Webfic

Toca para ver el texto completo

¿Tu Ex Suplica? Ya Tengo Dueño

Capítulo 1

Diez de la noche.

Gisela, que acababa de terminar su trabajo como tutora, entró con un disfraz de payaso en una sala privada, guiada por el personal.

Su compañera de habitación, Lourdes Álvarez, trabajaba a tiempo parcial en ese club; esa noche su novio había ido a verla de improviso, así que Lourdes le pidió a Gisela que la sustituyera.

Le había dicho que un grupo de jóvenes ricos estaba de fiesta allí y que solo tenía que usar el disfraz y entretenerlos. Diez minutos, ciento cuarenta dólares, y además habría propina.

Era prácticamente dinero fácil.

Gisela acababa de entrar en la sala cuando alzó la vista y, de pronto, vio una cara familiar. Se detuvo en seco.

—Felipe, ¿todavía no te cansas de tu jueguito de fingir que eres pobre? Tantas chicas a las que les gustas, ¿y eliges a una tan pobre?

Felipe curvó ligeramente los labios. —Tú no entiendes. Esas chicas que dicen gustar de mí lo hacen por mi dinero. Solo mi Gisela me ama de verdad. Para que yo comiera mejor y me vistiera mejor, ella era capaz de tener tres trabajos. ¿Acaso ellas también lo harían?

Quien hablaba era su novio, Felipe, con quien había salido por más de dos años.

Diez minutos antes, él acababa de decirle buenas noches.

¿Jueguito de fingir ser pobre?

A Gisela se le vinieron muchas cosas a la mente en ese momento.

Felipe le había dicho que cada mes su familia solo le daba setenta dólares para vivir, que no podía costearse la comida y que solo podía comer pan con agua.

Tal como él decía, para que Felipe pudiera comer mejor y vestirse mejor, ella había buscado tres trabajos.

En cuarto año de universidad tenía pocas clases; por el día preparaba café en una cafetería, por la noche trabajaba como camarera en un restaurante, y los fines de semana hacía tutorías en casa para unos niños.

Casi no tenía tiempo para descansar.

No se permitía comprar vestidos de treinta o cuarenta dólares, pero no dudaba en regalarle a Felipe unas zapatillas de más de cien.

Ella comía siempre los platos vegetarianos más baratos del comedor, pero cuando salía con Felipe, ella lo llevaba a restaurantes donde una comida costaba decenas de dólares, y siempre era ella quien pagaba.

Cada vez que estaba tan cansada que pensaba en rendirse, recordaba a Felipe.

Él, con los ojos llenos de ternura, le decía: —Gise, te amo tanto... quiero darte un hogar.

Así, con expresión culpable le decía: —Gise, has sufrido mucho estando conmigo. Cuando tenga dinero, te daré una buena vida.

Durante los últimos dos años, Felipe había sido la razón por la que ella seguía adelante.

Pero ahora sabía que todo aquello no había sido más que un juego para él.

Un chico habló: —Felipe, escuché que planeas visitar a la familia de Gisela en las vacaciones de invierno y que se casarían cuando se gradúen el próximo año. ¿No me digas que vas en serio con ella?

Felipe, recostado en el sofá, sostenía una copa de vino tinto en una mano y un cigarrillo en la otra.

—¿Cómo podría? Ella ni siquiera tiene papá. Quiere casarse pronto para tener un hogar completo. Yo solo la sigo para hacerla feliz; ¿cómo podría realmente llevarla a mi casa como esposa?

—Ah, con razón. —Aquel hombre rio—. Ya decía yo que no perderías la razón tan fácilmente por amor. Tú finges ser tan pobre y aun así sale contigo durante dos años, no solo sin gastar tu dinero, sino hasta poniendo del suyo. Claro, nunca ha tenido una figura paterna y le falta cariño desde pequeña.

Apenas dijo esto, los amigos de Felipe empezaron a comentar todos a la vez.

—Es cierto, eres el príncipe heredero de la familia Hernández, ¿cómo podrías casarte con una chica tan pobre como Gisela? No son del mismo nivel.

—Exacto, el heredero de la familia Hernández enamorado de una pobretona sería el chiste del año.

—Este tipo de chicas sin padre son las más fáciles de engañar. Con unas cuantas palabras dulces ya quedan rendidas a tus pies, jajajaja.

—Solo Adriana Guerrero está a tu altura.

—Adriana llegará en un rato. Si se entera que tienes una novia en la universidad, ¿qué le vas a decir?

Felipe sonrió. —¿Y acaso Adriana no me dejó y se fue al extranjero por tres años? Si se entera, que se entere. Justo puedo usar a Gisela para molestarla un poco.

—Si Gisela supiera que le compraste a Adriana un bolso de cuarenta y cinco mil dólares como si nada, se moriría.

—Sí, sí. Llevas dos años fingiendo ser pobre para engañar a Gisela, comiendo y usando su dinero, y ella trabajando en tres empleos para mantenerte. Si llegara a saber que derrochas así con otras mujeres, seguro se volvería loca.

La sonrisa en los labios de Felipe se desvaneció y, tras un instante de silencio, dijo: —Gisela nunca lo sabrá.

No sabía que Gisela estaba justo frente a él.

El disfraz de muñeco era pesado y sofocante.

Gisela sentía que apenas podía respirar.

Era como si le hubieran desgarrado el corazón mientras aún latía, era insoportable.

En ese momento alguien más habló: —¿O sea que piensas seguir ocultándolo?

Felipe respondió con seriedad: —Aún no me he divertido lo suficiente. Si alguno de ustedes se atreve a decirle algo a Gisela, se atendrán a las consequencias.

—Pero bueno, hay que decirlo, aunque Gisela sea un poco pobre, sí que es bonita. Piel tersa, cara preciosa, buen cuerpo... Yo la veo y hasta lo entiendo. Tienes buen gusto, Felipe.

—Por supuesto. —Felipe bebió un sorbo de vino tinto sonriendo—. Jugar es jugar, pero feas no acepto.

—Llevas dos años con ella, ¿ya se acostaron, verdad?

—Todavía no. —Felipe soltó una risa desdeñosa—. Solo estoy jugando. ¿Para qué la tocaría? Las chicas pobres son las más ingenuas. Si le quito la virginidad, luego no me la quito de encima, qué molestia.

Todos estallaron en carcajadas.

Gisela abrió la boca con dificultad, pero no pudo pronunciar ni una palabra; solo sentía el sabor metálico de la sangre llenándole la boca.

Se había mordido con demasiada fuerza.

Alguien comentó con desgana: —Entonces, cuando te canses de ella, ¿me la pasas? Si tú no te acuestas con ella, yo sí. Con una chica tan bonita sería un desperdicio no hacerlo.

El semblante de Felipe se ensombreció y su mirada, afilada como un cuchillo, recorrió al que había hablado; sus ojos estaban llenos de un frío mortal.

Al notar que Felipe se había enfadado, aquel hombre rectificó torpemente: —Felipe, no te enojes, solo estaba bromeando.

Felipe, con el semblante tenso, pronunció cada palabra con firmeza. —Te lo advierto, si te atreves a tocar a Gisela, no te lo perdonaré.

—No, no, perdón, Felipe. ¿Cómo iba me atrevería?

Justo entonces, la puerta del salón privado se abrió y entró una mujer con porte de niña rica.

Llevaba un conjunto de Chanel y su cabello castaño, en ondas suaves, resaltaba su belleza.

—¿De qué hablan? —La mujer sonrió mientras se sentaba al lado de Felipe.

Felipe ajustó su expresión y dijo, con un tono agrio: —Vaya, hasta que te acuerdas de volver. Ya pensaba que te habías olvidado de mí.

Adriana sonrió con un encanto irresistible. —¿Cómo podría? Si tú eres la persona que más me cuesta dejar atrás.

—¿De verdad?

—No te mentiría. —Adriana se inclinó y presionó sus labios contra los de Felipe.

Felipe no la apartó.

Gisela se quedó mirando la escena, aturdida; su corazón pareció detenerse por un instante.

Los amigos de Felipe empezaron a animar: —Adriana, ¿cuándo piensas volver con Felipe? Él te ha estado esperando durante tres años.

Adriana se separó de los labios de Felipe y, sonriendo, se recogió el cabello. —Depende de cómo se comporte.

Dicho esto, Adriana miró al payaso. —¿Y esto?

—La trajeron para entretenerte. —Felipe por fin miró a la persona disfrazada que llevaba mucho rato de pie en silencio frente a él.

Gisela no se movió.

—¿Qué haces ahí? Baila. —Felipe habló con un tono ya impaciente.

Solo entonces Gisela reaccionó.

Antes de venir, su compañera Lourdes le había insistido una y otra vez en que hiciera bien el trabajo.

Si lo arruinaba, no solo ella no cobraría, sino que Lourdes también sería despedida del club.

Gisela no quería perjudicar a su compañera. Aguantando el dolor y la humillación, se puso a bailar como payasa delante de su novio para divertir a otra mujer.

Mientras bailaba, vio a Felipe abrazar a esa mujer y volver a besarla.

Se besaban con tanta intensidad que parecían una pareja en plena luna de miel.

Las lágrimas de Gisela cayeron sin aviso.

En ese instante, sintió que la verdadera payasa no era el disfraz que llevaba, sino ella misma.

Gisela no supo cómo logró salir del club.

En diciembre, Venturis ya estaba muy fría.

Empezó a caer una llovizna.

El viento húmedo y helado se colaba por el cuello y las mangas, cortante como un cuchillo, pero ella no lo sentía.

Gisela caminaba sin rumbo bajo la lluvia, como un alma perdida.

El teléfono vibró varias veces antes de que ella, finalmente, lo sacara.

Era una llamada de su vecina Nancy.

Gisela respondió con apatía.

—¡Gisela, vuelve rápido, tu madre ha tenido un accidente!

Capítulo 2

Gisela vivía en un pequeño condado de Venturis.

Normalmente regresaba a casa en autobús.

A esa hora ya no había autobuses, así que pidió un viaje compartido en el celular, pero pasaron cinco minutos sin que ningún conductor aceptara la solicitud.

Justo cuando estaba tan desesperada sin saber qué hacer, un Maybach negro se detuvo lentamente frente a ella.

La ventanilla trasera bajó, revelando una cara demasiado perfecta.

Gisela parpadeó, aturdida. —¿Federico?

Federico tenía facciones hermosas y bien definidas; su contorno era profundo y, bajo las gafas de montura dorada, sus ojos alargados brillaban con una frialdad penetrante.

Tan distante e inaccesible como siempre, su figura era imponente solo con estar allí.

La mirada de Federico se posó brevemente en ella. —Sube.

Un tono que no admitía rechazo.

Gisela miró su teléfono, ningún conductor había aceptado.

Mordió su labio, dudó un instante, canceló la solicitud y abrió la puerta para subir.

La voz magnética de Federico sonó a su lado: —¿Qué haces sola a estas horas en la calle? Además, llueve. ¿Por qué no traes paraguas?

Mientras Federico hablaba, el conductor, muy oportuno, bajó del auto y fue al maletero a buscar una toalla nueva. La pasó por la ventanilla trasera.

Federico la tomó y se la entregó a Gisela con naturalidad. Sus dedos largos, fríos, de articulaciones definidas, parecían esculpidos en hueso y nieve. —Sécate. No vayas a resfriarte.

—Gracias. —Gisela murmuró y abrió la toalla para secarse el cabello.

La calefacción del auto era fuerte; Gisela sintió cómo su temperatura corporal iba subiendo poco a poco.

En el espacio reducido, el aroma frío y amaderado de Federico se colaba en su nariz, despertando recuerdos ligeramente amargos.

La primera vez que Gisela había visto a Federico fue cinco años atrás, cuando ella cursaba el segundo año de secundaria.

En esa época, ella era muy cercana a su compañera de pupitre, Sofía Reyes; un fin de semana, Sofía la invitó a su casa.

Fue la primera vez que Gisela entró en una mansión.

Ante aquella residencia lujosa, los ojos claros de la Gisela de diecisiete años se llenaron de asombro.

También fue la primera vez que sintió tan claramente la brecha entre ricos y pobres.

Sofía la tomó de la mano para mostrarle la casa.

Al pasar por la piscina, Federico salía del agua.

Los ojos de Gisela se encontraron con los de él sin aviso; se quedó petrificada, deslumbrada como si viera a una deidad.

Nunca había visto a alguien tan hermoso.

Sus rasgos eran tan exquisitos que parecía esculpido cuidadosamente por los dioses.

La luz dorada del atardecer se derramaba sobre él; las gotas en su cabello brillaban como pequeños cristales, y los músculos marcados de su abdomen se mostraban sin reservas.

En ese instante, Gisela escuchó con claridad el latido frenético de su corazón.

Pum-pum.

Resonando sin fin en aquella tarde de verano.

Ella se enamoró de Federico a primera vista.

Ese sentimiento lo guardó siempre en el fondo del corazón.

Más tarde, durante el verano después de graduarse de secundaria, cuando volvió a casa de Sofía, escuchó que Federico parecía estar saliendo con alguien.

Aquella chica encajaba perfectamente con Federico, era bonita, destacada en todos los aspectos y, junto a él, parecían hechos el uno para el otro.

Poco después de saberlo, Gisela vio a la novia de Federico en el cumpleaños de Sofía. Tal como Sofía había dicho, era realmente compatible con él.

Al verlos de lejos, uno al lado del otro, la inferioridad de Gisela quedó totalmente expuesta.

Su amor secreto terminó silenciosamente ese mismo día.

—¿A dónde vas? —La voz fría de Federico la devolvió a la realidad.

Gisela, un poco nerviosa, respondió: —Federico, ¿puedes llevarme a casa? A mi madre le pasó algo, no consigo transporte. Puedo pagarte el viaje.

—La dirección.

Ella mencionó la dirección de su barrio.

La calefacción del auto seguía encendida, y en pocos minutos la ropa y el cabello de Gisela ya estaban casi secos.

Durante todo el trayecto, ninguno de los dos volvió a hablar.

Casi al llegar a la entrada del barrio, Federico habló: —Si necesitas ayuda con algo, solo dímelo.

Gisela no esperaba escuchar eso de él.

Quizá solo fuera una cortesía. Gisela no le dio con importancia.

Le dio las gracias con educación: —Gracias, Federico. Ya te transferí el dinero del viaje.

Habían intercambiado contacto tiempo atrás, aunque en estos años casi no se habían comunicado.

Después de hablar, bajó del auto con prisa y entró corriendo al barrio.

Federico la observó hasta que su figura desapareció.

Pasó un largo rato antes de retirar la mirada.

En ese momento, recibió una llamada de un amigo.

—Pero, ¡qué pasa contigo! ¿Por qué tardas tanto? No habrás tenido algún problema, ¿verdad? —La voz del otro era escandalosa.

Federico respondió con frialdad, sin reflejar ninguna emoción. —Me retrasé por algo en el camino. Esta noche no iré. Que lo pasen bien.

—¿Qué? ¿Otra vez cancelas? ¿Qué pasó ahora?

—Una cosa importante.

...

Gisela entró corriendo en el ascensor.

Cuando llegó a casa, encontró a su madre, Valeria Vázquez, sentada en el sofá, pálida y cansada.

La vecina estaba a su lado acompañándola.

—Mamá, ¿qué pasó? —Gisela preguntó jadeando.

Nancy, cuando llamó, solo le había dicho que había ocurrido algo, pero no los detalles.

Nancy suspiró. —Valeria, mejor díselo tú misma a Gise.

—Gise... —Valeria vaciló, sin poder continuar.

—Mamá, ¿qué pasó exactamente? —Gisela sentía el corazón en la garganta; una sensación ominosa la envolvía, oprimiéndole el pecho hasta casi impedirle respirar.

Valeria la miró; en su semblante exhausto había un dolor inmenso. Con voz ronca dijo: —Tengo cáncer de estómago.

Un zumbido estalló en los oídos de Gisela. Su mente quedó totalmente en blanco.

Nancy dijo: —Gisela, tienes que convencer a tu madre. Apenas tiene poco más de cuarenta años, ¿cómo puede rendirse así al tratamiento? Si no fuera porque vine esta noche a traerle unas cosas y vi el informe del hospital, ella todavía pensaría en ocultártelo.

—Ya no hace falta convencerme. —Valeria suspiró, y sus ojos se llenaron de lágrimas—. Tengo cáncer de estómago, no una gastritis. Esta enfermedad no se cura. En vez de gastar todo nuestro dinero en un tratamiento inútil, es mejor guardar ese dinero para que tú puedas estudiar.

Gisela dio dos pasos hacia su madre y, al sentir cómo se le debilitaban las piernas, casi cayó al suelo.

Con la voz rota, dijo: —Mamá, ¿qué estás diciendo? ¿Cómo va a ser más importante estudiar que tu vida?

Valeria, con lágrimas, respondió entre sollozos: —Gise, esta enfermedad no tiene cura. Yo tampoco quiero irme... No le tengo miedo a la muerte; solo me da miedo dejarte sola.

—Entonces vive bien. —Gisela se sentó junto a Valeria, apoyó suavemente su cabeza contra la de ella y la rodeó con un brazo. Las lágrimas le caían sin parar—. Mamá, por favor, hagamos el tratamiento. No te rindas, ¿sí? Yo de verdad no puedo estar sin ti, mamá...

Nancy también intervino: —Es verdad, Valeria. El doctor dijo que todavía es tratable. Aún estás en una etapa intermedia. No te rindas.

Valeria negó, llorando. —Nuestra familia no aguanta algo así. Todos estos años apenas he podido ahorrar unos miles de dólares. Ya pregunté al doctor: para tratar esta enfermedad se necesitan cientos de miles. ¿De dónde vamos a sacar tanto dinero? Y aunque lo tuviéramos, puede que ni así me cure. Mejor dejémoslo así.

—No. — Gisela habló con firmeza—. Yo me encargaré del dinero. Tú no te preocupes. Tengo algunos ahorros de mis trabajos a tiempo parcial. Usaremos mi dinero para el tratamiento. Mañana temprano te llevaré al Hospital Central de Venturis para hacer el ingreso.

—Gise... —Valeria quiso decir algo más.

Gisela, con el corazón hecho pedazos, le suplicó: —Mamá, te lo ruego... por favor. No puedo perderte. Hazlo, aunque sea por mí, ¿sí?

Valeria dejó escapar un suspiro profundo y, al final, cedió.

Aquella noche, Gisela durmió junto a Valeria.

Hacía muchos años que madre e hija no compartían la misma cama.

Gisela se acurrucó en los brazos de Valeria, como cuando era niña.

—Mamá, tú eres la única familia que tengo en este mundo. No me dejes.

Valeria le acarició la cabeza con ternura. —Gise, debes aprender a cuidarte.

Gisela agarró con fuerza la ropa de Valeria. —Mamá, me cuidaré, y también cuidaré de ti. Vas a estar bien.

Toda la noche, Gisela apenas cerró los ojos.

Temía que, al despertar, Valeria ya no estuviera a su lado.

En el silencio profundo de la madrugada, Gisela lloró en la oscuridad, mordiendo sus labios hasta que se quedó sin lágrimas.

Capítulo 3

A la mañana siguiente, cuando apenas empezaba a clarear, Gisela ya se había levantado para preparar el desayuno.

Valeria tampoco había dormido bien.

Durante la noche, el dolor de estómago la había despertado varias veces.

Pero, para no preocupar a su hija, lo soportó en silencio sin emitir ningún sonido.

Cuando Gisela la llamó para desayunar, Valeria fingió haberse despertado recién y se levantó para comer.

Gisela no tenía nada de apetito; mientras su madre comía, ella aprovechó para preparar las cosas que necesitarían para el ingreso en el hospital.

Cuando Valeria terminó y fue a la habitación, estaba por llamar a Gisela, pero vio a su hija sentada en la cama llorando, con los ojos completamente enrojecidos.

Valeria soltó un suspiro y, al girarse, también se le escaparon algunas lágrimas.

Una vez que Valeria terminó el desayuno, Gisela tomó en una mano la bolsa de viaje y con la otra sostuvo el brazo de su madre para salir.

Apenas cruzaron la salida del barrio, Gisela se detuvo al ver el Maybach familiar frente a ellas.

El conductor bajó del auto y se acercó con respeto. —Señorita Gisela, el jefe me pidió que viniera a recogerla.

Gisela contuvo la respiración.

Su primera reacción fue querer rechazarlo.

Era una mañana helada de diciembre; una ráfaga de viento gélido pasó y Valeria tembló levemente.

Ahora su cuerpo tenía muy baja resistencia, no podía quedarse afuera expuesta al frío.

Además, ya que el conductor había venido, rechazarlo sería incómodo para todos; él tampoco podría regresar sin cumplir la orden.

Gisela dio las gracias con cortesía.

El conductor colocó la bolsa en el maletero.

—Señorita Gisela, ¿a dónde las llevo?

—Al hospital central de Venturis.

—De acuerdo.

Tras un rato de camino, Valeria preguntó: —Gise, ¿quién es la persona que envió al conductor?

Gisela apretó los labios antes de responder: —El hermano de Sofía.

—Ah, el hermano de Sofía. —Valeria sonrió levemente—. ¿Todavía mantienes contacto con Sofía?

En los años de secundaria, Sofía había ido varias veces a su casa a comer.

Con su carácter alegre, conversadora y educada, cada visita hacía reír a Valeria como si fuera un pequeño rayo de sol; tenía muy buena impresión de ella.

Gisela respondió: —Sí, seguimos en contacto. Volverá al país pronto.

Sofía se había ido al extranjero a estudiar justo después de graduarse del bachillerato; hacía pocos días había enviado un mensaje diciendo que regresaría pronto.

—Siempre me cayó bien esa niña. Cuando vuelva... —Valeria estaba a punto de decir que la invitarían a comer nuevamente.

Pero al recordar su enfermedad, tragó las palabras sin terminarlas.

Gisela notó el cambio en el ánimo de su madre y apretó suavemente su mano, dándole consuelo sin palabras.

Ella abrió Instagram y descubrió que Federico no había aceptado la transferencia de la noche anterior; solo le había respondido un mensaje.

Federico: [No hace falta que seas tan formal].

Gisela miró la ventana de chat entre ambos. Casi nunca se hablaban.

Aparte de la transferencia de anoche, el mensaje anterior databa de hace tres meses, en su cumpleaños.

Él escribió: [Feliz cumpleaños], y ella respondió con un: [Gracias].

Más arriba, en Navidad, él había enviado: [Feliz Navidad], y ella contestó: [Igualmente].

Gisela escribió un mensaje. —Federico, gracias por enviar al conductor a recogernos.

Pensó un momento, reemplazó el tú por usted para sonar más respetuosa y lo envió.

Tras hacerlo, salió del chat y vio el contacto fijado arriba en Instagram; su respiración se detuvo por un instante.

No había tenido tiempo de borrar a Felipe la noche anterior.

Al volver a ver ahora la nota del contacto fijado en la parte superior, "Cariño", solo le pareció ridículo.

Gisela había pensado bloquearlo de inmediato, pero al recordar la enfermedad de su madre, dudó.

Habían sido dos años juntos. Durante esos dos años, ella lo cuidó con devoción, trabajando en tres empleos por él.

Incluso si hubiera cuidado a una mascota durante dos años, ¿no habría también algo de afecto?

Recordó lo que escuchó anoche: él podía comprar un bolso de cuarenta y cinco mil dólares para otra mujer. Si ella le pedía dinero prestado... ¿se lo daría?

...

Después de completar los trámites de hospitalización de su madre, Gisela, tras pensarlo una y otra vez, finalmente decidió enviarle un mensaje a Felipe.

[Cuando despiertes, respóndeme. Necesito hablar contigo].

No fue hasta las dos y media de la tarde que Felipe contestó.

[Cariño, anoche fui con mis compañeros al cumpleaños de un amigo. Cantamos y nos divertimos hasta tarde. Todos estaban allí, no podía irme antes].

Gisela tenía en la cabeza una sola cosa: cómo conseguir dinero para tratar a su madre.

Sobre las mentiras y el engaño de Felipe, ya estaba completamente insensible.

Salió de la habitación del hospital y fue al pasillo a llamarlo.

Al teléfono, Felipe acababa de despertar; su voz ronca y perezosa murmuró un "cariño" que antes le habría parecido encantador. Pero ahora que sabía la verdad, solo le resultaba repugnante.

—Felipe. —Gisela lo llamó por su nombre completo, con un tono serio y severo.

—¿Qué pasa, cariño? —Felipe siguió coqueteando—. ¿Por qué no me llamas bebé? ¿Estás molesta porque anoche volví tarde? Cariño, lo siento. Te prometo que no volverá a pasar. No te enojes conmigo, ¿sí?

Gisela inhaló profundamente, como si necesitara reunir todo su valor antes de hablar: —Felipe, ¿podrías prestarme algo de dinero?

Felipe guardó silencio unos segundos, evidentemente sorprendido. Después respondió: —¿Por qué de repente me pides dinero? Sabes que yo... yo soy pobre. No tengo mucho...

El corazón de Gisela se apretó con fuerza. Con dificultad, dijo: —Felipe, mi madre está enferma y necesito dinero urgente. ¿Podrías ayudarme? Puedo firmar un pagaré. Te lo devolveré.

Felipe volvió a quedarse en silencio.

Parecía estar pensando.

Gisela no dijo nada más; solo esperó su respuesta.

Un segundo, dos segundos... cada instante se estiraba interminablemente.

Por fin, Felipe habló de nuevo.

Pero su respuesta hizo que Gisela sintiera cómo se abría un abismo helado bajo sus pies.

—Cariño, ¿me estás poniendo a prueba para ver si te quiero de verdad? Si yo tuviera dinero, claro que te lo daría. No solo prestártelo, te daría todo lo que tengo. Pero ahora de verdad no tengo nada.

—Cariño, este chiste no tiene gracia. Aunque quieras probarme, no uses la salud de nuestra madre como excusa.

Gisela cerró los ojos; una lágrima resbaló por la comisura.

A estas alturas, él seguía fingiendo ser pobre.

Decía "nuestra madre" con tanta facilidad, pero ni siquiera estaba dispuesto a prestarle dinero.

La mano con la que sostenía el teléfono temblaba. —Felipe, si no quieres prestarme dinero, está bien... Devuélveme entonces el dinero que gasté en ti.

En dos años, lo que había gastado en Felipe sumaba al menos cuatro o cinco mil dólares.

Gisela estaba furiosa consigo misma por no haber sabido ver a las personas en realidad, por haber perdido la razón por amor.

Ella se privaba de todo, evitaba comprarse un abrigo nuevo aun después de tres años de uso, pero sin pensarlo dos veces le compraba a él uno de más de cien dólares para que no pasara frío.

Qué absurdo.

Apenas escuchó que Gisela quería que le devolviera el dinero, Felipe la cuestionó con incredulidad: —Cariño, ¿qué significa eso? ¿Cómo puedes pedirme que te devuelva dinero? ¿Por qué?

Gisela soltó una risa amarga. —De repente siento que todo esto no tiene sentido.

—¿Te cansaste de mí? —La voz de Felipe sonó herida, como si él fuera la víctima.

—Sí.

—Cariño, ¿hice algo mal? Si estás enojada, dímelo, puedo cambiar. No me dejes, por favor. Haré lo que quieras, no puedo vivir sin ti.

—¿Ah, sí? —Gisela se oyó responder con sarcasmo—. Entonces dame ciento cincuenta mil dólares.

—¿Qué? —Felipe creyó haber escuchado mal—. ¿Ciento cincuenta mil dólares? Cariño, sabes que no tengo dinero. Si dices eso a propósito es porque ya decidiste romper conmigo, ¿verdad?

Gisela sintió su corazón apagarse por completo. —Felipe, ¿te parece divertido?

Capítulo 4

Por la tarde, Gisela recibió la llamada de su amiga Sofía.

Al otro lado de la línea, Sofía sonaba eufórica: —¡Gise, cariño! El cuatro de enero aterrizo en el aeropuerto del norte de Venturis a las nueve de la noche. ¿Vas a venir a buscarme? ¡Hace tanto que no te veo, te he extrañado horrores!

Gisela guardó silencio un instante antes de decir: —Puede que no pueda ir... Tengo que cuidar a mi madre en el hospital.

Al oír eso, la emoción en la voz de Sofía se apagó al instante.

Preguntó con preocupación: —¿La señora Valeria está enferma? ¿Es grave?

Gisela no lo ocultó. Con la voz quebrada, respondió: —Es cáncer de estómago... ya está en etapa intermedia.

El ánimo de Sofía cayó en picada. Tras unos segundos de silencio, dijo: —Gise... lo siento. La señora Valeria está tan enferma y yo recién me entero... hace un momento todavía te pedía que fueras a recogerme.

Gisela respondió con suavidad: —No tienes por qué disculparte. No hiciste nada malo.

Sofía dijo enseguida: —Voy a ayudarte a contactar al médico más experimentado y reconocido en el tratamiento del cáncer gástrico. En etapa intermedia aún hay posibilidad de tratamiento. No te angusties demasiado.

Era fácil decirlo... pero ¿cómo podría no angustiarse?

Al mencionar la enfermedad de Valeria, los ojos de Gisela volvieron a humedecerse. Sorbió por la nariz. —Gracias, Sofía.

—Voy a buscar al doctor ahora mismo. Gise, mientras cuidas a la señora Valeria, también tienes que cuidar de ti. No te desgastes, ¿me oyes?

Gisela apenas asintió.

Después de colgar, caminó sola hacia el pequeño bosque de la universidad.

A esa hora no había nadie allí.

Se sentó en un banco de piedra, ocultó la cara entre las manos y, por fin, ya incapaz de contenerse, rompió en un llanto desgarrador.

...

Apenas colgó, Sofía llamó de inmediato a Federico.

—Hermano, ¿te acuerdas de mi mejor amiga del instituto, Gisela? La que llevé a casa un par de veces.

Al escuchar el nombre de Gisela, la mirada de Federico se apartó de la pantalla del computador. En vez de responder, preguntó: —¿Qué pasó?

Sofía fue directa. —Su madre está enferma. Cáncer de estómago, etapa intermedia. ¡Por favor usa tus contactos y consigue al médico más reconocido y con más experiencia en este tipo de cáncer! Es urgente.

Federico contuvo la respiración por un instante.

¿La madre de Gisela tenía cáncer gástrico?

Aunque el chofer le había informado que esa mañana Gisela y Valeria habían ido al Hospital Central de Venturis, él pensó que se trataba de algo menor, quizá un chequeo.

Jamás imaginó que fuera cáncer.

Federico pasó varios segundos en silencio.

—¿Hola? ¿Hermano, me escuchas? —Sofía sonaba nerviosa—. Te lo estoy pidiendo de verdad. Gise es mi mejor amiga, tienes que ayudarme.

Federico volvió en sí. Su voz seguía fría, sin emoción. —De acuerdo.

...

Gisela debía presentarse a trabajar en el restaurante de su empleo a tiempo parcial a las cinco de la tarde.

Para poder acompañar a Valeria durante la cena, llamó al jefe para pedir dos horas de permiso.

El jefe empezó a gritarle: —Hoy tenemos un pedido grande, ¡una mesa reservó cinco banquetes! A las siete tienen que estar comiendo. Ya de por sí faltan manos y tú quieres pedir permiso justo cuando más te necesito. Si no estás aquí a las cinco en punto, ¡lárgate y no vuelvas!

Tras gritarle, colgó.

Gisela suspiró y miró la hora: ya eran las cuatro de la tarde.

Si no quería que la despidieran, tenía que salir de inmediato.

Precisamente ahora necesitaba dinero más que nunca; aunque el sueldo fuese bajo, era mejor que nada.

Regresó a la habitación del hospital para avisar a su madre y luego salió apresurada a tomar el autobús.

En el autobús, que se movía de un lado a otro, Gisela soportó el mareo mientras revisaba los anuncios en un grupo de trabajos para estudiantes universitarios.

La mayoría eran tutorías o trabajos en restaurantes y cafeterías de los alrededores, con sueldos similares a los de los tres empleos que ya tenía.

Solo las tutorías pagaban un poco más; los demás eran trabajos puramente físicos, unos cuatro dólares por hora, lo cual no resolvía en absoluto la urgencia en la que se encontraba.

Justo cuando no sabía qué hacer, volvió a sonar el teléfono, era Sofía otra vez.

Gisela contestó, y escuchó la voz de Sofía: —Gise, ahora mismo el mejor hospital del país es el Hospital San Aurelio de Madrid, en Miraflores. Ya contacté al médico con más experiencia y autoridad en cáncer gástrico allí. Puedo ayudar a conseguir una cita con el especialista. La enfermedad de la señora Valeria no puede esperar. Lo mejor es que se transfieran al hospital cuanto antes.

—De acuerdo, mañana hablaré con mi madre.

—Bien. Tomen una decisión pronto. Si van a Miraflores, seguramente tendrán que quedarse un tiempo. Mi familia tiene una casa allí, pueden usarla tú y la señora Valeria. Pero ocúpate primero de arreglar tus cosas en la universidad.

—Está bien. Gracias por todo.

...

El restaurante cerró a las cuatro de la madrugada.

La universidad tenía toque de queda; después de las once de la noche ya no se podía ingresar.

Afortunadamente, detrás del bosquecillo cercano a la puerta norte había un pasaje secreto.

La verja de hierro de esa zona estaba vieja y oxidada.

Algunos estudiantes, no se sabía cómo, habían logrado doblar dos barrotes abriéndolos hacia los lados, dejando un hueco mucho más amplio por donde, girando un poco el cuerpo, se podía pasar.

Ese pasaje secreto tenía un nombre muy popular entre los estudiantes: el agujero del perro.

Cuando Gisela salía tarde de sus trabajos, solía volver al dormitorio pasando por el agujero del perro.

Ella vivía en un dormitorio de cuatro personas, con camas arriba y escritorio abajo.

Lourdes llevaba días quedándose en un hotel con su novio.

Otra compañera de cuarto que vivía en el centro de Venturis, se había marchado a casa ese mismo día.

En ese momento, en el dormitorio solo quedaban Gisela y su otra compañera, Gabriela Rojas.

Gabriela tenía un sueño profundo: una vez dormida, ni el trueno más fuerte podría despertarla.

Gisela abrió la puerta, encendió la linterna del teléfono y, en silencio, se cambió de ropa y de zapatos.

A esa hora ya no había agua caliente, así que tendría que ducharse al día siguiente.

Después de lavarse un poco, se tumbó en la cama. Como de costumbre, miró el teléfono.

Había varias llamadas perdidas de Felipe.

Abrió Instagram: más de una decena de mensajes sin leer.

Gisela les echó una mirada rápida.

Las mismas cosas de siempre: fingiendo ser pobre, pidiendo perdón, rogándole que no lo dejara.

Gisela escribió en la ventana del chat: [Terminemos]. Pero justo antes de enviarlo, algo se le vino a la cabeza y cambió de idea.

Aquella noche en el salón privado, Felipe había dicho claramente que aún no se había divertido lo suficiente.

Si ella proponía terminar ahora, era muy probable que él se aferrara, que insistiera en seguirla.

Y ella no tenía ni tiempo ni energía para lidiar con él.

En pocos días comenzaba la semana de exámenes y, cuando terminara los finales, tendría que llevar a su madre a Miraflores para tratarse. Si Felipe se obsesionaba y la seguía hasta Miraflores... ¿qué haría entonces?

Tras pensarlo un momento, Gisela decidió no mencionar aún la ruptura. Fingiría no saber nada, cooperaría con su juego de fingir pobreza...

Y luego desaparecería de Venturis sin previo aviso. Una ruptura en seco.

Sería más directo que enfrentarlo en persona y le cerraría cualquier posibilidad de pedir perdón o intentar recuperarla.

Cuando llegara el momento, bloquearía sus contactos y cambiaría de número de teléfono. Aunque Felipe quisiera seguirla, ni siquiera sabría dónde encontrarla. ¿No era esa también una forma de venganza?

Con ese pensamiento, Gisela respondió a Felipe.

[No revisé el celular mientras trabajaba, no fue a propósito que no te contestara. Acabo de volver al dormitorio. Estoy agotada, voy a dormir].

Ya eran las cuatro y media de la mañana.

Felipe no respondió, seguramente estaba dormido.

Gisela no le dio más vueltas; dejó el celular a un lado y se sumergió en un sueño profundo.

Capítulo 5

Gisela fue despertada por su compañera de cuarto, Gabriela.

—Gisela, despierta. Tu novio me pidió que te llamara; te está esperando abajo. Gabriela metió la mano entre las cortinas de la cama y le dio un golpecito en el brazo.

Gisela siempre dormía ligero, y estos días, con la preocupación por la enfermedad de su madre, aun agotada dormía con inquietud. En cuanto Gabriela la llamó, se despertó.

Se incorporó, entrecerrando los ojos, todavía muy adormilada. —¿Qué?

—Felipe está abajo del edificio. Me pidió que te avisara.

Gisela chasqueó la lengua con fastidio. Su rechazo hacia Felipe se intensificó aún más. —¡Él sabe perfectamente que me fui a dormir a las cuatro y media de la madrugada!

—Estoy cansada. No le hagas caso. —Terminó la frase y volvió a tumbarse para seguir durmiendo.

Antes... Aunque acabara de dormirse, habría bajado corriendo solo para verlo.

Pero ahora...

Ja. ¿Por qué tendría que seguir complaciéndolo?

Gisela durmió hasta las once del mediodía.

Se duchó, se cambió y bajó. Felipe seguía allí.

Gisela arqueó las cejas. La irritación le subió al pecho.

Apenas la vio, los ojos de Felipe se iluminaron y avanzó a grandes pasos.

—Cariño, ¿dónde estuviste ayer por la tarde? Fui a buscarte a la cafetería donde trabajas y dijeron que habías pedido permiso.

Gisela contestó con indiferencia: —Ah... Ayer por la tarde me sentía mal y pedí permiso para ir a dormir.

—¿Te sentías mal? ¿Qué pasó? ¿Estás bien?

Los ojos de Felipe estaban llenos de preocupación. Parecía genuinamente atento.

Pero Gisela sabía que era puro teatro.

El príncipe heredero de la familia Hernández estaba con ella solo porque le resultaba entretenido.

Su verdadero amor era esa tal Adriana.

No había terminado con Gisela por dos razones: una, porque aún no se había divertido lo suficiente.

Y dos, porque quería usarla para provocar celos en Adriana.

Ella no era más que una pieza en su juego.

Gisela respondió sin expresión: —No es nada. Solo un resfriado y dolor de cabeza.

Felipe enseguida dijo: —Voy a comprarte medicina.

—No. Ya tomé y estoy mejor.

—Ah, bueno. —Felipe se acercó para tomarle la mano—. Cariño, vamos a almorzar juntos.

Gisela tragó las náuseas y no se apartó.

Si quería deshacerse de él sin levantar sospechas, aún debía fingir.

Con la mirada imperturbable, dijo: —Mi madre vino a verme. Voy a almorzar con ella fuera.

—¿Nuestra madre vino a Venturis? —Felipe sonrió—. Entonces voy contigo. Yo invito. Ayer me pagaron en el trabajo.

Otro "nuestra madre".

En los ojos de Gisela pasó un destello de repulsión.

—Será la próxima vez. —Su tono era plano, sin emociones, y la mirada, distante—. ¿No habíamos dicho que irías a visitarnos en las vacaciones de invierno? Para una primera visita, hay que hacerlo de manera formal.

Felipe pareció un poco decepcionado. —Está bien...

—Cariño, no fue divertido, nada divertido. —De pronto Felipe habló con una sinceridad exagerada—. La próxima vez de verdad no volveré tan tarde. No te enojes conmigo.

Gisela comprendió entonces, él estaba respondiendo a la frase que ella le había dicho por teléfono: ¿Te parece divertido?

Ella, en realidad, se refería al juego de fingir pobreza.

Pero Felipe lo había entendido mal.

Creyó que ella estaba enfadada porque él había vuelto tarde, y le preguntó si la fiesta de cumpleaños de su compañero había estado tan divertida como para regresar al dormitorio a esas horas.

Gisela no lo desmintió. Siguiendo su interpretación, respondió sin más: —Mm, no estoy enojada.

—¿De verdad? —Felipe sonrió; los ojos le brillaban otra vez.

Ese día llevaba el abrigo blanco de más de cien dólares que ella misma le había comprado, y debajo el suéter blanco de cuello alto que ella le había tejido a mano.

Felipe era apuesto: rasgos bien definidos, piel tersa. Incluso fingiendo ser pobre durante dos años, con camisas lavadas hasta perder el color y jeans viejos, seguía siendo llamativo.

La luz del sol de invierno caía sobre él, dándole un aire aún más suave.

Era difícil imaginar que alguien con una apariencia tan amable pudiera haberle hecho tanto daño.

Gisela se detuvo y levantó la mirada hacia él; su mente giraba con mil pensamientos, con mil palabras queriendo salir.

En el fondo, no estaba reconciliada con todo aquello.

¿Por qué, habiendo dado amor sincero, debía dejar que él la pisoteara así?

¿Por qué él, teniendo tanto dinero, podía aprovecharse sin remordimiento del suyo, viéndola matarse con tres trabajos?

¿Por qué podía decir que la amaba... y al mismo tiempo besar a otra mujer con tanta pasión?

—De verdad sé que estuve mal. No me ignores. —Felipe puso una expresión lastimera—. Ya no volveré a quedarme hasta tan tarde. Te avisaré cada vez que vaya a algún lado, ¿sí?

—Está bien. —Gisela curvó ligeramente los labios en una sonrisa.

—Eres la mejor del mundo. —Felipe se inclinó para besarle la mejilla.

Gisela giró la cabeza y evitó el beso. —Hay gente.

Felipe rio. —Entonces la próxima vez buscamos un sitio sin gente para besarnos.

Gisela dijo: —Mi madre me está esperando. Me voy.

—De acuerdo, cariño. Yo comeré en la cafetería. ¿Cenamos juntos esta noche?

—Tengo que ir al trabajo.

Y después, de pronto, Gisela añadió: —Pronto empiezan los exámenes finales. Tengo que sacar tiempo para estudiar... pero últimamente estoy muy corta de dinero.

Hizo una pausa y, con un tono como de broma, remató: —Si pudieras hacerte rico de repente, sería perfecto. Así yo no tendría que matarme con tres trabajos.

Felipe se quedó quieto.

Tras un breve silencio, Gisela escuchó cómo respondía con una sinceridad casi solemne: —En el futuro, te daré una buena vida. Te lo prometo.

Gisela sonrió.

Vete al infierno.

Era la primera vez que maldecía a Felipe con tanta crueldad dentro de su corazón.

...

Federico terminó una reunión justo a la hora de salida.

Su amigo Rodrigo Cordero lo invitó a almorzar.

El edificio de Grupo RedNova quedaba justo frente al edificio de Grupo Solaris, separados solo por una calle.

Rodrigo siempre que estaba libre lo buscaba para comer.

En el restaurante, Federico conversaba con Rodrigo sobre un proyecto comercial cuando, sin querer, vio a una pareja sentada en la mesa diagonal a la suya. Su mirada se detuvo de golpe.

Frente a Felipe había una mujer con el cabello largo y ondulado.

A simple vista, no era Gisela.

No estaban tan lejos, así que Federico pudo escuchar parte de su conversación.

La mujer preguntó: —Dicen que tienes novia en la universidad.

Felipe estaba sentado de frente a Federico, y desde ese ángulo, Federico podía ver claramente la sonrisa descarada que asomaba en sus labios.

Felipe: —Sí, ¿y qué? Tú también tuviste novio en el extranjero, ¿no?

—Yo corté con él antes de volver. —El tono de la mujer reflejaba molestia—. ¿Y tú cuándo vas a dejar a esa tal Gisela?

El entrecejo de Federico se frunció levemente; su expresión se ensombreció.

—Cuando me canse de jugar con ella. —Felipe seguía con la misma actitud despreocupada—. No lo voy a negar, fingir que soy pobre es bastante divertido. Al menos así estoy seguro de que no está conmigo por dinero.

La mujer protestó: —Según tú, ¿no piensas terminar con ella?

Los labios de Felipe se torcieron en una sonrisa maliciosa; su mirada era ambiguamente provocadora. —¿Qué pasa? ¿Estás celosa?

La mujer no dijo nada.

—No te preocupes, cariño. Con Gisela solo estoy jugando. Cuando me aburra, volveré contigo.

—¿Federico? —Rodrigo notó que Federico estaba distraído y le agitó la mano delante de la cara—. ¿Qué estás mirando?

Federico apartó la mirada.Sus labios formaron una línea recta; su expresión era pésima.

—¿Qué pasó? —Rodrigo estaba confundido.—¿Quién te irritó? ¿Por qué esa cara?

Federico respondió con voz fría: —Nada. Comamos.

¿Tu Ex Suplica? Ya Tengo Dueño
Toca para ver el texto completo