se mantenía prácticamente solo gracias a Jacinto.
Por eso, cuando decidieron robar su esperma, también lo hicieron pensando en eso.
Esperaban que, una vez que Jacinto conociera la verdad, siguiera entregándose por completo a los negocios de la familia Medina.
En el silencio cargado de tensión, Jacinto apartó la mirada y la fijó en Catalina.
—¿No vas a entrar a atender a Berta? Debe de estar cansada.
La palabra "cansada" se deslizó entre los labios de Jacinto, y ese tono de insinuación era el mismo que antes solo murmuraba al oído de Catalina.
El pecho volvió a dolerle con una punzada tan aguda que casi se dobló de dolor.
—¿Qué pasa? ¿No quieres? —Jacinto soltó una risa burlona. Le sujetó la barbilla con una mano y sus ojos se detuvieron brevemente en la cara hinchada de Catalina antes de volver a llenarse de frialdad—. Por la familia Medina, empujaste a tu propio esposo hacia la cama de otra; ¿y ahora, cuando te toca a ti, no puedes soportar un poco de dolor?
Catalina bajó la mirada, obligando a las lágrimas a retroceder.
Las exigencias de Roberto y Liliana, la vida de Clau y el futuro de la familia Medina colgaban sobre su cabeza como espadas afiladas, forzándola a consumar aquella farsa absurda.
Qué irónico. Era realmente absurdo.
Jacinto había dominado el mundo de los negocios durante años y, justo cuando tenía todo el poder en sus manos, ¿cómo iba a aceptar ser controlado por otros?
Incluso había descubierto la verdad unos días antes que Catalina. Fingió ignorarlo, esperando su decisión.
Cuando confirmó que Catalina se inclinaba por la familia Medina y que iba a actuar en su contra, aquel hombre que siempre había sido tan sereno y contenido perdió la razón, desatando su furia y rompiendo todo a su alrededor.
—Catalina, si no fuera porque te amo, jamás habría protegido la familia Medina.
—¿Qué crees que soy? ¿Una herramienta? ¿Su esclavo?
...
Las acusaciones de Jacinto fueron tan punzantes que atravesaron el corazón de Catalina, y sus ojos se tiñeron de un rojo intenso.
Al verla tan desdichada, Jacinto aflojó un poco la presión de su mano, aunque su voz permaneció fría. —Si no estás de acuerdo, entonces no me importa la vida de tu sobrino.
—Acepto —respondió Catalina de repente. Se secó las lágrimas, respiró hondo y caminó hacia el interior de la habitación.
Al verla así, el rostro de Jacinto volvió a endurecerse. La observó con frialdad, y sus labios se curvaron en una sonrisa cruel.
—Heh... eres realmente una buena hija. Ya que es así, durante el tiempo que coopere con ustedes para darles un segundo hijo, tú no serás más que una sirvienta de esta familia, mi esclava.
—De acuerdo —susurró Catalina. Cerró los ojos y se tragó toda la amargura que la consumía por dentro.
Berta estaba acurrucada con timidez al borde de la cama. Al ver entrar a Catalina, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. —Catalina, lo siento. Si no fuera porque mi cuerpo no puede soportar otro tratamiento de fertilización in vitro, ustedes no estarían pasando por esto.
—No digas más —murmuró Catalina, moviendo la mano con cansancio.
La furia de Jacinto necesitaba un lugar donde desahogarse; la de Roberto y Liliana, también. Pero Berta, en el futuro, tendría que seguir viviendo con los Medina y criar a dos hijos.
Así que toda la culpa solo podía caer sobre Catalina.
Capítulo 2
Como la parte culpable, Catalina se vio obligada a soportar todo tipo de humillaciones.
Los ruidos que provenían del cuarto de Jacinto cada noche se volvían más intensos.
Al principio se limitaban a la habitación, pero luego el campo de batalla se extendió al salón y al pasillo.
Jacinto era un hombre de gran fuerza, y Berta no podía resistirlo; por más que intentara mantener los labios cerrados, siempre terminaban escapándosele gemidos cargados de ambigüedad.
Catalina se acurrucaba en su cuarto, intentando taparse los oídos con fuerza, pero ni siquiera le quedaba ese último pedazo de refugio: Jacinto no estaba dispuesto a dejárselo.
Entró cargando a una Berta con la ropa desordenada, la mandíbula tensa y erguida, y una mueca fría y burlona en los labios.
—Servir a los demás implica saber comportarse como quien sirve.
Ese "servir" incluía preparar la habitación antes del acto, atender durante el proceso y limpiar el campo de batalla después.
Catalina se volvió cada vez más silenciosa, pero no rechazó nada; bajaba la cabeza y cumplía con todo lo necesario, como una máquina sin emociones.
Parecía que, por la familia Medina, ya no le importaba Jacinto.
No le importaba que él se acostara con otra mujer, ni siquiera que pudiera llegar a enamorarse de alguien más.
Esa indiferencia hacía que las venas en la sien de Jacinto palpitaran con furia.
Tras otra noche en la que Catalina le cedió su habitación sin decir una palabra, Jacinto no pudo contenerse y la arrinconó contra la pared.
—¿Qué pasa? ¿Por tu familia estás dispuesta a humillarte hasta este punto?
—¿O es que, en realidad, lo haces por Emiliano?
—¿O tal vez nunca me quisiste?
Catalina ya no tenía a dónde retroceder; su respiración se volvió entrecortada y su mente se nubló por completo.
No entendía por qué Jacinto debía arrastrar a Emiliano a todo aquello.
Pero la realidad no le daba tiempo para pensar. Solo sabía que Clau necesitaba llevar el apellido Medina, y que el hermano o la hermana que podría salvarle la vida solo podría nacer como un hijo póstumo de Emiliano, y, por lo tanto, también debía llamarse Medina.
El silencio de Catalina fue toda la respuesta que necesitó.
Él le soltó las muñecas y retrocedió lentamente con una sonrisa amarga; cuanto más reía, más se le enrojecían los ojos.
—Catalina, si insistes en ser la buena hija de la familia Medina, te lo concedo.
Dicho esto, Jacinto volvió a tomarla del brazo y, con brusquedad, la empujó dentro del auto.
A mitad del camino, el teléfono volvió a sonar: era la llamada de una cena de negocios que lo apremiaba. Jacinto respondió brevemente, colgó y, con una sonrisa irónica, dijo: —Mi querida esposa, esta noche necesito que me ayudes en la reunión. Al fin y al cabo, si bebo demasiado, no puedo garantizar que el niño nazca sano.
Catalina permaneció en silencio, aunque su corazón dio un vuelco repentino.
En realidad, no podía beber mucho alcohol.
Antes, cuando acompañaba a Jacinto en algunos compromisos, apenas podía soportar unas pocas copas antes de que su estómago se revolviera de dolor.
En aquellos tiempos, Jacinto se preocupaba profundamente por ella, permanecía a su lado con ternura y, poco después, no le permitió volver a beber.
Pero ahora...
El motor del auto rugía con fuerza entre los pensamientos confusos de Catalina, y pronto llegaron al banquete.
Jacinto cumplió su palabra: cada vez que alguien proponía un brindis, las copas terminaban acumulándose frente a Catalina.
—Bebe. No lo olvides, esta noche todavía tengo una tarea pendiente.
Catalina contuvo la respiración; cuando volvió a levantar la cabeza, ya no dudó. Tomó la copa y bebió todo el vino de un solo trago.
Todos podían percibir aquella batalla y, buscando agradar a Jacinto, comenzaron a acercarse con sus copas para rodear a Catalina.
Ella no pudo evitar girar la cabeza hacia Jacinto; lo vio con una ligera sonrisa en los labios, manteniendo una actitud serena y distante.
Catalina sonrió con amargura. Sabía que no quedaba esperanza alguna, así que decidió no rechazar a nadie.
Pronto, el malestar en su estómago comenzó a intensificarse.
Se disculpó, tambaleándose al salir del salón privado, y se inclinó junto a un cubo de basura, vomitando con fuerza.
Cuando ya no le quedaban fuerzas, se desplomó en el suelo.
De repente, una sombra se proyectó frente a ella.
Levantó la cabeza con torpeza y vio a Jacinto mirándola desde arriba, con una frialdad absoluta en los ojos.
Él preguntó: —¿Ya no puedes más? Si apenas vamos por la mitad.
Al escuchar eso, Catalina solo pudo presionar con fuerza su abdomen, obligándose a mantenerse consciente. Luego, tambaleándose, volvió a ponerse de pie y caminó de regreso hacia el banquete.
La expresión de Jacinto se ensombreció; la tomó del brazo con fuerza, con los ojos llenos de furia.
—Heh... claro, por Emiliano, por la familia Medina, eres capaz de arriesgar hasta tu vida.
Era la segunda vez que Jacinto mencionaba a Emiliano. Aunque Catalina no entendía por qué, ya no tenía fuerzas para responder; el dolor en el estómago se hacía cada vez más insoportable, hasta casi hacerle perder el conocimiento.
Los labios de Jacinto permanecieron tensos, pero un instante después la cargó en brazos, con el rostro endurecido, y la metió en el auto.
Apretó el cinturón de seguridad con furia y, rechinando los dientes junto a su oído, le dijo: —No te atrevas a morir antes de ver nacer al segundo hijo de la familia Medina.
El auto rugió a toda velocidad, avanzando con fuerza hacia el hospital.
Pero apenas habían tomado la autopista cuando sonó el teléfono: era Berta.
Capítulo 3
Aún era una voz temblorosa, cargada de un miedo extremo y una leve esperanza.
—Hoy es estoy ovulando, la probabilidad de éxito debería ser mayor. Si lo posponemos un mes más, las fechas ya no coincidirán.
Catalina quedó atónita por un instante, y de pronto sintió que sus ojos se llenaban de calor.
Sin embargo, apretó con fuerza los labios para contener las lágrimas, y solo dijo mientras detenía el auto: —Vamos a casa.
Tch.
El chirrido de los frenos desgarró el silencio con un sonido agudo. Jacinto giró la cabeza, incrédulo.
—¿A estas alturas, todavía en lo primero que piensas es en la familia Medina?
—¡Catalina! ¿Qué soy yo para ti?
Las palabras se le atoraron en la garganta; Jacinto, con el rostro endurecido, la empujó con violencia contra el asiento y la besó con furia.
¡Pa!
El sonido seco de una cachetada puso fin a toda la locura de Jacinto.
Él se llevó una mano a la mejilla enrojecida y soltó una risa.
Luego abrió la puerta del auto y arrojó a Catalina con brutalidad hacia afuera, antes de encender el motor e irse sin mirar atrás.
Entre la nube de polvo que se levantó, Catalina ya no pudo sostenerse más y cayó al suelo.
Pasó un largo rato antes de que lograra recuperar un poco el aliento, y de repente se dio cuenta de que su bolso seguía dentro del auto.
Pero el vehículo ya se había alejado, así que no tuvo otra opción que caminar sola por el borde de la carretera hacia la siguiente salida.
Era justo la hora de salida del trabajo, y los autos pasaban sin cesar a su alrededor.
De vez en cuando, algún conductor que frenaba bruscamente bajaba la ventanilla para gritarle insultos, con una mirada tan feroz que parecía querer matarla.
Con gran esfuerzo logró salir de la autopista, pero sin teléfono ni dinero, Catalina tuvo que seguir caminando.
El viento nocturno se volvió cada vez más frío, calándole hasta los huesos. Antes de que terminara de estremecerse, comenzó a llover.
Así que tuvo que empezar a correr; en el camino tropezó y cayó, golpeándose las rodillas. El dolor era agudo, y cuando la lluvia las empapó, aquella punzada pareció clavarse hasta el fondo de los huesos.
Cuando por fin regresó a la mansión, ya había pasado la medianoche.
Las luces seguían encendidas, y Jacinto estaba sentado en el sofá junto a la ventana. Al verla llegar empapada y descompuesta, se tensó por un instante, aunque pronto recuperó la compostura.
—¿Por qué tardaste tanto en volver? ¿No soportas verme con Berta o simplemente querías evitar atenderla?
En el aire aún flotaba un leve rastro de aquel "aroma especial". Los dedos de Catalina, colgando a su costado, se crisparon apenas, mientras él señalaba con sarcasmo la cocina. —Hoy Berta ha estado muy cansada. Ve a preparar unas trufas.
En ese momento, en la mansión solo estaban Jacinto, Catalina y Berta.
Roberto y Liliana, para proteger su reputación, habían despedido a todo el personal del servicio.
Catalina se veía obligada a encargarse de todas las tareas domésticas, sin nadie que pudiera ayudarla.
Aquel día había bebido alcohol y luego se había empapado por la lluvia; ya no tenía fuerzas. Apenas dio unos pasos hacia la cocina, las piernas le fallaron y se desplomó en el suelo.
Jacinto, que acababa de subir al segundo piso, se detuvo en seco. Giró un poco la cara para mirarla y soltó una risa fría, cargada de burla. —Fue tu elección. No hace falta que te comportes así. Espero que esas trufas no tarden demasiado.
Bajo la luz amarillenta, su mirada se volvió oscura e impenetrable.
Catalina sonrió con amargura. Permaneció un largo rato en el suelo antes de incorporarse lentamente, encorvándose para entrar en la cocina.
Pronto, el aroma de las trufas comenzó a llenar el aire.
Ella removía la mezcla con movimientos mecánicos, como si entre el vapor hirviente pudiera ver a la mujer que había sido antes.
Antes, había sido el tesoro más querido de Jacinto.
Él jamás le permitía cocinar, bromeando que Catalina debía vivir con elegancia, disfrutando de sus cuidados.
Pero los tiempos habían cambiado. Ahora todo lo que sufría era lo que merecía, lo que estaba destinada a soportar.
Sin darse cuenta, una fina neblina humedeció el borde de sus ojos; no supo si era por el vapor o por las lágrimas.
Con enorme esfuerzo, Catalina subió las escaleras con las trufas en las manos. Apenas se detuvo frente a la puerta, esta se abrió de golpe desde dentro.
Berta gritó y retrocedió, chocando de lleno contra Catalina.
El agua hirviente se derramó, bañando por completo a Catalina.
—¡Ah! —gritó sin poder contenerse. El ardor le cubrió las piernas con un rojo intenso, y el dolor del estómago volvió con furia.
Le costaba respirar; la vista se le nublaba cada vez más.
Jacinto salió finalmente de la habitación, sorprendido por la escena, y avanzó instintivamente hacia Catalina.
Pero en ese instante, Berta se llevó las manos al vientre, pálida, y murmuró entre sollozos: —Ah... me duele el estómago...
El débil gemido de Berta bastó para detener los pasos de Jacinto. Su mirada osciló entre Catalina y Berta, vacilante.
Al final, cargó a Berta en sus brazos y se alejó sin mirar atrás, desapareciendo como una ráfaga de viento.
Catalina ya no podía pronunciar palabra; el dolor era tan profundo que apenas podía respirar. Se aferró con fuerza a la barandilla, sintiendo cómo el frío le invadía el cuerpo.
Capítulo 4
No sabía cuánto tiempo había pasado cuando Catalina escuchó vagamente el sonido de una ambulancia.
En el instante en que su conciencia se desvanecía, sintió que regresaba a aquellos años pasados...
Ella era la hija adoptiva de la familia Medina, y siempre había vivido con cautela, sin atreverse jamás a disfrutar de un afecto pleno.
Hasta que conoció a Jacinto.
Cuando él se arrodilló ante ella para pedirle matrimonio, le prometió que en esta vida la valoraría y la llevaría siempre en su corazón; que, sin importar la pobreza o la riqueza, ella sería su única y más firme elección.
Pero ahora, Jacinto dudaba. Y al final, eligió a otra mujer.
Las promesas eternas de antaño se disiparon como el viento, y el corazón de Catalina volvió a retorcerse con punzadas que le robaban el aliento.
Cuando recobró el sentido, la habitación estaba impregnada con el olor del desinfectante. La luz blanca del fluorescente sobre su cabeza le hería los ojos.
La habitación era fría y silenciosa; las paredes blancas parecían tan pálidas como su rostro.
El ardor en el estómago y el escozor en las piernas se entrelazaban con cada respiración, desgarrándole el cuerpo y el alma.
Fuera de la habitación, las enfermeras charlaban con curiosidad, y ninguna se tomó la molestia de entrar a verla.
—¿Supiste? El señor Jacinto llegó al hospital cargando a la señora Berta de la familia Medina. Parecía muy preocupado, y aún sigue acompañándola.
—Tsk, tsk, tsk... Y la esposa del señor Jacinto es esta de aquí, ¿no? Está hecha pedazos, y él ni siquiera se ha asomado...
—Tal vez solo está nervioso. Al fin y al cabo, la señora Berta lleva en el vientre al hijo póstumo del señor Emiliano. Por respeto a la señora Catalina, supongo que es natural que se preocupe un poco más.
—¿Tú crees eso? Je...
Al oír aquello, Catalina apretó los puños con fuerza; un zumbido sordo retumbó en sus oídos.
¿Berta, embarazada?
Por un momento no supo si debía llorar o reír.
No sabía si alegrarse porque Clau tendría una oportunidad de sobrevivir o celebrar que aquella absurda farsa de sustitución finalmente llegaba a su fin.
Catalina reía y lloraba al mismo tiempo; las lágrimas rodaban por sus mejillas sin que pudiera contenerlas.
Al sentir el calor de aquel llanto, se llevó las manos a la cara y de pronto sintió un dolor punzante en las palmas.
Había apretado los puños con tanta fuerza que las uñas le habían abierto la piel, dejando que la sangre fluyera libremente.
Pasó un largo rato antes de que recobrara la calma. Luego, apoyándose en la pared, Catalina avanzó hacia la habitación de Berta.
Desde lejos, escuchó el sonido de una risa infantil.
En la habitación VIP, Clau estaba acurrucado entre Jacinto y Berta. Con sus pequeñas manos, los tomó a ambos por los dedos, obligándolos a entrelazar las manos.
—Mamá, aunque tenga un hermanito o una hermanita, no puedes dejar de quererme, ¿verdad?
—Tío Jacinto, ¿puedo llamarte papá cuando estemos a solas?
Sus grandes ojos inocentes brillaban con adoración, y sus palabras infantiles hicieron que la mirada de Jacinto se suavizara.
Berta, fingiendo estar molesta, tocó la nariz de Clau con el dedo, pero el niño se apartó riendo y terminó cayendo en los brazos de Jacinto.
Jacinto se tensó por un segundo, pero pronto sonrió y abrazó a Clau con naturalidad.
Los tres, juntos, parecían una familia perfecta.
Catalina se quedó inmóvil, observándolos. Sintió cómo su corazón se vaciaba poco a poco, como si algo precioso se escapara de su vida para siempre.
No supo en qué momento, pero la mirada de Jacinto la alcanzó, y sus ojos se encontraron por un breve instante.
El aire pareció detenerse; Jacinto entrecerró los ojos y, con una sonrisa desafiante, rodeó a Berta con el brazo, atrayéndola hacia sí.
Catalina no dijo nada. Solo curvó los labios con una mueca amarga antes de darse la vuelta para irse.
Sabía que algunas cosas ya no tenían solución.
Subió hasta la azotea. Una inquietud inexplicable le recorría el cuerpo, y necesitaba sentir el aire frío para poder respirar.
Pero apenas había estado allí unos segundos cuando la puerta detrás de ella chirrió al abrirse.
Clau asomó la cabeza y murmuró con timidez: —Tía Catalina...
Los ojos de Catalina se humedecieron de inmediato.
Durante tantos años, al no tener hijos propios, había querido a ese niño con un cariño sincero.
Cada vez que escuchaba su vocecita llamándola con dulzura, sentía cómo el corazón se le ablandaba.
Pero esta vez, Clau tiró de la manga de Catalina, levantando la cabeza con una seriedad que rompía el alma. —Tía Catalina, ¿puedes devolverme a mi papá?
—Ustedes no tienen que ocultármelo más. En realidad, yo sé que soy hijo del tío Jacinto. Y no quiero que mi hermanito nazca sin tener un papá.
Las palabras del niño fueron como puñaladas. Un dolor insoportable atravesó el pecho de Catalina.
Nunca habría imaginado que el niño al que había amado y protegido durante tantos años sería el primero en ir a arrebatarle al hombre que amaba.
Clau, al no recibir respuesta, comenzó a toser sin parar.
Su pequeña cara se enrojeció, y sus manos y piernas temblaban sin control, frágiles como hojas al viento, tan delgadas que parecía que se quebrarían con el más leve movimiento.
Aun así, seguía mirándola con desesperación; su respiración se volvió más agitada, y los párpados comenzaron a voltearse.
Catalina no se atrevió a esperar más y respondió apresuradamente: —Está bien... está bien...
Justo entonces, la puerta volvió a abrirse de golpe.
Era Jacinto.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí escuchando.
Jacinto y Catalina se miraron fijamente, y en los ojos del otro se reflejó algo distinto, algo que ninguno se atrevía a nombrar.
Permanecieron en silencio hasta que Clau, entre sollozos y jadeos, rompió a llorar.
Extendió los brazos hacia Jacinto y dijo con voz temblorosa: —Papá... me duele mucho...
Capítulo 5
Clau, debido a la fuerte agitación emocional, sufrió una hemorragia interna en el pecho que resultaba imposible de controlar.
Berta, al recibir la noticia, llegó corriendo, tan aterrada que casi se desplomó en el suelo.
Jacinto la abrazó de inmediato, acariciándole suavemente la espalda para calmarla. —Clau estará bien. Pero tú también debes tener mucho cuidado. Cuídate a ti misma y al bebé.
Berta rompió en llanto, sin poder contenerse, y se apoyó débilmente contra el pecho de Jacinto, sin fuerzas ni siquiera para hablar.
Los dos parecían una pareja de padres angustiados por la enfermedad de su hijo: tan cercanos, compartiendo la misma pena, la misma preocupación y el mismo dolor.
Catalina, sola, permanecía de pie en un rincón. El corazón le dolía con cada latido.
Si al principio Jacinto se había mostrado amable con Berta solo por venganza hacia ella, ahora era evidente que algo había cambiado. Era innegable que empezaba a sentir algo diferente por Berta...
Las palabras del médico interrumpieron los pensamientos de Catalina. —El paciente ha perdido demasiada sangre. Necesitamos con urgencia una transfusión de sangre tipo B. Conseguirla del banco llevará tiempo. ¿Alguno de ustedes tiene ese tipo?
Había varias personas con sangre tipo B presentes, pero solo Catalina y Clau no compartían ningún vínculo de sangre.
Jacinto pareció comprenderlo de inmediato y la tomó del brazo con firmeza. —Ve a donar sangre.
Su tono fue autoritario, sin un ápice de duda, como si hubiera olvidado por completo que ella misma era una paciente, debilitada por una úlcera estomacal y quemaduras, aún en tratamiento.
Pero Catalina no dijo nada. Simplemente se levantó en silencio y siguió a la enfermera.
La aguja penetró su vena, provocándole una sensación de ardor y entumecimiento que se extendía por su cuerpo.
Siempre había temido al dolor; antes, cuando le ponían una inyección, su cara se contraía de miedo.
Entonces Jacinto solía abrazarla, cubrirle los ojos con una mano y susurrarle una y otra vez al oído: —Cariño, no tengas miedo.
Ahora, a su lado, no había nadie.
Aunque Jacinto estaba solo a una pared de distancia, en ese momento abrazaba con fuerza a otra mujer, preocupado por el hijo que tendrían juntos.
La sangre fluía lentamente, y con ella parecía irse también su energía vital.
El mundo frente a sus ojos se volvió borroso. Catalina no supo cuántas bolsas le extrajeron, pero al final, sin fuerzas, se desvaneció.
Cuando volvió en sí, sorprendentemente, Jacinto estaba a su lado.
Había pasado un día y una noche sin descanso, y su cara mostraba un cansancio evidente. Al verla despertar, sus ojos se iluminaron con un leve destello de alivio.
Estaba a punto de hablarle, pero el timbre del celular sonó.
Era Berta al otro lado de la línea. —Clau ha despertado. Dice que quiere verte. ¿Vendrás a verlo?
La cara de Jacinto se suavizó al instante. Respondió con un "sí" y salió del cuarto sin mirar atrás.
Poco después, el sonido de risas y conversaciones alegres llenó la habitación contigua.
Clau llamaba una y otra vez "papá", sin parar, su voz clara y alegre resonando en el aire.
Tras un largo silencio, la respuesta firme y clara de Jacinto, un simple "¡Sí!", retumbó como un golpe seco en el corazón de Catalina.
Poco a poco, ella se acurrucó bajo las sábanas y se cubrió los oídos con ambas manos.
Como si de esa manera pudiera borrar toda la calidez y la felicidad que provenían de la otra habitación.
Durante los días siguientes, Jacinto permaneció en la habitación de al lado.
Solo cuando la noche caía y el silencio lo envolvía todo, Catalina creía escuchar un suspiro familiar.
Era un sonido breve, efímero, casi como una ilusión.
Sin embargo, los rumores en el hospital no cesaban, y cada mirada dirigida hacia ella estaba cargada de compasión.
Poco a poco, se acercaba el primer mes desde la muerte de Emiliano.
La familia entera decidió ir al cementerio para rendirle homenaje.
Roberto y Liliana llevaron a Clau por adelantado, mientras que Jacinto, Berta y Catalina compartieron el mismo auto.
Berta se acomodó de manera natural en el asiento del copiloto y, solo después de abrocharse el cinturón, pareció darse cuenta. —Este asiento debería ser de Catalina. Voy a cambiarme.
Pero Jacinto detuvo su mano con firmeza. —No es necesario. Tú eres la madre de mi hijo. Ese es tu lugar.
Aquella frase, "la madre de mi hijo", atravesó el pecho de Catalina.
Contuvo las lágrimas y, en silencio, se sentó en el asiento trasero.
El auto avanzó hasta llegar al cementerio. Clau ya estaba frente a la tumba de Emiliano, rezando en voz baja.
A un lado, Liliana, con la cara cubierta de lágrimas, depositó un ramo de flores. Su voz temblaba mientras hablaba frente a la lápida, mitad con tristeza y mitad con alivio: —Emiliano, cuidaremos bien de Clau. Él es tu hijo y, en el futuro, heredará los negocios de la familia Medina. Cada año, en cada festividad, vendremos a visitarte.
Continuar el linaje familiar había sido siempre el deseo más profundo de Liliana.
Por eso, sin dudarlo, había provocado con sus propias manos aquel enredo.
Pero ¿Jacinto realmente cumpliría con lo que ella esperaba?